El líder
Capítulo 4
cuatro
—Si no os entretenéis por el camino podréis llegar a la tienda del señor Fitch antes de la puesta del sol. —Jeb miraba hacia arriba, parpadeando, al sol de la mañana—. No creo que hoy tengamos un día muy caluroso, así que no será tan malo el viaje.
—Eso me parece —dijo Daniel mirando a su padre.
—No te olvides de los pantalones nuevos y de tu camisa bonita y limpia —dijo su madre—. Y recuérdalo, no dejes de lavarte los calzoncillos todos los días.
—No lo olvidaré —repitió Daniel.
—No queremos que la gente crea que vivimos como cerdos, simplemente por ser campesinos. Heredamos un buen nombre, tan bueno como el que más, y no queremos que a nadie se le olvide.
Daniel se movía incómodamente. Empezaba a notar que los zapatos le apretaban. Por lo general no usaba zapatos hasta la llegada de los primeros fríos del invierno.
Molly Ann respondió a su madre.
—Me ocuparé de él, mamá. No te preocupes.
—Sé buena chica —dijo la madre a su hija—. Recuerda todo lo que te enseñé. No vayas a escuchar palabras dulces de tipos inútiles.
—Sé lo que debo hacer, mamá —replicó Molly Ann—. Ya no soy una niña.
Marylou dirigió una larga mirada a su hija, pero no dijo nada.
Molly Ann se ruborizó. Sabía lo que pensaba su madre.
—Seré buena —dijo.
Jeb echó mano al bolsillo y sacó algunas monedas.
—Os doy un dólar completo para los dos. Esto es solo para que podáis pagar comida y pensión hasta que empecéis a trabajar. No aceptéis nada de nadie. No quiero oír decir que los Huggins aceptan limosnas.
En silencio, Daniel tomó las monedas que les daba su padre y las metió en el bolsillo.
—Ahí tenéis un montón de dinero —dijo Jeb—. No vayáis a malgastarlo en tonterías.
—Descuida, papá —le tranquilizó Daniel.
Jeb volvió a levantar la vista al cielo.
—Creo que lo mejor será que os pongáis en camino.
Daniel asintió. Dirigió una mirada a sus padres, luego a sus hermanos y hermanas que estaban todos reunidos en el patio a su alrededor.
—Eso mismo creo.
Los pequeños no dejaban de mirarlos. Este era un momento solemne, pero no había nada que ellos pudieran agregar.
Daniel agitó suavemente la mano, luego levantó del suelo su lío que contenía otra camisa, unos pantalones y un juego de ropa interior de una sola pieza. Metió un palo debajo del nudo y se echó el hatillo al hombro.
—Vámonos, Molly Ann.
La muchacha lo miró un momento y luego corrió a los brazos de su madre. Durante un minuto largo, Marylou apretó contra su pecho a su hija mayor y luego la soltó. Rápidamente, Molly Ann dio un beso en la mejilla a cada uno de sus hermanos y en seguida se unió a Daniel. Ambos iniciaron su camino en dirección a la carretera.
—¡Daniel! —la voz de Jeb sonaba ronca.
—¡Sí, papá! —se detuvieron.
Jeb se les acercó.
—Si no encontráis trabajo —dijo torpemente—, cualquiera que fuera el motivo, regresad a casa. No olvidéis que contáis con una familia que os quiere y que está orgullosa de los dos.
Daniel sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Su padre tenía la cara rígida, pero se controlaba, aunque sus ojos pálidos estaban húmedos.
—Sabemos eso, papá —respondió con un inusitado sentimiento de amable comprensión—. Pero no te preocupes, todo irá bien.
Jeb los miró un momento en silencio y luego meneó la cabeza.
—Sé que todo resultará —dijo finalmente. Pestañeó—. Cuida de tu hermana, hijo mío.
—Cuenta con ello, papá.
Jeb extendió su mano encallecida y apretó con fuerza la de Daniel. Luego la soltó de forma brusca, dio la vuelta y se alejó.
Daniel siguió con la mirada a su padre, quien dio vuelta a la casa hasta desaparecer de su vista. Entonces se volvió hacia su hermana.
Andando, Molly Ann —ordenó—. Nos aguarda un largo viaje.
Eran cincuenta y cinco kilómetros, exactamente.
El día resultaba caluroso, más de lo que Jeb había predicho. El sol estaba muy alto sobre sus cabezas y sus rayos caían inmisericordes sobre la carretera polvorienta.
—¿Cuánto crees que habremos caminado ya? —preguntó Molly Ann.
Daniel se echó hacia atrás el sombrero de ala ancha y se quitó el sudor de la frente con el antebrazo. Le quedó húmedo y salobre.
—Posiblemente diecisiete o dieciocho kilómetros.
—Me duelen los pies —se quejó su hermana—. ¿No podríamos lomarnos un breve descanso?
Daniel lo pensó unos momentos y luego asintió.
—Creo que sí.
Ella lo siguió. Abandonaron la carretera, entraron en un campo y se sentaron bajo un árbol. Tras quitarse rápidamente los zapatos, se acostaron de espaldas y dejaron que sus dedos bailaran en alegre libertad.
—Lo único que no me gusta de este viaje a la ciudad son los zapatos —dijo la muchacha.
—Tampoco me gustan a mí —Daniel se restregaba los pies—. Pero creo que nos deberemos acostumbrar a usarlos.
—Tengo la boca seca —dijo ella—. Ojalá tuviéramos un poco de agua.
—Hay un arroyo a más o menos cinco kilómetros de aquí —la informó Daniel—. Al llegar podremos tomar agua y comemos los bocadillos.
—¿También podremos lavarnos los pies?
—También —rio y se puso de pie—. Sigamos.
Ella bajó la vista hasta los pies de su hermano.
—¿No te calzaste los zapatos?
—Creo que sería bueno que los ahorrásemos un poco. De otro modo, cuando lleguemos a la ciudad ya estarán estropeados.
—Muy buena idea —dijo ella sonriente.
Cargaron con sus zapatos y prosiguieron la caminata bajando por la ladera de la loma. Al cabo de unos minutos, ella habló.
—Daniel…
—¿Qué hay?
—¿Crees que el señor Fitch era de verdad sincero cuando habló con papá?
—Yo creo que sí, que lo dijo en serio.
—A ti no te gusta el tipo, ¿verdad?
Daniel no respondió.
—Bueno, en realidad da igual, si realmente nos consigue los trabajos que dijo.
Daniel pensó unos momentos.
—Creo que en efecto da lo mismo.
—Daniel —se percibía una nota de cansancio en su voz—. Daniel, me encuentro mal.
Él la miró brevemente. Se había puesto pálida de repente y vio que gotas de sudor le perlaban la frente. En seguida se quitó el sombrero y se lo caló a ella. Notó que los largos cabellos castaño claro le quemaban casi los dedos. La tomó por el brazo.
—Vamos hasta allí y siéntate. Cogiste una insolación.
Molly Ann dejó que él la llevara lentamente hasta la sombra de un árbol. Allí, delicadamente, la colocó en el suelo.
—Descansa un rato.
Sacudió débilmente la cabeza.
—No. Debemos seguir o no llegaremos.
En la voz de Daniel apareció una nota de mando:
—Siéntate. De todos modos tampoco llegaríamos si pescaras una insolación demasiado fuerte. Quédate tranquila mientras yo veo si puedo encontrar un poco de agua.
—Está bien, Daniel —dijo dócilmente; volvió a acostarse y cerró los ojos.
Deshizo ágilmente el nudo que amarraba su hato y encontró el bote de hojalata que había colocado entre su ropa. Corrió ladera abajo hasta un grupo bastante grande de árboles. Generalmente, donde había tantos árboles debía haber agua. Se arrodilló, cogió un puñado de tierra y se lo llevó a la nariz. Olía a humedad.
Arrastrándose a gatas, siguió las huellas de la humedad. Cuando levantó los dedos y los vio sucios de tierra húmeda, empezó a escarbar la superficie con las manos. El agua empezó a gotear cuando había hecho un hueco de treinta centímetros en el mielo.
Rápidamente excavó un agujero redondo y luego dio fuertes palmadas a la tierra que lo bordeaba. Extendiendo los dedos, apretó con la muñeca y la palma de una mano la parte inferior del agujero, empujando con tanta fuerza como pudo. Casi en seguida el agua brotó alrededor de sus dedos. Mantuvo la presión hasta que el agua casi le cubrió la muñeca y empezó a desbordarse por los costados del agujero. Entonces, con la otra mano, sostuvo el bote hasta llenarlo con cuidado para no derramar el agua, regresó donde estaba su hermana. Molly Ann yacía tranquilamente con los ojos cerrados. No estaba tan pálida. Al oírle llegar, le miró y trató de incorporarse.
—No te muevas —Daniel se arrodilló a su lado. Sacó un pañuelo del lío. Lo humedeció y lo apretó suavemente contra la frente de su hermana, pasándoselo luego por todo el rostro.
—¡Qué agradable es! —susurró.
Escurrió el pañuelo y volvió a mojarlo. Esta vez lo exprimió para que cayeran algunas gotas en sus labios resecos. Ella movió los labios y con la lengua las lamió.
—¿Te encuentras mejor?
Molly Ann asintió.
—Tengo mucha sed. ¿Puedo tomar un sorbo?
—Solo uno —dijo, al tiempo que le pasaba el brazo por debajo de los hombros para incorporarla. Le llevó el bote a los labios y advirtió—: Ahora no bebas demasiado. Solo un poquito.
Ella tomó un sorbo y luego suspiró. Levantó la vista para ver a su hermano.
—No sé qué me ha pasado.
—Debías cubrirte con un sombrero. Aquí el sol pega muy fuerte.
—¿Podría descansar un rato? Después me encontraré bien y podremos seguir.
—No hay prisa —dijo Daniel—. El señor Fitch estará allí cando lleguemos.
Molly Ann volvió a echar la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Al poco rato dormía. Lentamente, Daniel le fue secando la cara con el pañuelo y luego dejó que descansara. Un sueñecito no le haría ningún daño.
Daniel se sentó para mirar al sol con los ojos entrecerrados, y luego a la carretera que brillaba bajo el calor. Sería más o menos mediodía. No era caso regresar ahora a la carretera. Durante las próximas horas sería como el interior de un horno. Era mejor esperar hasta después de las dos. A esa hora el sol estaría sobre las lomas, hacia poniente, y en la carretera empezaría a refrescar. Se echó hacia atrás, con los brazos debajo de la cabeza, y cerró los ojos.
Poco después también él se había dormido.
Una curruca posada en una rama, encima de su cabeza, lo despertó. Mirando atentamente por entre las hojas del árbol contra el cielo azul, vio por un momento al pájaro que cantaba. En seguida, al notar este el pequeño movimiento, se escapó volando.
Daniel miró a su hermana. Tenía los ojos abiertos.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor —respondió ella.
Daniel se puso de pie.
—Entonces, lo mejor será que nos pongamos en marcha.
—Nunca me había ocurrido antes —comentó ella, sentándose.
—Nunca estuviste caminando bajo el sol durante cuatro horas —le dijo con una sonrisa—, y con la cabeza al descubierto además.
—Eso creo —se levantó y se quedó parada un momento. Luego miró a Daniel—: Parece que ya estoy bien.
Daniel asintió y anudó de nuevo su lío de ropa.
—Nos tomaremos un buen trago cuando lleguemos al arroyo.
Esta vez Daniel cargó con su hatillo y además con el de su hermana, encaminándose hacia la carretera.
Molly Ann trató de devolverle el sombrero.
—No, no te lo quites. Estoy más acostumbrado al sol que tú.
Anduvieron en silencio cerca de media hora antes de llegar al arroyo, al que se precipitaron alborozados para lavarse la cara y beber hasta saciar su sed.
—Esta sí que es agua buena —dijo él.
—Tan agradable como el azúcar —sonrió ella.
—Debemos seguir nuestro camino.
—Yo estoy a punto —asintió ella.
Se dirigieron de nuevo a la carretera y, precisamente en aquel momento, los alcanzó un carro tirado por una mula que acababa de dar vuelta a un recodo que los árboles tapaban. Se detuvieron al borde del estrecho camino para que pasara. El carro se detuvo tras ellos.
Un joven desgarbado, con la cara medio escondida bajo el sombrero de ala ancha con que se tocaba, aparecía sentado en el pescante. Las riendas colgaban flojas entre sus dedos.
—¡Muévete! —le gritó al terco animal que se rezagaba debido al calor. cinco
La mula no cambió de andadura. El joven la increpó de buen humor.
El animal se detuvo definitivamente y el joven los miró desde lo alto de su vehículo.
—Muchachos, ¿quieren que los lleve hasta la ciudad?
Molly Ann retenía a su hermano, al que asía por el brazo.
—Daniel, papá nos dijo que fuéramos caminando.
Con una sacudida casi desairada, se libró de su apretón. ¡Qué chica tan tonta! ¿No se daba cuenta de que no estaba en condiciones de llegar a pie? Devolvió la mirada al joven larguirucho.
—Con mucho gusto, señor —aceptó.