El líder

Harold Robbins · Capítulo 15 de 55

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El líder

Capítulo 14

catorce

 

Silenciosamente, Molly Ann le observaba cuando abrió el revólver y revisó con cuidado el cilindro para ver si cada cámara estaba cargada. Satisfecho, volvió de golpe el cilindro a su lugar y se encajó el arma en el cinturón. Se volvió hacia ella y vio la expresión de su cara.

—No te preocupes —le dijo.

—No puedo evitarlo —replicó ella—. Las armas son para matar. Por alguna razón, la idea de que cargas un arma como esa todos los días me provoca estremecimientos.

—Ya han disparado dos veces contra mí —dijo Jimmy—. ¿Qué crees que debo hacer? ¿Quedarme ahí parado y dejarles que me maten?

Molly Ann no respondió.

—Mataron ya a diez hombres. Hombres que no llevaban nada para repeler la agresión.

—¿Qué va a pasar hoy?

—Lo sabes tan bien como yo. Tratarán de abrir las fábricas. Fitch alistó un

batallón de Pinkerton[1] para custodiar a los esquiroles hasta las fábricas. Si dejamos que entren, perdimos. Ya no saldrán de allí. Les mandarán comida, suministros, cuanto necesiten hasta que, vencidos muramos de inanición.

—¿Vendrán los mineros para ayudaros? —preguntó.

—No —negó con la cabeza—. Los mineros han caído en la trampa. Aceptaron el aumento de un diez por ciento que les ofrecieron los propietarios sin darse cuenta de que el cambio del sistema de pago les arrebataba el aumento; y además con intereses. Sería para mí una sorpresa si, después de eso, el Sindicato de mineros consigue más de diez afiliados en todo el valle.

—Te dije que no confiaras en ese tipo, Lewis —habló Molly Ann con amargura.

—No es culpa suya. Hay un viejo refrán que dice: «Puedes llevar un caballo al agua, pero no puedes obligarle a que beba.»

—Daniel fue más listo que todos vosotros —dijo—. Se quedó al margen.

Jimmy no respondió, pero ella sabía que se sintió profundamente herido cuando supo que Daniel no había seguido su ejemplo.

—¡Jimmy, estoy asustada! —se lanzó en sus brazos y pegó su cabeza contra su pecho—. Era tan feliz, y te iba tan bien con tu contrabando y todo lo demás… ¿Por qué tenías que dejarte enredar en todo esto?

La apretó firmemente. Su voz era sombría.

—Hay un momento en la vida del hombre en que debe dejar de hablar y entrar en acción. Toda esa gente, granjeros, trabajadores de las fábricas, son mis amigos. Crecí entre ellos. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Quedarme parado y dejar que Sam Fitch los convirtiera en esclavos suyos para su exclusivo provecho?

Molly Ann empezó a llorar y Jimmy le acarició el pelo.

—Deja de atormentarte. No es bueno para una mujer encinta.

Ella le miró directamente a la cara.

—¿Tendrás cuidado? No podría soportarlo si te ocurriera algo.

—Sabré cuidarme —prometió—. Tampoco a mí me interesa que me pase nada.

 

Aún no era de día cuando llegó al almacén de la calle Front que servía como sede del sindicato. Varios hombres esperaban ya en la calle. Sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta principal. Los hombres le siguieron al interior. El lugar era húmedo y frío. Rápidamente encendieron unas cuantas lámparas de aceite. La compañía de electricidad se había negado a suministrarles corriente. La parpadeante luz amarillenta apenas iluminaba las pancartas de los piquetes y unos tableros alineados en las paredes. Se dirigió hacia la mesa desvencijada que le servía de escritorio y se sentó tras ella.

—Vamos a ver, Roscoe —dijo—. Tú primero. ¿Cómo van las cosas en la nueva fábrica?

Roscoe Craig cambió de lugar la masca que llenaba su boca.

—Llegaron aproximadamente cincuenta Pinkerton y posiblemente un centenar de esquiroles.

Jimmy asintió y se volvió a otro de los hombres.

—¿Qué me cuentas de la fábrica de la ciudad?

El hombre se aclaró la garganta.

Allí tienen un ejército preparado. Más de cien Pinkerton y posiblemente trescientos esquiroles. Llegaron en camiones durante la noche.

Jimmy se quedó callado un momento. Eran desesperadamente más que ellos. Él podía contar con setenta hombres a lo sumo. Contaba también con algunos centenares de mujeres y muchachas que podrían utilizarse como piquetes, pero en un día como aquel estaba poco dispuesto a colocarlas donde pudieran resultar heridas. Y con seguridad que las agredirían. Los Pinkerton andaban armados y tenían órdenes de facilitar por todos los medios el acceso a las fábricas. Aspiró profundamente. Sentía pavor ante la llegada del nuevo día.

—¿A qué hora llegarán aquí nuestros hombres?

—De un momento a otro —respondió Roscoe—. Todos estarán aquí a las seis en punto.

—¿Están preparados?

Roscoe hizo un gesto afirmativo.

—Vendrán con armas y rifles. Para los Pinkerton no será simplemente llegar y entrar.

—Deberemos decidirnos —dijo Jimmy—. No podemos vencerlos en ambos lugares. Debemos decidir de cuál nos apartaremos.

Los hombres guardaron silencio.

—Yo voto a favor de dejar que ocupen la fábrica nueva. Apenas hay un diez por ciento de la maquinaria en funcionamiento.

—No me gusta la idea —dijo Roscoe categóricamente—. Tres familiares míos murieron por defender nuestra tierra contra ellos. Solo pensar en dejarlos entrar…

—No les será tan fácil —dijo Jimmy—. Colocamos a diez tiradores de primera en el bosque y en las colinas de alrededor de la entrada y tendrán muchísimo cuidado antes de decidirse a seguir ese camino —hizo una pausa—. Pero la fábrica de la ciudad es otro cantar. Si logran abrirla, puede trabajar a pleno rendimiento. Y entonces sí que estamos listos. Si esa fábrica empieza a trabajar no nos quedará más que el derecho al pataleo.

Jimmy estaba parado en la esquina, observando la fábrica que estaba al otro lado de la calle. Los piquetes, en su mayoría mujeres, paseaban en fila de a cuatro frente a las puertas cerradas. Desde el interior de las rejas y a lo largo de la alambrada que seguía la acera frente a la fábrica, los guardias clavaban la vista en las pancartas que enarbolaban los piquetes mientras murmuraban una cantinela:

—Lincoln liberó a los esclavos. ¿Cómo es que nosotros estamos aún así?

Ellos mismos respondían a gritos:

—¡Nadie se lo dijo a la fábrica!

—¡Libertad! —gritaron otros.

 

Un hombre se acercó corriendo a Jimmy coincidiendo con el silbido de la sirena que avisaba la entrada de las siete. En seguida empezó a llover.

—¡Tres camiones llenos de esquiroles! —gritó el recién llegado—. ¡Acaban de entrar en la calle High!

Jimmy miró al otro lado de la calle. Los piquetes seguían en sus puestos. Los Pinkerton del interior empezaron a acercarse a la puerta. Se oyó el chirrido del tirón dado a una cadena de hierro y la puerta empezó a abrirse.

Jimmy sintió un nudo en la boca del estómago tan real como el que más de los dolores que hubiera experimentado. Se volvió hacia el hombre que estaba a su lado.

De repente, todo se le apareció muy claro. Era a él a quien vigilaban. Era a él a quien esperaban. Era a él a quien buscaban como líder en medio de esta locura. Se sintió envejecer súbitamente. Molly Ann tenía razón. ¿Qué hacía aquí? No era ningún héroe.

Luego se desvaneció la sensación. Levantó la mano y se dirigió a las filas de piquetes. En silencio, otros hombres lo siguieron. Se detuvo frente a la fila.

—Está bien, señoras —dijo con voz tonante—. Ya es hora de que regreséis a vuestras casas.

Se quedaron paradas, observándolo, sin moverse.

Volvió a hablar y ahora había urgencia en su voz.

—¿Me oís? ¡Es hora de que regreséis a casa!

Hubo un silencio momentáneo. Luego una de ellas habló.

—No nos moveremos de aquí, Jimmy. ¡Esta es también nuestra lucha!

—Pero, por favor, señoras —gritó—. Puede haber disparos.

—¡Tendrán que tirar contra nosotras, entonces! —gritó otra de las mujeres—. ¡No nos iremos a casa!

Las mujeres empezaron a enlazarse por los brazos y en un momento formaron una cadena viviente frente a las puertas abiertas. Empezaron de nuevo con su cantinela.

—¡Libertad! ¡Pan y mantequilla, no queremos cadenas!

Los camiones aparecieron en la lejana esquina y se dirigieron veloces hacia la fábrica. Cuando estaban a media manzana y el camión que iba al frente seguía sin dar muestras de aminorar la velocidad, Jimmy se puso frente a la línea de piquetes dándole la cara. De pronto, tras de él solo hubo el silencio. Los camiones siguieron avanzando en su dirección.

—¡Quitaros de en medio! —gritó un guardia desde la parte interior de la alambrada—. ¡Os matará a todos!

Nadie se movió.

El primer camión frenó a última hora y se detuvo a escasos metros de las líneas de piquetes. Empezaron a saltar hombres de la parte trasera del camión. Eran hombres de Pinkerton, macizos, feos, amenazadores. Formaron una fila frente a la de los piquetes, cada uno con un garrote o un tubo de hierro en la mano, todos tocados con bombines que se calaban bien hondo en las cabezas. A una señal, empezaron a moverse hacia delante.

Jimmy levantó la mano.

—Cuidado, caballeros. Hay mujeres aquí. ¡No respondo de vuestras vidas si golpeáis una sola de ellas!

Los Pinkerton se detuvieron indecisos.

—¡Esconderse tras las faldas no te va a salvar! —gritó uno de ellos—. ¡Sal y lucha como hombre!

—¡Aquí estamos y no nos moveremos, les guste o no a vuestros esquiroles! — gritó una mujer que formaba en las líneas de piquetes.

Las otras mujeres empezaron a canturrear:

—¡Esquiroles! ¡Esquiroles! ¡Esquiroles!

Un tubo de hierro llegó volando por los aires. Jimmy oyó que a sus espaldas una mujer lanzaba un grito de dolor. Echó una rápida mirada hacia atrás por encima del hombro y vio que una mujer caía y que de su frente manaba sangre. Volvió la cabeza y se enfrentó con los Pinkerton.

—¡Mataré el próximo de vosotros que repita eso! —gritó al mismo tiempo que echaba mano del revólver que llevaba en el cinturón.

Jimmy vio al hombre armado de un rifle en lo alto del camión casi antes de oír que una bala pasaba silbando junto a su oreja. Se oyó otro grito. Pero esta vez Jimmy no se giró para ver quién había resultado herido. Disparó. El hombre cayó pesadamente desde el camión al suelo. Allí yacía, con la sangre que rezumaba de un agujero que se veía en su bombín el cual, quién sabe por qué, seguía encajado en su cabeza.

—¡Agarradle! —gritó un Pinkerton, antes de sacar un arma y disparar contra Jimmy.

El nuevo disparo de Jimmy hizo blanco en él y lo tumbó de espaldas en el preciso momento que la escopeta de dos cañones de otro de los Pinkerton vomitaba fuego por partida doble. Jimmy oyó el griterío y volvió a disparar. La escopeta cayó de las manos del tipo, que se las llevó inmediatamente a la garganta. Avanzó hacia Jimmy, con la sangre escurriéndose por entre sus dedos, y lanzó un gruñido estremecedor que salía de sus entrañas. Luego cayó de bruces, giró sobre sí mismo y se quedó boca arriba en mitad de la calle. La sangre brotaba de la yugular seccionada como si se tratara de una roja fuente intermitente.

Los huelguistas y los Pinkerton se miraban fijamente, frente a frente, sin decir nada. Jimmy hizo un ademán. Silenciosamente, sus hombres salieron de atrás y se colocaron a ambos lados formando una larga muralla frente a las mujeres. De repente aparecieron en sus manos revólveres y escopetas. Eran hombres de torvas caras, montañeses y granjeros, que habían visto cómo sus mujeres eran heridas y tiroteadas.

Lentamente, Jimmy levantó el percutor de su revólver y reemplazó las tres balas disparadas. Amartilló el arma y se volvió hacia los Pinkerton. Habló en voz baja, pero pudieron oírlo perfectamente a través de la lluvia que caía lentamente.

—¿Pinkerton os paga primas por cada asesinato?

Sin responder, los Pinkerton empezaron a retirarse. Pocos minutos después, los camiones emprendieron camino de regreso. La calle quedó vacía, excepto por los tres muertos que yacían en los adoquines. Entonces se oyó el chirrido de la puerta grande de la fábrica cuando la cerraban.

Los huelguistas prorrumpieron en vítores.

—¡Los vencimos! ¡Ganamos! ¡Ganamos!

La cara de Jimmy se ensombreció. Miró a los cadáveres tendidos en la calle y volvió la vista a los jubilosos huelguistas.

—No —dijo, con un extraño presagio interior—. Perdimos.

Tenía razón. Dos días después la Guardia Nacional entraba en Fitchville y lo único que pudieron hacer fue observar silenciosamente cómo los esquiroles entraban en la fábrica bajo la protección de las autoridades.