El líder
Capítulo 15
quince
Parecía estar dormida cuando él entró en la habitación. La enfermera se volvió hacia él y se llevó un dedo a los labios para indicarle que no hablara.
—Le dimos un sedante ligero a fin de que se relajara —susurró—. Debe estar soñolienta.
Asintió en silencio para mostrar que había comprendido, acercó una silla a la cama y se sentó. La cara de Tess parecía extrañamente infantil y vulnerable mientras dormía. Respiraba pausadamente y la sábana que la cubría subía y bajaba rítmicamente. Por encima de ella miró más allá, a través de la ventana. El sol brillaba en el cielo azul y entraba a raudales dorados en la estancia.
Más que verlo, notó que se movía y bajó los ojos hacia ella. Los tenía muy abiertos y le miraba. Un segundo después volvió a cerrarlos sin decir nada. Pero su mano se arrastró por encima de la sábana hacia él. Daniel se la tomó y la sostuvo fuertemente apretada entre sus dedos.
Trascurrieron cinco minutos hasta que abriera la boca.
—Estoy asustada —dijo, con los ojos aún cerrados.
—No debes estarlo —contestó él con voz calmada—. Todo está perfectamente bien.
—Me cuesta respirar —susurró—. Y a veces siento un fuerte dolor en el pecho.
—Tranquilízate, son simplemente los nervios.
—Estoy contenta de tenerte aquí —le apretó la mano.
—Y yo también —dijo él.
La enfermera se fue del cuarto y estuvieron un rato sin decir nada. De repente, ella abrió los ojos y miró fijamente a Daniel.
—Lo siento —dijo.
—No tienes por qué sentir nada.
—Te mentí —continuó en un susurro—. Sabía que estaba encinta seis semanas antes de decírtelo.
—Eso no tiene ninguna importancia ahora.
Volvió a cerrar los ojos y descansó un rato.
—Creí que estabas a punto de dejarme y no quería que te fueras.
—No estaba a punto de dejarte —dijo él—. Pero todo eso ya es agua pasada. Olvídalo.
—No quiero tener al niño sin contarte la verdad —hizo una pausa—. Si algo me fuera a suceder quiero que sepas que era tanto lo que te quería que no podía dejar que te fueras.
—Nada te va a ocurrir aquí, excepto que vas a tener un niño y que en seguida te encontrarás bien.
—¿No estás enojado conmigo? —Tess volvió a mirarlo.
—No lo estoy.
—Me alegra oírlo —dijo ella. Cerró los ojos. Durmió hasta que apareció la enfermera en compañía de un ayudante del hospital que la seguía empujando una camilla de ruedas.
—Señora Huggins —dijo la enfermera con voz alegre—. Ya llegó la hora de que subamos al otro piso.
Tess abrió los ojos. Cuando vio la camilla asomó el miedo en ellos.
—¿Qué es eso?
—Una cama con ruedas —respondió la enfermera mientras se acercaba—. Vamos a ofrecerle un viaje en primera clase hacia arriba.
Se puso tras la cabeza de Tess. En un instante, con la ayuda del hombre, trasladaron hábilmente a Tess a la camilla. Rápidamente la envolvieron con la sábana y abrocharon las tiras de lona para sostenerla en la camilla. Tess miró a la enfermera.
—¿Puede subir él conmigo?
—Claro que sí —contestó la joven sonriendo—. Esperará fuera de la habitación donde nacerá el niño. Volverá a ver a su esposo tan pronto como salgamos.
Sacaron la camilla al pasillo y Daniel fue caminando a su lado, sin soltar la mano a Tess. En el ascensor, cuando estaban subiendo, lo miró.
—Es divertido —dijo—. Me noto como si flotara, parece que estoy mareada.
—Es normal —la tranquilizó la enfermera—. Es el pentotal. No se resista a sus efectos. Simplemente, relájese y déjese llevar. Es igual que dormir. Y cuando despierte, será madre.
Salieron del ascensor y recorrieron otro pasillo. La enfermera detuvo la camilla frente al quirófano.
—Hasta aquí puede llegar usted —le dijo a Daniel—. Hay un salón de espera al fondo del pasillo. Ahí vendrá a verle el médico cuando haya terminado.
Tess volvió la cara hacia Daniel.
—Prométeme una cosa, Daniel. Que si fuera a ocurrirme algo te ocuparás de nuestro hijo.
—No tiene por qué ocurrirte nada.
Pero Tess insistió.
—Prométemelo.
—Te lo prometo —dijo Daniel.
—Te quiero —pareció que la promesa de Daniel la había tranquilizado—. ¿Nunca lo olvidarás?
—Limítate a no olvidar que te quiero —contestó Daniel.
Se inclinó sobre la camilla y la besó. Luego observó como la empujaban a través de las puertas de vaivén y, por fin, bajó por el pasillo hasta el salón de espera.
Pareció mucho más, pero menos de una hora después el médico entró en la sala de espera. Le tendió la mano, sonriente.
—Felicidades, señor Huggins. Tiene un hijo. Un muchachote, como usted. Cuatro kilos seiscientos veinte gramos.
Daniel sonrió y sacudió enérgicamente la mano del médico.
—No puedo creerlo.
—Lo creerá cuando lo vea —sonrió el médico.
—Y Tess… ¿está bien?
—Muy bien —respondió el médico—. En este momento se encuentra en la sala de recuperación. Estará de nuevo en la habitación dentro de un par de horas, más o menos. Eso le da tiempo para salir un rato y comprar una caja de cigarros y llamar a algunos amigos. Cuando regrese ya podrá ver tanto a la madre como al pequeño.
—Gracias, doctor —dijo Daniel y respiró a fondo.
Atravesó la calle, frente al hospital, hasta un restaurante y bar que vio en la esquina inmediata. Cuando entró, el local estaba desierto con la excepción de un camarero que limpiaba vasos detrás de la barra. Daniel se dirigió al hombre.
—Un Jack Daniels doble, solo. El agua aparte.
Con destreza, el camarero le sirvió la copa y se la puso enfrente. Con la otra mano sacó un vaso con agua de la parte interior de la barra.
—¿Qué fue? —preguntó—. ¿Niño o niña?
—Niño —respondió Daniel—. ¿Cómo lo supo?
El camarero rio.
—Los únicos clientes que entran aquí a las nueve de la mañana vienen del hospital del otro lado de la calle. —Metió la mano debajo de la barra e inmediatamente la sacó con un cigarro entre los dedos—. ¡Felicidades! Cortesía de la casa.
—Muchas gracias —Daniel contemplo el cigarro. Estaba envuelto y llevaba una inscripción: «¡Es niño!»
—También los vendemos en cajas de veinticinco —dijo el camarero—. Dos dólares.
—Me llevaré una caja —aceptó Daniel—. Y déjeme que lo invite a una copa.
El camarero sonrió.
—Tengo por costumbre no beber nunca antes de las doce. Pero esta vez haré una excepción. De todas maneras, soy de Nueva York y allí ya son las doce. — Simultáneamente se sirvió una copa y puso encima del mostrador la caja de puros—. ¿Cómo se llamará el niño?
—Daniel, Daniel B. Huggins junior.
—Brindo por él —dijo el camarero levantando su vaso.
Apuraron sus bebidas. Daniel repitió. Se tomó la mitad del whisky solo y el resto acompañado de agua.
—Si quiere hacer algunas llamadas —dijo el camarero—, ahí tenemos una cabina.
Daniel miró hacia el lugar que le indicaba el camarero, pero meneó la cabeza.
—Lo haré más tarde —dijo, y levantó su vaso—: Otro, por favor. Y usted tómese también otro.
El camarero movió la cabeza negativamente.
—No, gracias, señor Huggins. Todavía tengo ocho horas por delante. Si empiezo a beber desde tan temprano no llegaré a la hora del almuerzo.
Daniel aceptó. Desenvolvió el puro y lo prendió. Disparó hacia el techo una bocanada de humo. No, no estaba mal.
—Buen cigarro —comentó.
—La cocina está abierta, si desea desayunar —le informó el camarero.
De repente, Daniel se dio cuenta de que se moría de hambre.
—Un filete, huevos y café.
El camarero sonrió. Dio media vuelta y gritó en dirección a la cocina que estaba a sus espaldas:
—¡Oye, Charlie! Asoma tus narizotas aquí y prepara una mesa.
Compró un ramo de flores primaverales cuando regresó al hospital. La puerta de la habitación estaba cerrada cuando iba por el pasillo. Con precaución, giró el pomo y abrió.
Tess estaba en cama, apoyada en varias almohadas que le habían colocado en la espalda. Ya se había maquillado un poco y puesto un toque de rojo en los labios, pero su cutis parecía pálido y casi traslúcido debajo de los afeites. Tenía los ojos cerrados y parecía descansar, sin prestar atención a la enfermera que al otro lado de la cama estiraba y remetía las sábanas.
Daniel, de puntillas y sin hacer ruido, atravesó la habitación hasta llegar junto a la cama. Bajó los ojos hacia ella. Tess abrió los suyos. Daniel sonrió y le alargó el ramo.
—¡Felicidades, mamá!
—Son muy hermosas —dijo ella mirando las flores.
Hablaba con voz muy débil.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Daniel al darle un beso.
—Muy bien —respondió—. Débil. No puedo recobrar el aliento. Es como si algo me apretara aquí, en el pecho.
—Se encontrará perfectamente cuando haya descansado —dijo la enfermera—. Algunas veces los vendajes que les ponemos alrededor del abdomen producen esa sensación de ahogo —se volvió hacia Daniel—: Pondré las flores en un florero, señor Huggins.
Daniel se las entregó. Ambos observaron como la enfermera sacaba un florero del armario, lo llenaba de agua del lavabo y arreglaba hábilmente las flores.
—¿No viste aún al pequeño? —preguntó Tess.
—No —respondió—. ¿Y tú?
Tess hizo un gesto negativo.
—El médico me dijo que era muy grandote —anunció Daniel—. Cuatro kilos seiscientos veinte gramos.
—Todos mis hermanos pesaban al nacer cuatro kilos y medio o más —comentó Tess—. ¿Podremos verlo? —preguntó a la enfermera.
—Precisamente iba a ocuparme de eso ahora mismo —dijo sonriendo—. En seguida regreso con su hijo. En menos de un minuto —salió y cerró la puerta tras ella.
Daniel puso una silla junto a la cama y tomó la mano de Tess.
—Compré una caja de cigarros. Mira —le enseñó uno—. ¿Ves la vitola? «¡Es niño!»
—¿Estuviste aquí esta mañana cuando me llevaron arriba? —preguntó Tess con una sonrisa débil.
—¡Claro que estaba! ¿No lo recuerdas? Incluso al llegar arriba caminé a tu lado hasta llegar al quirófano.
—Es lo que creí, pero lo veía todo tan confuso… Me pusieron una inyección antes de salir de aquí y todo lo recuerdo muy vagamente. —Miró a Daniel con cautela—. ¿Dije algo inconveniente?
—No —contestó Daniel al mismo tiempo que negaba con la cabeza—. Solo decías que me querías. Quizá tú creas que eso sea alguna inconveniencia.
—No, eso estuvo muy bien —Tess le estrujó la mano—. Te quiero de verdad. ¡Siempre fuiste tan bueno conmigo!
—No puedo decir que tú me trataras mal a mí —dijo riendo.
Se abrió la puerta y entró la enfermera con el niño, cubierto totalmente con una mantita. Pasó por detrás de Daniel para acercarse más a la cabecera de la cama. Puso al descubierto la cara del niño y lo sostuvo frente a Tess.
—Señora Huggins, este es su hijo.
Asombrada, Tess cogió la criatura. Cautelosamente se la puso muy cerca y contempló la carita diminuta. Levantó los ojos hasta Daniel y en su cara apareció una sonrisa radiante.
—¡Oh! ¡Daniel! ¡Qué hermoso es! Es exactamente igual a…
Un rictus de agonía contrajo repentinamente su cara.
—¡Daniel! —gritó—. ¡Dios mío!
El niño empezó a escurrirse de entre sus dedos sin nervios y Daniel lo tomó en el preciso instante en que ella se desplomaba contra las almohadas. Una ligera espuma burbujeante empezó a salir de su boca. Se volvió para mirar a Daniel con ojos brillantes y fijos. Movió los labios como si tratara de hablar. Luego, sus ojos parecieron mirar al vacío y su cara cayó de lado contra las almohadas, con la mirada perdida en la eternidad y la boca abierta sin haber podido pronunciar sus palabras.
La enfermera corrió como loca alrededor de la cama hasta llegar donde estaba Daniel, al que apartó bruscamente de su camino al tropezar con un botón saliente de la pared. Empezó a sonar un timbre en el pasillo. Inmediatamente, la habitación se llenó de enfermeras y médicos. Rápidamente entraron botellas de oxígeno y toda clase de instrumental.
Daniel se quedó junto a la pared y observó durante unos segundos. La enfermera lo miró y sus miradas se cruzaron por un momento. Daniel meneó la cabeza.
—Todo es inútil —dijo, sin dirigirse a nadie en particular y con voz rotunda—. Ha muerto.
Luego, con sumo cuidado, tapó la carita del niño con la manta.
—Ven conmigo, hijo mío —dijo.
Y se llevó el niño hasta el pasillo.