El líder

Harold Robbins · Capítulo 52 de 55

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El líder

Capítulo 11

once

 

—La clave del éxito o del fracaso del fondo estriba en los inversores individuales. De otro modo, nosotros mismos nos expondríamos al ataque de ser simplemente una rama más de la campaña de los grandes sindicatos para monopolizar el dinero de su tesoro. —Jack Haney hablaba con aire clínico—. También significaría una diferencia en el modo como nos mirase Wall Street. Ya desde ahora no se sienten muy entusiasmados a propósito de nuestro plan.

—¡Que se vayan al carajo! —exclamó Daniel—. ¿Quién da un comino por lo que piensen?

—No puede decir eso —replicó Jack—. Sin su ayuda no podemos ir a ninguna parte. Deben invitarle a uno a entrar en su club. El solo dinero no abrirá el camino.

Daniel se quedó unos segundos callado.

—Necesitamos los fondos del sindicato de camioneros y del de los mineros o no podremos empezar.

—Ellos lo reconocen —dijo Jack—. Y no se oponen. Es simplemente que creen que el fondo debería tener una base más amplia para empezar. Se sentirían satisfechos si pudiéramos contar con solo cincuenta mil accionistas con una inversión mínima.

—Llevará mucho tiempo reunirlos —arguyó Daniel—. Por lo menos necesitaríamos de seis a diez meses para remitir las cartas, los folletos, dar curso a las respuestas y finalmente mandar las acciones. No quiero esperar tanto.

—No sé de ningún otro medio para apresurarlo —dijo Jack.

Moses, que estuvo callado hasta entonces, tomó la palabra.

—Sé cómo podemos hacerlo. —Se volvió a Jack—: Tú no estabas con nosotros cuando el gran Dan viajó por todo el país en busca de afiliaciones al iniciar la Alianza confederada del trabajo. Es el mejor vendedor del mundo. Por todas partes lo quieren. Es uno de ellos.

—No sé —dudó Daniel—. Esto es distinto.

—Es lo mismo, gran Dan —insistió Moses—. Debes salir a recorrer el país. Ahí descansa tu poder. Déjalos que te vean y te seguirán.

—De todos modos también llevaría mucho tiempo —objetó Daniel.

—Puedo arreglarlo todo. Puedes recorrer todo el país en menos de un par de meses —dijo Moses—. Aún nos quedan muchísimos amigos en todas partes. Y si les endulzamos el asunto ofreciendo comisiones pagaderas en acciones a los funcionarios y empleados sindicales, basadas en las suscripciones que logren en sus sindicatos, te aseguro que no podemos fallar.

Daniel quedó pensativo unos momentos.

—¿Cuánto tiempo te llevaría poner en movimiento ese programa?

—Puedo ponerte en camino a principios de la semana entrante —dijo Moses—.

En dos meses estarás de regreso con todos los accionistas que necesitamos para que todos se sientan felices.

—Debo estar aquí, por lo menos, a mediados del mes entrante —puntualizó Daniel—. Es para entonces que Margaret espera a su hijo.

—Podemos programar la gira teniéndolo en cuenta —asintió Moses—. Tú decides.

Daniel miró a Jack.

—¿No hay otro medio?

—No sé de ningún otro —respondió Jack meneando la cabeza.

Daniel lo pensó un rato y, finalmente, aceptó.

—De acuerdo. Empezad a trabajar en el asunto. Pero recordad, han de quedar libres unos días de mediados del mes entrante. —Consultó el reloj. Eran las siete pasadas—. Lo mejor es que me vaya a casa. Le prometí a Margaret que llegaría a tiempo para cenar.

Dos hombres lo esperaban cuando al terminar de bajar las escaleras, llegó al vestíbulo del edificio. Reconoció a uno de ellos. Era el guardaespaldas de Lansky, el tipo alto y rubio que había conocido por primera vez en el aeropuerto de Miami.

—Señor Huggins —le saludó el hombre, cortésmente—. Mi jefe desea verle.

—Muy bien —dijo Daniel—. Dígale que me llame a mi casa y fijaremos una cita.

—Quiere verle en seguida —insistió el tipo rubio.

—Ya se me hizo tarde para cenar —se excusó Daniel—. Mi mujer me espera en casa.

—También lo espera mi jefe —reiteró el otro evasivamente.

Daniel le lanzó una mirada.

—Pues tendrá que esperar.

—No, no querrá.

Daniel bajó la mirada y vio el perfil del arma en el bolsillo del tipo. Apuntaba hacia él. Daniel rio a regañadientes.

—Supongo que no querrá, ya veo.

—Aquí afuera nos espera un coche.

El otro tipo señaló el gran coche negro aparcado frente al edificio, mientras el rubio no se movía del lado de Daniel. El conductor estaba detrás del volante. Los dos hombres subieron al coche y se colocaron en el asiento trasero, uno a cada lado de Daniel. El vehículo arrancó.

Daniel miró hacia atrás y pudo ver que el Dodge azul los seguía. Se volvió hacia el rubio.

—Al señor L. no le dará ninguna alegría eso —le dijo—. Está llevando a los federales directamente a su guarida.

—¿Qué diablos quiere decir? —preguntó el tipo rubio.

—Mire hacia atrás —explicó Daniel—. El Dodge azul con placa del Gobierno. FBI. Hace semanas que me siguen.

El rubio lo miró a él y luego al conductor.

—Trata de despistarlos.

—Yo no lo haría —advirtió Daniel—. Ya tienen el número de su placa. Tan pronto como nos pierdan de vista van a radiar una llamada de alerta general.

En la cara del tipo rubio apareció una expresión preocupada.

—Creo que lo mejor será que busque una cabina telefónica y le haga saber al señor Lansky lo que ocurre —dijo Daniel.

—De acuerdo. Para aquí —le ordenó al conductor—. Acércate a la farmacia de la esquina.

Cuando se detuvo el coche, se apeó.

—Esperad aquí con él —dijo, dirigiéndose en particular al hombre que estaba junto a Daniel. Luego entró en la farmacia. Regresó al cabo de unos minutos. Miró embarazado a Daniel.

—El señor Lansky dice que lo llevemos a su casa.

—Eso me parece que es lo más inteligente —dijo Daniel cuando el coche se mezclaba nuevamente en la corriente del tráfico.

—Dice que le telefoneará esta noche.

—Estaré en casa —aseguró Daniel—. No pienso ir a ninguna parte.

Quince minutos después, el vehículo se detuvo frente a la casa de Daniel. Este se apeó. Se volvió de cara al rubio.

—Gracias por el viaje.

El tipo frunció el ceño y no dijo nada.

Daniel sonrió. Pareció que ni se movía, pero de repente su mano empuñó el arma y la apretó contra las narices del guardaespaldas.

—La próxima vez que vengas por mí —dijo Daniel en voz muy baja y sonriente —, será mejor que llegues disparando. Porque ten por seguro que en el preciso instante que te vea te volaré la tapa de los sesos. Díselo al señor Lansky de mi parte.

El revólver desapareció de su mano así que oyó el portazo que dio el otro al cerrar el coche. Les volvió la espalda y fue subiendo por el sendero que llevaba a la entrada de su casa, mientras los otros desaparecían.

El teléfono empezó a sonar cuando se sentaba a la mesa. Mamie respondió.

—Hay un tal señor Miami al teléfono que pregunta por usted.

Daniel levantó los ojos hasta Mamie.

—Dígale que acabo de sentarme a la mesa para cenar. Que me llame dentro de una hora.

—¿Quién es el señor Miami? —preguntó Margaret.

Daniel cortó un pedazo de filete.

—Lansky —contestó.

—¿Por qué no usa su verdadero nombre?

Daniel se encogió de hombros.

—¿Qué es lo que quiere? —insistió Margaret.

—Su libra de carne.

—No te comprendo —dijo perpleja.

—Probablemente que ya se ha enterado de que hemos establecido un fondo mutuo —explicó Daniel—. Y seguramente se imagina que tiene derecho a una tajada.

—¿Y lo tiene?

—No.

Bueno, pues asunto arreglado —concluyó ella—. Díselo así y en paz.

—Es el hombre más difícil del mundo para decirle no —explicó Daniel con una sonrisa controlada.

Margaret se quedó silenciosa un rato.

—Daniel, ¿te encuentras en medio de algún problema?

—No.

—Algo he leído acerca de ese señor Lansky en los periódicos. Se trata de un gánster, ¿verdad?

—Eso es lo que dicen.

—¿Por qué haces negocios con él?

—Mi negocio con él es legal. Cualquier otro al que se dedique no es asunto mío.

—Pues yo, si fuera tú, no quisiera hacer más negocios con esa clase de gente.

Daniel le sonrió.

—No pretendo hacerlos. —Terminó de comer su filete y apartó el plato a un lado —. Estaba muy bueno.

Margaret se levantó. Caminaba pesadamente.

—Vete a la sala —le dijo a Daniel—. Échate un rato en el sofá y descansa. Te llevaré el café.

Margaret se inclinó sobre él y retiró el plato vacío. Daniel le dio unos golpecitos en la barriga.

—Ahora ya falta muy poco.

—Ocho semanas, según dijo el médico.

—¿Cuidas tu peso? —preguntó Daniel.

—He aumentado menos de cincuenta gramos este último mes.

—Magnífico —dijo.

Se dirigió al armario y sacó una botella de bourbon y un vaso.

—Tráeme un poco de agua fresca cuando regreses —le pidió, mientras se dirigía a la sala de estar.

Se sentó en un sillón con el vaso medio lleno de whisky, mirando cómo ella le servía el café en la mesita que tenía enfrente.

—La semana entrante empezaré una gira de conferencias que abarcará gran parte del país.

—¿Para qué? —preguntó ella, muy sorprendida.

—Tengo que vender el fondo mutuo a los diferentes sindicatos y secciones sindicales.

—¿Debes hacerlo tú? ¿No puede ocuparse de eso Jack o Moses?

—Soy yo quien debe hacerlo. Soy el único que voy a lograr que vengan a oírme.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—Me iré y regresaré —dijo—. Estoy preparando la programación a fin de encontrarme aquí para cuando nazca el niño.

De repente se puso furiosa.

—¡Qué amable eres! —dijo con sarcasmo.

—¿Qué mosca te ha picado? Te dije que estaría aquí cuando naciera nuestro hijo.

—¿Y qué crees que voy a hacer cuando tú estés fuera por esas carreteras, celebrando todas esas reuniones? ¿Sentarme aquí esperando? ¿Sosteniendo la barriga entre las manos?

—Esto es negocio —dijo con brusquedad—. Deja ya de comportarte como una chiquilla.

—Desde luego que solo tengo diecisiete años, pero no me estoy comportando como una criatura —se lamentó—. Me comporto como una mujer que va a tener un hijo y quiere a su esposo cerca.

Estuvo un rato mirándola, pero sin decir nada. Casi lo había olvidado. ¡Diecisiete años! Él tenía cincuenta y seis. Un abismo les separaba y quizá nunca habría modo de construir un puente que lo salvara. Extendió la mano y tomó la de ella.

—Lo siento, Margaret —dijo lentamente—. No lo haría yo si hubiera otro que pudiera. Pero es trabajo mío.

Volvió a sonar el teléfono. Ella desprendió la mano de entre los dedos de Daniel.

—Ese es tu amigo, el señor Miami Lansky Gánster, o como diablos se llame — dijo fríamente—. Será mejor que respondas. Aquí no hay nadie más que pueda hablar con él.