El líder
Capítulo 19
diecinueve
Alrededor de las dos de la mañana abrió los ojos de repente. Los cerró un momento. Era inútil. Estaba completamente despierto. Se movió con mucho cuidado a fin de no despertarla. Cuando se volvió pudo ver su tenue silueta. Dormía y su perfume se mezclaba con los olores del amor que se habían hecho. Salió de la cama, cerró muy despacio la puerta tras él y se fue a la sala de estar.
No encendió la luz. Sabía dónde estaba la botella. La tomó, se sirvió un trago. Y bebió. Luego volvió a sentarse junto a la ventana y contempló las gotas de lluvia que se estrellaban como pepitas de oro contra las luces amarillas de las farolas de la calle. Tomó otro trago. Pero de nada sirvió. Seguía notando en su interior una sensación hueca, seca y vacía. Incluso si pensaba en el amor no lograba que aquella sensación se disipara.
Se abrió la puerta del dormitorio y su luz entró en la sala, a sus espaldas. Giró la cabeza y allí estaba ella, en el umbral, parada y completamente desnuda.
—No quise despertarte —dijo Daniel amablemente—. Sería mejor que te pusieras una bata. Hay humedad.
—¿Qué es lo que te preocupa, Daniel?
—Primero ponte una bata —dijo él.
Desapareció, pero regresó casi inmediatamente, aún desnuda.
—Ni tú tienes ninguna bata ni yo traje ninguna conmigo.
Daniel rio. Tenía razón. Nunca poseyó un albornoz, ni una bata, ni siquiera un pijama. Cuando dormía con algo puesto era con sus prendas interiores.
—Toma una de mis camisas.
La camisa le llegaba hasta las rodillas.
—Me siento ridícula.
—Pero así no te resfriarás. —Se sirvió otro trago—. ¿Quieres uno?
Hizo un gesto negativo y observó como él apuraba su vaso.
—¿Qué te pasa, Daniel? Nunca te había visto así.
—Es como si de repente me hubiera convertido en el hombre invisible —dijo él.
—¿Se trata de tu nuevo empleo?
Daniel la miró sorprendido.
—¿Lo sabías?
—Claro que sí.
—¿Cómo te enteraste?
—Del mismo modo que me enteré de dónde vivías. Lo encontré en los archivos confidenciales de las oficinas de tío Tom.
—¿Sabe incluso detalles como esos?
—Tiene informes de todo y de todos —explicó.
—¿Está enterado de lo nuestro?
Ella asintió.
—¿Te ha dicho algo?
—De momento se puso furioso, pero luego se calmó. Sigue no gustándole nada, aunque dijo que hubiera podido ser peor. Podrías haber sido algún judío comunista o un negro.
Rio con amargura.
—¿Te sorprendería saber que él sabe más acerca de mi nuevo cargo que la mayoría de los elementos del sindicato?
—Mi tío me contó que te sacaban de en medio debido a que tú te oponías a que se declarara la huelga. Me dijo también que si no hubiera estallado la huelga te habrían puesto de patitas en la calle de inmediato, pero temen sacudir el bote en estos momentos. Creen que deshacerse de ti disgustaría a muchos de los hombres que organizaste.
—Pues se equivocaron —dijo Daniel meneando la cabeza—. Esta noche he descubierto que a todos les importo un comino. Alguien me ha hecho víctima de una política bien sucia. Todo lo que he dicho lo han tergiversado, deformado, y ha dado pábulo a los rumores. Incluso acerca de ti y de mí. Que por tu causa los estoy traicionando.
—Deberían conocerte mejor que eso.
—Creo que así es por lo que a Philip Murray se refiere, pero dudo que los demás compartan la misma convicción.
—¡Cuánto lo siento! —exclamó ella—. ¿Qué piensas hacer?
—Sinceramente, no sé —dijo Daniel—. Murray quiere que espere. Dice que va a ponerlo todo en su lugar. Pero no tengo la seguridad de poder esperar como él quiere. No estoy acostumbrado a permanecer sentado en un despacho sin hacer nada.
—¿Por qué no hablas con tío Tom? —preguntó Chris—. Me doy cuenta de que, a juzgar por sus palabras, te considera mucho. Pese a que no le gustas.
—No, no puedo hacerlo. —Daniel miró a Chris—. Estoy en este lado de la calle desde hace tanto que no hay forma de cruzar a la acera de enfrente. Además, si lo hiciera, todo lo que están diciendo de mí parecería verdad.
Ella se acercó más a él.
—Te quiero. No puedo soportar verte tan atormentado.
Él no dijo nada, se limitó a mirarla.
—Ya sé que dije que esperaría hasta que me llamaras —admitió Chris—. Pero no pude. Te echaba demasiado de menos. Daniel, quiero quedarme aquí contigo.
Daniel respiró a fondo.
—También a mí me gustaría. Pero únicamente empeoraríamos las cosas.
—¿Qué vas a hacer, entonces?
—Esperar —respondió—. Como dijo Phil Murray. Quizá cuando esto haya terminado mejorará la situación.
—¿Qué harás en el caso de que no puedas esperar como él quiere y decidas abandonar? —preguntó ella.
—Te prometí algo —respondió Daniel—. Si decido irme, nos iremos juntos.
Vio cómo las lágrimas acudían a sus ojos y Daniel la atrajo hacia él.
—No seas tonta —le dijo, y le dio un beso en la mejilla.
—No soy tonta —replicó ella, respirando ruidosamente—. Simplemente, soy feliz —miró directamente a los ojos de Daniel—. Tú me quieres, ¿no es así?
—No lo hagas una cuestión personal —dijo Daniel burlón.
—¿Me quieres aunque sea un poquito? —preguntó en voz baja.
—No simplemente un poquito —rio Daniel, besándole los labios—. ¡Mucho!
Consultó el calendario que tenía encima de la mesa. 28 de mayo de 1937. Viernes. Las últimas dos semanas habían sido interminables. Estuvo esperando la llamada que nunca llegó. A pesar de la promesa de Murray, McDonald no llamó. Entretanto, presenció la excitación en aumento que, parecida a un torbellino, agitaba la oficina a su alrededor. Sabía que se estaban trazando planes para la manifestación del Día de Conmemoración, pero nadie le dijo nada a él ni lo incluyó en las conversaciones acerca de la misma. Supo más acerca de los progresos de la huelga por lo que leía en los periódicos que por lo que se enteraba en las oficinas. Consultó su reloj. Eran las cinco y media pasadas.
Abrió la puerta de su despacho y miró al exterior. La gran oficina estaba vacía. Cerró la puerta y regresó a su mesa. Tomó el auricular y pidió hablar con Phil Murray, en Washington. El señor Murray había salido para Pittsburgh y no regresaría a su oficina hasta el lunes. Intentó hablar con Murray en su casa de Pittsburgh, pero nadie respondió.
Sacó la botella de whisky de su cajón. Estaba casi vacía. Se la llevó a la boca hasta dejarla limpia. Había tan poco que no valía la pena ensuciar un vaso. De nuevo miró fijamente el calendario. Murray le había pedido que esperara hasta finales de mes. Prácticamente ya era fin de mes. Un pensamiento cruzó por su mente.
El lunes sería día treinta y uno. ¿Podría ser que lo retuvieran aquí, atado y fuera de su camino, hasta después de las manifestaciones del domingo? ¿Sería verdad lo que Girdler le había contado a Chris? ¿Temían que fuera a sacudir el bote?
Se preguntó qué sucedería el lunes. ¿Llamaría Murray para decirle que, lamentándolo mucho, no había podido arreglar nada? ¿O creerían que era bastante digno de fiar para confiarle un empleo auténtico? En cualquiera de los casos, ahora ya no importaba. Extendió las manos sobre la mesa y las miró fijamente. Eran exactamente como siempre. Grandes, cuadradas, manos de obrero. No eran las de un hombre que se supone que piensa y siente. Y eso era lo que siempre habían sido. Manos de trabajador. Movidas y dirigidas por los sesos, los pensamientos y los deseos de otro.
Una desagradable oleada de cólera invadió su interior. Apretó las manos en sendos puños y los descargó furioso contra la mesa. Un dolor intenso le recorrió los brazos. Tenía los nudillos blancos y rezumaba sangre por la piel desgarrada. Lentamente abrió las manos. Carecía de importancia lo que le tuvieran reservado, ahora había llegado el momento de marcharse.
Era el momento para él de irse, de mudarse, de descubrir qué pasaba en el interior de su cabeza. Acababa de abrir el cajón de su mesa cuando llamaron a la puerta.
—¿Señor Huggins? —era una voz femenina.
Fue hacia la puerta y la abrió. Allí estaba Nancy con los ojos muy abiertos.
—¿Qué quiere? —preguntó Daniel, con aspereza.
—Regresé para recoger algo que olvidé en mi mesa —dijo rápidamente—, y entonces oí un ruido muy fuerte que venía de su oficina. ¿Está bien?
—Sí, me encuentro bien —repuso lentamente.
Una tenue sensación de alivio apareció en su cara.
—Entonces me voy. Perdone por haberlo molestado.
—Perdonada, Nancy. Y gracias por haberse preocupado por mí.
La muchacha ya se iba, pero Daniel la llamó.
—Nancy.
—Diga, señor Huggins.
—¿Podría perder unos minutos y escribirme una carta a máquina?
—¿Muy larga? Tengo una cita esta noche y aún debo ir a mi casa y cambiarme.
—No, no será larga. Pero es muy importante para mí.
—De acuerdo. Un momento que voy a buscar mi libreta de taquigrafía.
La observó cuando iba hacia su mesa y en seguida él regresó a la suya y empezó a vaciar todos los cajones.