El líder
Capítulo 17
diecisiete
Los titulares de los periódicos ya proclamaban la huelga contra las industrias siderúrgicas de segunda división cuando Daniel se apeó del tren en la estación Union. Compró el Tribune y lo leyó en el taxi que lo llevaba directamente a las oficinas del sindicato.
En primera página aparecían dos entrevistas destacadas. Una, en lugar preferente, en la parte superior de la página, era la sostenida con Tom Girdler, presidente de la Republic Steel. La otra, en un recuadro emplazado en el extremo inferior de la página y en caracteres más pequeños —además de continuar en las páginas interiores—, era la concedida por Phil Murray, presidente del Comité organizador de los obreros del acero, perteneciente al Congreso de organizaciones industriales.
Los comunistas, anarquistas y agitadores que tratan de apoderarse de
este país para entregarlo intacto en las manos codiciosas y el poder de la
Unión Soviética, despertarán sorprendidos cuando se encuentren frente a
frente con las masas de americanos auténticos dispuestos a proteger los
ideales y la forma de vida americana, para ellos mismos y para sus hijos. No
vamos a eludir ni a desfallecer en nuestra tarea. Estamos dispuestos a
defendernos, y los combatiremos en los campos, en las calles e incluso a las
puertas de nuestras factorías, con la seguridad de que los venceremos igual
que los soldados americanos vencieron la amenaza tedesca durante la
guerra. Quiero decirles a los huelguistas mal dirigidos: «No escuchéis a esos
falsos profetas que van a entregaros a vuestros enemigos. Regresad a vuestros
empleos y trabajad. Somos americanos, siempre dispuestos a perdonar y a
considerar a nuestros vecinos como nuestros hermanos.»
En contraste, las manifestaciones de Murray eran comedidas, incluso moderadas.
Lo único que pedimos para los obreros es justicia, seguridad en su
trabajo y los beneficios de que ya disfrutan sus compatriotas que trabajan
para la US Steel y otras compañías que han reconocido que sus demandas
eran simplemente justas y equitativas. No tenemos intención de entregar nada
a manos de ninguna potencia o ideología extranjera, sino lograr una vida
mejor para los obreros americanos, que con su trabajo hacen posible y nos
permiten disfrutar de nuestra forma americana de vida.
Daniel abandonó el periódico en el taxi cuando se apeó con su maleta frente a la sede sindical. Mientras atravesaba toda la planta del edificio en la que ahora estaban instaladas las oficinas regionales del Comité organizador de los obreros del acero, no podía por menos que pensar en la diferencia existente entre la organización actual y la última tentativa para sindicar a la industria del acero en 1919. Entonces todo parecía improvisado y a la buena de Dios. Ahora todo estaba planeado. Contaban con un departamento completo de información con más de cuarenta empleados, que suministraba a los periódicos y agencias de noticias informes al día acerca de las actividades de la organización. Un departamento de estadística, que estaba al tanto de todas las corrientes económicas que pudieran afectar la posición del sindicato. Un departamento de socorros, que prestaba ayuda, económica y de todo tipo, a sus afiliados. Eso era así, sin la menor duda. Era muy diferente. ¿Pero en realidad lo era?
A pesar de aplicarse las técnicas comerciales más modernas y del apoyo financiero más sólido con que podía contar el esfuerzo organizador de cualquier sindicato, él echaba algo de menos. Daniel sentía esta impresión, pero no sabía en qué llaga poner el dedo. Quizás era simplemente que el sindicato, al moverse hacia delante en la cresta de la ola pro sindicalista de los últimos años, tenía demasiada confianza en sí mismo y no se daba cuenta de la determinación de sus opositores. El repentino colapso de la liga grande del acero del año anterior, el éxito de la campaña de los obreros textiles sureños, la organización de los obreros del automóvil de la General Motors, representaron posiblemente una corriente que quizá los conducía a una ilusión. En cada una de esas victorias fue con las compañías mayores con las que se firmaron convenios. Compañías cuya participación en sus mercados respectivos era tan grande que los resultados netos solo podían afectarlas en una parte mínima. Pero las compañías pequeñas, para quienes las diferencias representaban un efecto mayor en sus márgenes de beneficios, tenían motivos sobrados para pelear. La Ford Motor Company estaba tan lejos como antes de llegar a un convenio. Y lo mismo sucedía con las industrias del acero de segunda división. Y cada dirección individual de esas compañías lo había convertido en una pelea personal para retener lo que cada una creía que era el control de su propio negocio y su libertad. Ni Henry Ford ni Tom Girdler estaban dispuestos a doblar la cerviz ante sus siervos. Al contrario, creían que quienes trabajaban para ellos debían estarles agradecidos, encima, por la oportunidad que les habían dado.
Las oficinas del ejecutivo se hallaban en la parte posterior del edificio, lejos de los ascensores. Cada una contaba con ventanales que daban a la calle y todas estaban alfombradas y amuebladas de forma, si no costosa, sí respetable. En contraste, la mayoría de los empleados se apiñaban en amplias salas sin divisiones y que albergaban treinta o cuarenta escritorios donde apenas si hubieran debido colocarse la mitad. Ahora los líderes sindicales estaban tan aislados de los empleados de la base como cualquier ejecutivo de las compañías a las que combatían. Y de repente Daniel se dio cuenta de qué era lo que echaba de menos. Estaba en proceso de desarrollo una nueva jerarquía. Tarde o temprano, el hombre sentado en su oficina, detrás de una puerta cerrada, perdía contacto con la gente que estaba al exterior, aquella gente a la que precisamente representaba. Había desaparecido toda relación emocional. Ahora era una representación calculada de un ideal que a su vez se había convertido en un gran negocio, pero con otro aspecto.
Ahora Daniel comprendió las presiones ejercidas sobre Murray para que actuara. Su organización era muy parecida a cualquier departamento de la General Motors. Todos tenían metas que alcanzar, y si por alguna razón cualquiera que fuera, no eran alcanzadas, ya encontrarían nuevos ejecutivos que pudieran hacerlo. Debía darse la batalla aunque el resultado fuera dudoso. Murray debía demostrar que no se arredraba y que no eludía su trabajo. Y ser siempre consciente de que Lewis permanecía sentado, allá en Washington, procurando conservar su posición como el hombre que había llegado a firmar un convenio con las siderúrgicas de primera división sin recurrir a la huelga y que, por eso mismo, ponía buen cuidado en evitar tomar posición tanto a favor como en contra de las huelgas cara a los sindicatos. Estaba en la mejor disposición para dejar la decisión en manos de Murray. Si este fracasaba, sería con su propia soga que se ahorcaría, y si ganaba, Lewis podría salir a escena y compartir la gloria debido a que él había señalado el camino y había tenido confianza en que Murray lo lograría.
Daniel se detuvo frente a una puerta en la que estaba grabada en letras doradas la inscripción: «Señor Murray», y se dirigió a la secretaria que estaba sentada tras una mesa situada junto a la puerta. Era una joven que no conocía y que nunca había visto anteriormente.
—¿Está el señor Murray?
Ella levantó la vista del teclado de su máquina.
—¿Me permite que le pregunte quién desea verlo?
—Daniel Huggins.
Levantó un auricular.
—Aquí está el señor Huggins que quiere verlo, señor Murray.
Inmediatamente colgó el auricular y en su voz apareció un tono nuevo, de gran respeto.
—Por favor entre en seguida, señor.
A Daniel le pareció que el aspecto de Murray era tenso y cansado cuando se levantó de detrás de su mesa para acercarse a él. Estrechó cordialmente la mano de Daniel.
—Estoy muy contento de que hayas regresado.
—También yo —respondió Daniel. Y lo decía de veras.
—Toma una silla —dijo Murray, que volvió a su sitio—. ¿Cómo está el niño?
—Muy bien.
—Tu mujer debe sentirse muy orgullosa. Por favor, preséntale mis disculpas por haberte arrancado tan pronto de su lado.
Daniel cruzó su mirada con la de Murray.
—Mi mujer murió.
En los ojos de Murray apareció una mirada de estupefacción.
—No me dijiste ni una palabra de eso.
—No había nada que decir. Sucedió y todo ha terminado.
Murray se quedó un momento callado.
—Lo siento mucho, Daniel. Si lo hubiera sabido no te hubiera dado prisas.
—No se preocupe —dijo Daniel—. Hice cuanto tenía que hacer y aquí estoy, de nuevo en mi trabajo.
—¿Está en buenas manos tu hijo?
—Empleé una buena mujer que se ocupará del niño y de la casa. Todo saldrá bien.
Murray respiró profundamente.
—Si algo puedo hacer por ti, no dejes de decírmelo.
—Muchas gracias —Daniel esperó.
Rápidamente habían dado cuenta de las formalidades, pero desde el momento en que entró en el despacho percibió que algo andaba mal. Otra vez se trataba de algo que no veía qué podía ser, solo la impresión de que Murray no se sentía completamente a sus anchas con él.
Murray revolvió algunos papeles que tenía encima de la mesa hasta que finalmente encontró el que buscaba. Lo sostuvo un momento entre sus dedos, le echó una ojeada y luego habló.
—Tengo un nuevo trabajo para ti. Te quedarás aquí, en la central, como coordinador de las oficinas subregionales del oeste medio del país. Y procurarás que ninguna de ellas se desmande.
—Ignoro si soy hombre de oficina —dijo Daniel—. Estoy acostumbrado a trabajar sobre el terreno. ¿Por qué no puedo quedarme en el mismo trabajo de antes?
—Te estás convirtiendo en una persona demasiado importante para ir corriendo siempre por ahí con los organizadores. Necesitamos a alguien aquí que nos pueda ofrecer una visión de conjunto.
—¿A quién debo presentarme?
—A David McDonald, de Pittsburgh. Lleva al día todas las operaciones. Yo voy a trasladarme a Washington para mantener la presión sobre el Gobierno.
Daniel asintió. McDonald era un buen elemento, un veterano de la industria del acero. Se rumoreaba que era el heredero aparente de Murray, igual que se había dicho que Murray lo era de Lewis. Ahora, por lo menos, la primera parte del rumor se confirmaba. Pero Daniel no encontraba en ello ningún inconveniente. McDonald era el candidato lógico.
—¿Tendré alguna autoridad específica en ese nuevo cargo?
—He creído que podríais trabajar juntos, tú y McDonald, y arreglar ese punto entre ambos —respondió Murray.
Daniel tomó un cigarro del bolsillo interior de la chaqueta. De un mordisco lo despuntó y lo prendió lentamente, sin quitar la vista de Murray. Finalmente, cuando el cigarro empezó a tirar, se echó hacia atrás en su silla.
—De acuerdo, Phil —dijo, tranquilamente—. Hace mucho que nos conocemos. Puede decirme la verdad. ¿Por qué me ascienden?
—No es eso exactamente —dijo Murray ruborizándose.
—Pero tampoco es exactamente lo contrario —dijo Daniel.
Murray movió la cabeza lentamente.
—No me dejas que me escape del anzuelo ¿verdad?
Daniel calló.
—Demasiada gente ha oído decirte que estabas contra la huelga. Demasiada gente está enterada de tu asunto con la sobrina de Girdler. No confían en ti.
—¿Confía usted?
—Esa es una pregunta absurda —Murray se puso furioso—. Si no confiara en ti no te habría asignado a otro trabajo.
—De todos modos, quizá será mejor que renuncie —dijo Daniel—. No me gusta correr por callejones sin salida.
La voz de Murray era convincente.
—No te irás. No quiero que te vayas. Ni David lo quiere ni Lewis tampoco. Eres el único hombre que conocemos que ha trabajado en todas las secciones subregionales, el único en quien podemos confiar para que nos dé una visión de conjunto clara de lo que allí ocurre. Además, no será por mucho tiempo. Cuando quede resuelto lo de esta huelga, tenemos pensado algo para ti.
—Esta huelga no quedara resuelta en poco tiempo. Parece que es imposible hacerle comprender a ninguno de ustedes lo duro que es Girdler. Está decidido a forjar una alianza impía con los demás empresarios independientes, los cuales irán con él hasta el final.
—Una alianza impía —Murray se quedó pensativo—. Puedo utilizar la frase en la conferencia de prensa que sostendré en Washington la semana entrante.
—Se la regalo —dijo Daniel.
—Faltan tres semanas para el Día de Conmemoración. Proyectamos manifestaciones de masas por toda la región. Me imagino que esta alianza impía de la que hablas puede pensárselo dos veces cuando vea las masas obreras que nos siguen.
—No creo que les importe —replicó Daniel—. Están decididos a romper esta huelga a cualquier coste.
—Daniel, deja de combatirme —la voz de Murray parecía de repente cansada—. Ya tengo bastante gente que me carga la mano. No me hagas las cosas difíciles para soportarte. Ayúdame, simplemente.
Era la primera vez que Murray se le revelaba tan claramente y le hablaba con tanta franqueza. Solo los verdaderos amigos se hablaban con tanta sinceridad. Murray siempre estuvo a su lado cuando necesitó ayuda. Desde hacía casi veinte años. Ahora le tocaba a él, Daniel, ayudarlo.
—Está bien —dijo—. ¿Qué es lo primero que quiere que haga?
—Trabajar en las manifestaciones del Día de Conmemoración. Tratar de que se lleven a cabo sin que haya disturbios.
—Haré cuanto pueda —dijo Daniel. Se levantó—. Si debo quedarme en Chicago, lo mejor será que busque en seguida dónde alojarme.
Murray dirigió una mirada a Daniel.
—Gracias, Daniel.
—No tiene por qué darme las gracias por nada, Phil —replicó Daniel—. Siempre seré deudor suyo.
Murray sonrió con cansancio.
—Algún día discutiremos quién debe a quién y quién debe qué. Pero de inmediato, lo importante es que se haga el trabajo. A propósito, se me olvidó decirte que el comité ejecutivo ha aprobado pagarte un salario de ocho mil quinientos dólares al año por el nuevo empleo.
Daniel rio.
—¡Haberlo dicho antes! Quizá no le habría hecho pasar tan mal rato.
Murray lo acompañó en sus risas.
—Si era dinero lo que querías, podrías haber aceptado ese empleo que te ofrecían en el Sindicato del cine. Pero te conozco bien, Daniel.