El líder

Harold Robbins · Capítulo 48 de 55

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El líder

Capítulo 7

siete

 

Giró en la cama y abrió los ojos. Margaret lo observaba. Sonrió, se inclinó por encima de la almohada y le dio un beso.

—Esta noche has estado soñando.

—No recuerdo —dijo él.

—Parecías llorar mientras soñabas —le informó—. ¿No te sientes feliz?

Hizo un gesto afirmativo y sacó los pies de la cama.

—¿Cómo te encuentras?

—Muy bien. Creo que el niño se movió.

Se volvió para mirarla de nuevo.

—Debiste haberme despertado.

—No estaba muy segura. Aún no hace cinco meses.

—Pero podría ser —dijo Daniel—. Especialmente si se trata de un niño.

—¿Es un niño lo que tú quieres?

—Sí —afirmó, poniéndose de pie.

—Pero si ya tienes un hijo —dijo ella—. ¿Acaso no estás contento de tenerlo?

—Claro que lo estoy. Pero no es eso. Es… —pensó unos segundos—. Es que Junior solo es una parte mía. Es mía su parte práctica. Es muy bueno y con el tiempo será mejor que yo en lo que hace.

—¿Entonces…?

—Quisiera un hijo que sintiera como siento yo. Que tenga los mismos sueños que tuve cuando era niño, que perciba la belleza en la gente y en las cosas que nos rodean y para quien la vida no tenga que ser una sucesión de explicaciones lógicas.

—¿No podría una niña sentir igual?

——Supongo que sí. Pero es que será un niño.

—¿Te disgustaría si fuera niña?

—No.

Margaret se quedó un rato callada.

—Será niño —concluyó.

Se levantó de la cama y se acercó a un espejo para contemplarse.

—No tengo la barriga muy grande, pero los pechos sí.

—Hermosos —dijo Daniel.

—¿Te gustan los pechos grandes?

—Me gustan los tuyos —puntualizó Daniel.

—Voy a bajar para preparar el desayuno —cogió una bata que se echó encima.

—Mamie se ocupará de eso.

—Me gusta prepararte yo misma el desayuno. Ella ya hace todo lo demás.

Daniel dio unos pasos hacia ella y la abrazó.

—Todo no —dijo.

—Eso espero —le dio un beso en la mejilla.

Daniel metió las manos en el interior de la bata y le acarició los pechos. Los notó fuertes y pesados al tacto. Percibió que sus pezones se endurecían y que simultáneamente él experimentaba una oleada cálida en la ingle.

—Regresa a la cama.

Se sintió atraída hacia él.

—Llegarás tarde al trabajo.

Hizo resbalar la bata tomándolas por las tiras de los hombros y quedaron expuestos sus pechos, blancos como la leche. Inclinó su cabeza y lamió el círculo de su sonrosada aureola.

—No llegaré tarde si dejas que sea Mamie quien prepare el desayuno —dijo Daniel.

La mano de Margaret encontró en seguida su dureza siempre a punto. Se derrumbaron en la cama y ella, con sus piernas, le ceñía la cintura mientras guiaba a Daniel en su penetración.

—Daniel —susurró, con los ojos semicerrados—. Me das tanto placer. Tanto… tanto…

 

Cuando entró en la cocina encontró que solo Junior estaba sentado a la mesa.

—Buenos días, mamá Maggie —dijo, sonriente.

—Buenos días, D.J. —contestó ella. Le devolvió la sonrisa, fue hasta los hornillos y se sirvió una taza de café. Regresó a la mesa y se sentó.

—¿Tu padre ya salió para la oficina?

—Sí, y de paso dejará a Mamie en el supermercado.

Margaret tomó un poco de café.

—¿Regresas a tus estudios el próximo lunes?

—Si vosotros, par de pajaritos enamorados, me aseguráis que podréis apañaros solos —rio.

—D.J. —protestó ella. Le llamaba así desde el día que lo conoció. Esa abreviatura de Daniel Junior le sonaba mejor a ella que llamarle Junior como los demás. Él se desquitaba llamándola mamá Maggie, pero se querían de veras y ambos sentían gran respeto por el amor que compartían hacia el hombre que los unía—. Anoche tu padre no durmió bien.

D.J. la miró.

—Algo hay que le preocupa —dijo—. Desde la semana pasada no se ha olvidado ni un solo día de llevar la pistola en la funda que esconde bajo su chaqueta.

—¿Te ha dicho algo?

—No. Si le pregunto, dice que siempre la ha llevado.

—Es verdad. Lo recuerdo desde que era niño.

—¿Qué ocurre D.J.? No soy ninguna niña, a pesar de lo que él crea. Soy su mujer.

—Tampoco me cuenta nada a mí. —Pensó unos segundos—: Se ha creado un montón de enemigos por salir en ayuda del Sindicato de mineros tras los problemas y los disturbios suscitados en Jellico hace un par de meses.

—¿Crees que le habrán amenazado?

—No, no lo creo. Ese es el tipo de guerra en que ha estado envuelto toda su vida.

—¿De qué podría tratarse entonces?

—Ahora ya hiciste que yo me preocupe —dijo D.J. mirándola.

—No era esa mi intención —se excusó Margaret. Afluyeron lágrimas a sus ojos —. Realmente, le quiero. Tú lo sabes bien. Es el hombre más maravilloso que he conocido en la vida.

—Lo más seguro es que no pase nada —la tranquilizó él, incómodo—. Siempre ha llevado arma. Posiblemente nos estamos imaginando cosas.

Margaret rompió a llorar. Suavemente. En silencio.

—Quiero ayudarle. Quiero hablarle. Pero no sé cómo. Sabe mucho más que yo. No sé qué decirle.

Él alargó la mano por encima de la mesa y dio unos golpecitos suaves en la de ella.

—Cálmate, mamá Maggie, Disgustarte, y sin motivo, no puede hacerle ningún bien al niño.

—Eres igual que tu padre —suspiró, y el principio de una sonrisa afloró a sus labios—. Es exactamente lo que él diría.

—Es posible que dijera lo mismo que yo —admitió D.J.—, pero mucho me temo que no soy exactamente igual a él, pese a lo mucho que lo deseo.

 

Daniel estacionó el coche en el callejón, detrás del almacén, subió los desvencijados peldaños de una escalera trasera y llamó a la puerta metálica. Tres golpes rápidos, luego un cuarto seco.

La puerta se abrió de inmediato. Un tipo fornido apareció en el umbral y lo miró interrogadoramente.

—¿Señor Huggins?

Daniel asintió.

—Por aquí. Sígame.

Daniel lo siguió a través del largo y vacío almacén. Sus compartimentos solo almacenaban polvo. Luego subieron por otra escalera situada en el lugar más alejado de la construcción. Atravesó otra puerta metálica hasta que, finalmente, se encontró en un despacho. Ante una mesa muy larga, varios hombres y mujeres seleccionaban unas hojas de papel. Ni uno solo levantó los ojos de su trabajo cuando pasaron en dirección al cuarto contiguo. Allí también se veía una mesa larga alrededor de la cual aparecían reunidos varios hombres y mujeres. Solo que en esta no seleccionaban hojas de papel, sino que contaban dinero. Billetes y monedas metálicas. Estas últimas las echaban a una máquina donde eran clasificadas y salían ya empaquetadas como los cartuchos de los bancos. Tampoco aquí se fijó nadie en ellos cuando siguieron hacia el cuarto siguiente.

Lansky estaba sentado tras una mesa en una pieza pobremente amueblada, de paredes blancas. Colocados en desorden aparecían sillas y sofás completamente desaparejados. Había otros dos hombres en la estancia: los dos guardaespaldas que recibieron a Daniel cuando visitó a Lansky en Florida. A un gesto de Lansky, ambos abandonaron el lugar y lo dejaron a solas con Daniel.

—Siéntese —dijo Lansky.

Daniel se sentó frente a él, en la parte delantera del escritorio. Guardó silencio.

—Hizo un buen trabajo —empezó Lansky—. Creo que esta es la primera vez que los afiliados de un sindicato percibirán una parte justa de los beneficios del fondo de seguro y pensiones. Están tan acostumbrados a que les roben que me pregunto si realmente se dan cuenta de lo que usted hace por ellos.

Daniel siguió sin decir nada.

—Tampoco a nosotros nos ha ido nada mal —continuó Lansky—. A pesar de que varias de las compañías de seguros se quejan de que les impuso unas condiciones muy duras.

—Dejemos que protesten —dijo Daniel—. Hay tanto ahí que no es preciso que nadie robe nada.

Lansky lo miró. Parecía estar desconcertado.

—Es usted un tipo muy raro, gran Dan. Que yo sepa, solo hay en todo ese asunto trabajo duro para usted. Sus devoluciones de préstamo se llevan a cabo con toda puntualidad, las comisiones ingresan en los fondos sindicales, no saca de ellos más que su salario, y sus cuentas de gastos son mínimas. ¿Dónde está su recompensa?

Daniel sonrió. Lansky, evidentemente, lo había verificado todo.

—El dinero no lo es todo. Soy un idealista.

—¡Ideales… ideales! —rio Lansky—. A todo el mundo le gusta el dinero.

—No dije que a mí no me gustara. Solo dije que el dinero no era todo. Señor Lansky, usted tiene todo el dinero que necesita. ¿Por qué sigue trabajando?

Lansky le miró pensativamente. No respondió.

—¿Por qué no se retira y disfruta los años que le quedan de vida?

—No es tan fácil —respondió Lansky—. Tengo obligaciones.

—El dinero puede solventarlas. Debe haber algo más que eso. Hay algo que no quiere soltar.

—¿Qué cree que es? —preguntó Lansky.

—El poder —respondió Daniel, llanamente.

Lansky le miró con fijeza unos segundos.

—¿Eso es lo que también quiere usted?

—Sí. Pero no deseo lograrlo a expensas de la gente a la que se supone que represento.

—¿Cómo espera entonces obtenerlo?

—Simplemente, haciendo pactos con el demonio.

—¿No traiciona así su confianza?

—No, desde mi punto de vista, puesto que minimizo su capacidad para la maldad. Gracias a lo que he hecho en estos últimos seis meses, más de seiscientos mil afiliados al sindicato obtienen un beneficio extra de un veinticinco por ciento de sus fondos de seguros y pensiones. Y si hubiera dejado de presionar, el sindicato nunca habría inaugurado en junio próximo esos diez hospitales en Virginia y Kentucky.

—¿Pero no ayuda de ese modo a perpetuar el demonio en su poder?

—No soy policía, señor Lansky. No soy quien los elige para sus cargos. Queda en manos de los mismos miembros del sindicato decidir quiénes quieren que los represente. —Daniel se sacó un cigarro del bolsillo y se lo puso entre los labios. No lo encendió. Lo contempló pensativamente—. He pasado toda la vida en el movimiento obrero, señor Lansky. He presenciado todas las injusticias. De ambas partes. Y he llegado a la conclusión de que no puedo mejorarlo desde fuera. El único modo de mejorar el sistema es trabajar con él.

—No me importa que fume —dijo Lansky mirándole. Esperó hasta que hubo prendido el puro—. ¿Entonces supongo que no le interesaría poner en circulación cinco millones de dólares anuales a través de sus fondos de pensiones, aunque usted fuera a percibir personalmente una comisión de un cinco por ciento?

—¿Está hablando de dinero como el que vi ahí afuera? —Daniel enderezó la cabeza y lanzó una mirada a la puerta que tenía a sus espaldas.

—Sí —dijo Lansky.

—En ese caso su suposición es correcta, señor Lansky.

Lansky se quedó unos segundos silencioso.

—¿Pero no pondría ninguna objeción a trabajar con cualquier sindicato, aunque la Federación del trabajo y el Congreso de organizaciones industriales tuvieran que expulsarle por corrupción?

—Concretamente, ¿está hablando de los camioneros, panaderos y trabajadores de lavanderías?

—Acerca de ellos, precisamente. Y me refiero también a los obreros de la construcción y de conservación de edificios, y a la Asociación de obreros portuarios, entre otros. Hablo acerca de dos millones y medio más de miembros del sindicato que podrían desear en los próximos años un nuevo hogar.

—Solo bajo las mismas condiciones actuales. No es mi intención iniciar otra organización laboral para oponer a la Asociación y el Congreso. Como dije antes, mi intención es obtener mejores ventajas para la clase obrera trabajando con sus representantes elegidos, aunque sin controlarlos.

—¿Recuerda la historia del demonio y el señor Webster? —Lansky sonrió—. ¿Está seguro de que usted no se llama Daniel Webster Huggins?

—No. Me llamo Daniel Boone —rio Daniel.

—Tampoco yo soy el demonio —dijo Lansky suavemente—. No tiene por qué pleitear conmigo el alma del trabajo.

—Me gusta mucho oírle decir eso, señor Lansky —replicó Daniel—. Empezaba a sentirme preocupado.

—Se ha creado enemigos, gran Dan —afirmó Lansky—. Algunos de aquellos a los que más ayuda empiezan a envidiar el atractivo que está ganando entre sus propios sindicatos.

—Toda mi vida me he creado enemigos, señor Lansky —dijo Daniel—. He aprendido a vivir con ellos.

—Lo mismo me ocurre a mí, gran Dan —aseguró Lansky—. Me permito sugerirle que tome las mismas precauciones que yo para cuidarme la vida.

Daniel no dijo nada. Este era el final de la reunión. Tras un momento, se levantó. Ya habían llegado a sus oídos algunos rumores, y precisamente debido a ello había vuelto a llevar como antes un arma para protegerse. En cierto modo sintió alivio al saber que la amenaza no procedía del hombrecito que tenía enfrente. Le pareció que los unía una extraña afinidad. Ambos eran, en cierto sentido, unos parias. Daniel iba a despedirse.

—Gracias, señor Lansky —le dijo—. Haré lo que pueda.

Lansky sonrió y pulsó un botón que tenía encima de la mesa. Entraron en el despacho los dos tipos que ya conocía. La reunión había terminado.