El líder
Capítulo 18
dieciocho
Le destinaron un pequeño despacho en el que cabían exactamente una mesa, un par de sillas, una a cada lado de la mesa, y un pequeño perchero en un rincón. Las paredes eran blancas y lisas. Pero tenía una ventana, gracias a la cual Daniel no acabó rematadamente loco desde la primera semana.
El juego se llamaba frustración. Empezó llamando a todas las oficinas subregionales para que sus contactos se pusieran al lado de los organizadores de cada localidad. Todos se mostraban muy amistosos, pero no cuando se trataba de renunciar a la más mínima parcela de su poder o autoridad sobre cualquiera que no tuviera instrucciones específicas, y hasta el presente no habían recibido ninguna comunicación de la central acerca de su posición. Había llamado repetidamente a McDonald, en Pittsburgh, pero nunca pudo hablar con él. Cada vez, la secretaria le aseguraba que McDonald lo llamaría, pero al finalizar la semana Daniel aceptó el hecho de que eso no ocurriría.
Los periódicos del viernes por la tarde especulaban acerca de la conferencia de prensa que sostendría Murray en Washington. El término «Alianza impía» hizo fortuna. Era patrioteramente periodístico. A los periódicos les gustó. Incluso lo usaba Gabriel Heatter en su diario hablado que transmitía la cadena nacional. Daniel tomó el teléfono y llamó a Murray a Washington.
Experimentó una pequeña sorpresa cuando Murray descolgó.
—Felicidades —dijo Daniel—. La conferencia de prensa ha sido un éxito. Los periódicos de aquí le dedican mucho espacio.
—Magnífico —era evidente la satisfacción de Murray—. Creo que empezamos a progresar. La opinión pública comienza a inclinarse de nuestro lado. ¿Cómo te va?
—Me vuelvo loco —dijo Daniel tajante—. No hago nada. Estoy encerrado.
—No comprendo —Murray parecía estar realmente desconcertado—. ¿Hablaste con Dave?
—No hay manera de que se ponga al teléfono. En cuanto a las secciones subregionales, no han sido notificadas de mi posición. Aquí estoy fuera de base sin que nadie venga en mi ayuda.
—Hablaré con él —le aseguró Murray.
—No quiero hacerle las cosas difíciles, Phil —dijo Daniel—. Ya tiene bastantes preocupaciones. Quizá lo mejor sería que renunciara y me fuera.
—No —la voz de Murray era categórica—. No te muevas. Voy a resolverlo yo mismo.
—Usted no me debe nada —insistió Daniel—. Además, tengo la impresión de que debería ir a California a ver a mi hijo. Bastante malo es para él no tener madre.
—Dame de tiempo hasta fin de este mes —pidió Murray—. Si para entonces no he resuelto el asunto, puedes irte donde quieras.
—Me parece justo —concluyó Daniel.
Colgó al auricular y tomó la botella de whisky que guardaba en el cajón inferior del escritorio. Se sirvió un buen trago, se acercó a la ventana y, mientras contemplaba el panorama, fue bebiendo a sorbos. Caían la noche y la lluvia sobre Chicago. Al observar los edificios que iban desapareciendo y que al mismo tiempo se iluminaban se sintió cada vez más encerrado y atrapado.
Decidió largarse y abrió la puerta de su despacho. Ante su sorpresa, descubrió que la enorme oficina estaba vacía excepto por una muchacha solitaria encorvada sobre su máquina de escribir en el extremo más alejado de la sala. Consultó su reloj. Las cinco en punto.
Los tiempos habían cambiado. Hacía mucho desde que quienes trabajaban para el sindicato parecía que nunca fueran a irse a sus casas. Terminada su jornada solían sentarse en grupos y hablaban acerca de lo que hacían y esperaban hacer. Pero ahora era exactamente igual que cualquier otra empresa. Las cinco de la tarde y todo el mundo se había ido.
Sosteniendo el vaso en la mano, recorrió la sala hasta llegar donde estaba la muchacha solitaria. Al oír sus pisadas, ella levantó la vista.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Daniel.
—El señor Gerard quiere tener este informe encima de su escritorio tan pronto como llegue el lunes por la mañana —respondió.
—¿El señor Gerard? —el nombre no le decía nada—. ¿De qué departamento?
—Del legal —respondió la muchacha.
—¿Cómo te llamas?
—Nancy.
—Oye, Nancy, ¿te gusta trabajar para un sindicato?
Bajó los ojos hasta la máquina de escribir.
—Es un empleo.
—¿Por qué en el sindicato? ¿Tienes la impresión de que contribuyes en algo al movimiento obrero y al mejoramiento de las condiciones del trabajador?
—No sé nada de todos esos asuntos —confesó—. Me limité a responder a un anuncio que apareció en el periódico, a pesar de que solo pagaban quince dólares a la semana.
—¿No te parece un salario justo por tu trabajo?
—En la mayoría de lugares pagan diecinueve a la semana por hacer lo mismo — respondió—. Pero acepté a falta de otro mejor.
—Posiblemente lo que necesitas es un sindicato —dijo Daniel riendo. Apuró su vaso—: ¿Quieres una copa, Nancy?
—No, muchas gracias. Debo terminar este trabajo.
—Está bien —asintió Daniel. Y decidió regresar a su despacho.
La voz de la joven lo detuvo.
—Señor Huggins —Daniel se giró para verla—. ¿Me permite una pregunta?
—Claro.
—Desde que pusieron su nombre en la puerta de su despacho y se mudó a él, todos aquí han estado preguntándose cuál era exactamente su trabajo y de qué departamento dependía. Por aquí usted viene siendo el hombre misterio.
—¿Ha oído hablar alguna vez del departamento del limbo? —preguntó Daniel riendo.
—¿Limbo? —parecía estar perpleja—. Creo que nunca.
—Pues ese es mi departamento, es ahí donde estoy —regresó a su despacho y cerró la puerta tras él.
Aún lloviznaba cuando abandonó la oficina y se acercó al aparcamiento para tomar el coche. Puso en marcha el motor, encendió los faros y se quedó un rato sentado con el vehículo parado. La idea de regresar a su departamento vacío no le atraía lo más mínimo. Ya había leído todos los periódicos del día y la perspectiva de sentarse a solas con una botella de whisky, escuchando la radio, no era precisamente su idea de cómo pasar la noche. Se le ocurrió que podría ir al cine, pero eso no lo llenaba ni le ofrecía realmente la posibilidad de huir de su desasosiego.
Tomó el coche e impulsivamente se dirigió hacia la parte sur de Chicago, donde entró en un bar próximo a una planta de la Republic Steel que él había ayudado a sindicar. El bar estaba atestado de obreros del acero que habían pasado la mayor parte del día bajo la lluvia, formando en la fila de piquetes. Contra la pared, apilados ordenadamente, se podían ver los cartelones. ¡REPUBLIC STEEL EN HUELGA! ¡CON EL SINDICATO, POR UNOS SALARIOS DECENTES! Algunos estaban impresos, pero varios habían sido pintados a mano por los mismos piquetes.
Se abrió paso hasta la barra y pidió un whisky doble. Mientras esperaba que se lo sirvieran, echó una ojeada al bar. Tan solo vio un whisky o dos entre una enorme cantidad de vasos de cerveza. La huelga ya empezaba a introducir cambios en los hábitos bebedores de los huelguistas. Los obreros del acero bebían siempre whisky. La cerveza solo se tomaba como bebida ligera tras una de más fuerte.
El camarero le puso enfrente el whisky y recogió el billete de un dólar de Daniel. Dejó encima del mostrador el cambio, veinticinco centavos, cuando Daniel tomaba su vaso. Con él en la mano, iba a ocupar un lugar en uno de los compartimentos de un lado de la sala cuando alguien le llamó desde el fondo del local.
—¡Oye! ¡Gran Dan!
Reconoció al tipo, se trataba de un veterano entrecano que llevaba muchos años en la planta y que fue uno de los primeros en sindicarse.
—¿Cómo estás, Sandy?
Sandy tomó su vaso de cerveza y se abrió camino hasta llegar donde estaba Daniel.
—¡Muy bien! Gran Dan —saludó—. No esperaba volverte a ver por aquí.
—¿Por qué? —preguntó Daniel.
—Es que oí decir que estabas en California.
—Y es verdad. Pero ahora estoy de nuevo aquí, desde hace más de una semana.
—Como no te he visto por el local del sindicato… —se refería al subregional correspondiente.
—Es que estoy ocupado en las oficinas centrales de Chicago —explicó Daniel—. Ocupo otro puesto.
—También oí algo de eso —dijo Sandy, ceñudamente.
Daniel lo miró.
—Ignoraba que estuvieran tan interesados en mi persona. ¿Qué más oíste decir?
—Habladurías… —Sandy parecía sentirse incómodo.
—Sírveme otro —ordenó Daniel al camarero. Cuando se lo dieron, lo juntó con el otro y con ambos vasos en las manos, dijo—: Ven, Sandy, busquemos donde sentarnos.
El obrero lo siguió a uno de los compartimentos. Se sentaron uno frente al otro. Daniel empujó uno de los vasos y se lo puso frente a Sandy.
—¡Salud! —ambos bebieron—. Somos amigos, Sandy —dijo—. Puedes decirme lo que se ha estado hablando de mí.
Sandy miró primero el vaso y luego a Daniel.
—En realidad, Daniel, no creo nada de lo que dicen.
Daniel se quedó en silencio. Sandy tomó otro sorbo.
—Dijeron que estabas contra la huelga y que tenías gran intimidad con alguien de la familia de Girdler. Y que debido a eso, te retienen en la central.
Daniel hizo un gesto en dirección a los ocupantes del bar.
—¿Y ellos qué creen?
Sandy habló en tono despreciativo.
—Húngaros, suecos y negros. Ni siquiera saben cómo pensar. Creen cuanto se les dice.
—¿Les dicen que no deben confiar en mí?
Ahora fue Sandy quien se quedó callado. Daniel, con un ademán, pidió otra ronda al camarero. Cuando llegaron los vasos, se tomó el contenido del suyo de un solo trago.
—¿Cómo se ven las cosas desde las filas de piquetes? —preguntó Daniel—. ¿Se trabaja en la planta?
—Sí, pero solo al cuarenta por ciento de su capacidad. Muchos compañeros tuvieron miedo de secundar la huelga cuando Girdler declaró que ninguno de los huelguistas sería readmitido. —Tomó un sorbo—. ¿Cómo lo ven desde el cuartel general?
—Hoy hablé con Murray —respondió Daniel—. Tiene la impresión de que el asunto empieza a inclinarse a nuestro favor. Cuenta con que las manifestaciones convocadas en todo el país para el Día de Conmemoración harán que el público ejerza presión para que las compañías cedan.
—Tenemos convocada una reunión general para ese día —dijo Sandy—. Estaremos todos los huelguistas de esta planta de la Republic Steel. Esperamos una asistencia de no menos de trescientos en el Sam Place.
—¿Se trata de la gran sala de reuniones que usábamos antes?
Sandy asintió y levantó su vaso.
—Me sentiría mejor si tú estuvieras allí con nosotros.
—Y yo también.
—A propósito de ese Davis que mandaron para reemplazarte. Tiene aspecto de contable. Muchos estudios, pero creo que en su vida ha manejado una pala —Sandy apuró su copa—. Ya sé que se debe tratar de un buen tipo. Todo lo dice muy bien. Pero tengo la impresión de que cuanto dice lo aprendió en los libros de alguna escuela. ¿Crees que hay alguna posibilidad de que vuelvan a mandarte a ti?
—No lo sé —Daniel se levantó—. En realidad ignoro qué piensan hacer — extendió la mano a Sandy—: Buena suerte.
—Lo mismo te deseo —dijo Sandy.
Daniel atravesó la calle y, bajo la lluvia, corrió hasta su coche y abrió la portezuela. Tres tipos salieron de entre las sombras de un edificio y se acercaron a él. A Daniel se le erizaron los pelos.
Se detuvieron cuando estaban a unos pocos pasos.
—¿El gran Dan?
—Yo soy —respondió.
—No vuelvas por aquí —dijo uno del terceto—. Nos caen mal los rompehuelgas y los chivatos.
—Aún gozo de buena reputación —replicó Daniel—. Y mi cargo me autoriza a ir donde me dé la gana.
—Me importa una mierda —contestó el tipo—. Eres un jodido espía que nos vendiste por una chiquita de Girdler. Para nada necesitamos cabrones como tú por aquí.
Empezaron a avanzar hacia él. Daniel metió la mano a la pistolera y la sacó empuñando el arma.
—¡Ni un paso más! —dijo en voz baja—. A menos que queráis que os vuele los cojones a balazos.
Los tres hombres se quedaron paralizados y lo miraron fijamente.
—Ahora regresad al otro lado de la calle y no hagáis ningún movimiento sospechoso que después podáis lamentar.
Se quedó observando cómo los tres tipos atravesaban la calle y, cuando hubieron subido a la acera, se metió en el coche y lo puso en marcha.
Volvieron la cabeza tan pronto como oyeron el zumbido del motor y corrieron otra vez hacia él mientras el coche empezaba a moverse. Oyó los improperios que le dirigían.
—¡Rompehuelgas! ¡Lameculos!
En seguida dio vuelta a la esquina y ya no pudo oírlos más.
La planta quedaba en camino de su casa. Pasó frente a ella muy lentamente. La fila de piquetes nocturnos constaba de unos pocos hombres que marchaban tristemente bajo la lluvia. Detrás de las verjas se veían los guardias uniformados, elegantes y secos bajo sus impermeables. Contó veinte guardias por lo menos, contra cuatro hombres en la fila de piquetes. Dio vuelta a la próxima esquina y emprendió camino de vuelta a Chicago.
Estaba a punto de meter la llave en la puerta de su departamento cuando esta se abrió antes de que él llegara a tocarla. La empujó con el pie y entró empuñando el revólver.
Desde la cocina le llegó la voz de Chris.
—¿Dónde rayos te habías metido, Daniel? Traté de mantener caliente la cena para ti durante más de tres horas.