El líder
Capítulo 5
Jimmy Simpson era rubio rojizo, tenía los ojos azules y brillantes y una sonrisa fácil. A sus veinte años cumplidos, nunca había desempeñado ningún trabajo, ni falta que le hacía. El dinero no representaba ningún problema. Podía conseguirlo de mil maneras: jugando al klab con los mineros polacos, o al póquer de siete naipes con los montañeses, o al chapó con los trapisondistas de la ciudad. Y cuando las cosas se ponían difíciles, siempre quedaba el recurso de comerciar de matute con un poco de whisky. Ese era el caso de hoy.
Había pasado todo el día en la montaña y no le había resultado nada fácil. Precisamente el día anterior, el viejo Fitch había hecho su recorrido y arramblado con lo mejor. Menos mal que Jimmy pagaba el doble que el viejo, de lo contrario siempre hubiera vuelto de vacío. Pero él pagaba mejor. Y pudo comprar buen whisky de maíz, del mejor, que habían escondido para esperarlo a él. Celebrado ya el Cuatro de Julio, esperaba hacer muy buen negocio. Todo el whisky del mundo no fue bastante para aplacar la sed de patriotismo y del día festivo. Ahora se habían liquidado las existencias y era preciso reponerlas.
Observó al muchacho mientras colocaba en el carro los dos hatillos que llevaba y luego ayudaba a su hermana a subir al pescante. Se echó hacia atrás el sombrero y le cayó sobre la frente un estirado mechón de pelo rubio.
—Me llamo Jimmy Simpson —se presentó.
—Mucho gusto —dijo Daniel con gravedad. Su voz era más profunda de lo que esperaba Jimmy—. Me llamo Daniel Boone Huggins y esta es mi hermana, Molly Ann.
—Mucho gusto en conoceros —dijo Jimmy sonriendo.
Lanzó una mirada a la muchacha. A juzgar por lo que podía ver de su cara, medio escondida por el sombrero de ala amplia que indudablemente pertenecía a su hermano, era muy linda.
—¿Caminasteis mucho?
Daniel asintió.
—Veinticinco kilómetros más o menos desde muy temprano por la mañana. Pero por culpa del calor hemos andado despacio.
—¿Adónde vais?
—A Fitchville.
Precisamente allí me dirijo —Jimmy sonrió de nuevo—. ¿Vais de visita?
—No —Daniel sacudió la cabeza—. Vamos a trabajar.
—¿Tenéis trabajo?
—Aún no. Pero el señor Fitch dijo a mi padre que nos lo encontraría.
—¿Para ambos?
—Sí.
Jimmy se quedó silencioso. El viejo bastardo tenía la comarca en un puño. No había nada que entrara o saliera de los cerros sin que metiera en ello sus manos codiciosas. Incluso en las personas.
Pero era imposible que el hijo de perra no lo aprovechara todo en una ciudad que llevaba el nombre de su tatarabuelo.
Daniel echó un vistazo al carro. Reconoció las jarras, a pesar de que estaban cubiertas con viejos sacos de azúcar. Volvió a mirar a la carretera. Ese no era asunto suyo.
Jimmy miró a la joven. Se apoyaba contra su hermano y su cuerpo oscilaba suavemente al ritmo del carro. Tenía los ojos cerrados, como si dormitara.
—Si tu hermana está cansada podemos arreglarle una parte del carro donde pueda tenderse.
Molly Ann se enderezó.
—No quiero molestar —dijo rápidamente.
—No es ninguna molestia —el joven detuvo el carro—. Especialmente tratándose de una chica tan guapa. —A horcajadas atravesó el banquillo, entró en el carro y echó a un lado una fila de jarras. En seguida, con unos sacos vacíos de azúcar, improvisó un colchón, y luego armó un pequeño toldo sobre el jergón para protegerlo de los rayos del sol—. No está mal —dijo, enderezándose—. Aquí mismo dormí yo anoche —alargó una mano a la muchacha.
Molly Ann miró a su hermano en busca de su aprobación. Daniel asintió. Aceptó la mano que Jimmy le tendía y se fue a la parte de atrás atravesando el banco. Dirigió una mirada a Jimmy.
—Es usted muy amable, señor Simpson.
—Jimmy —dijo sonriente—. Todo el mundo me llama Jimmy.
—Jimmy —repitió ella.
De repente, él se dio cuenta de que seguía sosteniendo su mano. Y entonces la soltó.
—Póngase cómoda —le dijo torpemente.
Molly Ann sintió que su corazón latía alocadamente en su pecho y que la cara empezaba a cubrírsele de rubor. No confiaba en sí misma para decidirse a hablar. Seguramente había recibido más sol del que creyó. Se limitó a sacudir la cabeza.
Él volvió a ocupar su lugar en el pescante y tomó las riendas. Una rápida ojeada por encima del hombro le confirmó que la muchacha ya se había echado. Chasqueó las riendas.
—¡Arre! ¡Mula del demonio! —increpó, con una voz que era apenas un susurro, no fuera el caso que molestara a la muchacha.
Molly Ann despertó de repente y sintió el frescor del anochecer en el aire. Cuando empezó a sentarse se dio cuenta de que alguien la había tapado con una tosca manta. Se la quitó de encima y aspiró profundamente. Se sentía mucho mejor.
Se volvió y vio a su hermano y al joven sentados, de espaldas a ella, perfilados contra el sol del atardecer. Distraídamente se preguntó si habría dormido mucho. El joven sacudió las riendas y ella sintió de nuevo en su cara un agradable rubor. Era simpático.
—¿Despertaste? —Daniel la había oído moverse.
—Sí.
—¿Quiere sentarse aquí? —preguntó Jimmy volviéndose hacia ella.
Asintió con la cabeza. Jimmy detuvo la mula y le alargó la mano. Ella la tomó. De nuevo notó que su corazón latía alocadamente. Confusa, dijo:
—¿Falta mucho para llegar?
—Un par de horas más —respondió Jimmy—. No puedo lograr que esta bestia camine. Es la mula más perezosa de toda la comarca.
Molly Ann miró a Daniel.
—Será tarde cuando lleguemos. ¿Qué vamos a hacer si la tienda del señor Fitch ya cerró?
—En tal caso iríamos mañana por la mañana —respondió Daniel.
—¿Tenéis lugar donde ir? —preguntó Jimmy—. ¿Parientes?
—Ninguno —respondió Daniel.
—Puedo encontraros acomodo donde yo vivo —dijo Jimmy—. La viuda Carroll tiene una pensión muy decente.
Se miraron uno al otro con vacilación.
—No os cobrará nada por una noche —les espetó rápidamente Jimmy—. Sois mis invitados.
—Podemos pagar —afirmó Daniel con idéntica rapidez—. Disponemos de dinero. Es simplemente que queríamos ponernos a trabajar tan pronto como fuera posible.
—¿Dónde trabajaréis? —preguntó Jimmy—. ¿En la fábrica de tejidos?
De nuevo Molly Ann miró a su hermano.
—No sabemos exactamente dónde —admitió Daniel—. Simplemente dijo a nuestro padre que viniéramos y que él se ocuparía.
—¿No os dijo Fitch qué tipo de trabajo haríais?
—No, solo dijo que ganaríamos buen dinero. Cuatro dólares, quizá cinco semanales.
Jimmy rompió a reír de buen humor.
—Ese Fitch es un engatusador.
—¿Quiere decir que no hay empleos? —preguntó Molly ansiosamente.
—No, no quise decir eso. Sí, hay trabajo. Pero, a siete centavos hora, hay que trabajar por lo menos doce horas diarias para ganar esa cantidad de dinero.
—No nos importa trabajar —aseguró Molly Ann.
—¿Has trabajado alguna vez en una fábrica? —preguntó Jimmy.
—No.
—Hay que pasarse todo el santo día de pie, cambiando bobinas en una máquina que va muy rápida, durante doce horas, para darse cuenta de que el cuerpo está a punto de desintegrarse en cien pedazos. No es nada fácil.
—Nada lo es —dijo ella—. Si la paga es buena, no esperamos que el trabajo sea fácil.
—¡Buena paga! —rio de nuevo—. ¿A eso llamáis buena paga? ¿Por qué creéis que usan a muchachos? Porque a vosotros podrán pagaros siete centavos la hora, mientras que a los mayores tienen que darles por lo menos quince y la diferencia aumenta sus utilidades.
—A nosotros no nos importa lo que hagan los demás —dijo Daniel—. Solo nos interesa trabajar decentemente.
Jimmy experimentó el deseo de volver a reír, pero algo que percibió en la expresión del muchacho lo contuvo. Este no era un serrano cualquiera. En alguna parte, tras aquellos ojos, se escondía una madurez y un conocimiento de la gente que iba más allá de su edad. Al cabo de un momento habló:
—La gente debe hacer lo que debe.
Pero en su interior, Jimmy sabía más.
Aquí la gente no hacía lo que debía. Bailaban como marionetas al extremo de un hilo, movidos por otros hombres que solo veían su propio provecho y sus objetivos.
Eran más de las nueve de la noche cuando el carro entró en la calle Main hasta detenerse frente a la tienda del señor Fitch. Las puertas estaban cerradas y las ventanas aparecían a oscuras. Se quedaron sentados en silencio.
Jimmy se creyó obligado a excusarse.
—Lo siento mucho. Si esta vieja mula no hiciera lo que le da la gana, habríamos llegado hace una hora.
—No, no es culpa suya —dijo Daniel. Miró a su hermana—: Será mejor que nos quedemos aquí.
—Sería una barbaridad —replicó Jimmy inmediatamente—. Venid conmigo a casa de la viuda. Comeréis algo, dormiréis y podréis estar aquí de nuevo mañana a primera hora.
Daniel cruzó su mirada con la del joven.
—No queremos que nadie se quede en la calle por nuestra culpa. Bastante que le debemos por el favor que nos ha hecho.
—No vais a dejar a nadie en la calle —explicó Jimmy—. Alquilar habitaciones y servir comida es precisamente el negocio de la viuda.
La viuda Carroll era una mujer angulosa, con una cara incisiva y una lengua que también lo era para mantener en su lugar a sus huéspedes. Su clientela era una rara mezcolanza de tipos duros que trabajaban en las fábricas y minas y que procedían de lugares cercanos y de otros muy lejanos del globo. Polacos y eslavos de la Europa central se codeaban con taciturnos montañeses que trabajaban en un ambiente que les era tan extraño como podía serlo a los inmigrantes. A pesar de todo, la viuda los mantenía a raya. Nada de peleas en la pensión, ni borracheras, ni blasfemias. Lo que hicieran los hombres en la calle no era asunto suyo, pero cuando se sentaban a la mesa debían hacerlo con cara y manos limpias, o de lo contrario no dejaba que se sentaran. Todos y cada uno de ellos vivía con un santo temor de la viuda y hablaban en extraños susurros cuando ella andaba cerca, porque ninguno quería perder su sitio en la pensión. Las comidas no eran exquisitas, pero la suya era la mejor mesa de la zona.
—Llega muy tarde para la cena —le espetó a Jimmy—. Sabe sobradamente que se sirve a las seis y media.
—La culpa fue de esa vieja mula —dijo Jimmy, con la pretensión de usar su encanto—. No había modo de lograr que se moviera. Luego encontré a estos chicos caminando bajo el ardiente sol. Y eso no podía permitirlo, ¿no le parece?
La viuda Carroll miró a Daniel y a Molly Ann y suspiró sin decir nada. Su mirada severa los puso nerviosos.
—Bajaban hacia la tienda de Fitch para encontrar empleo —dijo—, pero la tienda ya está cerrada.
—Nada de mujeres —esgrimió bruscamente—. Ya sabe las reglas de mi casa.
—Vámonos, Molly Ann —dijo Daniel tomando la mano de su hermana—. No queremos que se moleste por nosotros, señor Simpson. Y de nuevo muchas gracias por su amabilidad.
Algo que había en el tono de su voz provocó un recuerdo en la viuda Carroll. Su esposo era originario de las montañas y muchos años atrás, cuando ambos eran jóvenes, su voz se parecía a la de este chico: fuerte, y llena con un sentimiento de orgullo. Pero eso fue mucho tiempo atrás, antes de que las minas destruyeran sus pulmones y a la vieja mula le royeran las entrañas. El hombre había muerto vomitando una sangre negra que manchó completamente las blancas y limpias sábanas.
—Además, solo cuento con una habitación vacía —aclaró. Daniel fijó en ella sus ojos, sin pestañear.
—No hay problema, señora. Mi hermana y yo hemos dormido en el mismo cuarto desde siempre, junto con nuestros hermanos y hermanas.
—Lo que hacíais no me interesa —dijo mordazmente—. En esta casa ningún hombre comparte su cuarto con una mujer, aunque sean hermano y hermana.
—Podría dormir en el porche, si usted me lo permitiera, señora —arguyó Daniel —. Que Molly Ann se quede con el cuarto vacante.
—No sé qué decir —dijo la viuda dudando—. No es correcto que nadie duerma en el porche.
—Podría usar el catre de mi cuarto —intervino Jimmy.
La viuda Carroll tomó una decisión. Parecían unos muchachos buenos y respetables, procedentes de una buena familia.
—De acuerdo —dijo—. Pero lo único que ha quedado como comida es un poco de tocino frío y pan.
—Eso es gran bondad de su parte, señora —agradeció Daniel.
—Os cobraré diez centavos a cada uno. —Titubeó un momento y en seguida agregó—: Eso incluye el desayuno que se sirve a las cinco y media en punto.
Sin decir nada, Daniel sacó unas monedas del bolsillo. Puso dos monedas de a cinco y una de a diez en manos de la viuda.
—Muchas gracias, señora. Perdone la molestia.
La viuda asintió y se volvió a Molly Ann.
—Ahora venga conmigo, señorita, voy a enseñarle su cuarto.
Molly Ann estaba echada en la cama en la pequeña y oscura habitación y parecía escuchar el silencio. Era raro. No se oía nada. Por primera vez dormía sola en un cuarto, sin los familiares ruidos nocturnos de sus hermanos y hermanas. Tendría que acostumbrarse.
Pensó en ellos, en su casa y también en si los echarían de menos. Inexplicablemente, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Oyó un suave golpecito en la puerta. Se deslizó fuera de la cama y cruzó la habitación.
—¿Quién es? —preguntó en un susurro.
—Soy Daniel —la voz queda le llegó a través de la puerta—. ¿Estás bien?
—Sí, muy bien replicó.
Titubeó un momento y tras unos segundos, dijo:
—Bueno… entonces que descanses bien.
—Buenas noches.
Oyó cómo sus suaves pisadas se alejaban de la puerta y ella se arrastró hasta la cama. En un solo día, cuántas cosas habían cambiado. Todo, prácticamente todo.
Hasta ahora Daniel había sido su hermano más joven. Pero ahora, de repente, él era distinto. Notaba una fuerza en él de la que antes nunca se había dado cuenta. Como si, en una exhalación, hubiera crecido hasta convertirse en adulto.
Sintió que la embargaba una cálida sensación de comodidad y de seguridad, cesó de llorar y se durmió con un sueño profundo y sin sueños.