El líder

Harold Robbins · Capítulo 47 de 55

Páginas del PDF

El líder

Capítulo 6

seis

 

La lluvia se había convertido en aguanieve y volvía resbaladiza la oscura superficie de la carretera que llevaba a la ciudad. Daniel miró de soslayo a Moses que conducía.

—¿Dónde está Junior?

—Nos espera en la casa de huéspedes de Green —respondió Moses.

Entrecerraba los ojos mirando a través del cristal mientras los limpiaparabrisas no cesaban en su movimiento de vaivén.

—¿Y los otros?

—Se alojan en el mismo lugar.

Daniel volvió a mirarle. Moses estaba callado. Eso no era normal en él. Por regla general charlaba continuamente. Daniel sacó un cigarro de un bolsillo interior y lo prendió.

—¿Cuándo crees que tendréis a punto el informe?

—Ya contamos con todos los datos. Solo esperamos que tú les eches una ojeada, quizá que tú vayas a dar una vuelta por el terreno. Después, en seguida pondremos los resultados por escrito.

Daniel asintió. Pero esa no era la forma acostumbrada. Moses nunca lo había esperado anteriormente.

—¿Qué tal lo hizo Junior?

—Bien —Moses miró a Daniel—. Tiene en él algo bien tuyo. Va directamente al meollo de los asuntos.

—Tengo muchas ganas de verle —dijo Daniel—. Tengo noticias que darle.

—Si se trata de decirle que Margaret está encinta —respondió Moses—, creo que ya lo sabe.

—¡Pero si no lo supimos hasta la semana pasada! —había gran sorpresa en la exclamación de Daniel.

—Ya lleva dos meses de embarazo —dijo Moses—. ¡Felicidades!

—Gracias —contestó Daniel, secamente—. Al parecer todo el mundo está enterado. ¿Cómo lo supisteis? ¿Instalasteis micrófonos en mi cuarto?

—Tú lo sabes mejor que nadie —Moses sonrió—. Simplemente, las mujeres no pueden guardar un secreto.

—¡Carajo! —De repente Daniel comprendió. Mamie. Junior hablaba con ella cada semana para ver qué recados había. Entonces sonrió—: Apostaría que todos os llevasteis la misma sorpresa que me llevé yo.

—No nos sorprendió —dijo Moses—. En realidad, ya nos preguntábamos cómo era que te tomaba tanto tiempo.

Pasaron frente a un gran letrero que se levantaba al borde de la carretera.

BIENVENIDOS A

JELLICO

Población: 1200 habitantes

 

—Faltan cinco minutos —dijo Moses cuando entró en la calle principal.

Empezaron a pasar frente a casas alineadas a derecha e izquierda. Las luces de la parte comercial surgieron frente a ellos. A pesar del mal tiempo, las calles estaban llenas de gente que paseaba y contemplaba los escaparates de las tiendas.

—Ciudad atareada —comentó Daniel—. Parece que tenga más habitantes de los que dice el letrero.

—La mayoría no son de aquí —explicó Moses—. Precisamente ahora encontrarías por las calles pocos habitantes de la ciudad.

—¿Quiénes son esos?

—Mineros.

—Pues no lo parecen —dijo Daniel—. Van demasiado limpios. Y los mineros por regla general están siempre demasiado cansados para andar de paseo como estos que vemos.

Moses guardó silencio.

—¿Dónde trabajan?

—No trabajan aquí —dijo Moses—. Son de fuera de la ciudad. Pero sí te aseguro que son mineros. Todos ellos pueden exhibir su carnet de afiliados al sindicato. — Torció a la izquierda en la parte más alejada del centro comercial de la ciudad y aparcó el coche frente a una casa grande—. Ya llegamos.

Daniel esperó mientras Moses cerraba el vehículo y luego lo siguió al interior de la casa. Junior ya los esperaba allí.

—Papá —dijo, con una sonrisa franca.

Daniel le estrechó la mano. Junior había engordado. En cierto modo ya no tenía el aspecto infantil de tres meses atrás.

—¿Cómo estás, hijo?

—Muy bien. ¿Y tú?

—Bien, realmente bien.

—Entra —dijo Junior—. Todos te esperan en el comedor.

Había cinco hombres que esperaban sentados alrededor de la mesa. Dos de ellos eran conocidos de Daniel. Trabajaban para la Alianza confederada del trabajo. Eran Jack Haney, el joven abogado laboralista que se les había unido el año anterior, y el adjunto de Moses, un brillante analista de estadísticas recién reclutado en la escuela financiera Wharton. Daniel les dio un apretón de manos y Junior presentó a los dos que Daniel no conocía.

Se trataba de Max Neal y Barry Leif, enviados por la central del Sindicato de mineros de Middlesboro, y del delegado del sheriff, Mike Carson, un veterano activista de los mineros. Prácticamente constituían la vanguardia de la campaña en Jellico.

Daniel se sentó a la cabecera de la mesa y dio una mirada a su alrededor. Entró en seguida en materia.

—Todos sabéis por qué estoy aquí. John L. Lewis me ha pedido que elaboremos un informe sobre ciertos aspectos de nuestros esfuerzos organizadores en esta zona. Así que vayamos en seguida al asunto. Primer punto del día: ¿quién tiene el whisky?

Todos rieron. Respondió el ayudante del sheriff, Carson, al mismo tiempo que sacaba un botellón de debajo de la mesa.

—Esperaba que no tuviera que pedirlo, gran Dan. —Casi por ensalmo aparecieron unos vasos. Llenó uno y se lo pasó a Daniel—: Este es producto del país. No tiene rival

Daniel lo probó. Parecía fuego líquido cuando resbalaba por su garganta. Sonrió.

—Tiene razón, sheriff. No había probado nada semejante desde la época en que ayudaba a mi padre con nuestro alambique.

—Gracias, gran Dan. Viniendo de usted, lo considero como un gran cumplido. — Carson llenó los otros vasos y fue sirviéndolos. Levantó el suyo—: ¡Bienvenido a su casa, gran Dan!

Daniel aceptó el brindis y apuró su vaso.

—Ahora llénemelo.

Jack Haney dio una mirada circular a los hombres que estaban sentados a la mesa.

—¿Hay algún inconveniente para que haga un breve resumen?

Nadie objetó nada. Dirigió una mirada a un fajo de papeles.

—El problema principal que tenemos aquí son las minas de Osborne. Son las mayores de la zona y operan a través de una serie de vertederos y compañías de camiones que les sirven de pantalla que eluden los contratos con el sindicato y que venden carbón al Departamento del valle del Tennessee a precio inferior al que pueden vender las minas del sindicato, lo que se debe a dos razones.

»Primera, pagan por debajo de la escala de salarios del sindicato. Y segunda, no tienen que pagar la contribución de cuarenta centavos por tonelada al fondo sindical de beneficencia. Dicen que si pagaran mayores salarios, o la contribución al fondo o ambas cosas, no podrían adjudicarse los contratos del Departamento del valle de Tennessee y acabarían yendo a la bancarrota. Las de Osborne son las que sostienen el liderazgo, y treinta o cuarenta minas de menor importancia siguen su misma conducta. Este es el quid del asunto.

—¿Tienes cantidades? —preguntó Daniel.

—Sí —respondió Moses. Su adjunto le dio un fajo de papeles—. Aquí están.

—¿Sacasteis un escandallo por vuestra parte?

Moses asintió.

—¿Cómo resultó?

—En principio, tienen razón. Tal y como operan irían a la bancarrota si pagaran.

—¿Dijiste tal y como operan?

—Sí, lo hacen por métodos anticuados —explicó Moses—. Su productividad es de alrededor de ocho toneladas por hombre, contra las treinta que rinde uno en las minas completamente mecanizadas del sindicato. Si pudieran cambiar el equipo podrían pagar los salarios de la escala y su contribución al fondo sindical. Pero afirman que no tienen capital para hacerlo.

—¿Lo tienen?

—No —dijo Moses—. Operan prácticamente sin capital.

—¿Y las demás?

—Están tan mal como las de Osborne. O peor. —Dejó los papeles encima de la mesa—. En su mayoría se trata de explotaciones de tipo familiar.

—El resultado final es que resultamos jodidos —intervino Barry Leif—. Las minas del sindicato no pueden competir en precio y eso da como resultado tener que despedir a mineros mientras los otros contratan mano de obra. En la actualidad nos encontramos con cuatro grandes minas que dan empleo a más de mil afiliados y a las que no les tocará más remedio que cerrar.

—Cuando atravesábamos la ciudad —dijo Daniel— vi a mucha gente por la calle. ¿Se trata de mineros?

Leif hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—¿Trabajan por aquí?

—No —contestó Max Neal—. Son voluntarios. Los trajimos de Middlesboro para que nos ayudaran a liquidar este desorden.

—¿Cómo pensáis hacerlo? —preguntó Daniel.

—Ejerceremos presión sobre esos bastardos esquiroles. O se unen a nosotros o acabamos con ellos.

Daniel miró a sus acompañantes. Tras un momento asintió.

—Me di cuenta de la situación —dijo—. ¿Qué os parece si mañana me lleváis a dar una vuelta por aquí a fin de hacerme una idea de primera mano del problema?

—¿A qué hora?

—Inmediatamente después de desayunar. ¿Os parece bien a las ocho?

Después de que los organizadores del Sindicato de mineros y el delegado del sheriff se hubieron ido, Daniel miró a los que quedaron.

—Ahora, entre nosotros, dadme vuestra impresión exacta.

Moses fue el primero en hacer uso de la palabra.

—Estamos sentados encima de un volcán que está a punto de erupción. Ayer empezaron a detener a los camiones que entran a la ciudad para recoger el carbón. Si no querían regresar de vacío, el sheriff los multaba por trabajar con equipo inadecuado. Luego, cuando ya salían de la población, sacaban a los camioneros de sus vehículos, los apaleaban y les tiraban el carbón. Hemos oído decir que Osborne ha alquilado guardias armados para que conduzcan los camiones hasta la frontera estatal. Carson dice que está preparado y ha reclutado a más de cien voluntarios del Sindicato, a quienes les extiende permisos para portar armas. Se han trazado planes para dinamitar algunas de las minas menores y crear escuadras volantes para que acudan a las otras y obliguen a los mineros a afiliarse. Algunas minas son propiedad de los mismos que las operan y trabajan en ellas. Son montañeses que no van a aguantar sin chistar. Están armados y dispuestos. Se está creando un clima que puede acabar en un baño de sangre.

Daniel se volvió hacia Jack Haney.

—¿Cuál es el aspecto legal de la cuestión?

—Malo —dijo el joven abogado—. De acuerdo con la ley actual, el Sindicato es responsable de los daños y perjuicios resultantes. Incluso si tienen éxito y fuerzan la entrada en el sindicato de todas las minas, siguen siendo responsables por mucho dinero. A los tribunales puede llevarles muchos años fijar las indemnizaciones, pero cuando lo hagan puede resultar realmente perjudicial para toda la estructura financiera del sindicato.

—¿Cómo ves una elección en la Comisión nacional de relaciones laborales?

—El Sindicato no la quiere. No cuenta con la afiliación de los mineros de la localidad y saben de antemano que perderían.

—¿Cómo veis una negociación directa?

—Fracasada de antemano. Ninguna parte confía en la otra.

—¿Tenéis alguna idea de algún posible compromiso que pudiera hacerlos coincidir?

Se produjo un repentino silencio. Lo rompió Junior.

—Tengo una. Pero no entiendo demasiado de esos problemas para asegurar que resulte en la práctica.

—Exponía de todos modos, hijo.

—El sindicato ha traído aquí por lo bajo a quinientos de sus hombres que no trabajan por amor al arte. Al sindicato le cuesta por lo menos dos mil quinientos dólares por día sostenerlos. Creo que los propietarios de minas aceptarían pagar de acuerdo con la escala de salarios del sindicato si les rebajaran en parte el compromiso de pagar la cuota de beneficencia de acuerdo con los tonelajes.

—Lewis no lo aceptaría. Sentaría un precedente para cualquier otro futuro convenio.

—En apariencia, debería cambiarse la cuota de cuarenta centavos por tonelada. Supongamos que pagaran diez centavos a medida que fueran extrayendo el carbón, y que aceptaran un plan de pago por la diferencia basado en una auditoria de beneficios que se haría al final de cada año. Si el balance no arrojaba beneficios suficientes, en el fondo común se arrastraría simplemente el saldo deudor a la cuenta del año siguiente. Entretanto, el sindicato puede cubrirse contablemente del total de los cuarenta centavos por tonelada con efectos a cobrar por la diferencia. Al cabo de un período de tres años, basándose en la actual producción de las minas e incluso en el supuesto de que el sindicato no cobrara las cantidades adeudadas, saldría más barato que mantener aquí a esos hombres durante sesenta días, sin perder de vista las posibles indemnizaciones a que podrían ser condenados como resultado de la situación presente.

Daniel miró a su hijo. Lentamente mostró su conformidad. No traicionaba el orgullo que sentía por él. Era posible que su plan adoleciera de algún defecto, pero significaba un paso en la dirección correcta. Ninguna de las partes perdía prestigio. Pero había más aún. Era a su hijo a quien se le había ocurrido la idea. A nadie más. A su hijo. Dio una mirada alrededor de la mesa.

—¿Qué os parece? —preguntó a los otros.

Moses respondió en nombre de todos.

—La idea es buena. Simplemente, puede resultar. Pero primero deberás convencer a Lewis.

—¿De cuánto tiempo disponemos?

—Poco. Unos cuantos días a lo sumo. Neal y Leif están dispuestos a reventar la situación.

—¿Alguna oportunidad de que esperen un poco?

—Ninguna —aseguró Moses.

Daniel se sirvió otro vaso. Lo apuró de una vez.

—Si la situación revienta, ¿hay alguna salida que nos permita justificar y apoyar la posición del Sindicato? Al fin y al cabo es para eso que contratan nuestros servicios.

Moses miró a los otros. De nuevo habló en su nombre.

—No veo cómo podríamos. Aun cuando ambos bandos estén equivocados, no podemos decir que uno esté en su derecho.

—Si no podemos lograrlo, perderemos al sindicato y a Lewis —dijo Daniel con cansancio—. Entonces nos encontraremos prácticamente donde empezamos. Si no cobramos de ellos otra vez estaremos rotos.

—No tenemos que hacer nada, padre —dijo Junior—. Lo único a que estamos obligados es a tener a punto el informe. Cuando lo pongamos en manos de Lewis, ya no habrá nada que se pueda hacer. Entretanto, habremos cumplido con lo que se supone que es nuestro cometido.

—Así es. Superficialmente —dijo Daniel—. Pero todos sabemos que eso no sería honesto.

—Nadie nos pide que lo seamos, padre.

Daniel miró a su hijo sin pronunciar palabra.

—Tal como lo veo exactamente ahora, se trata de una cuestión de supervivencia. Quizá la próxima vez podremos permitirnos ser honestos. Si es que esperamos convertirnos en algo tenemos que quedarnos por aquí y actuar.

Daniel movió la cabeza.

—No es mi modo de proceder. Mañana salgo para Washington a fin de hablar con Lewis.

—¿Para qué, padre? ¿Por qué no nos dejas simplemente que terminemos nuestro informe y luego se lo llevas tú personalmente en la forma acostumbrada? Nada te obliga a andar por aquí cabalgando y a la carga como un caballero montado en blanco corcel. ¿Qué pretendes lograr?

—Cuando esto empiece serán muchos los que resultarán perjudicados. De ambos lados. Da lo mismo. Quizá podamos evitarlo.

—No se trata de nuestra guerra, padre —insistió Junior—. Toda la vida peleaste en las guerras de los otros. ¿Qué conseguiste?

—Lo siento, hijo —dijo Daniel—. Pero la tuya es una buena idea. Tengo la seguridad de que cuando se la exponga a Lewis y se entere de lo que aquí ocurre, hará algo sobre el particular.

Junior cruzó la mirada con la de su padre.

—¿Qué te hace pensar que no lo sabe? Este ha sido el procedimiento seguido en cada una de las campañas del Sindicato desde 1944. Las minas Meadow Creek de Sparta, Tennessee, en 1948. Dinamita, violencia, terror. Idénticas tácticas en Hopkins County, Kentucky, contra la West Kentucky Coal Company en 1949. Tengo una lista larguísima. John L. Lewis es el Sindicato y lo será hasta que se retire o se muera. ¿Crees acaso que porque delega los trabajos sucios en Tony Boyle y sus ayudantes no sabe exactamente lo que sucede?

—Quizá tengas razón, pero de todos modos quiero ir a verlo.

—No, padre. No eres justo. Ni contigo ni con los hombres que se mantuvieron a tu lado todos esos años, sacrificándose ellos mismos y sus familias tras un ideal que simplemente no funciona en nuestra sociedad. Tú mismo lo comprendiste cuando hiciste tu proposición a Hoffa y Boyle, cuando aceptaste ese dinero de nuestro amigo de Florida. Tú mismo cerraste el trato. Ahora no puedes apartarte de él.

Daniel habló con voz amable.

—Para ti, hijo mío, es muy fácil hablar. Y quizá tengas razón. No es nuestra guerra. Pero yo he estado en medio de ellas. En el centro de la violencia, rodeado de heridos y muertos. No puedo permitir que ocurra mientras quede una posibilidad de poderlo evitar.

Todos guardaron silencio. Daniel dio una mirada a su alrededor.

—Este es un punto de vista personal —dijo—. Aún debemos hacer el trabajo que se nos ha encomendado. Cuando este haya terminado, deberemos suministrar al sindicato la justificación que cree necesita para proceder así. —Se levantó de la mesa —. Anula mi cita para salir mañana a dar una vuelta por aquí. Diles que tuve que regresar, que me reclamaron urgentemente —se volvió hacia su hijo—: ¿Puedes acompañarme en coche al aeropuerto?

Ya no caía más aguanieve, pero la carretera estaba resbaladiza. Durante mucho rato viajaron en silencio, hasta que el coche ya estaba cerca del aeropuerto. Entonces Daniel habló a su hijo.

—Me sentí orgulloso de ti, hijo mío.

—Yo creí que estabas enfadado conmigo, padre. No quisiera que eso sucediera. Jamás. Quiero complacerte en todo. Incluso si alguna vez no estamos de acuerdo.

—No estaba irritado. Cuanto dijiste era verdad. Pero supongo que yo soy un poco anticuado. Recuerdo cómo era, los sueños que acariciaba de joven. Pero tienes razón. Es otro mundo.

—Es el mismo mundo, padre. Lo que pasa es que hay diferentes maneras de hacer las cosas.

—Cuando este trabajo quede listo quiero que regreses a tus estudios —dijo Daniel.

—¿Crees que es necesario? Podría ayudarte mucho, padre.

—Dijiste que era un mundo diferente, Junior. Tendrás que saber mucho más acerca de él de lo que yo supe. —Sacó un cigarro pero en seguida volvió a guardarlo —. No es el caso de que ahora lo prenda. Me ordenarán que lo tire tan pronto como entre en el avión.

Junior rio mientras entraban en la carretera del aeropuerto.

—¿Cómo está Margaret?

—Muy bien.

—¿Se siente feliz por lo del hijo?

—Eso creo —Daniel miró a su hijo al otro lado del asiento—. ¿Y tú?

—Si tú te sientes feliz, yo también —replicó Junior.

—Sí, lo soy. Margaret es una buena chica.

—Es joven, padre.

—Eso creo —sonrió Daniel—. Pero, en el fondo de mi corazón, sigo siendo montañés. Nosotros las elegimos jóvenes.

Junior no dijo nada.

—¿No lo apruebas?

—Tienes cincuenta y seis años, padre. Y no me dirás que no tenías mujeres. Toda la vida te he visto rodeado de ellas. Simplemente, que no entendí el porqué. Eso es todo.

—Quizá porque me recordó las muchachas que conocí cuando era joven. Muchachas mayores que los años que tenían. Muchachas que estaban acostumbradas a llevar sobre los hombros la carga de sus familias.

Junior siguió callado.

—O a lo mejor se debe a que la quise, hijo.

Junior se volvió para mirarle al mismo tiempo que detenía el coche frente al edificio de la terminal aérea.

—Esa es la mejor de todas las razones, padre. No necesitas ninguna otra.

Daniel se apeó. Se inclinó hacia su hijo.

—Tú sabes, hijo mío, que también te quiero a ti.

—Y yo a ti, padre —las lágrimas asomaban a los ojos de Junior.