El líder
Capítulo 10
diez
—Hace casi tres meses que estamos aquí —dijo ella cuando quitaba el último de los platos de la cena—. Creo que ya sería hora de que buscásemos un apartamento.
Daniel apartó el periódico de la tarde.
—¿Para qué? Aquí me siento perfectamente a gusto.
—Con el dinero que pagamos en este hotel podríamos tener un lugar realmente bonito y que fuera nuestro.
Levantó de nuevo el periódico y continuó la lectura sin responderle.
Ella estaba sentada frente a él y encendió la radio. Acababa de empezar el programa de Fibber McGee y Molly. Escuchó unos minutos y luego empezó a girar el botón con impaciencia. Al parecer no sintonizaba nada que le interesara y al final, aburrida apagó la radio.
—Daniel —dijo.
Este bajó un poco el periódico y la miró por encima del borde.
—¿Vas a buscar algún empleo?
—Ya lo tengo —contestó él.
—Quiero decir uno que te obligue a salir para desempeñarlo —dijo ella. Tess no ignoraba que semanalmente les llegaba un talón que les mandaban desde la costa Este.
—Trabajo en mi empleo —afirmó—. Esta semana he tenido tres reuniones con diferentes sindicatos.
—Eso no es trabajar —dijo ella.
Dobló el periódico y lo puso en una mesita próxima a la silla. Daniel permaneció silencioso.
—Otros hombres salen todas las mañanas para su trabajo y regresan a casa por la noche. Tú no lo haces. En vez de eso, soy yo la que salgo cada mañana y regreso por la noche. Y cada día igual. Cuando me voy y te dejo en ese sillón leyendo el periódico de la mañana y cuando regreso sigues sentado en el mismo sillón leyendo el periódico de la tarde. Eso no es normal.
Daniel alargó la mano, tomó la botella de whisky, se sirvió un trago y se lo bebió. Acto seguido repitió la operación.
—Ese es otro asunto —dijo—. Te bebes una botella de whisky cada día.
—¿Me has visto nunca borracho?
—No se trata de eso. Tanto whisky no te hace ningún bien.
—No me duele nada.
—Algún día no dirás lo mismo —aseguró—. He visto lo que ocurre.
Se tomó el segundo whisky y se quedó mirándola fijamente unos segundos. Finalmente habló.
—Está bien. Desembucha. ¿Qué te pasa?
Ella rompió a llorar. Trató infructuosamente de hablar varias veces, pero a cada oportunidad los sollozos iban en aumento. Él extendió el brazo y literalmente la levantó de la silla y la sentó en sus rodillas.
La tomó por la cabeza, hizo que la apoyara en su hombro y, dulcemente, le acarició el pelo.
—Tranquila, muñeca —dijo con dulzura—. No sucede nada tan grave que justifique tantos lloros.
—¿No? —preguntó mirándolo con los ojos turbios por las lágrimas—. Estoy embarazada.
No había ninguna sorpresa en su voz imperturbable.
—¿De cuánto lo estás?
—El médico dice que me faltan de diez a doce semanas —respondió—. No podrá decirlo con mayor precisión hasta el próximo examen.
Se quedó en silencio unos momentos mientras con la mano seguía acariciándole distraídamente el pelo.
—Si no está equivocado, ¿quiere decir que ya estás muy avanzada para un aborto? —era más una afirmación que una pregunta.
—Es lo primero que le pregunté. Dijo que no quisiera correr el riesgo. También me dijo que hay algunos médicos en Tijuana que podrían hacerlo, pero que no lo aconsejaba.
Daniel bajó la mirada hacia ella.
—¿Cómo es que no te diste cuenta antes?
Ella no desvió su mirada.
—Siempre he sido muy irregular. A veces estoy hasta dos meses sin que me venga. Especialmente cuando follo mucho.
—Hemos follado mucho —recalcó él.
Ella se levantó, fue hasta la pequeña cocina y regresó con un vaso.
—Creo que necesito tomarme un trago —dijo.
Daniel le dirigió una mirada.
—He leído en alguna parte que la bebida no es buena para un niño por nacer.
——Un poco de whisky no le hará ningún daño.
Le sirvió menos de un dedo de whisky y él llenó su vaso. Lo alzó para brindar con ella.
—A la salud de Daniel Boone Huggins junior.
Ella ya se había llevado el vaso a los labios antes de que comprendiera el alcance de sus palabras. Se quedó con el vaso en alto, paralizada la mano.
—¿Lo dijiste con toda intención?
Daniel asintió.
—No tienes por qué hacerlo —dijo ella—. No te echo nada en cara. Fue culpa mía.
—No es culpa de nadie —replicó—. Estuve pensando en eso incluso antes de que tú me dijeras nada.
—¿Sinceramente? —Había incredulidad en su voz.
—Sinceramente. Eres una buena mujer. Eres de mi misma clase. Ambos iremos hacia delante.
Se dejó caer a sus pies frente a él, luego puso la cabeza encima de sus rodillas y de nuevo las lágrimas enturbiaron sus ojos.
—Estaba tan asustada, Daniel… ¡Te quiero tanto!
Le tomó la cara y la forzó a mirarle.
—No tenías ninguna razón para estarlo. También yo te quiero mucho —y le dio un beso.
A la mañana siguiente los casó un juez de paz de Santa Mónica.
Era una casita situada en una calle secundaria, exactamente junto a San Vicente, al norte del bulevar Santa Mónica de Hollywood. Dos dormitorios con baño intermedio, una sala de estar y una cocina amplia con un rinconcito para cenar. Un caminito, que terminaba en un cobertizo para el coche adyacente a la casa, la separaba de la vecina. Tanto el patio delantero como el trasero eran aproximadamente de las mismas medidas: nueve metros de fachada por siete y medio de fondo.
El agente de la propiedad inmobiliaria, muy discretamente, los dejó a solas en la sala de estar para que discutieran el asunto.
—¿Qué te parece? —preguntó Daniel.
—Me gusta —respondió ella—. Especialmente el cuarto que queda al otro lado del baño. Podemos convertirlo en una preciosidad para nuestro hijo. También puedo coser nuevas fundas para el resto de los muebles y, con un poco de pintura, quedará todo muy bien. Lo malo es el precio. Mil cuatrocientos dólares es mucho dinero.
—Pero nos la dan amueblada. Muebles, cocina, nevera…
—Podríamos alquilar una casa parecida por unos veinticinco al mes —dijo ella.
—Pero entonces pagarías trescientos por año y al final del mismo no tendrías nada tuyo. De esta manera nos queda la propiedad. Es como una póliza de seguro.
—¿Cuánto nos prestará el banco para la hipoteca?
—Ningún banco me daría una hipoteca. Tienen una inquina especial a los sindicalistas.
—Me queda el dinero que obtuve por la venta de mi casa —dijo mirándolo—. Casi seiscientos. Serían de ayuda.
—No necesito tu dinero —replicó él sonriendo—. Puedo obtenerlo. Es decir, si realmente te gusta.
—Claro que me gusta —dijo ella.
—De acuerdo, entonces déjame que le haga una oferta —llamó al agente de la propiedad.
Cerraron la operación en mil doscientos setenta y cinco dólares y se mudaron a la casa a fines de mes. Les llevó algún tiempo arreglarla hasta que quedó a su gusto. Daniel la repintó, lo mismo que los muebles. Ella se ocupó de confeccionar nuevas cortinas y fundas con una vieja máquina de coser que uno de los antiguos propietarios había dejado abandonada en el desván.
Daniel estaba como de costumbre sentado en la sala de estar leyendo el periódico de la tarde cuando ella llegó del trabajo. Dejó el periódico y la miró. Estaba de cinco meses y empezaba a engordar. Su cara aparecía tirante y cansada.
—Me retuvieron hasta muy tarde —dijo—. Estábamos ocupadas y el dueño no me dejaba ir. Voy a preparar la cena en seguida.
—No te molestes —dijo Daniel—. Tómate un buen baño y descansa. Saldremos a cenar fuera. Iremos a un restaurante chino.
—No es necesario —replicó ella—. No me dará ningún trabajo preparar la cena.
Pero él se dio cuenta de que no le desagradaba la idea.
—Haremos lo que dije —decidió Daniel.
Más tarde, mientras cenaban su chow mein de pollo, él dijo como sin darle importancia a la cosa:
—Creo que ya va siendo hora de que dejes tu trabajo. No eres justa con nuestro hijo al estar de pie todo el día.
—El dinero que gano nos va muy bien —adujo ella—. Doce o catorce dólares por semana cubren un montón de gastos caseros.
—Gasto más en whisky y puros —aseguró él.
Ella no dijo nada.
—Estaba pensando regresar al trabajo. Si lo hago, ingresaremos mucho más dinero.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó ella sorprendida.
—Lo mismo que hice siempre. Organizar.
—No creí que pudieras tener un empleo de este tipo aquí.
—No se trata de tenerlo aquí —dijo Daniel—. Sería otra vez en el Este. El propio Phil Murray me llamó. Quiere que me ponga al frente del Comité organizador de los obreros del acero, en Chicago. Me pagan cincuenta y cinco a la semana más gastos.
Sus palabras parecieron consternar a Tess.
—Eso quiere decir que deberemos mudamos de nuevo, ahora que acabábamos de instalarnos aquí.
—No —dijo él—. No se trata de un trabajo fijo. Toda mi gestión no durará más allá de unos cuantos meses. Luego regresaré.
—Me quedaré sola —dijo ella—. ¿Qué pasará si sigues allí cuando nazca el niño?
—Estaré de regreso mucho antes —aseguró riendo y confiado.
—¿No sería mejor buscarte algún trabajo por aquí?
—Sabes bien cómo pagan los empleos por aquí. En nada podría ganar siquiera la mitad. Y con un hijo en camino, cuanto más podamos ganar, mejor. Pagándome los gastos como me ofrecen, podremos ingresar en el banco la totalidad del sueldo.
—Te apetece hacerlo, ¿verdad?
—Sí —dijo, simplemente.
—Está bien. Pero te echaré mucho de menos.
Él sonrió y, por encima de la mesa, le acarició la mejilla.
—También yo te echaré mucho de menos. Pero estaré de regreso antes de lo que crees.
Ella se enderezó e hizo presión sobre la mano que le acariciaba la mejilla. Quería creerlo, pero en el fondo sabía que la ausencia iría para más largo de lo que él pensaba.
—¿Es peligroso? —preguntó.
Él se encogió de hombros.
—No más que cualquiera de los otros trabajos.
—No quiero que te ocurra nada malo.
Se dio unos golpecitos en la solapa donde estaba bien colocada el arma.
—No te preocupes en lo más mínimo. Lo que antes me pasó no volverá a ocurrirme. Aquí tengo un amigo.
Ella le miró a los ojos.
—Está bien. Pero, por favor, no te olvides de una cosa. También tienes además una esposa.