El líder
Capítulo 17
diecisiete
El sheriff Jason Cárter daba vueltas irritadamente por su despacho en la parte posterior del palacio de justicia. A través de la puerta abierta del cuarto trasero podía oír a su ayudante que daba café a los ocupantes del pequeño bloque de celdas carcelarias. Esa mañana solo cuatro de las celdas estaban ocupadas. La redada habitual de borrachos y rijosos. Ningún caso especial. Por primera vez desde hacía más de un año, la paz reinaba en la ciudad. No se había producido ninguna manifestación de huelguistas. Algunos de ellos incluso regresaban a sus trabajos. No había motivo para que se sintiera de aquel modo. Y, sin embargo, lo poseía una sensación de miedo y peligro que le ponía nervioso y le hacía saltar como una mula asustadiza.
El ayudante regresó del bloque celular.
—Todos han comido ya, Jase. ¿Qué hacemos con ellos?
—¿Llevan dinero encima?
El ayudante se encogió de hombros.
—Si lo tienen, que paguen una multa de un dólar cada uno y échalos a la calle — dijo el sheriff.
—¿Y si no tienen dinero? —preguntó su ayudante.
—Échalos de todos modos. No tenemos por qué comprarles comida para el almuerzo.
Cuando su ayudante abandonó el despacho, se dirigió al archivo y extrajo un fajo de papeles. Renegando en voz baja, fue hasta su escritorio y se sentó, esparciendo los papeles frente a él. Tomó un lápiz y empezó a garabatearlos. Esta era la parte peor de su trabajo. Demasiados formularios a llenar. ¡Maldito y entrometido Gobierno estatal! ¿Qué les importaba de todos modos lo que ocurría en su condado?
Se concentró en los papeles y se llevó un susto tremendo cuando, abriendo de golpe la puerta, entró Clint Richfield.
Clint estaba demudado y sudaba.
—¡Creo que Jeb Huggins está en la ciudad!
—¡Que Dios te maldiga, Clint! —gritó el sheriff con un arrebato de ira—. ¿Por qué no te fuiste de la ciudad como te dije?
No vi que tuviera por qué irme —dijo Clint—. Me limité a cumplir con mi deber.
—Tu deber no comprendía matar a la muchacha —puntualizó el sheriff con sarcasmo.
—Ya te dije que vi cómo él iba a sacar el arma —dijo Clint.
El sheriff lo atravesó con una mirada.
—Los muertos no pretenden sacar un arma.
—¿Cómo iba a saber que estaba muerto?
—¡Cristo! —exclamó el sheriff. Miró a los papeles que tenía sobre la mesa. A Clint le habían enseñado tan bien la lección que ahora él mismo la creía: Empujó los papeles de su escritorio hasta formar una sola pila y luego levantó la mirada—. ¿Cómo supiste que Jeb estaba en la ciudad? —se puso pesadamente en pie—. ¿Lo ha visto alguien?
—Mi hermanito vio esta mañana, cuando iba camino de la escuela, una rara mula enganchada a un carro frente a la casa de los Craig, y regresó a casa para avisarme.
—Puede tratarse de otro —dijo el sheriff; pero para sus adentros él sabía más. Respiró ruidosamente y tomó su cinturón con la pistolera de la percha que estaba en la pared, a sus espaldas, ciñéndoselo. Sacó su gran Ingersoll y lo inspeccionó—. El tren de las ocho quince llega dentro de media hora. Voy a llevarte a la estación.
—Debo ir hasta mi casa y tomar un poco de ropa —dijo Clint.
—Mandaré a buscarla. Ya tengo bastantes preocupaciones para que me caiga ahora encima una pelea a muerte entre familias.
El ayudante regresó del bloque de celdas.
—Ya los despaché —dijo. Colocó encima de la mesa tres billetes de un dólar completamente arrugados—. Todos pagaron la multa excepto Tut. No llevaba nada encima.
—Tut nunca tiene un centavo —comentó el sheriff. Tomó los tres billetes y se los embolsó—. ¿Están limpias las celdas?
—Les mandé que las dejaran bien aseadas antes de soltarlos.
—Magnífico —dijo el sheriff complacido—. Dejo la oficina a tu cargo. Clint y yo vamos a tomarnos un bocado.
—¿No vamos a llamar algunos hombres para que nos acompañen? —preguntó Clint nerviosamente.
El sheriff hizo un gesto negativo.
—No quiero que llamemos la atención. Conozco a Jeb Huggins, desde que éramos niños. Ni un ejército lo haría regresar. Mi idea es esta: nos vamos caminando tranquilamente por calles secundarias hasta llegar a la estación por el lado más alejado de la ciudad.
Gotas de sudor chorreaban por la cara de Clint.
—¿Qué haremos si nos encuentra?
—Entonces lo mejor que puedes hacer es empezar a rezar para que podamos convencerlo de que abandone su idea —dijo el sheriff ceñudamente—. Jeb ganó todos los concursos de tiro que se celebraron por aquí durante los últimos veinte años —hizo una pausa y, viendo el miedo reflejado en la cara de Clint, agregó—: Pero no te preocupes… no va a encontrarnos.
Clint asintió, pero la nuez iba arriba y abajo de su cuello.
—Vámonos —dijo el sheriff tomando el sombrero. Clint iba a salir, pero el sheriff lo detuvo—: No, por aquí no. Saldremos por la puerta de los calabozos, por la parte trasera del edificio.
Fueron a salir detrás de la torre de señales, bastante lejos de la estación. Oyeron débilmente, a lo lejos, el silbido del tren.
—Quédate aquí —dijo el sheriff—. Iré hasta la estación a echar un vistazo. No vengas hasta que te haga una señal.
—De acuerdo, Jase.
—Ahora no te quedes ahí parado a la vista de todos —aconsejó el sheriff—. No quiero que nadie te tome de blanco.
—No temas, Jase.
Clint se echó hacia atrás y se apoyó contra la parte sombreada de la pared de la torre de señales.
El sheriff le echó una última mirada y luego cruzó las vías hacia la estación. A juzgar por lo que veía, no había nada de particular, solo la concurrencia habitual en las estaciones. El jefe de estación, Pokey, se daba aires de importancia a pesar de que por el momento no tenía nada que hacer. Unos cuantos viejos y George, el maletero, esperaban la llegada del tren.
Pokey fue el primero en verlo cuando subía al andén de madera frente a la estación.
—¿Qué tal, sheriff? —preguntó con el sonsonete peculiar de los ferroviarios—. ¿Qué lo trae por aquí tan temprano? ¿Piensa detener el tren? —soltó una risotada ante su propio chiste.
—No exactamente —respondió muy serio el sheriff.
Desde el umbral, a sus espaldas, llegó una voz.
—Dime, Jase, ¿por qué viniste aquí precisamente?
El sheriff giró en redondo. Jeb se apoyaba en la jamba de la puerta con su Winchester 30-30 que descansaba blandamente en el pliegue del codo.
—¿Cómo estás, Jeb? —preguntó a su vez el sheriff.
Jeb no respondió al saludo. Su voz era fría.
—Tu pregunta no responde a la mía, Jase.
El sheriff lo observaba cautelosamente.
—Simplemente salí esta mañana de paseo y se me ocurrió venir hasta aquí.
—¿No te habrás cruzado por casualidad durante tu paseo con Clint Richfield?
—Vamos, Jeb. No te metas en este asunto. Esa huelga nada tiene que ver contigo.
—Tampoco tenía nada que ver con Molly Ann —respondió Jeb—. Sin embargo, Clint la mató.
—Se trató de un accidente —dijo el sheriff—. Creyó que Jimmy iba a empuñar un arma.
—Jimmy no llevaba ningún arma —habló Roscoe, que apareció en ese momento tras de Jeb—. Además, todo el mundo sabe que Jimmy ya estaba muerto.
—No tenían la completa seguridad —explicó el sheriff. Miró a Jeb—. Debes creerme, Jeb. Nadie quería hacerle ningún daño a Molly Ann. Además, encontraron un arma en los peldaños, cerca de la mano de Jimmy.
—La pusieron allí cuando Jimmy ya estaba muerto —replicó Roscoe.
—Si eso hicieron, yo lo ignoraba totalmente —dijo rápido el sheriff—. Jeb, nos conocemos desde que éramos niños. Te consta que yo no tendría ni arte ni parte en un asunto así.
Jeb salió del interior de la estación y entró en el andén. Escudriñó atentamente la zona. El sheriff lo vigilaba cautelosamente. Volvió a oírse el silbato del tren, pero ya mucho más cerca. Pokey y sus amigos permanecían callados, sin quitarles la vista de encima. En silencio, el sheriff rezaba para que Clint no se moviera de la parte trasera de la torre y cometiera alguna estupidez. Era esperar mucho creer que sería lo suficientemente listo para esconderse tras el tren cuando este llegara y subir por la parte más alejada.
El silbato sonó estridentemente. Jeb se acercó al borde del andén y miró desde las vías hacia el lugar por donde aparecería el tren, más allá de la torre de señalización. Cambiaba el rifle de un brazo al otro e instintivamente el sheriff se echó hacia atrás. No quería de ningún modo encontrarse en la línea de tiro y sabía que si Jeb movía el rifle, Clint pensaría que lo había descubierto.
El sheriff no andaba equivocado. Pero lo comprendió demasiado tarde. El primer disparo de Clint lo alcanzó en la pierna y lo derribó al andén.
Jeb ya había cruzado las vías y corría hacia la torre cuando el sheriff empezó a desplomarse. Roscoe saltó por encima de su cuerpo postrado y salió corriendo detrás de Jeb.
—¡Está detrás de la torre! —gritó.
El sheriff giró sobre sí mismo y se arrastró sobre las manos.
—¡Maldita sea! ¡Jeb! —gritaba—. No lo hagas. Solo lograrás empezar una guerra a muerte entre familias. Después vendrá tu turno, luego el de Daniel… —el ruido del tren que entraba en agujas ahogó sus últimas palabras al mismo tiempo que obstruía su visión.
Se volvió y vio al jefe de estación y a George que lo miraban fijamente. El negro fue el primero en reaccionar.
—¿Está herido sheriff? —preguntó acercándose.
—¡Que me ayude Pokey! —gritó el sheriff—. Tú corre a mi oficina y que vengan todos los ayudantes que encuentres.
George titubeó unos instantes, luego saltó del andén y echó a correr calle arriba al mismo tiempo que el tren se detenía. Como de costumbre, las dos sacas de correos cayeron sobre el andén, pero ni subió ni bajó nadie del convoy.
—¡Pokey! ¡Ven en seguida y ayúdame! —gritó el sheriff al jefe de estación.
Pokey le dirigió una mirada, lanzó otra al tren y luego nuevamente al sheriff.
—Pero es que tengo que dar la salida al tren… —dijo con voz débil y aflautada.
—¡Que se vaya al carajo tu tren! —gritó el sheriff—. ¡Voy a desangrarme!
De la torre de señales llegó el estampido de unos disparos. Luego silencio.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó el sheriff. Alargó la mano, se agarró de una tabla suelta y, con su ayuda, logró ponerse de pie. Con la otra mano se quitó el cinturón y trató de amarrárselo alrededor de la pierna para contener la hemorragia.
El tren se volvió a poner en marcha. Lentamente fue abandonando la estación. Desde las vías llegó un grito.
—¡Sheriff!
Levantó la vista. Ahí estaba Clint, de pie, con la camisa cubierta de sangre.
—¿Estás bien, Clint? —gritó, olvidando por un momento su propia herida.
Clint se quedó de pie un momento, como si pensara su respuesta a la pregunta del sheriff.
—¡Me mataron, sheriff! —gritó. E inmediatamente cayó de bruces, muerto, encima de las vías.
—¡Dios mío! ¡Cuidado, doctor! Tómelo con calma, aquí… —gemía el sheriff, retorciéndose en la mesa camilla del consultorio del doctor John.
—Deje de retorcerse como si fuera un niño —le dijo el médico—. Si no se está quieto, ¿cómo voy a poder extraer la bala?
—Duele mucho, doctor —se quejaba, con la vista fija en la sonda y las pinzas que aparecían en las manos del médico.
—Claro que duele —dijo el doctor John en un tono tranquilizador—. Tuvo suerte de que la bala penetrara en la parte carnosa del muslo y que no le rompiera el fémur. —Se volvió hacia la mesa que estaba detrás de él y tomó de ella una botella de whisky—. Tenga, tome otro trago.
El sheriff tomó una buena dosis.
—Ahora agárrese tan fuerte como pueda a los bordes de la mesa —le ordenó el médico.
El sheriff obedeció. El médico actuaba con demasiada rapidez para que el sheriff pudiera darse cuenta de sus intenciones. Sintió que una llamarada de fuego al rojo vivo recorría su pierna. Involuntariamente soltó un grito.
—Ya puede callarse, ahora —dijo el médico—. Ya la saqué. —Levantó en alto las pinzas para que el sheriff pudiera ver la bala que sostenía entre las pequeñas púas—. Ese es el pequeño cabrón que lo hizo.
El sheriff se estiró en la mesa, el semblante demudado y sudoroso.
—¡Dios mío! —exclamó.
El médico bajó sus instrumentos.
—Ahora voy a vendar la herida y dentro de pocos días estará como nuevo —tomó gasas y vendas y empezó su trabajo.
Sam Fitch y el padre de Clint, Mike Richfield, se acercaron a la mesa y contemplaron al sheriff. Habían estado quietos en el fondo del cuarto en espera de que el médico terminara.
—¿Está en condiciones, sheriff, de dirigir a su gente para que vaya tras los que mataron a mi hijo? —preguntó Richfield.
—No —respondió, levantando los ojos hacia él.
—Mataron a mi hijo, sheriff —Richfield miraba con fijeza al sheriff.
—Clint cometió una estupidez —dijo el sheriff categóricamente—. Le dije que no fuera él quien empezara, pero se creyó muy listo, tuvo que ser él quien empezara a disparar. No hay un jurado en el mundo que los condene. Se trata claramente de un caso de legítima defensa y aquí está la bala que me sacaron de la pierna para probarlo.
—Pero ellos iban tras él.
—Ni siquiera sabían que estaba en la estación hasta que sonó el primer disparo. Lo único que debía hacer era deslizarse al interior del tren y no habría surgido ningún problema.
—Tienes que ir tras ellos, Jase —le dijo Sam Fitch—. Ese es el deber que juraste al tomar el cargo.
Los ojos del sheriff buscaron la mirada de Fitch.
—El juramento que hice me obliga dentro de los límites del condado —explicó —. La casa de los Huggins está diez millas más allá.
—Da igual —dijo Fitch—. Déjalos que se salgan con la suya y tendremos nuevos héroes. Y de un momento al otro nos encontraremos que vuelve a estallar la huelga.
—Ese no es mi problema —dijo el sheriff—. Bastante hice ya que me pesa en la conciencia. Hay muchas criaturas en casa de los Huggins. No quiero ser responsable de más muertes.
—La sangre de mi hijo clama venganza —tronó Richfield.
El sheriff le dirigió una mirada.
—Entonces quizá podrás comprender cómo se sentía Jeb cuando vio el cadáver de su hija —dijo. Se incorporó, apoyándose en los codos—. Aceptad mi consejo, dejadlo solo.
—¿Qué piensas hacer entonces? —preguntó Fitch.
—Notificarlo a la policía estatal —dijo el sheriff—. Dejemos que hagan algo además de mandarme de vuelta sus formularios alegando que los he cumplimentado incorrectamente.
—Tú sabes que la policía estatal no hará nada —dijo Fitch.
El sheriff ni respondió.
—Ya está —anunció el médico—. Muévase y saque las piernas de la mesa — ayudó al sheriff a que se sentara y en seguida a bajar de la mesa de operaciones—. ¿Cómo se encuentra?
—Me duele —respondió.
—Y le dolerá unos cuantos días —le anticipó el médico—. No haga mucho esfuerzo con esta pierna.
—No podemos permitir que vuelva a estallar la huelga —dijo Fitch.
El sheriff, por segunda vez, no le respondió. Uno de sus ayudantes, que hasta ese momento estuvo apoyado en la pared, llegó rápidamente para ayudarle. Fue cojeando hasta la puerta.
—Me obligarás a tener que recurrir otra vez a Pinkerton —le advirtió Fitch—. Te estás jugando tu cargo, Jase. Cometes una gran equivocación.
El sheriff se detuvo en el umbral. Se apoyó más en su ayudante.
—No soy yo quien comete un error, Sam —dijo fríamente—. Tú lo cometerás y será el peor de tu vida.
Callados, observaron cómo abandonaba cojeando el consultorio. Y oyeron los tacos que soltaba cuando penosamente bajaba por la escalera.
—Puedo hacer venir a los Pinkerton en el tren de mediodía —insistió Fitch dirigiéndose a Richfield.
Este no respondió.
—Una sola bala y el sheriff se acobardó —dijo Fitch—. Nos veremos en mi tienda a la una.
Richfield esquivó su mirada.
—No pienso ir, señor Fitch. El sheriff tiene razón. Ya se ha derramado bastante sangre. No tiene sentido volver a empezar una lucha entre familias.
La voz de Fitch traicionaba un profundo desprecio.
—¡Hato de cobardes gallinas! Pero sé cómo apañarme sin vuestra ayuda. Simplemente, no vengas a lamerme el culo cuando todo haya terminado. Te advierto que no vas a sacar nada de mí —y se fue presa de gran irritación.
Durante un rato reinó un gran silencio en la pieza. Lo rompió Richfield, quien se dirigió al médico y preguntó:
—¿Se ocupará de mi hijo?
El médico, que era además el forense y el empresario de pompas fúnebres de la ciudad, asintió.
—Voy a esmerarme.
—Gracias, doctor John —dijo Richfield.