El líder

Harold Robbins · Capítulo 34 de 55

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El líder

Capítulo 13

trece

 

Se sentó junto a la ventanilla, mirando hacia el exterior, mientras el tren rodaba lentamente al abandonar la estación de Pasadena. Cuarenta minutos más y estaría en Los Ángeles. A su alrededor los pasajeros ya preparaban sus equipajes para estar a punto a la llegada. Un empleado del ferrocarril recorría los vagones.

—Próxima parada, Los Ángeles.

El brillante sol le molestaba a los ojos. Inclinó hacia atrás la cabeza, se apoyó contra el respaldo y los cerró. Hacía dos meses que no había estado en casa, que no había visto a Tess.

Entonces estaba al final de su sexto mes y ya estaba gruesa, con el vientre hinchado y los pechos semejantes a pomelos gigantes muy maduros. Su cuerpo, fuerte y robusto, había engordado, e incluso su cara se veía redonda y pesada.

La última vez había pasado casi cinco días en casa, y cuando le sugirió que quizá debería consultar al médico y decirle que aumentaba mucho de peso, ella le replicó que no tenía importancia, que ya lo perdería tan pronto como pudiera volver a ir de aquí para allá. El único motivo causante de su aumento de peso era que no tenía otra cosa que hacer que comer e ir al cine. Además, se sentía sola y ni siquiera veía a los pocos amigos que tenían, debido a que ya había engordado demasiado para ponerse detrás del volante e ir a alguna parte.

Esa noche, cuando se acostaron, ella extendió la mano. Daniel estaba fláccido. Tras un momento preguntó:

—¿Qué te pasa? Normalmente la tienes dura como hierro.

Él no podía decirle que ya no lo excitaba.

—Estoy cansado. Me he pasado cinco semanas trabajando de día y de noche y el viaje en tren no me ha sido de gran ayuda. Solo pude reservar un simple asiento para todo el viaje desde Chicago.

—Debe haber algo más que eso. No te excito debido a mi aspecto.

—No es eso —replicó él—. Además, temo dañarte. Podríamos perjudicar al niño.

—El médico dijo que podíamos hacerlo hasta el último mes. —Ella le seguía acariciando.

Hizo un esfuerzo para sentir el toqueteo de sus dedos. Sabía cómo tocarlo. Era una experta. Notó que daba resultado.

Al cabo de un rato trató de montarla. Pero la posición era demasiado incómoda debido al tamaño de su barriga. Finalmente, ella se puso de lado y él la penetró desde atrás. Ella empezó a gemir y casi inmediatamente alcanzó el clímax, pero él no sintió nada en absoluto. Era como haberse introducido en un enorme barril lleno de aceite tibio. Le fue imposible alcanzar el orgasmo, pero siguió penetrándola hasta dejarla satisfecha y exhausta, jadeante como una perra en celo.

Ella dio la vuelta y lo besó.

—No sabes cuánto te eché de menos. Nadie me lo podría hacer como tú.

Daniel no dijo nada.

—¿Quedaste satisfecho tú también? —preguntó ella con ansia—. No he notado que te corrieras.

—¿Cómo podías darte cuenta? —mintió él—. Estabas tan ocupada corriéndote que no hubieras sentido nada aunque se hubiera caído el firmamento.

—Te quiero —afirmó ella.

Se quedó dormida de inmediato.

Al día siguiente fueron al consultorio médico. El profesional salió del cuarto de exámenes mientras ella se vestía.

—¿Señor Huggins?

—Sí. ¿Qué sucede? —preguntó Daniel levantándose.

—Nada de qué alarmarse —dijo el médico—. Pero hay una probabilidad de que el niño nazca de nalgas.

—¿Qué significa eso exactamente, doctor? —Daniel lo miraba fijamente.

—Si no cambia de posición tendríamos que practicar una cesárea —explicó el médico—. Pero no tiene por qué alarmarse. Practicamos intervenciones de este tipo todos los días.

—Si no hay ningún motivo para alarmarse, ¿por qué me lo cuenta, doctor?

El médico sonrió.

—Descubrimos que los futuros padres también necesitan que se les tranquilice.

—Estoy tranquilo —dijo Daniel—. Mencionó usted que había una probabilidad. ¿Cuándo tendrá la seguridad absoluta?

El médico asumió un aire pontifical.

—Tenemos un problema. Su mujer pesa excesivamente. La someteré a una dieta severa. A partir de ahora y hasta que nazca el niño debe perder peso… o por lo menos no seguir aumentando. Usted trate de que se ajuste a la dieta.

Daniel no respondió. No existía la posibilidad de que pudiera hacerlo desde el otro extremo del país. Pero asintió.

—Hay algo más —añadió el médico—, y de nuevo debo repetirle que no hay ningún motivo para alarmarse. Pero me he dado cuenta de que a la señora Huggins se le ha presentado una ligera fibrilación coronaria. Dicho de otro modo, una palpitación cardíaca. Podría ser resultante de su peso excesivo y creo que se corregiría con solo rebajarlo, como le acabo de sugerir.

—Le faltan aún un par de meses, ¿no? —preguntó Daniel.

—Aproximadamente —respondió el médico—. Yo diría que seis o siete semanas. Para entonces sabremos la exacta posición en que se encuentra el feto y nos prepararemos a hacer lo que creamos necesario. Si el niño se presenta en una difícil posición de nalgas, preferiría extraerlo antes de que empezaran los dolores del parto.

—¿Seis semanas? —preguntó Daniel.

El doctor asintió.

—Es lo más verosímil. Pero, por favor, esté tranquilo. No hay ningún motivo de alarma. El niño se desarrolla perfectamente y su esposa disfruta de buena salud. No habrá ningún problema, de cualquier forma que se presente el parto.

—Gracias, doctor —dijo Daniel mirándolo.

El doctor volvió a entrar en la sala de exámenes y pocos minutos más tarde salía Tess.

—¿Qué te dijo? —preguntó.

—Dijo que no había ninguna razón para estar preocupado. Que estás en buenas condiciones. Solamente que debes perder un poco de peso, eso es todo.

Eso había ocurrido casi dos meses atrás y ahora el tren entraba en agujas, en Los Ángeles. Se levantó de su asiento mientras el ferroviario recorría los pasillos avisando.

—Los Ángeles. Última parada. Todo el mundo debe abandonar el tren.

Daniel tomó su maleta del portaequipajes, salió a la plataforma y saltó del tren casi antes de que se detuviera. Le había pedido a Tess que lo esperara en casa. No quería que se encontrara en medio de la aglomeración de una estación. Caminó rápidamente por los andenes hasta llegar a la parada de taxis, donde tomó uno. Una vez en el interior del mismo, se arrellanó en el asiento y, tras dar la dirección al taxista, apoyó cansadamente la cabeza en el respaldo.

—¿Viene del Este? —preguntó el taxista.

—En efecto —respondió Daniel.

—¿De Nueva York?

—No, de Pittsburgh.

—Mucha nieve, ¿verdad?

—Algo.

—Ningún clima mejor que el de aquí —dijo el taxista—. Sol, siempre sol. El mejor clima del mundo, eso digo siempre.

Daniel no respondió. Cerró los ojos. De repente se sintió muy cansado. Imposible regresar así a casa. Se enderezó y dio un golpecito al hombro del taxista.

—Deténgase en la primera tienda de licores.

Cuando salió de la tienda, con una pequeña botella de bourbon en el bolsillo, vio que había una florista en la puerta contigua. Compró un enorme ramo de rosas, volvió a meterse en el taxi y descorchó la botella con los dientes. Apuró el medio litro de bourbon y para cuando el taxi llegó a la casa ya no se sentía en absoluto cansado.

 

—Has cambiado —dijo Tess cuando él se sentó a la mesa para cenar—. Cuando te hablo parece que ni me oyes.

—Tengo muchos asuntos en la cabeza —contestó—. Murray está a punto de declarar una huelga y creo que todos nos iremos a la mierda.

—¿Va a ser malo para ti? —preguntó. Tomó de la parrilla un bistec y se lo puso en el plato.

—No será bueno para ninguno de nosotros. —Cortó el bistec y lo probó. Poco hecho y jugoso, exactamente como a él le gustaba. Levantó la vista hacia ella y sonrió —. No hay nada como la comida casera.

Ella sonrió complacida y preguntó:

—¿Qué me dices del follar casero?

Daniel miró su vientre hinchado.

—Lo veremos tan pronto vuelvas a abrir la tienda —dijo burlón.

—Ya falta menos —dijo ella—. El médico dice que seguramente al cabo de unas semanas del nacimiento. —Se sentó frente a él y empezó a comer su bistec, sirviéndose una ración generosa de puré de patatas con salsa.

—¿Qué pasa con tu dieta? —preguntó Daniel observándola.

—Tuve que olvidarme de ella. Me ponía demasiado nerviosa. Además, algunas de mis amigas dicen que los médicos siempre insisten en que las mujeres pierdan peso simplemente para simplificarles el trabajo a ellos, y no porque sea realmente necesario.

Él no dijo nada.

—Tú sí perdiste peso.

—He estado sumamente atareado.

—Sería una gran cosa que pudieras encontrar trabajo por aquí —dijo ella—. Un tipo llamado Browne ha telefoneado varias veces. Dice que está en el Sindicato del cine o no sé qué. Quiere que le hables.

—¿Dejó su teléfono?

—Lo tengo apuntado. Quizá te quiere ofrecer algún trabajo.

—Posiblemente.

—Sería una gran cosa. Así no tendrías que regresar allá.

—Debo regresar. Le di mi palabra a Murray.

—¿Para qué si de todos modos vais a perder?

—A pesar de todo le di mi palabra. Además, aunque Browne me ofreciera un empleo, no lo aceptaría. Es simplemente un timador de poca monta que recibe órdenes de los gánsteres. El que realmente manda es un tipo llamado Willie Bioff, quien recibe instrucciones directas desde Chicago.

—Si es como tú dices —comentó Tess mirándolo fijamente—, ¿por qué no hacen nada sobre el particular?

—¡Yo qué sé! —Daniel se encogió de hombros—. De todos modos no es asunto mío. Es un sindicato de la Federación americana del trabajo. Es cosa suya cuidar de sus sindicatos y de sus afiliados. Se ha hablado algo en la central del Congreso de organizaciones industriales a propósito de venir aquí y hacerles la competencia, pero por ahora ya tenemos bastantes asuntos en que ocuparnos. Quizá más tarde, cuando se hayan resuelto algunos de los problemas pendientes, tratemos de hacer algo sobre el particular.

—De todos modos debes hablar con él —insistió ella—. Quizá no sea tan malo como tú crees.

—Le llamaré.

Tess retiró de la mesa los platos vacíos y los puso en el fregadero.

—Para postre tenemos tarta de manzana y helado.

—Yo paso —dijo Daniel—. Me siento lleno.

—Bueno, yo comeré un poco. Nunca me siento satisfecha si no como algo dulce para terminar. ¿Café?

Daniel hizo un gesto afirmativo. Esperó hasta que ella le puso enfrente la taza de café.

—¿A qué hora es la visita de mañana al médico?

—A las diez —respondió Tess.

Se levantó de la silla, fue hasta el armario y se sirvió un whisky con hielo. Con el vaso en la mano, se sentó de nuevo.

—Deberías beber menos —dijo ella—. Es malo para tu hígado.

—Me encuentro muy bien —replicó él. Se bebió el whisky de una sola vez y luego esperó que ella terminara con el postre para tomarse el café—. ¿Qué te parece si nos acostamos temprano? Aún estoy molido del viaje.

—Acuéstate en seguida, si quieres. Limpiaré un poco y quizás oiga un poco de radio. Esta noche transmiten la hora de Rudy Vallee y el show Lux. Luego ya vendré a acostarme.

—Está bien.

Daniel se fue al dormitorio y empezó a desnudarse. Dobló con cuidado los pantalones, los colocó en el respaldo de una silla y encima puso la camisa. Dejó el reloj de pulsera y el dinero en el tocador, cerca de un jarro que contenía las rosas que había traído y cuyo suave perfume flotaba en el aire. Se sentó al borde de la cama, se desanudó los zapatos y se quitó los calcetines. Luego, aún en ropa interior, se estiró en la cama.

Lentamente dejó que su mirada rondara por el cuarto. Tess tenía razón. Pero no era solo él quien había cambiado. Todo había cambiado. O quizá no había tal. Desde el principio ella no había intentado comprender lo que él hacía. Y así seguía.

La idea le cruzó por la mente un momento antes de que cerrara los ojos y cayera dormido. Se había dado cuenta desde siempre, pero siempre se había negado a admitirlo. Eran dos extraños. Y siempre lo serían.

 

—No es caso que esperemos —dijo el médico—. No para de comer y aumenta de peso a cada día que pasa.

—¿Se lo dijo a ella? —preguntó Daniel.

—Dijo que no podía evitarlo —afirmó el médico—. No tiene otras cosas en qué ocuparse que comer y oír la radio. Al no estar usted en casa, se aburre.

—¿Cuándo piensa hacerlo?

—Mañana por la mañana —anunció el médico—. Tráigala al hospital esta noche. Ya he reservado para ella un cuarto semiprivado.

—¿Está de acuerdo ella?

—Sí —respondió el médico—. La verdad del caso es que dice que ahora se siente mejor al saber que ya va a terminar.

Daniel no hizo ningún comentario.

—No hay ningún motivo para preocuparse —siguió el médico—. Practicamos cesáreas todos los días. Muchas mujeres incluso las prefieren a los dolores que causa un parto normal. Después de dar a luz se sentirá perfectamente bien. Y podrá tener más hijos. Nada va a cambiar.

—¿No tenemos otra alternativa?

El médico sacudió la cabeza.

—Me temo que no, vista la posición en que se halla el feto.

—Está bien —aceptó Daniel.

—Mi enfermera le dará una tarjeta de admisión para el hospital. Esté allí a las cinco de la tarde. Y no se preocupe, nos ocuparemos debidamente de ella.

 

El hospital de maternidad Sunnyside se levantaba en el bulevar Pico, cerca de Fairfax. Era una construcción de tres plantas, estucada en tono rosado y rodeada de césped y jardines. Daniel condujo el coche hasta el aparcamiento de la parte posterior del edificio, a una zona señalizada Pacientes y visitantes. Se apearon y él tomó la maletita que ella había preparado.

Le dirigió una mirada al apearse.

—Es divertido. Nunca estuve en un hospital.

—Este lugar parece muy agradable —dijo Daniel mientras se dirigían a la puerta de entrada—. Completamente distinto de los hospitales donde he estado. Todos eran oscuros y sucios.

—De todos modos no deja de ser un hospital.

—Un hospital de un tipo especial —insistió él—. Un lugar donde nacen niños. Eso lo distingue de los otros.

Ella no dijo nada cuando atravesaron la puerta de entrada. Las paredes estaban pintadas de un rosado suave y colgaban de ellas bonitos cuadros. La recepcionista, vestida con uniforme blanco, levantó la cabeza y les sonrió.

—Bienvenidos a Sunnyside. La oficina de admisión está directamente al fondo del pasillo.

La oficina en cuestión estaba tan agradablemente decorada como el vestíbulo. Había varias mesas rodeadas de sillas y, alineados a lo largo de las paredes, cómodos sofás.

Procedente de la pieza contigua entró una enfermera. Se sentó tras de una mesa y, con un ademán, les indicó que se acomodaran frente a ella.

—Bienvenidos a Sunnyside —sonrió—. ¿El señor y la señora Huggins?

—Sí —respondió Daniel.

—Los estábamos esperando. Tenemos una habitación reservada para ustedes solos. Pero antes hay que llenar algunos formularios.

Llenarlos llevó alrededor de veinte minutos. Cuando hubo terminado, pidió disculpas y volvió a entrar en el cuarto del que había salido. Regresó a los pocos minutos.

—Al parecer no hay ninguna irregularidad —dijo, acercándoles algunos papeles —. Tengan la bondad de firmarlos ambos. Son autorizaciones de rigor que nos dan permiso para ocuparnos de la señora Huggins y para hacer aquello que creamos necesario en beneficio de su bienestar.

Firmaron. La joven tomó los documentos y comprobó las firmas. Luego los incluyó en la carpeta donde ya se encontraban los otros formularios.

—Algo más aún, señor Huggins —dijo—. Debo pedirle que me dé un talón por doscientos dólares en concepto de anticipo. Esta cantidad cubre el importe de ocho días de habitación, uso del quirófano, anestesista y otros servicios hospitalarios. Desde luego, cuando abandone el hospital recibirá un estado de cuentas exacto, y cualquier diferencia que resultara a su favor se le devolverá inmediatamente.

Daniel se sacó la cartera. Contó doscientos dólares en billetes de a veinte. La oficinista los recontó, los metió dentro de la misma carpeta y luego pulsó un botón que tenía encima de la mesa.

—En seguida vendrá una enfermera que les acompañará a su habitación —les dirigió una mirada y sonrió—. ¿Qué va a ser? ¿Niño o niña?

—Daniel dice que será un niño —afirmó Tess.

—De todos modos estoy segura de que no se quejará si es una niña —comentó la enfermera.

Rieron y en aquel preciso momento entró otra enfermera que empujaba una silla de ruedas. Tess se quedó un momento observándola.

—No la necesito. Puedo ir por mi propio pie.

—Desde este momento es nuestra paciente y somos responsables de usted. A veces estos mosaicos son resbaladizos.

Torpemente, Tess se sentó en la silla de ruedas.

—¿Puede acompañarme Daniel?

—Claro que sí —dijo la enfermera de admisión. Volvió a sonreír cuando salieron de la pieza con Daniel siguiéndolas con la maletita en la mano—. Buena suerte. Espero que sea un niño.

Subieron en ascensor hasta el segundo piso. La enfermera se detuvo en el pasillo y se volvió hacia Daniel.

—Hay un saloncito de espera al fondo. Si nos permite unos minutos, le llamaré tan pronto como haya puesto cómoda a la señora.

La enfermera entró con Tess en el cuarto y Daniel se encaminó al saloncito de espera. Ya había tres hombres allí. Dos jugaban a las cartas y el tercero permanecía sentado en una silla con una expresión aburrida y cansada en su cara. Los jugadores de cartas ni siquiera levantaron los ojos.

Daniel se dejó caer en una butaca. Experimentó el deseo de fumarse un cigarro pero se contuvo. La enfermera había dicho que solo era cuestión de minutos y los pasillos estaban llenos de avisos de «No fumar».

Poco después, el tercer hombre, el que estaba sentado a solas, habló a Daniel.

—¿Acaba de ingresar a su esposa?

Daniel asintió.

—Estoy aquí desde anoche —dijo el hombre—. Ojalá tenga usted más suerte.

Daniel no respondió.

—Los médicos solo dicen tonterías —prosiguió el tipo—. Cada vez aseguran que es solo cuestión de horas y siempre resulta que me paso un par de días aquí.

—¿Ya ha estado antes? —preguntó Daniel.

—Tres veces —respondió el hombre con cierta irritación—. Este será nuestro cuarto hijo. Soy insaciable. Pero este será el último, se lo juro.

Uno de los jugadores soltó una carcajada.

—Antes habrá que cortarle el pito, ¿no?

—¡Mierda! —exclamó el tipo. Miró a Daniel—: ¿Cuándo le dijeron que nacería el suyo?

—Mañana por la mañana.

—Lo dice con mucho aplomo.

—Le practicarán la cesárea —explicó Daniel.

El hombre se quedó atónito.

—¡Vaya! ¿Cómo no se me ocurrió a mí? Cada vez me cuesta tres días de salario. Le hablaré al médico.

Apareció la enfermera.

—Ahora ya puede entrar a ver a su esposa, señor Huggins.

Tess estaba sentada en la cama. Sobre los hombros llevaba una dormilona de seda. Ocupaba la cama situada junto a la ventana y la otra aparecía desocupada. Daniel atravesó el cuarto y la besó.

—Parece que estás muy a gusto.

—Son realmente muy simpáticos todos —sonrió ella—. Hice pis en una botella —rio—. Y mira… —levantó el brazo. En él aparecían dos tiritas de esparadrapo cruzadas, exactamente en el pliegue del codo—. También me sacaron un poco de sangre. No me dolió nada.

Daniel asentía sin decir palabra.

—¿Sabes? No me darán nada para cenar. Dicen que van a vaciarme, que debo tener el estómago vacío.

—Exactamente, señora Huggins —intervino una enfermera que en ese momento entró en el cuarto—. Vamos a hacerlo en seguida. —Abrió un armarito junto a la cama y sacó una lavativa con su tubito de goma. Luego miró a Daniel—: Tendrá que salir ahora, señor Huggins. Y queremos que después duerma a fin de que se sienta fuerte y descansada por la mañana.

Un asomo de miedo apareció en la voz de Tess.

—¿Quiere decir que no podré verlo hasta después? —preguntó.

—Claro que lo verá —sonrió la enfermera—. Por la mañana, antes de que la subamos arriba. Pero ahora lo más importante para usted es descansar. —Miró a Daniel—. Si llega usted a las siete de la mañana será suficiente.

—Aquí estaré —afirmó Daniel. Se inclinó sobre Tess y la besó—. Sé buena chica y haz lo que te digan. Te veré mañana.

—¿No llegarás tarde? —preguntó Tess con ansia—. Será mejor que pongas el despertador.

—Estaré aquí —le aseguró—. No te preocupes por nada. Todo irá perfecto.