El líder

Harold Robbins · Capítulo 21 de 55

Páginas del PDF

El líder

Capítulo 20

veinte

 

La locomotora arrastraba veintidós vagones cargados de carbón y penosamente, lanzando bocanadas de humo y de vapor, ascendía por la pendiente en dirección al paso de Turner. Eran las ocho pasadas de la mañana. Solo arrastraba ocho vagones cuando Daniel y Roscoe subieron al tren, pero se había parado en tres minas más durante el trayecto. El furgoncito de cola oscilaba suavemente al final del convoy.

El guardafrenos asomó la cabeza por la ventanilla y luego volvió a meterla.

—Ya estamos llegando al paso de Turner, Daniel.

Este se levantó.

—Gracias por su amabilidad, señor Small.

—Aquí estoy para servirte —dijo el ferroviario sonriente.

—Buena suerte, señor Craig —deseó Daniel, volviéndose—. Ojalá que todo le salga a pedir de boca.

Roscoe le tendió la mano.

—Buena suerte para ti, Daniel.

Daniel inclinó la cabeza. Se fue hasta la puerta de la parte trasera del furgón. Roscoe lo llamó y él se volvió.

El hombre habló con torpeza, incómodo.

—Tú eres lo único que me queda, Daniel. No creo que fuera deseo de tu padre que te ocurriera nada malo.

Daniel le devolvió la mirada silenciosamente.

—Lo que quiero decir —prosiguió Roscoe—, es que si algo te pasa a ti toda la vida de tu padre carecería de sentido.

—Lo recordaré, señor Craig.

—Ya empieza a aminorar la marcha —dijo el guardafrenos—. Mejor será que estés preparado, Daniel.

Daniel salió a la diminuta plataforma y esperó en el peldaño inferior a que el tren disminuyera su marcha hasta casi detenerse. Roscoe y el guardafrenos salieron a la plataforma. Daniel saltó, corrió unos pasos, se deslizó por el terraplén, se puso de pie y agitó la mano para que supieran que todo había salido bien. Le devolvieron el saludo y el tren volvió a adquirir velocidad. Pocos minutos después desapareció tras una curva y Daniel empezó a caminar hacia las montañas en dirección a su casa.

Encontró los viejos senderos como si nunca se hubiera ausentado. Aquí había crecido y conocía el terreno como la palma de su mano. Recordó cuando, siendo niño, su padre lo había llevado de caza por primera vez. Y lo orgulloso que se había sentido cuando regresó a casa con un conejo para la cazuela.

Estaba tan absorto con sus recuerdos que las dos horas que tardó en caminar los trece kilómetros que lo separaban de su casa le parecieron minutos, y en consecuencia no estaba preparado para la conmoción que experimentó al llegar al lugar donde una vez se levantó su casa.

Quedó paralizado. No había nada. Solo maderas negras chamuscadas. Bajo el sol de la mañana parecía que el aire se estremecía sobre lo que quedaba de la casa. Detrás, aún se levantaba la cuadra, a la que el fuego no había llegado pero que ahora estaba vacía de vida. Aspiró a fondo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para llegar hasta donde estuvo el patio delantero.

De sus espaldas le llegó un fuerte ruido. Giró rápidamente. Era la mula que salía de entre los matorrales del otro lado del camino. Sus grandes ojos redondos miraban interrogativamente a Daniel.

La mula dio el primer paso. Cruzó el camino en dirección a Daniel y le dio un empujoncito con el morro. Daniel se hizo a un lado y la mula continuó su camino hacia la cuadra.

Daniel la siguió. La mula tenía la nariz metida en el heno. Daniel echó una mirada al abrevadero. Estaba seco. Regresó al patio y se dirigió al pozo. El gran cubo aún estaba allí, colgado de la boquilla de la bomba. Empezó a accionar la palanca. Tardó un rato hasta que el agua salió a chorros y llenó el cubo. Daniel lo llevó hasta el abrevadero.

La mula levantó la cabeza y lo observó. Lentamente, Daniel vació el agua en el abrevadero. Masticando aún tallos de heno, la mula se acercó. Miró en primer lugar el agua y luego a Daniel.

—Sí, mula estúpida, es así como el agua llegaba aquí. Tómala.

Casi se diría que la mula reía cuando se limpió los dientes de los restos de heno. Luego metió con delicadeza el morro en el agua y empezó a tomarla. Daniel dio la vuelta.

Sin volver a mirar la casa, subió por la ladera de la lomita donde estaba el cementerio. Miró a sus pies las tumbas y la tierra que aún se veía recién removida. Se quitó el sombrero y, de pie, descubierto, permaneció bajo el sol. Nunca había asistido a unos funerales y por eso ignoraba cuál sería la oración apropiada. La única que recordaba era la que su madre le había enseñado cuando era muy pequeño. Sus labios se movieron lentamente.

Ahora que me acuesto a dormir

pido al Señor que vele por mi alma

y si muriera antes de despertar

ruego al Señor que tome mi alma.

Dios bendiga a mamá, Dios bendiga a papá,

Dios bendiga a mis hermanas y hermanos…

Se le ahogó la voz y, por primera vez, acudieron lágrimas a sus ojos. Al cabo de un rato el llanto cesó, pero allí permaneció mientras las tumbas y las crucecitas de madera se abrían un camino ardiente hasta su cerebro y el sentimiento de pérdida, de dolor y de vacío secaban su alma. Luego, de repente, todo pasó. Cedió el dolor. Cerró los ojos por un largo rato. Y supo qué era lo que debía hacer.

Sin volver la vista atrás abandonó el pequeño cementerio y, siguiendo el sendero, subió por la loma. Al salir de la pequeña curva ahí estaba, como siempre estuvo. El alambique de su padre. El pequeño cobertizo, las tuberías de cobre, las jarras de piedra. Era como si nada hubiese ocurrido.

Abrió la puerta del cobertizo y entró. Estaba a oscuras y por la puerta apenas penetraba luz. Alargó la mano hasta el estante superior y encontró lo que buscaba. Tanteó de nuevo con la punta de los dedos y encontró la cajita que sabía que estaría cerca. Sacó afuera, a la luz del sol, la escopeta de dos cañones cuidadosamente envuelta en una lona alquitranada y la caja de cartuchos. Con rapidez desgarró la lona. El arma apareció limpia y brillante. Levantó ambos percusores y apretó los gatillos. Era el suyo un clic preciso, los percusores golpeaban exactamente donde debían. Su padre siempre insistía en mantener las armas limpias y en perfecto estado de funcionamiento. Abrió la caja de municiones. Estaba casi llena.

Dejó todo encima de un banco de madera y regresó al cobertizo. Esta vez salió con una sierra para metales y una lima. Cuidadosamente, sujetó el arma en el banco de mecánico y, con lentitud, empezó a aserrar los cañones del arma hasta dejarlos a una cuarta parte de su longitud. Cuando terminó, limó los bordes para eliminar rebabas y por último los limpió con un trapo suave aceitado, eliminando luego con otro trapo los restos de aceite. Sopesó el arma mientras la contemplaba. Su longitud total, incluida la culata, era ahora inferior a los sesenta centímetros.

Depositó el arma encima del banco, tomó dos jarras y las puso encima de la cerca, a la luz del sol. Prosiguió hasta que hubo colocado una fila de unas diez jarras a una distancia de alrededor de sesenta centímetros una de la otra. Cogió el arma y puso un cartucho en cada recámara.

Dio media vuelta y midió a ojo la distancia que lo separaba de la valla. Un metro y medio más o menos. Era la distancia precisa. Sostuvo el arma a la altura de la cintura y, apuntándola contra la cadera, apretó los dos gatillos. El retroceso casi le hizo dar vuelta sobre sí mismo y el estampido pareció que le hubiera roto los tímpanos. Regresó a la cerca para cerciorarse de su puntería. La jarra a la que apuntó estaba intacta.

Saltó al otro lado de la valla e inspeccionó el árbol que había detrás de la jarra, en busca de los impactos de las postas. Los encontró. Altos, a la izquierda y ampliamente esparcidos. El árbol estaba a un par de metros detrás del blanco, lo que equivalía a que debería acercarse más para que el arma fuera efectiva. Se movió pausadamente. No tenía ninguna prisa. Disponía de toda la tarde. Cuando quedó totalmente satisfecho, solo restaban cuatro cartuchos de postas. Metió dos en el arma y se guardó los otros dos en el bolsillo.

El sol iniciaba su carrera al ocaso cuando él recorrió de bajada el sendero. Pasó frente al cementerio, pero no se detuvo hasta llegar a la cuadra. La mula estaba satisfecha, parada junto al pesebre.

Descolgó de un gancho en la pared del establo unas bridas y unas riendas y se acercó a la mula. Esta lo observaba con cautela.

—¡Vamos, mula! —dijo Daniel—. Ya es hora de que te ganes el pienso.

Jackson empezó a barrer la acera de madera frente a la tienda de Fitch. Eran las siete de la mañana. No prestó ninguna atención al hombre sentado en un banco de la plazuela, al otro lado de la calle. Parecía un granjero cualquiera, que daba una cabezada con el sombrero caído sobre los ojos para protegerse de la luz de la mañana. Ni siquiera la vieja mula amarrada a un árbol cercano merecía una segunda mirada.

Un rato después, Harry, el quisquilloso encargado de la tienda, llegó al negocio y empezó a colocar los anuncios junto a la puerta de entrada. Acababa de terminar su trabajo cuando llegó Fitch. Harry dirigió una fugaz mirada al reloj que colgaba al fondo del almacén. Las ocho en punto. Exactamente a la hora.

Fitch llegaba de buen talante.

—¿Todo anda bien, Harry?

El chaparro dependiente asintió repetidamente con la cabeza.

—Sí, señor Fitch. Por ahora todo va muy bien.

Fitch rio entre dientes y entró en la tienda. Harry fue tras él.

—Tenemos esas latas de alubias nuevas, señor Fitch. ¿Quiere que las ponga a la venta?

Fitch se detuvo un momento y luego asintió.

—¿A qué precio las marco?

—Tres latas por diez centavos, Harry. Resultan a muy buen precio y aún nos deja buena utilidad. A nosotros solo nos cuestan dos centavos cada una.

—Me ocuparé en seguida, señor Fitch —dijo Harry, mientras Fitch seguía su camino hasta llegar al despacho del final del almacén y Harry continuaba gritándole a Jackson que fuera al sótano a buscar las latas de alubias.

Al otro lado de la calle, el hombre se levantó de su banco. Dirigió una rápida mirada arriba y abajo de la calle. No había mucha gente por ahora. Lentamente cruzó la calle en dirección al almacén y, con los brazos, se ciñó apretadamente la chaqueta mientras el sombrero seguía caído sobre los ojos. Entró en la tienda.

Harry salió desde detrás del mostrador y fue a su encuentro.

—¿En qué puedo servirlo, señor?

El granjero ni lo miró.

—¿Está el señor Fitch?

—Está en su despacho, al fondo.

—Muchas gracias —dijo el hombre con mucha educación.

Al decirlo ya había reemprendido su camino. Desapareció tras una pila de cajas de madera, cerca de la puerta del despacho.

Sam Fitch estaba sentado detrás de su mesa y levantó los ojos para saludar al recién llegado.

—Buenos días, amigo —dijo con su tono de comerciante—. ¿En qué puedo servirle?

El hombre se detuvo frente al escritorio. Echó hacia atrás el sombrero y su cara quedó al descubierto. Su voz carecía de emoción.

—Creo que sí puede servirme.

Sam Fitch mudó el semblante.

—¡Daniel!

Este no respondió.

—Muchacho, no te reconocía. Cuánto has crecido… —dijo Fitch.

Daniel bajó los ojos hacia él sin un pestañeo.

—¿Por qué lo hizo, señor Fitch?

—¿Qué hice? —Fitch trataba de simular desconcierto—. No sé de qué me estás hablando.

Los ojos de Daniel eran fríos como el hielo.

—Creo que sí sabe, señor Fitch. ¿Qué le hicimos nosotros para que los asesinara a todos?

—Sigo sin saber de qué me hablas —insistió Fitch.

—Allí estaba Roscoe Craig, escondido en la cuadra, y lo vio todo. Él me lo contó —Daniel seguía hablando sin la menor emoción en su voz.

Fitch se quedó mirándolo fijamente. Dejó de simular, pero no de mentir.

—Fue un accidente, Daniel. Debes creerme. Nunca pretendimos iniciar un tiroteo.

—Tampoco pretendió nunca matar a mi padre, ¿verdad? Usted se limitó a dar la señal cuando él salía de la casa.

—Traté de detenerlos. Eso es precisamente lo que quería. Detenerlos. —Con los ojos asombrados vio cómo Daniel entreabría su chaqueta y quedaba a la vista la escopeta recortada. Fitch siguió hablando mientras abría un cajón de su escritorio y alargaba la mano para asir el arma que allí guardaba—. ¡Traté de detenerlos! Pero no quisieron escucharme. Estaban como locos.

—Miente, señor Fitch —la voz de Daniel era categórica, rotunda.

Ahora Fitch empuñaba un arma. Se movió rápidamente para un hombre de su corpulencia. Blandió el arma y dio un salto de lado desde su silla hasta la pared de vidrios que separaba el despacho del establecimiento. Pero su movimiento no fue lo bastante rápido.

El rugir de ambos cañones pareció el de un trueno en el reducido despacho. El cuerpo de Fitch quedó desgarrado desde el pecho hasta la barriga, al mismo tiempo que el disparo lo lanzaba de espaldas a través de la partición de cristales. Su sangre y sus tripas salpicaron las cajas de madera cuando se esparcieron a su alrededor.

Lentamente, Daniel cruzó por encima del cadáver de Sam Fitch y miró a sus pies aquel cuerpo destrozado. Continuaba en la misma posición cuando el sheriff, seguido por uno de sus ayudantes, entró precipitadamente en el almacén.

El sheriff echó un breve vistazo a Sam Fitch y luego miró a Daniel. Volvió a enfundar el arma y alargó una mano a Daniel.

—Creo que será mejor que me la entregues, Daniel.

Daniel apartó su mirada del cuerpo de Sam Fitch.

—Sheriff —dijo—. Mató a toda mi familia.

—Dame el arma, Daniel —repitió el sheriff amablemente.

—Sí, señor —aceptó con docilidad.

El sheriff tomó la escopeta de Dan y la entregó a su ayudante.

—Ven conmigo, Daniel.

Daniel salió del despachito y se detuvo para dirigir una última mirada a Sam Fitch. Cuando levantó la cabeza para seguir al sheriff aparecía una rara angustia en sus ojos.

—Sheriff —preguntó con voz doliente—. ¿No había nadie en esta ciudad capaz de detenerlo?

 

El juez miró desde lo alto del estrado. Daniel estaba frente a él en la sala del tribunal casi vacía.

—Daniel Boone Huggins —dijo el juez con solemnidad—. En vista de las atenuantes, la muerte de su familia y su extrema juventud, y confiando en que la muerte y la violencia que ha asolado esta comarca este último año haya llegado finalmente a su término, es considerada sentencia de este tribunal que permanezcas en el instituto correccional del Estado para muchachos por el término de dos años o hasta que cumplas los dieciocho, si esto sucede antes de dicho plazo. Este tribunal espera además que te aplicarás con diligencia al aprendizaje de algún oficio y que sacarás provecho de las muchas oportunidades que allí encontrarás para convertirte en un miembro útil para la sociedad.

Dio dos golpes secos con el mazo y se puso de pie.

—El juicio ha terminado —empezó a bajar del estrado al mismo tiempo que el sheriff se acercaba a Daniel.

El sheriff sacó unas esposas del bolsillo.

—Lo siento, Daniel —dijo—. La ley me ordena que las coloque a los detenidos sentenciados.

Daniel le dirigió una mirada y luego, silenciosamente, le tendió las manos. Con un «clic», las manillas de las esposas se cerraron en sus muñecas.

—¿Estás enfadado, Daniel? —preguntó el sheriff.

—No, sheriff —negó con la cabeza—. ¿Por qué habría de estarlo? Todo ha terminado. Ahora, quizá, podré olvidar.

Pero nunca olvidó.

Los frenos de aire silbaron cuando el enorme camión de remolque frenó en el arcén hasta detenerse. La portezuela se abrió y el chófer se me quedó mirando cuando abandoné la cabina. Alargué la mano para ayudar a Anne a bajar.

—Muchachos, estáis locos —dijo el conductor—. Apearos en medio de ninguna parte. De aquí a Fitchville hay no menos de treinta y cinco kilómetros, y quizás ochenta hasta la última ciudad que hemos pasado. Y entre una y otra nada, excepto quizás unos pocos aparceros.

Anne saltó desde la cabina y yo recogí las mochilas.

—Gracias por el viaje —dije.

—No hay de qué —me miró fijamente—. Tened cuidado. Esa gente de por aquí no son precisamente muy amigos de los forasteros. Algunas veces disparan antes de preguntar.

—Nos cuidaremos. Todo irá bien —le tranquilicé.

Asintió y cerró la portezuela. Observamos cómo el camión tomaba velocidad y al cabo de un momento había desaparecido entre el tráfico de la autopista. Me volví hacia Anne. Hasta ahora no había dicho ni una palabra.

—¿Sabes dónde vamos? —preguntó.

Asentí.

—¿Te importaría mucho decírmelo? —había un tono de sarcasmo en su voz.

Recorrí con los ojos el paisaje y luego señalé una lomita que se levantaba entre los árboles, a un kilómetro y medio de la carretera.

—Allí.

—¿Por qué? —preguntó tras mirar a la loma y luego a mí.

—Lo sabré cuando llegue —respondí. Abandoné la carretera y empecé a descender por el terraplén. Cuando volví la vista, ella estaba aún plantada en el mismo lugar y me miraba—. ¿Vienes?

Inclinó la cabeza y empezó a seguir el mismo camino. Cuando llegaba a la mitad resbaló. La recibí entre mis brazos para detenerla y su cabeza se posó en mi pecho. Temblaba. En seguida levantó la vista y me miró a la cara.

—Estoy asustada.

—No lo estés —la tranquilicé mirándola a los ojos—. Estás conmigo.

Nos llevó no menos de un par de horas llegar a la cresta de la colina y otra media hora hasta el arroyo que discurría más o menos a una cuarta parte del camino descendente de la otra vertiente. Tiré al suelo mi mochila y me senté. Aspiré profundamente y entonces empecé a escarbar entre mis rodillas la tierra escondida debajo de las altas hierbas silvestres.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Busco algo —dije y en ese preciso instante mis manos encontraron una losa. La reseguí con cuidado. Era de forma rectangular y la parte superior ligeramente inclinada hacia mí. Rápidamente quité la hierba y las raíces que la recubrían. Era una losa de piedra de menos de sesenta por cuarenta centímetros y tendría treinta de espesor. Con la mano barrí la tierra y el polvo que la cubrían hasta que aparecieron claramente las letras talladas: «HUGGINS».

—¿Qué encontraste? —preguntó en voz baja a mis espaldas.

Miré otra vez a la losa y después a ella.

—La tumba de mi abuelo.

—¿Sabías dónde estaba?

—No —respondí, al mismo tiempo que negaba con la cabeza.

—¿Cómo ha sido entonces?

—No lo sé.

 

«Díselo, hijo mío. Fui yo quien te guio.»

«Tú estás muerto. Nunca me contaste nada, ni siquiera cuando vivías.»

«Te lo conté todo. Pero tú no escuchabas.»

«¿Qué te hace pensar que ahora lo hago?»

Su risa era profunda y fuerte, la que siempre oí cuando vivía: «Ahora no puedes decidir por ti mismo. Estoy dentro de tu cabeza.»

«Vamos, padre. Tú estás muerto. Y yo tengo que llevar mi propia vida.»

«Aún eres joven. Dispones de tiempo. Primero tienes que llevar la mía. Luego podrás llevar la tuya propia.»

«¡Mierda!»

«Exactamente —de nuevo la risa profunda y sonora—. Pero deberás aprender a andar antes de correr.»

«¿Y eres tú quien va a enseñarme?»

«Así es.»

«¿Cómo vas a hacerlo, con dos metros de tierra sobre tu cuerpo allá en Scarsdale?»

«Te lo dije. Estoy en cada célula de tu cuerpo. Yo soy tú y tú eres yo. Y ahí estaré mientras vivas.»

«Pero algún día moriré yo también. ¿Dónde estarás entonces?»

«Contigo. En tus hijos.»

 

Oímos a nuestras espaldas la voz del hombre.

—Dad media vuelta, lentamente y no hagáis ningún movimiento sospechoso.

Me levanté. Anne me tomó de la mano y lentamente nos giramos hacia el hombre. Era alto y delgado, vestía un mono desteñido y camisa de trabajo, alrededor de sus ojos aparecían unas arrugas que sombreaba el sol, se tocaba con un sombrero de paja de ala ancha y, en el pliegue del codo, sostenía una escopeta de dos cañones que nos apuntaba.

—¿No visteis en el sendero el letrero que dice «No pasar»?

—No vinimos por él. Vinimos por la ladera de la loma, desde la carretera.

—Dad media vuelta y regresad por donde vinisteis. Cualquier cosa que estuvierais buscando, no la encontraréis aquí.

—Ya encontré lo que buscaba —le dije, señalando la lápida mortuoria del suelo.

Dio un paso a un lado y la miró.

—Huggins —leyó en voz baja y pronunció suavemente la G—. ¿Qué tiene eso que ver contigo?

—Fue mi abuelo.

Se quedó unos instantes en silencio. Sus ojos estudiaban detenidamente mi cara.

—¿Cómo se llama?

—Jonathan Huggins.

—¿Hijo del gran Dan?

Hice un gesto afirmativo.

La boca de su arma se inclinó hacia el suelo. Y su voz ahora era más amable.

—Muchachos, síganme hasta mi casa. Mi mujer ha preparado una deliciosa limonada que está al fresco en el pozo.

Seguimos tras él por el sendero, entre los árboles de la parte más apartada de la colina. Llegamos a un arroyuelo y, exactamente debajo, vimos un maizal. Más allá estaba la casa… si es que podía llamarse así. En realidad era un cobertizo de una sola vertiente, hecho de pedazos de madera reunidos al azar y claveteados juntos, con las grietas recubiertas de alquitrán y papel de embalaje y cuya techumbre consistía en más tablas de madera clavadas juntas sobre un material plástico. Frente a la casa aparecía una desvencijada furgoneta, que después de haber acumulado tanto polvo presentaba ahora un color indefinido. Nos llevó a través del campo de maíz y, pasando por delante de la camioneta, llegamos a la puerta.

El hombre la abrió y llamó hacia el interior.

—Betty May, tenemos visitas.

Inmediatamente apareció en el umbral una muchacha. Apenas tendría dieciséis años, carirredonda, ojos azules, con larga cabellera rubia, y embarazada. Nos observó cuidadosamente y en sus ojos se apreciaba un destello de temor.

—No temas —le dijo el hombre para tranquilizarla—. Vienen del Norte.

—¿Cómo están? —su voz era aniñada.

—¿Qué tal? —dije.

Él se volvió hacia mí y me tendió la mano.

—Me llamó Jeb Stuart Randall. Esta es mi mujer, Betty May.

—Mucho gusto en conocerla, Betty May —apreté su mano—. Esta es Anne.

Insinuó una reverencia a la vieja usanza.

—Mucho gusto, señora.

—Nada de señora, simplemente señorita.

—Usted perdone, señorita —dijo, sin comprender el nuevo tratamiento.

Anne miró al hombre y le sonrió.

—Mucho gusto en haberles conocido.

—Trae la limonada del pozo, Betty May. Nuestros visitantes deben tener la boca seca de tanto calor.

Betty May parecía querer pasar inadvertida cuando nosotros seguimos al hombre al interior de la choza. Comparado con el fuerte calor y la intensa luz exterior, el cobertizo parecía oscuro y fresco. Nos sentamos alrededor de la mesita que había en la única habitación. En una pared había una anticuada cocina de carbón y un fregadero con armarios en lo alto. En la otra, un viejo ropero de madera, una cómoda con varios cajones y una cama cubierta con un centón multicolor. En el centro de la mesa había una lámpara de aceite.

Jeb Stuart sacó del bolsillo un cigarrillo medio consumido y se lo metió en la boca sin encender. Betty May entró en la casa llevando con ella una jarra de limonada. Sin decir palabra, llenó tres vasos y los puso frente a cada uno de nosotros. No se sirvió ninguno para ella, ni tampoco nos acompañó a la mesa. En vez de eso, se acercó a la cocinita, se quedó de pie junto a ella y nos observó.

Probé la limonada. Era muy ligera y aguada, y demasiado dulce. Pero estaba fría.

—Muy buena, señora.

—Gracias —respondió con aquella voz suya tan infantil.

—Me enteré de la muerte de su padre —dijo Jeb Stuart—. Mi sentido pésame.

Incliné la cabeza con un gesto de agradecimiento.

—Le vi una vez —dijo—. Tenía un aspecto impresionante. ¡Y cómo hablaba! Recuerdo que lo escuchaba y no dejaba de pensar: «Ese hombre hechizaría a los ángeles del cielo.»

—Probablemente es lo que está haciendo ahora —repliqué riendo—. O eso u obligando a los demonios a cambiar los horarios de trabajo allá abajo.

No supo si reír o no.

—Su padre era un hombre temeroso del Señor. Probablemente está allá arriba, con los ángeles.

Asentí y tuve que recordar que no hablábamos el mismo idioma.

—Su padre era uno de los nuestros. Nacido precisamente aquí. Se hizo por sí mismo un nombre que todo el país respetaría. —Se metió una mano en el bolsillo y sacó la conocida insignia del sindicato: el trébol azul de cuatro hojas y, brillando en cada una y en color blanco, las iniciales de la Alianza confederada del trabajo—. Cuando empezó la confederación, el nuestro fue uno de los primeros sindicatos que se le unieron.

—¿De qué sindicato me habla?

—Del Sindicato de obreros agrícolas sureños.

Eso tenía sentido. La empuñadura del bastón de la unión sindical. Ni el Congreso de organizaciones industriales ni la Federación americana del trabajo se habían preocupado por ellos, como no fuera para cobrarles cotizaciones. Ahí sí que había muy poco dinero. Pero mi padre lo comprendió mejor. Supo que debía empezar por alguna parte, y se fijó antes en las afiliaciones que en el dinero, pues en el Sur la cosecha estaba madura. Es por eso que insistió en la palabra «confederación» en vez de «internacional». Y tenía razón. En el término de un año tenía consigo todos los sindicatos sureños, y con ellos como trampolín se extendió rápidamente por el Norte, el Este, el Oeste. Tres años después podía contar con setecientos sindicatos afiliados con más de veinte millones de obreros.

Jeb Stuart le hizo un ademán a su mujer y esta, sin una palabra, volvió a llenar su vaso vacío.

—Aún puedo recordar cada una de sus palabras: «Soy uno de vosotros —decía su padre—. Nací en esas montañas. Ayudé a mi padre a arar y a destilar alcohol. Mi primer trabajo, cuando tenía catorce años, fue en una mina de carbón. Aguijoneé ganado en Texas, trabajé en los campos petrolíferos de Oklahoma, descargué gabarras en Natchez, conduje un volquete en Georgia, embalé naranjas en Florida. He sido despedido de más trabajos de los que cualquiera de vosotros pueda soñar que existan.»

»Daba una mirada circular a la sala de la asamblea bajo sus cejas espesas e hirsutas. Todos reíamos. Se nos había metido en el bolsillo. Él lo sabía y nosotros también. Pero él, sin embargo, no reía. Iba al grano.

»—No os pido que abandonéis el Congreso de organizaciones industriales para venir a uniros a nosotros. El Congreso está haciendo una buena labor por vosotros. Aunque John L. no haya estado por aquí desde hace muchos años y sea poco flexible en sus maneras, aunque los muchachos de Reuther, allá en Detroit, son demasiado jóvenes y necesitan madurar más, el Congreso sigue sin embargo haciendo buen trabajo. Ni siquiera cuando se fusionen con la Federación americana del trabajo (y recordadlo bien, se unirán), podrán ocuparse de todo.

»»No os pido, compañeros, que carguéis con más cotizaciones ni gastos. El cielo sabe que ya estáis pagando de sobras ahora. Solo os pido uniros a una confederación. Todos sabéis en el Sur, puesto que lo habéis estudiado en vuestros libros de historia, qué es exactamente una confederación. Es un grupo de personas que se unen por su propia voluntad para defender sus derechos individuales. Exactamente lo mismo que hicieron años atrás nuestros bisabuelos durante la guerra civil.

»»El objetivo de la Alianza confederada del trabajo es el de ayudar a cada sindicato individual a mantener su condición de independiente y a obtener los mejores resultados para sus afiliados. Os damos servicios, consultas, planes, dirección, a fin de que decidáis por vosotros mismos qué es lo mejor de idéntica forma a como los grandes sindicatos y las grandes empresas llaman a especialistas cuando tienen algún problema. No pagaréis cotizaciones, nada en absoluto, a menos que nos llaméis para que trabajemos para vosotros. Y entonces solo nos pagaréis mientras trabajemos, porque acabado nuestro trabajo se acabó el pagarnos.

Jeb Stuart tomó un sorbo de su vaso de limonada.

—No supe de lo que nos estaba hablando, y por otra parte no creo que nadie de los que estábamos allí lo supiera. Pero daba lo mismo. Nos tenía completamente hechizados.

Reí para mis adentros. Sabía el discurso de memoria, puesto que lo había oído un millón de veces. Mi padre le imprimía un aire de llamada a la confederación: el Sur resurgiría. La afiliación de alguno de los sindicatos constituía solo un principio. Era entonces cuando entraba en funciones el programa de ventas. No creo que nunca haya existido un sindicato que se diera cuenta de cuánta ayuda necesitaba. Donde creían que solo había un problema, la Alianza confederada del trabajo descubría que había una docena. Entonces todo terminaba, excepto el vocerío. Y lo bonito de todo eso era que ni la Federación americana del trabajo ni el Congreso de organizaciones industriales podían hacer nada, ya que, al fin y al cabo, ahí estaba la Alianza confederada para ayudarlos también a ellos.

—¿Qué pasó entonces?

—A finales de aquel verano se habló mucho de declarar una huelga porque se aproximaba una abundante cosecha. La Alianza confederada nos demostró que nos perjudicaríamos más a nosotros mismos de lo que lo haría el granjero poderoso, porque había una gran oportunidad para que al cabo de tres años pudiéramos trabajar todos. Y que si perdíamos aquella abundante cosecha necesitaríamos más de seis años para resarcirnos de lo perdido, a pesar de que se lograra un aumento de salarios. Además, todas las perspectivas eran que la cosecha del año siguiente sería escasa. O sea que era el momento de atornillar al granjero grande, cuando él necesitaba más de nosotros que nunca, porque de todos modos la mitad de afiliados estaban parados. Y dio resultado. La huelga terminó en dos semanas. Los grandes granjeros cedieron. No podían permitirse correr el riesgo de una pérdida total.

—Después de eso —dije yo mirando a Jeb Stuart—, siempre hubo alguien perteneciente a la Alianza confederada en la oficina de vuestro sindicato que trabajaba en algún proyecto importante.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó mirándome extrañado.

—Crecí en eso —dije sonriendo—. Conocí a mi padre.

—Era un gran hombre —aseguró con reverencia.

—¿Sigue pensando así, ahora que trabaja por su propia cuenta?

—No le comprendo —dijo perplejo.

—Acabo de ver un maizal ahí afuera.

—Poca cosa —asintió—. Solo algo más de una hectárea. Puedo trabajarlo yo solo.

—¿Qué tal si viene el sindicato y le dice que tiene que dar trabajo a un par de jornaleros para que lo ayuden?

—Nadie subiría hasta aquí. Ya nadie viene por estos parajes. Por lo menos para quedarse. Ni siquiera se sabe que haya cultivos por aquí. Todas las tierras de alrededor son yermas.

Recordé las palabras que él había citado del discurso de mi padre pronunciado muchos años, atrás: «Ayudé a mi padre a arar y a destilar alcohol.»

De repente caí en la cuenta.

—El alambique de mi abuelo —exclamé.

Debajo de la piel curtida de su cara apareció una repentina palidez.

—¿Qué dijo? —preguntó.

—El alambique de mi abuelo —repetí—. ¿Lo encontró?

Titubeó un momento y en seguida asintió.

Ahora todo empezaba a cobrar sentido. Un poco más de una hectárea de maíz vale una fortuna convertida en alcohol.

—Quiero verlo.

—¿Ahora? —preguntó.

—Ahora —repetí.

Silenciosamente, se levantó de la silla, tomó su escopeta y empezó a ir hacia la puerta. Me levanté para seguirlo.

De repente gritó Betty May y su voz ahora no era la de una niña.

—No, Jeb Stuart, no. No lo hagas.

Dirigí una mirada al hombre y luego volví a mirarla a ella.

—No se preocupe, señora. No va a pasar nada.

Jeb Stuart hizo un gesto y cruzó el umbral. Miré a Anne.

—Quédate aquí hasta que regrese.

Anne hizo un gesto afirmativo.

—Cuando regreséis ya tendré lista la cena —anunció Betty May.

—Muchas gracias —dije y salí tras de Jeb Stuart.

Caminó delante con mucha rapidez y ni una sola vez volvió la cabeza. No pronunció ni una palabra mientras íbamos deslizándonos por el bosquecillo a un lado de la loma, hasta llegar a un sendero casi cubierto por completo por las hierbas. De repente, se paró.

—Es aquí.

Miré lo que parecía ser una pared de maleza casi sólida.

—Ya lo sé.

—¿Cómo lo sabía? —preguntó.

—Usted me lo dijo.

—No comprendo.

—¡Qué más da! —dije.

Avanzó unos pasos más, echó a un lado un macizo de arbustos y entramos por aquella abertura. Cuando estuve del otro lado me di cuenta de que los arbustos habían vuelto a recobrar su posición y cerraban el paso. El alambique estaba montado en un pequeño claro cortado en la ladera, bajo una techumbre alargada y perfectamente disimulada con broza y maleza. La gran olla negra de hierro parecía limpia y no había sido dañada por el tiempo, lo mismo que la tubería de cobre, que brillaba como nueva. Cerca del alambique aparecían alineados diez barriles de roble chamuscados, de cuarenta galones de capacidad, y del otro lado había amontonada gran cantidad de troncos perfectamente cortados y apilados. Oí el fino chorrito de una pequeña corriente y fui detrás del alambique. Ahí estaba salpicando bajo la escasa luz, mientras caía sobre piedras y rocas. Con una mano recogí un poco de agua y me la llevé a los labios. Era blanda y fresca.

—Esa agua llega hasta nuestro pozo —me informó.

—¿Cómo lo encontró?

—Cazando. Hace dos años. Mi perro acosaba un mapache. Lo cacé y luego reseguí la corriente hasta donde antes se levantó la casa. Inmediatamente me di cuenta de lo que debía hacer. Tres años buenos y sería rico. Se acabaría la gallinaza y la granja. Podría vivir como un ser humano.

Regresé donde estaba el alambique. Él me siguió. Contemplé la brillante tubería de cobre.

—¿Son nuevos los tubos?

—Sí —respondió—. Tuve que volver a instalarlo todo de nuevo. Betty May y yo trabajamos un año completo. Limpiando la tierra para sembrar el maíz, construyendo el cobertizo. La compra de los materiales y provisiones se llevó cuanto teníamos ahorrado. Más de seiscientos dólares. No fue hasta que llegamos a la cosecha de maíz, la pasada primavera, cuando dimos realmente crédito a nuestros ojos. Simplemente, todo se nos presentaba bien. Nunca nadie supo siquiera que estuviéramos aquí. Nunca fuimos a comprar nada a Fitchville. Una vez por semana voy a Grafton con la furgoneta, a ciento veinticinco kilómetros por la autopista, a comprar lo que necesitamos. Todo iba la mar de bien. De repente llega usted.

Lo miré pero no dije nada.

Puso la escopeta en el suelo y dio una mirada pensativa a su alrededor mientras buscaba un cigarrillo en un bolsillo de la camisa. Estaba retorcido y doblado como si lo tuviera guardado ahí desde quién sabe cuándo. Cuidadosamente, lo enderezó y luego lo encendió. El humo que dejó escapar lentamente por la boca y la nariz envolvió su cara cuando se volvió hacia mí.

—Me imagino que tanto Betty May como yo sabíamos en el fondo de nuestro corazón que todo era demasiado bello para ser verdad. Que eso nunca sucedería — hizo una breve pausa. Por su voz parecía que estuviera cansado—. No trajimos gran cosa aquí. Podemos mudarnos mañana mismo, por la mañana.

—¿Qué le hace pensar que eso es lo que yo quiero?

—Es propiedad suya, ¿no es eso? —preguntó, mirándome fijamente—. Lo vi en el registro del condado cuando fui a consultar quiénes eran los propietarios. Vi su nombre allí, en letras bien grandes y claras. Su padre lo inscribió a nombre de usted hace tres años. Pero todo el mundo, allí en el registro, me dijo que nadie se había acercado por aquí desde hacía por lo menos treinta años, excepto el abogado que vino especialmente para inscribir el cambio de dueño.

Me alejé de él. No quería que viera cómo luchaba para contener un torrente de lágrimas. Simplemente, algo más que mi padre nunca me contó. Aparte otras muchas cosas.

—Baje a la casa y dígale a Betty May que yo dije que no se mudaran. Llegaré dentro de un rato.

Oí a mis espaldas que se ponía de pie.

—¿De verdad encontrará solo el camino de regreso?

Percibí el susurrar de los arbustos, y cuando di media vuelta ya se había ido. Pude oír aún el ruido de pasos a medida que iba alejándose por el sendero. Luego ni sus pasos oí. En el lugar reinaba el silencio, roto tan solo por el rumor de una suave brisa que agitaba los árboles. Me senté en el suelo. Lo noté frío y húmedo bajo mis manos. Enterré mis dedos en la tierra y levanté la mano con un puñado. La miré. Era negra y húmeda. Me la restregué por la cara y dejé que mis lágrimas rodaran mejillas abajo. Por primera vez desde la muerte de mi padre, empecé a llorar.

Aún había luz de día cuando terminamos de cenar. Tocino ahumado, guisantes de zahína, con una salsa oscura, pan de maíz hecho en casa y tazas de humeante café. Observé que Betty May me contemplaba de soslayo.

—Estuvo todo muy bueno —dije y rebañé bien el plato con un pedazo de pan.

—Bien poca cosa, simplemente comida realmente casera —rio Betty May complacida.

—Que es la mejor de las comidas, Betty May —dije.

—Es lo que yo digo —intervino rápidamente Jeb Stuart—. Betty May siempre lee recetas complicadas, en revistas, que luego en realidad resultan incomibles… Son simplemente para ser leídas.

—Betty May no tiene por qué preocuparse —rio Anne—. Me da la impresión de que es capaz de cocinar cualquier cosa que se le meta entre ceja y ceja.

—Muchas gracias, Anne —dijo Betty May y un leve rubor le cubrió las mejillas.

Jeb Stuart quitó su plato de la mesa.

—Como pueden ver aquí tenemos muy poco espacio —explicó—. Ustedes dos pueden dormir en la cama. Betty May y yo lo haremos en la parte trasera de la furgoneta.

—No será necesario —dije rápidamente—. Anne y yo llevamos sacos de dormir. Además, nos gusta el aire libre.

—Siendo así, el mejor lugar será el maizal. Allí no les molestarán los bichos. Lo fumigo frecuentemente. —Se levantó de la mesa—. Vengan, les indicaré un lugar magnífico para que estén al abrigo del aire de la noche.

Me levanté para seguirlo. Y también Anne.

—Déjame que te ayude con los platos —dijo a Betty May.

—Hay muy pocos —rechazó con un gesto—. Usted descanse y no se moleste.

 

Pronto oscureció y diez minutos después, cuando Jeb y yo regresamos del maizal, había un viejo quinqué encendido encima de la mesa. Su luz amarillenta parecía bailar en las paredes. Consulté mi reloj. Eran casi las ocho.

—¿Tienen radio? —pregunté.

Jeb Stuart negó con la cabeza.

—No dispondríamos de mucho tiempo para oírla, aunque la tuviéramos. Usualmente nos acostamos después de cenar.

—Quería oír las noticias —expliqué—. Seguramente que esta tarde han nombrado a mi hermano presidente de la Alianza confederada.

—¡Lástima! —dijo Jeb Stuart,

—No se preocupe —me volví a Anne—. Ven, te enseñaré dónde colocamos los sacos de dormir. —Fuimos hasta la puerta—. Gracias por la cena, Betty May. Hasta mañana.

Nos dirigimos silenciosamente hasta donde estaban los sacos de dormir. Ya era noche cerrada. El último atisbo de luz había desaparecido del cielo cuando nos deslizamos dentro de los sacos.

—No tienen electricidad —dijo Anne.

—Ni falta que les hace.

—Ella echa de menos la televisión. Me lo dijo.

No hice ningún comentario.

—¿Les dejarás que se queden aquí, Jonathan?

—Sí.

—Me alegro. Ella temía que los obligaras a irse.

—¿Te lo dijo?

—Sí. Encontraron tu nombre en el registro. ¿Sabías que tu padre te había traspasado estas tierras?

—No.

—¿Entonces a qué viniste aquí?

—No lo sé —dije—. Y no me preguntes más. No sé nada de nada. Ni por qué estamos hoy aquí. Ni dónde estaremos mañana.

Su mano buscó la mía y me la apretó. Volví la cara hacia ella. Ahora había salido la luna y se la podía ver.

—Eres raro, Jonathan —dijo—. Cada vez te pareces más a tu padre, a cada minuto que pasa. Incluso el tono de tu voz…

—¡Mierda! —exclamé. Permanecimos un rato en silencio—. ¡Cuánto lamento haberte tirado toda aquella marihuana! Ahora me caerían muy bien unas cuantas chupadas.

—¿Lo dices en serio? —rio.

—Muy en serio.

Volvió a salir de su saco y se sentó. Poco después apareció entre sus manos una pequeña petaca y papeles de fumar.

—Es mi pequeña reserva escondida para casos de urgente necesidad. Siempre la llevo conmigo.

No dije nada mientras la observé liar hábilmente un cigarrillo y cerrarlo con una rápida lamidita. Alargó la mano en busca de una cerilla.

—Mejor será que me dejes a mí. No vayas a iniciar algún incendio. —Encendí el porro, le di una larga chupada y luego se lo pasé mientras enterraba la cerilla en la tierra. Ella dio dos chupadas y luego se apoyó en un codo, suspirando satisfecha. Volví a chupar, se lo pasé por segunda vez y luego lo apagué y guardé el resto en el bolsillo de la camisa.

—¿Viste antes tantas estrellas? —preguntó.

Miré hacia el firmamento.

—No.

Más que sentirlo, presentí un movimiento en el interior de su saco de dormir y me volví hacia ella.

Identifiqué el aspecto de su cara y aquella mirada peculiar de concentración. De repente se le escapó el aliento con rapidez por entre los labios entrecerrados.

—¡Oh, qué bueno! —suspiró. Entonces se dio cuenta de que la observaba—: No pude evitarlo. De repente me puse muy cachonda.

Estiró los brazos y me cogió la cabeza, que atrajo hacia ella. Noté que sus labios se movían dentro de mi boca.

—¡Daniel! —exclamó.

Irritado, la aparté de mí.

—No soy yo el que es raro. Estás tratando de follar con un fantasma —le dije.

—Lo siento, Jonathan —y repentinamente rompió a llorar.

Entonces me sentí irritado conmigo mismo.

—No tienes por qué llorar —la tomé por la cabeza e hice que la apoyara en mi hombro—. No es culpa tuya.

Enderezó su cara para mirarme.

—Estuviste hablando con él, ¿verdad, Jonathan? —susurró.

—No es real. Todo sucede en el interior de mi cabeza.

—Tú hablas con él —insistió ella—. Lo noto. Sé algo acerca de esas cosas.

—Yo no.

Rio. Sus labios rozaron los míos. Blanda y suavemente.

—Jonathan Huggins.

—Así es como me llamo.

—Algún día lo sabrás.

—¿Saber, qué?

—Que eres exactamente igual a tu padre.

—No, yo soy yo.

Sus ojos miraron al interior de los míos.

—Jonathan Huggins —levantó la mano para taparme la boca—. Quiero que me hagas el amor. Por favor.

—¿Con quién lo estarás haciendo? ¿Conmigo o con mi padre?

—Contigo, Jonathan —sus ojos seguían fijos en los míos—. Es imposible follar con un fantasma.

 

Estaba de pie en la cabina telefónica, al extremo del aparcamiento, y esperaba que la llamada llegara a mi casa. El letrero que aparecía en el supermercado, justo en el lado contrario del aparcamiento, era simple. Unas letras grandes, en rojo, sobre un círculo en blanco: «FITCH.» Y un poco más abajo, una línea: «Fundado en 1868.»

El auricular hizo un clic en mi oído cuando la voz de mi madre entró en la línea. Empecé a hablar, pero la operadora me cortó la comunicación. Podía oír su voz.

—Tengo una llamada de cobro revertido para la señora Huggins de parte de su hijo, Jonathan.

No pude oír la réplica de mi madre pero la operadora volvió a ponerse en la línea.

—Ya pueden hablar —pronunció.

—Hola, madre —dije.

Pude percibir la tensión en su voz.

—Jonathan, ¿dónde estás?

—En el este de Virginia, en una pequeña ciudad llamada Fitchville. ¿Te suena el nombre?

—No —seguía habiendo tirantez en su voz—. Me estaba volviendo loca. Ya hace cuatro días que te fuiste.

—Me encuentro muy bien.

—Pudiste haber llamado. Los padres de Anne estaban preocupadísimos. Ni siquiera les dejó una nota. Supusimos que os habías ido juntos.

—Pues acertasteis.

—Su madre quiere que la llame.

—Se lo diré.

—Espero que no estéis cometiendo tonterías —dijo ella.

—No te preocupes, madre —repliqué riendo—. Toma la píldora.

—No es a eso a lo que me refiero —aumentaba el enfado en su voz.

—Diles además que ya no se droga. Le hice tirar toda la que llevaba. —Cambié de asunto—: No me he enterado de las noticias. ¿Qué pasó con Daniel?

—Lo eligieron presidente. Todo ha ido como una seda, tal como dijo tu padre que iría.

—Me alegra mucho saberlo —dije—. Felicítalo de mi parte cuando lo veas.

Guardó silencio.

—¡Madre!

El teléfono seguía silencioso.

—Madre, ¿qué pasa?

—La casa está vacía —se le quebró la voz—. Tan silenciosa. Ya nadie viene por aquí.

—El rey ha muerto —le dije.

Ahora rompió a llorar.

—Jonathan, por favor, vuelve a casa. ¡Me siento tan sola!

—Aunque estuviera ahí, madre, no podría evitarlo.

—Siempre estaba lleno de gente. Siempre había algo en curso. Ahora Mamie y yo nos pasamos todo el día mirándonos la una a la otra. O viendo la televisión.

—¿Dónde está Jack?

Vaciló un momento antes de responder. Aún no se había acostumbrado del todo a la idea de que yo estuviera al tanto de su asunto.

—No podrá venir hasta el próximo fin de semana. Dan quiere que se quede con él en Washington.

—¿Y por qué no vas tú a Washington? Aún hay el apartamento.

—Ya no es nuestro. Es el apartamento del presidente de la confederación.

—Estoy seguro de que a Dan no le importaría…

—Sería mal visto. La gente hablaría.

—Cásate con él entonces, si es eso lo que te preocupa.

—No quiero —hizo una pausa—. Estuve casada con tu padre y no me siento aún preparada para conformarme con alguien inferior a él.

—Te creo, madre. Pero ya deberías empezar a rehacer tu vida. Él ha muerto. No tienes por qué vestir de luto el resto de tus días.

De repente habló con una voz muy tranquila.

—Jonathan, ¿eres mi hijo? ¿O eres el hijo de tu padre? Dices exactamente lo que él hubiera dicho.

—Soy tu hijo. Y de él. Piénsalo, madre. Todos debemos crecer algún día. Tú no tuviste esa necesidad mientras él estuvo cerca. Él tomaba por nuestra cuenta todas las decisiones. Ahora debemos encontrar nuestro camino por nosotros mismos.

—¿Es esto lo que estás haciendo, Jonathan?

—Lo intento, madre. Y lo haré, si él me deja.

—Nunca nos soltaba con facilidad —dijo ella.

—Me consta.

—Y a mí también —una breve pausa—. ¿Dónde vives? ¿Hay alguna forma de ponerme en contacto contigo?

—No, madre. No me quedo en ninguna parte. No puedo anticiparte exactamente dónde estaré.

—¿Me volverás a llamar? ¿Pronto?

—A mediados de la semana entrante —le dije.

—¿Necesitas dinero?

—No, gracias. Pero si llegara a faltarme, ya sé dónde llamar.

—Cuídate, Jonathan. Te quiero.

—También yo te quiero, madre —dije antes de colgar el auricular. Oí el ruidito de mis diez centavos cuando caían en el cajoncito de devolución. Tomé la moneda y salí de la cabina.

Anne me esperaba a la salida del supermercado. Abrió una bolsa que llevaba.

—¿Estarán bien esas semillas?

Leí las letras impresas en los sobres. Violetas, pensamientos, rosas.

—A mí me parecen muy bien. No sé nada acerca de flores.

—Tampoco yo. Pero creí que se verían bien alrededor de las tumbas del cementerio. El hombre me dijo que prácticamente crecían solas.

—Te repito que a mí me parecen muy bien.

—Jeb Stuart dijo que nos esperaría junto a la gasolinera de la Exxon, a la salida de la ciudad.

—De acuerdo —dije—. Tu madre quiere que la llames.

—¿Le dijiste a la tuya que yo me encontraba bien?

Asentí.

—Pues eso basta.

—Entonces vámonos —concluí.

—Espera un momento. Cargué dos bolsas grandes de comestibles y las dejé en el carrito del súper, junto a la puerta. Tuve la impresión de que no te volvían tan loco como dijiste los guisantes de zahína y las flores de calabacín.

—¿Compraste comestibles pensando en mí?

—Tampoco creo que al bebé de Betty May le vaya mal un pequeño cambio de dieta.

 

—Aquí hay doce tumbas —contó Jeb Stuart.

Miré fijamente la tierra recién removida. Estaba negra y húmeda.

—No —dije—. Solo once.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó—. No hay ni losas, ni señal alguna.

—Lo sé —afirmé—. Hay un lugar reservado para mi padre. Pero a él lo enterraron en otra parte. —Cogí entre mis manos la azada y con ella tracé en el suelo un rectángulo junto a las otras fosas—. Este debía ser su lugar.

—Se está haciendo tarde. Podemos terminar mañana —dijo Jeb Stuart observando el cielo.

—Sí —respondí.

Apoyó el rastrillo contra un árbol.

—Avisaré a Betty May que ya bajamos.

Asentí con la cabeza y me volví hacia Anne, que permanecía sentada en el suelo, apoyada de espaldas contra el tronco de un árbol.

—¿Tienes un cigarrillo?

Contestó que sí, encendió uno y me lo pasó. No dijimos nada hasta que Jeb Stuart se hubo ido.

—Estoy asustada —me dijo.

—¿De qué?

—De la muerte.

No respondí. Me limité a chupar el cigarrillo.

—La muerte está aquí —dijo ella—. En este lugar. Cualquiera que aquí viva, morirá.

—Todo el mundo muere —dije.

—Tú sabes a lo que me refiero —replicó. Se levantó y vino hacia mí—: Jonathan, vámonos. Ahora. Esta noche.

—No —respondí—. Mañana. Cuando haya terminado con esto.

—¿Palabra?

—Palabra.

—Está bien —aceptó—. Voy a bajar para ver si Betty May necesita que la ayuden.

—Limítate a vigilar que no se le queme la carne.

—Me ocuparé —rio y se fue por el sendero.

Regresé junto a las tumbas y, con la esquina de la azada, tracé el nombre de mi padre en el suelo, en el espacio vacío.

 

«Muchas gracias, hijo mío.»

«¿Cómo se llamaban, padre?»

«Sus nombres importan muy poco. Eran tus tías y tus tíos, mis hermanos y mis hermanas. Pero ya se fueron, ya no existen.»

«¿Pero tú sí?»

«Sí. Ya ves, te tengo a ti. Ellos no tienen a nadie.»

«No tiene sentido.»

«Ni tiene por qué tenerlo. Nada se supone que deba tenerlo. Como tu chica.»

«¿Qué pasa con ella?»

«Que está preñada —oí su risa silenciosa—. Anoche se abrió para ti. Penetró tu semilla en su interior y ella la guardó.»

«¡Mierda!»

«Será solo por un breve tiempo. Luego ella la rechazará. No ha llegado el tiempo aún. Para ninguno de los dos.»

«Sabes mucho para estar muerto.»

«Solo los muertos saben la verdad.»

 

Oí música procedente de la barraca mientras pasaba junto al arroyo. Jeb Stuart estaba sentado en el estribo de la furgoneta.

—Ignoraba que tuviera radio —dije.

—Creí que lo sabía —me miró—. La compró Anne. Betty May está más contenta que unas pascuas.

—Necesitaré que alguien me ayude a plantar las flores. No sé absolutamente nada de eso.

—Betty May le ayudará. Le gustan mucho las flores y tiene gran sentido para arreglarlas.

—Se lo agradeceré mucho.

—Cinco, seis semanas… —especuló, puesta la vista en el maizal— Entonces empezaré la cosecha.

—¿Necesitará ayuda?

—Me las arreglo solo.

—¿Para cuándo espera Betty May?

—Me parece que faltan un par de meses. Alrededor de la época que empecemos a desgranar el maíz para la destilación.

—¿Va a vender el whisky en seguida?

—No. Es demasiado reciente. Lo meteré en barriles y lo guardaré todo el invierno. Entonces estará mejor. Me lo pagarán bien. El whisky recién destilado no vale nada.

Se abrió la puerta de la choza. Anne apareció.

—La cena está servida.

—Ahora vamos —dijo Jeb Stuart, y se levantó.

Los bistecs no estaban mal, pero Anne se sentía desilusionada. Betty May y Jeb parecía que les dieran poca importancia. Miraron pasmados la sangre que salía de los nuestros y volvieron a poner los suyos al fuego, dejando que se asaran hasta que casi estuvieron quemados. Solo entonces parecieron quedar satisfechos. Tomábamos el café cuando oímos por primera vez el zumbido rítmico que se acercaba.

Betty May se quedó quieta con su taza de café en alto.

—¿Qué es eso?

—Un ventilador —dije sin levantar la vista.

Conocía muy bien su ruido peculiar. Mi padre poseía uno que usaba para viajes cortos. En seguida me di cuenta de la expresión perpleja en la cara de Jeb.

—Un helicóptero, quise decir. En casa llamábamos así, en broma, al que usaba mi padre.

Ahora el zumbido ya se había convertido en rugido, al aproximarse mucho más el aparato.

—Está sobrevolando aquí mismo y muy bajo.

—Quizá será mejor que me asome a ver —Jeb se puso de pie, tomó su arma larga del lugar donde la había dejado apoyada contra la pared y abrió la puerta.

Lo seguimos. El helicóptero sobrevolaba muy bajo encima del maizal y se dirigía a un pequeño claro cercano a la choza. Podían leerse las letras negras pintadas en un lado cuando quedó suspendido en el aire, antes de posarse en el suelo. «POLICÍA.»

Se abrió la portezuela lateral y se apearon dos tipos con uniforme caqui y tocados con sombrero de policía montada. El piloto se quedó en la cabina, tras los controles. También él iba de uniforme, pero llevaba la cabeza descubierta. El sol, ya en su ocaso, arrancó destellos de las estrellas plateadas prendidas en sus camisas. Vinieron hacia nosotros.

—¿Cómo está, sheriff? —Jeb fue el primero en hablar.

Un tono de sorpresa apareció en la voz de aquel hombretón.

—¿Tú aquí, Jeb Stuart?

—El mismo que viste y calza.

El sheriff sonrió y se acercó a Jeb con la mano extendida. El otro policía se quedó junto al helicóptero.

—Tengo mucho gusto en verte, Jeb.

Ambos se estrecharon la mano.

—Acabábamos de cenar. Llega a tiempo para tomarse un café con nosotros.

—Muchas gracias. Te lo agradeceré mucho —se volvió a su compañero—. Todo está bien. Regresaré en seguida.

Nos siguió hasta la barraca. Esta vez Betty May no se sentó con nosotros. Rápidamente puso una taza de café humeante frente al sheriff.

—Magnífico café, Betty May —dijo tras tomar un sorbo.

Ella sonrió, pero sin decir palabra.

—No sabes cuánto celebro encontrarte —comentó el sheriff—. Recibimos informes de que por aquí había gente que vivía ilegalmente en propiedad ajena. Ya hace más de un año, pero no podíamos hacer nada sin un helicóptero. La semana pasada obtuvimos por fin uno y hoy hemos decidido echar un vistazo por aquí. Veníamos preparados para desalojar algunos negros de este lugar.

Jeb meneó la cabeza sin responder.

—Todos estábamos extrañados por tu desaparición —explicó el sheriff—. Hace más de un año y medio que nadie te ha visto por la ciudad.

—Estoy trabajando aquí.

—Eso veo. Tienes ahí más de una hectárea de maíz. —Lanzó una mirada suspicaz a Jeb—. Claro está, supongo que dispones de un contrato de arrendamiento en regla para trabajar estas tierras.

Jeb titubeó y me miró a mí. Con la cabeza le hice un gesto afirmativo.

—Sí —respondió al sheriff.

—¿De los propietarios legales?

Entonces fui yo quien habló.

—Así es.

El sheriff lanzó una mirada interrogativa a Jeb.

—Este es Jonathan Huggins —me presentó—. El hijo del gran Dan. Jonathan, este es el sheriff Clay, del condado de Fitch.

Nos dimos un apretón de manos.

—Su padre era uno de los nuestros —manifestó el sheriff—. Todos sentíamos un gran respeto hacia él. Mi sincero pésame.

—Muchas gracias, sheriff —respondí.

—¿Usted es el propietario legal?

—Sí. Debería usted saberlo… —En seguida me di cuenta de que no era posible que él lo supiera—. Los documentos están en el registro de la propiedad del condado.

—Claro —noté que el sheriff se sentía inseguro.

—En Sentryville —dije—. Esta propiedad corresponde al condado de Sentry.

El sheriff asintió.

—Es decir, a cien kilómetros de aquí —continué—. Y usted ha decidido echarle una mano al sheriff que nos corresponde, seguramente porque usted está más cerca. ¿Estoy en lo cierto?

—Así es —respondió el sheriff rápidamente.

Me incliné a un lado y tomé la escopeta de doble cañón que Jeb había dejado apoyada en la pared. La puse encima de la mesa, la boca del arma apuntaba a la barriga del sheriff, y quité el seguro.

—Sheriff, está ilegalmente en propiedad ajena. Puedo apretar estos gatillos, partirlo por la mitad, y no encontraríamos en el país un solo tribunal que no apoyara mi derecho a hacerlo. Usted no tiene aquí ninguna autoridad ni se le ha perdido nada.

Con el semblante demudado, no podía quitar la vista del arma. Los demás quedaron helados. Jeb fue el primero en levantarse.

—¡No se mueva, Jeb! —grité. Miré al sheriff—: ¿Qué le parece si nos cuenta ahora a qué vino aquí?

—La mujer de Jeb tiene un mandamiento judicial para él —explicó el sheriff tragando saliva— y contra Betty May, por adulterio.

—No me parece una razón bastante poderosa para salir de los límites de su demarcación, sheriff —repliqué—. A ver, pruebe algo más verosímil.

Se quedó callado.

—Podría tratarse de una hectárea de maíz —dije—. Una zona verde en medio de tierra yerma, que vio desde arriba. ¿Podría ser?

Continuó callado.

—Y posiblemente pensaba encontrar algunos negros a quienes quitársela. Una hectárea de maíz puede representar una fortuna. Usted es el sheriff. Conoce a la gente que podría ocuparse del trabajo.

En la cara del sheriff apareció, a regañadientes, un repentino respeto.

—Tiene razón —admitió—. No es asunto mío nada de lo que ocurra aquí.

Retiré el arma de encima de la mesa y volví a dejarla donde estaba.

—Ahí es donde está usted equivocado —dije—. Creo que usted y Jeb tienen asuntos importantes que tratar —me levanté—. Anne y yo saldremos ahí afuera y dejaremos a los caballeros que se pongan de acuerdo.

El sheriff me miró.

—A juzgar por lo que he oído acerca de su padre, usted es su vivo retrato.

—No me parezco a él en absoluto —contesté antes de salir.

Anne me siguió y, reclinado contra la furgoneta, encendí un cigarrillo, se lo pasé y en seguida encendí otro para mí.

—Nos iremos mañana —le dije—, una vez hayamos sembrado las semillas.

—¿Dónde iremos?

Cerré los ojos y estuve pensando un rato.

—Más hacia el Sur —dije.

Anne se quedó callada un buen rato.

—¿Pasarás de nuevo por aquí cuando regreses?

—Sí. Camino de mi casa.

—Yo vuelvo mañana.

Transcurrió el tiempo. Abrí los ojos y vi el helicóptero. El piloto se había apeado y dialogaba con el ayudante del sheriff. Ambos nos miraban fijamente. Me volví para mirar a Anne.

—Me gustaría regresar aquí contigo, algún día. ¿Puedo esperarlo? —preguntó Anne.

Aparecieron lágrimas en sus ojos.

—Te consta que sí puedes —respondí.

Su mano tomó la mía y me la apretó con fuerza.

—El sheriff tenía razón. Tú eres tu padre.

—No es eso lo que dijo el sheriff.

—Es eso lo que digo yo.

Pero a ella no le conté que eso era precisamente también lo que me había dicho mi padre.

—Es tanto lo que he visto de él desde nuestra llegada… Por eso quiero regresar a mi casa. No quiero ver nada más. Estoy asustada. Creo que me volvería loca.

Le tomé la mano, la levanté hasta llevarla a mis labios.

—¿Estás enfadado conmigo? —me preguntó.

—No —respondí—. Al contrario.

Se abrió la puerta y salieron Jeb y el sheriff. Rodearon la furgoneta hasta llegar donde nosotros estábamos. Jeb sonreía.

—El sheriff y yo hemos llegado a un acuerdo.

—Magnífico —asentí.

—No habrá ningún problema —dijo el sheriff.

Me volví hacia él. Empezó a hablar rápidamente.

—Jeb no podría hacerlo por sí solo. Los negros y los italianos ya contaban con un pretexto. Esperaban simplemente que Jeb les hiciera el trabajo para entonces mudarse ellos aquí.

Asentí.

—¿Va a quedarse por aquí, joven? —preguntó el sheriff.

—Me voy mañana.

Miró al cielo con los ojos entrecerrados. El sol empezaba a ocultarse por completo.

—Lo mejor será que regresemos. Aún no me merecen bastante confianza esos aparatos cuando anochece —se volvió a Jeb—. Puedes venir a la ciudad el sábado que viene. Ya habré logrado que anulen ese mandamiento judicial.

—Muchas gracias, sheriff.

Este me miró entonces a mí.

—¿Qué edad tienes, muchacho?

—Diecisiete.

—Eso es lo que me figuré durante todo el rato que me estuviste apuntando con la escopeta. Diecisiete. Eso y la expresión de tu cara. Seguramente que era la misma que aparecía en la de tu padre cuando partió por la mitad al viejo Fitch, hace aproximadamente cincuenta años. También él tenía diecisiete entonces. Lo mandaron a un reformatorio hasta que cumplió los dieciocho. Pero no se quedó por aquí. Estalló la guerra, se alistó y fue a Europa. No regresó a Fitchville hasta veinte años después de terminada la guerra. Luego, un día, se presentó en la estación del tren en una silla de ruedas. Estaba acabado. No podía andar. Lo acompañaba una mujer. No se trataba de su esposa. Se dijo que en alguna parte, por el Oeste, tenía un hijo. La mujer compró un automóvil al vendedor de la Dodge. Al contado. Y con él subieron aquí a la montaña. Tras eso, nadie volvió a verlo. Solo a la mujer, cuando venía a la ciudad de compras. Luego, al cabo de unos seis meses, lo vieron de nuevo en la estación, donde dio un beso de despedida a la mujer y tomó el tren de Nueva York. Esa fue la última vez que alguien volvió a verlo por aquí.

—¿Y la mujer? —pregunté.

—Esperó hasta que el tren se hubo ido. Después en automóvil, se fue y tampoco jamás volvió a verla nadie.

—¿Conoció usted a mi padre? —pregunté al sheriff.

—No. Pero oí la historia de labios del mío. Era ayudante del sheriff en 1917 y sheriff el 1937. Debo haberle oído la historia más de mil veces, porque cada vez que se mencionaba el nombre de tu padre, la repetía —me miró—. Solía sentirse muy orgulloso de tu padre. Un hijo de esta tierra convertido en uno de los hombres más importantes de la nación. —Volvió a levantar la vista hacia el cielo—. Si quieres leer acerca de todo eso, la biblioteca de la ciudad tiene toda la colección del Fitchville Journal desde la época de la guerra civil —nos dimos un apretón de manos—. Ya sabes, si necesitas algo…

—Muchas gracias, sheriff —dije.

Observamos cómo el helicóptero despegaba y corría velozmente en dirección al sol que ya se estaba poniendo. Cuando dejó de oírse el ruido que rebotaba entre las montañas, entramos de nuevo a la choza.

Tomé mi saco de dormir y el de Anne.

—Ha sido un día muy largo —dije—. Creo que lo mejor será que dejemos a los dos que se acuesten.

El cielo tenía un color de oro cuando nos sentamos en el maizal.

—No sabía que no estuvieran casados —dijo Anne.

—Ni yo tampoco.

En silencio lio un porro, lo encendió y luego me lo pasó. Aspiré un par de bocanadas y me apoyé sobre un codo. Podía percibir su tranquilidad en mi interior. Le devolví el porro.

—Jonathan —dijo. El humo trazaba volutas al salir de su nariz.

—Qué quieres.

—Regresa a casa conmigo.

—No puedo —contesté mirándola—. Aún no.

—¿Por qué?

—Sigues preguntando eso y te tengo que seguir respondiendo lo mismo. Ignoro por qué.

Volvió a pasarme el cigarrillo. Di unas cuantas chupadas y observé que la oscuridad cubría el firmamento como una manta negra. Terminó el porro, lo apagó con mucho cuidado y enterró la colilla. Se volvió y me puso la cabeza en el hombro.

—Te echaré de menos.

No respondí.

—Ya sabes dónde encontrarme. Sentada en el porche trasero, mirando a tu casa.

—Lo sé.

—Regresa pronto —dijo—. Me gustaría ser joven durante más tiempo y junto a ti. Creceremos demasiado aprisa.

 

Me planté frente a la choza y observé la furgoneta que se alejaba por el camino polvoriento. Vi la cara de Anne que me miraba por el cristal trasero. Con la mano, hizo un gesto de despedida. Yo agité la mía. Cuando hubieron desaparecido de la vista, tomé mi mochila y me la coloqué en los hombros. Eran por lo menos las once de la mañana y el sol ya era muy fuerte. El autobús de las doce y media la dejaría en Nueva York a las cinco. Si podía tomar el tren de las cinco cincuenta en la Grand Central podría estar en su casa a las siete.

Empecé a subir por la pendiente. El sendero que llevaba a la carretera iba más allá del montículo donde estaba el cementerio.

Me detuve en él unos momentos, miré la tierra recién removida y los rectos surcos alrededor de las losas sepulcrales donde habíamos sembrado las semillas.

—No se preocupe, Jonathan —me había dicho Betty May—. Las regaré todos los días. Brotarán las flores quizás antes de que regrese.

Miré hacia abajo, a la choza, y me pregunté si realmente regresaría. Quizás estaría en alguna otra parte.

«No sigas preguntándote, hijo mío. Regresarás.»

«¿Estás seguro, padre? Tú nunca regresaste.»

«Sí, una vez, Jonathan. El sheriff te lo contó.»

«Pero no te quedaste.»

«Tampoco lo harás tú.»

«¿Qué objetivo tiene entonces? Para eso puedo muy bien no regresar.»

«Pero debes hacerlo. Por la misma razón que regresé yo. Para completarte a ti mismo.»

«No te comprendo, padre.»

«Comprenderás, Jonathan. A su debido tiempo. Regresarás por tu hijo.»

«¿Mi hijo, padre?»

«Sí, hijo mío. El niño que nunca engendraste.»