El líder
Capítulo 8
ocho
—Doscientos mil dólares semanales. Solo para empezar —dijo Hoffa—. Y Dave Beck no va a meter en ellos sus dedos pringosos.
Daniel, sentado, lo observaba. No dijo nada.
—Quiero que Central States establezca su propio fondo de pensiones y cuento con tu ayuda —siguió Hoffa—. Es para eso que os llamé, a ti y a tus muchachos.
Daniel miró a Moses y a Jack Haney, quienes le habían acompañado, y luego al otro lado de la habitación, a los dos asociados de Hoffa, Bobby Holmes y Harold Gibbons.
—¿Qué esperáis exactamente de nosotros? —preguntó Daniel.
—Queremos que crees un sistema infalible a fin de que podamos administrar nuestro propio fondo en beneficio de nuestros afiliados.
—¿Quién va a administrarlo? —preguntó Daniel.
Hoffa se quedó sorprendido.
—Yo. ¿A quién crees que voy a confiar tanto dinero?
Daniel puso cara seria.
—Puedes tropezar con problemas. Puede presentarse un conflicto de intereses. Tu persona y el sindicato.
—No veo ningún problema —aseguró Hoffa—. Lo que es bueno para mí lo es para el sindicato.
—No discuto eso —replicó Daniel—. Pero será difícil convencer a los otros.
—Ese es trabajo tuyo —dijo Hoffa—. Ahora bien, ¿cómo hacerlo?
—¿Quieres una respuesta inmediatamente?
—¡Y de qué modo! —exclamó Hoffa—. Ya hace cerca de un año que estamos recaudando este dinero y ahí tenemos, en el banco, más de diez millones de dólares que no producen nada.
—¿Ya te está quemando tanto dinero, Jimmy? —preguntó Daniel.
Jimmy rio por primera vez.
—Mejor que lo creas así. Se nos han hecho un sinfín de proposiciones que podrían darnos a ganar mucho dinero.
—¿Qué tipo de proposiciones?
—Un par de viejos amigos míos de Detroit son muy importantes en Las Vegas. Pueden usar algunos capitales para la construcción. Y pagan buenos intereses por los préstamos debido a que los bancos son muy quisquillosos con ellos.
Daniel asintió y le vino a la memoria la conversación sostenida con Lansky el mes anterior. Ató cabos. Las conexiones del hombrecito eran dilatadas y llegaban lejos.
—Parece razonable. Pero deberéis diversificar vuestra cartera de inversiones. No podéis meteros solo en asuntos de ese tipo. ¿Qué tal va vuestra cartera de seguros?
—Muy bien —afirmó Jimmy—. Dieron a mi amigo la agencia exclusiva, así que todo está correcto.
—Me alegra mucho saberlo —dijo Daniel—. Suponiendo que nos suministres toda la información de que dispongas, podríamos regresar con un plan viable dentro de una semana.
—¿Cuándo mucho? —preguntó Hoffa.
—Nunca más allá de una semana.
Hoffa se volvió hacia Gibbons.
—Dale todos los papeles.
—¿Servirán fotocopias? —preguntó Gibbons a Daniel—. No me gusta correr el riesgo de perder los originales.
Gibbons salió de la sala. Hoffa se inclinó por encima de su escritorio.
—¿Podemos hablar un minuto en privado?
Daniel asintió. Hoffa indicó al otro hombre que abandonara la habitación. Esperó hasta que hubo cerrado la puerta tras él.
—¿Qué estás pensando?
—En Dave Beck —contestó Hoffa—. El asunto presenta mal aspecto.
—Es verdad —dijo Daniel.
—¿Cuánto tiempo crees que falta para que lo suelten?
—Considerando todas las apelaciones posibles, otro año, quizá quince meses. Se ha rumoreado que posiblemente se vaya de la lengua a fin de que le impongan una sentencia más leve.
—No creo que lo haga —opinó Daniel—. Lo único de que han podido acusarle es de una declaración de impuestos incorrecta, de muy poca monta. Con eso no tienen nada que les permita retenerlo mucho tiempo. Es demasiado listo para hablar, porque sabe que si lo hiciera se jugaría su pensión y las ventajas que le otorga su contrato de empleo con los camioneros.
—¿Debo entonces estar preparado para actuar en la convención de otoño del 1957?
—Exactamente.
—¿Crees qué lo lograré?
—Creo que sí. No tienes opositor —afirmó Daniel—. Pero puedes saber también esto, si es que ya no lo sabes: tú eres el próximo blanco. Te acosarán con su campaña contra las pandillas.
—¡Que se jodan! —exclamó Hoffa—. Conmigo sí que no encontrarán de qué acusarme.
—Eso mismo creía Dave Beck. Pero encontraron cómo.
—No soy ningún idiota. Pago mis impuestos.
—Es muy fuerte el ataque a que se ven sometidos los camioneros. Un ataque político contra su sindicato puede explotar el temor del público sobre el poder que tiene y lo decisivo que resulta para nuestra economía. Tarde o temprano, algún político se les echará encima. Los líderes de los camioneros han hecho demasiadas declaraciones en el sentido de que podrían paralizar la vida de la nación con solo declarar una huelga.
—Y es verdad —dijo Hoffa.
—Pero hacedlo y ya podéis despediros del sindicato —puntualizó Daniel—. Interviene el Gobierno y se hace cargo de él.
—Lo sé —dijo Hoffa. Dejó el lápiz sobre la mesa—. ¿En qué posición crees que esté Meany en esto?
—Los camioneros están fuera por lo que concierne a la Federación y el Congreso. Se les echan encima debido a la corrupción que se puso de manifiesto en el curso de los interrogatorios y del juicio de Dave Beck.
—Pero el Gobierno no ha podido probar ni un solo caso.
—Meany no tiene ninguna necesidad de eso. Todo lo que necesita es una excusa y ya podéis consideraros marginados.
—Está asustado de que nos movamos y nos hagamos cargo.
—Quizás —aceptó Daniel.
—No me interesa. Posiblemente tú podrías decírselo.
—Lo haré. Pero no hay ninguna razón para que me crea. A mí no me quiere más de lo que te quiere a ti. —Daniel le miró—. La gran diferencia entre nosotros es… que él no puede hacerme nada. La Alianza confederada del trabajo no es un sindicato. Somos un grupo consultivo y de servicio a los sindicatos, a disposición de cualquiera que quiera usar nuestra asesoría. E incluso en este caso, no trazamos la política, sino que solo recomendamos. Los sindicatos individuales deben decidir por su cuenta el camino a seguir. Y quedan en libertad de prescindir de nuestros servicios en cualquier momento y por cualquier motivo.
—Oí decir que comunicó a algunos sindicatos que si utilizan los servicios de la Alianza confederada lo considerará como una violación de la confianza y de la información de la Federación y el Congreso.
—También lo he oído decir yo —confirmó Daniel—. Pero no cuento con ninguna prueba. Además, ese no es mi problema.
—Lo mismo creo yo —Hoffa sonrió—. Por lo que he podido saber, has sido contratado por bastantes sindicatos de todo el país.
Daniel asintió:
—Posiblemente empiezan a darse cuenta de que llevamos a cabo la labor que les prometimos.
—Si decidieras fundar otra organización sindical a escala nacional, puedes contar con los camioneros.
—Muchas gracias —dijo Daniel—. Pero no hay bastante lugar para que quepan dos movimientos obreros separados. La Federación y el Congreso así lo comprendieron y por eso se fusionaron. Estoy satisfecho de cómo están las cosas.
—Gran Dan —rio Hoffa—, o eres el más listo del movimiento obrero… o el más tonto.
—¿Pensaste alguna vez que podría ser ambos? —Daniel se unió a la risa de Hoffa.
Más tarde, en el coche, camino del aeropuerto, Moses se inclinó hacia Daniel y habló en voz baja.
—¿Sabes algo? —dijo—. Hoffa nos mintió.
—¿A propósito de qué?
—Dijo que tenían alrededor de diez millones inmovilizados. La cifra se acerca más a los cincuenta millones. Olvidó mencionar algunas de las grandes secciones que controla.
—Lo supuse —dijo Daniel.
Moses hablaba en voz baja, asombrado.
—¡Dentro de tres años podrán manejar más de mil millones de dólares!
—¿Y qué?
—Que comparado con eso, el bote del Sindicato de mineros se parece a la tienda de comestibles de la esquina. Que Lewis no les llega ni a la suela de los zapatos.
—El dinero de que disponen no es asunto nuestro —afirmó Daniel.
—Pero lo será —replicó Moses—. Nos están pidiendo que les digamos qué hacer con él.
—No, no es eso —dijo Daniel—. Nos piden que les recomendemos procedimientos para la protección e inversión de ese dinero en beneficio de sus afiliados.
—Lo que en realidad buscan es que les des patente de corso para robar.
—Pues de mí no la obtendrán. Les daré exactamente lo que me piden.
—No podrás mantenerte al margen. Si se meten en líos acudirán de prisa y corriendo a ti para que les defiendas.
—No puedo preocuparme por eso ahora —concluyó Daniel.
—De todos modos, lo mejor que podemos hacer es empezar a pensarlo —dijo Moses con pesimismo.
—Está bien —accedió Daniel—. ¿Qué es lo primero que crees que debemos hacer?
—Central States nos paga diez centavos por afiliado. Si nos ocupamos de esta tarea del fondo de pensiones, creo que deberían pagarnos diez centavos extras.
—No sé cómo ayudaría ese aumento a solventar el problema.
—Nos veremos obligados a aumentar nuestra plantilla. Eso costará dinero. Alguien deberá pagarlo.
—¿Crees que son ellos quienes deben pagarlo?
—A mí me parece que es justo —dijo Moses—. Ellos pueden. Nosotros no.
Daniel se quedó unos momentos pensativo.
—Nada que objetar —soltó al fin—. Inclúyelo como una partida en la propuesta que les haremos.
—¿Y si no aceptan?
—Llevaremos a cabo el encargo, de todos modos. Nos guste o no. Hice un trato con Jimmy Hoffa y pienso cumplir mi palabra.