El líder
Ahora
Harold Robbins
El líder
ePub r1.0
Titivillus 30.07.17
Título original: Memories of Another Day
Harold Robbins, 1979
Traducción: Pere Rubiralta
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
Para Grazia María, con amore
Ahora
La última vez que le vi, mi padre yacía de espaldas, inmóvil en su ataúd. Tenía los ojos cerrados, una suavidad insólita en las duras facciones, el pelo tupido y cano peinado esmeradamente y las pobladas cejas alisadas con cuidado. Permanecí de pie en el silencio de la capilla de la funeraria y lo contemplé fijamente. Algo no andaba bien. Peor aún, totalmente mal. Al poco rato comprendí de qué se trataba. Mi padre nunca durmió de espaldas. Ni una sola vez en todos los años que lo conocí.
Generalmente, mi padre dormía tumbado de lado, con el tórax y el prominente vientre hundidos en el colchón, un brazo encima de los ojos para protegerse de la luz, y una expresión de intensa concentración reflejada en el rostro cuando soñaba. Nada de eso podía apreciarse ahora. Ni siquiera aquel odio a la mañana por arrancarlo de su mundo íntimo.
Finalmente, bajaron la tapa del ataúd y ya nunca lo volví a ver.
Me embargó una sensación de alivio. Todo había terminado. Yo estaba libre. Aparté mis ojos del bruñido ataúd de caoba y bronce, y levanté la vista.
El pastor, con un ademán, nos invitaba a salir. Empecé a hacerlo cuando mi hermano, D.J. junior, diminutivo de Daniel, me detuvo.
—Toma del brazo a tu madre —susurró con voz ronca—. Y borra de tu cara esa sonrisa estúpida. Ahí fuera hay docenas de reporteros.
Levanté los ojos hacia él. Tenía treinta y siete años, es decir, me llevaba veinte, y éramos dos mundos aparte. Él nació del primer matrimonio de mi padre y yo del último. En el intermedio, mi padre tuvo otras mujeres, pero ningún otro hijo. Me solté de su apretón.
—Vete al carajo —le dije.
Salí a una salita contigua a la capilla, donde esperan las familias hasta que los automóviles están a punto, y encendí un cigarrillo.
Ya estaban ahí varios amigos íntimos y compañeros de mi padre.
Moses Barrington, su ayudante ejecutivo, se me acercó. Tenía la negra tez reluciente de sudor.
—¿Cómo lo está conllevando tu madre?
Di una chupada al pitillo y aspiré profundamente el humo antes de responderle.
—Bien.
Observó las volutas del humo que salían de mi nariz.
—Si fumas puedes contraer cáncer.
—Ya lo sé —respondí—. Acabo de leer la advertencia en la cajetilla.
Se abrió la puerta y todas las miradas convergieron en ella. Entró mi madre, apoyada en el brazo de D.J., quien le había echado el otro alrededor de los hombros como si la sostuviera. Parecía más un hermano mayor que su hijastro. Lo que en cierto modo tendría cierta verosimilitud, ya que él le llevaba tres años.
Mi madre aún se veía más joven vestida de luto. Su cutis blanco parecía más traslúcido, y más claros sus rubios cabellos. Cuando la puerta se hubo cerrado tras ellos, desapareció su fragilidad de viuda. Se libró del brazo de D.J. y vino hacia mí.
—Jonathan, ¡hijo mío! Eres lo único que me queda.
Conseguí evadirme de su alcance. Eso no podía ser verdad. No si creía, aunque fuera a medias, toda la basura que había leído acerca de mi padre en los periódicos. Según estos, en alguna parte debía tener a buen recaudo un considerable paquete. Sindicato o no sindicato. Con o sin departamento de Justicia. Cárcel o no cárcel.
Mi madre se quedó inmóvil un instante y trató de alcanzar el vacío con sus manos. Luego las dejó caer.
—Dame un cigarrillo.
Saqué el paquete y le encendí uno. Aspiró profundamente.
—Eso está mejor —dijo.
Observé que su semblante recuperaba algo el color. Mi madre era una mujer guapa, y ella lo sabía.
—Cuando volvamos a casa es preciso que hablemos.
—Está bien —tiré la colilla en un cenicero—. Allí te esperaré.
—¿Que allí me esperarás?
Sus palabras parecían un eco de las mías.
—No pienso ir al cementerio —afirmé.
—¿Qué quieres decir con eso de que no vienes al cementerio? —intervino D.J.— ¿Qué supones que pensarán?
—Me importa un bledo lo que piensen —respondí.
—Pero es importante —dijo D.J.—. Transmitirán los funerales en los telediarios de todo el país y los verán multitud de afiliados al sindicato, en todas partes…
—Entonces procura simplemente colocarte en primera fila, para que te puedan ver bien. Eso es lo que importa. Serás tú, y no yo, su próximo presidente nacional.
—Margaret, lo mejor que puedes hacer es obligarle a venir —dijo dirigiéndose a mi madre.
—Jonathan…
—No, madre —la interrumpí—. Pierdes el tiempo. No lo quise cuando vivía y ahora que ha muerto no viene al caso pretender que lo quiero más. Se trata de una costumbre bárbara e hipócrita, en la que no quiero participar.
Se produjo un silencio mortal mientras yo abandonaba la salita. Cuando me volví para cerrar la puerta, pude ver a los otros que se apiñaban alrededor de mi madre. Solo Jack Haney se mantenía apartado, recostado en la pared, y me observaba. No tenía ninguna prisa. Ya se acercaría a ella más tarde. La tenía en un puño. Es decir, si él seguía deseándolo, ahora que ella ya no era la mujer del presidente nacional y ya no le podía seguir siendo de gran ayuda. Sus ojos se cruzaron con los míos y me hizo una inclinación de cabeza. Le correspondí y, sin hacer ruido, cerré la puerta.
Él no era tan malo. No era peor que los otros que estaban junto a mi padre. No podía recriminarle por lo que había hecho más de lo que podía censurar a mi madre. Mi padre había corrompido a lodos los que lo rodeaban.
Salí por una puerta lateral para evitar el gentío agolpado ante la funeraria. D.J. tenía razón. Vi centenares de personas. Y las cámaras de televisión estaban precisamente allí, preparadas para filmar el acontecimiento. Me apoyé en la pared y observé.
Los asistentes iban saliendo de la capilla y se acomodaban en los grandes automóviles negros que les aguardaban. El primero fue el vicepresidente de los Estados Unidos. Se detuvo brevemente ante las cámaras de la televisión y su cara de halcón adoptó una expresión sombría, muy apropiada para la ocasión. Movió los labios. No pude oír lo que decía, pero indudablemente sus palabras fueron las más adecuadas. Al fin y al cabo, los afiliados al sindicato aún tenían derecho al voto. Tras él salieron gobernadores, senadores, congresistas, alcaldes, altos funcionarios y líderes sindicales. A cada uno le llegó su turno de ser el blanco de las miradas, con la esperanza de que cuando pasaran en diferido el telediario en la emisora de sus respectivas localidades, al menos destacarían al representante de su ciudad natal.
A mis espaldas, en la calleja, frenó hasta detenerse un camión. Se oyeron unos pasos y pude oler al tipo aun antes de volverme para verlo. Ni que decir tiene que se trataba de un camión de la basura.
—¿Son los funerales del gran Dan?
Le dirigí una mirada. En el bolsillo de su blusa mugrienta y manchada de grasa llevaba prendida la insignia azul y blanca del sindicato.
—Sí —le respondí.
—¡Vaya gentío!
—Sí.
—¿Hay alguna chica interesante por ahí?
—¿A qué viene la pregunta? —dije.
—Se dice que el gran Dan también era grande con las mujeres —respondió—. Nuestro enlace sindical salió con él un par de veces. Nos dijo que siempre había muchas mujeres y whisky en abundancia dondequiera que estuviese el gran Dan.
—Pues yo no he visto ninguna —le informé.
—¡Lástima! —parecía decepcionado. En seguida su voz se animó—: ¿Hay algo de verdad en lo que cuentan acerca de que viajaba con él una chica cuando se estrelló el avión?
Miré al tipo y decidí que no lo desilusionaría más por ese día. Bajé la voz hasta que se convirtió en un susurro, a pesar de que no era necesario. No había nadie a menos de treinta metros de nosotros.
—Tengo una noticia exclusiva.
Sacó del bolsillo una cajetilla y me ofreció un pitillo. Ambos fumamos mientras el hombre me miraba con expectación.
—¿Oyó hablar del club «Kilómetro de altitud»?
—No, ¿de qué se trata?
—Si uno se cepilla una chavala en un avión, automáticamente se convierte en miembro del club.
—¡Loado sea el Señor! —dijo con reverencia—. ¿Era esto lo que hacía?
—Mucho mejor aún —le expliqué—. Era una muchacha rubia de grandes tetas. Estaba de rodillas frente a él, con sus pechos desnudos descansando sobre sus piernas y, entre ellos, apuntando a su cara, aquella polla erecta. La chica se la estaba chupando cuando, al salir de entre las nubes, surgió ante ellos la montaña. Trató de tirar hacia él el volante a fin de que la avioneta cobrara altura, pero fue inútil. Se interponía la cabeza de la muchacha, que lo inmovilizó.
—¡Loado sea el Señor! —repitió el basurero—. ¡Qué manera de morir!
Me quedé callado. El hombre estiró el cuello y, por encima de la valla, contempló la muchedumbre.
—Mucha concurrencia.
—En efecto —asentí.
—Era el más grande —dijo con admiración—. Mi viejo me contó que durante la depresión cobraba nueve dólares a la semana por hacer el mismo trabajo que ahora hago yo, pero embolsándome ciento noventa y cinco. Nunca el obrero tuvo mejor amigo.
—Era una porquería —le contradije—. Los obreros, todos, solo representaron poder para él.
—¡Alto ahí! —exclamó, apretando el puño amenazadoramente—. No tiene ningún derecho a decir esas cosas.
—Nadie en el mundo tiene más derecho que yo. Era mi padre.
Una extraña mirada apareció en sus ojos. Luego su puño se aflojó.
—Lo siento mucho, chico —y regresó a su camión.
Observé cómo se subía al vehículo y lo ponía en marcha. Luego volví la cabeza para mirar por encima de la barrera. Ahora salían mi madre y D.J. Los fotógrafos se apretujaban hacia delante intentado sacarles fotos. Di media vuelta y me alejé por el callejón en el mismo instante que ellos subían al automóvil.
«Esa no es forma de hablar de tu padre.»
«Lárgate, viejo. Estás muerto.»
«No lo estoy. Viviré mientras tú vivas, mientras vivan tus hijos y los hijos de tus hijos. Hay algo mío en cada célula de tu cuerpo y no puedes librarte de mí, no tienes escapatoria.»
«Estás muerto, muerto, muerto.»
«Tienes diecisiete años y no crees en nada, ¿no es así?»
«Así es.»
«¿Te gustaría realmente saber lo que ocurrió en ese aparato antes de estrellarnos?»
«Sí.»
«Pues ya lo sabes. Es tal como se lo contaste al basurero.»
«Fue invención mía.»
«No, no es así. Fui yo quien puso mis palabras en tus labios. No olvides que también tu cerebro está formado por células.»
«No te creo. Me estás mintiendo. Siempre me mentiste.»
«Nunca lo hice. Eres tú quien está mintiendo.»
«Siempre me mentiste.»
«Nunca te mentí. No tenía posibilidad de hacerlo. Tú eras parte de mí. Tú eras mi verdad. Tú no eres como tu hermano. Él es una réplica mía. Pero tú…, tú eres tú mismo. Tú eres mi verdad.»
«Mentiras, mentiras, mentiras. Ni siquiera la tumba te detiene.»
«Lo que echan a la fosa no es nada. Un cuerpo, una concha vacía. Yo estoy aquí. En tu interior.»
«No te siento, padre. Nunca te sentí. No te siento ahora.»
«A su debido tiempo me sentirás.»
«Nunca.»
«Jonathan, hijo mío.»
«Lárgate, viejo. Estás muerto.»
Doblé la esquina de mi calle. Lo primero que vi fueron los coches aparcados frente a mi casa y varios hombres de pie bajo la sombra de los árboles. Reporteros. Creí que ya se habrían ido a estas alturas. Pero aún esperaban. Al parecer, el gran Dan era noticia incluso después de muerto y enterrado.
Atajé por la calle siguiente, adonde daba la parte de atrás de mi casa y el jardín de los Forbes. Nuestra puerta trasera estaba exactamente detrás de la valla que separaba las dos casas.
Caminaba con cuidado por el arriate pegado a la valla, pues sabía que la señora Forbes se ponía histérica por sus flores. Acababa de levantar un pie para atravesar la valla cuando Anne me llamó. Con el mismo cuidado de antes, bajé de nuevo el pie y me volví. Estaba sentada en el porche trasero, con un vaso de vino en la mano.
—Creí que estarías en el funeral.
—Asistí al oficio —le dije—, pero no fui al cementerio. Ya era excesivo. Pasé por aquí porque los reporteros siguen en la puerta de entrada y no quiero hablar con ellos.
—Lo supongo —dijo Anne—. Estuvieron aquí esta mañana. Querían saber qué clase de vecino era tu padre.
—¿Qué les dijiste?
—No hablé con ellos. Lo hicieron mi padre y mi madre —rio—. Les dijeron que era un gran hombre. Ya sabes…
No pude por menos que sonreír. Ningún amor se había perdido entre los Forbes y mi padre. Cuando nos mudamos al barrio, los Forbes dirigieron la lucha contra él. No querían que un gánster sindical y comunista contaminara el aire puro de Westchester.
—¿Dónde están tus padres? —pregunté.
—En el funeral —volvió a reír—. ¿Dónde crees si no?
Reí. El mundo entero estaba lleno de mierda y de hipócritas.
—¿Quieres un vaso de vino?
—No. Pero me tomaría una lata de cerveza, si es que la tienes.
—Tengo una.
Desapareció por la puerta de la cocina al mismo tiempo que yo subía al porche. Regresó en seguida con una lata fría de cerveza Miller.
Tiré de la pestaña y salió un chorro de líquido que me mojó la mano. La llevé rápidamente a mis labios. Entonces, al sentir el sabor helado en la garganta, me di cuenta de pronto de que tenía la boca reseca por la sed. Me había tomado ya la mitad de la lata cuando hice una pausa para recobrar el aliento. Me apoyé contra la baranda del porche.
—Estás muy nervioso —dijo Anne.
—No tanto.
—Yo diría que mucho —bajó la mirada hasta la lata de cerveza que sostenía en la mano—. Te tiemblan las manos.
Sostuve en alto la lata. Tenía razón.
—Dormí muy poco anoche —dije.
—¿Quieres un tranquilizante?
Sacudí la cabeza. No soy un traga píldoras.
—He conseguido algo realmente bueno —dijo ella—. Puedo liarte un porro.
—No, gracias. No me apetece.
—¿Te molesta si me fumo uno?
—¡Adelante!
La observé cómo tomaba del suelo, junto a su silla, una petaquita, y liaba hábilmente un porro. Dobló con esmero la hojita y lo encendió. Aspiró con fuerza, luego tomó un sorbo de vino y en seguida dio otra calada a fondo.
En sus ojos apareció un agudo brillo. Necesitaba bien poco para emprender un viaje…, casi siempre andaba de viaje.
—Estuve pensando a propósito de tu padre.
—¿De verdad?
—Toda la tarde me he sentido muy cachonda pensando en él. Hay algo excitante en la muerte.
—No sé —tomé otro trago de cerveza.
—Es verdad —afirmó Anne—. En alguna parte leí que cuando caían las bombas, durante la última guerra, todo el mundo se excitaba. Me imagino que algo tendrá que ver con la inmortalidad.
—Eso es muy profundo. ¿Nunca te detuviste a pensar que quizá la gente simplemente quería follar y que para ellos era una buena excusa para saltarse las reglas a la torera?
—No es solo eso —dijo ella—. Cuando desperté esta mañana pensé que era una pena que hubiera muerto y que nunca volvería a tener la oportunidad de dejar algo suyo tras él. Luego empecé a pensar lo bueno que habría sido que lo hubiéramos hecho siquiera una vez y que me hubiera plantado un bebé en mi barriga. Me puse tan cachonda que hoy ya me he masturbado tres veces.
—¡Que ya es estar cachonda! —me eché a reír.
Me miró con resentimiento.
—Tú no lo puedes comprender.
—Mi padre tenía setenta y cuatro años —dije—. Tú tienes diecinueve.
—Lo de la edad carece de importancia. Tú tienes diecisiete, pero tenías catorce cuando lo hicimos por primera vez… y ni nos fijamos en el detalle.
—Eso era diferente.
—No, no lo es. Lo he hecho con hombres maduros. Es lo mismo. Sienten igual que tú. —Dio una nueva chupada al porro y tomó otro sorbo de vino—. Pero ahora ha muerto y lo único que puedo hacer es sentirme triste por lo que nos perdimos.
Me terminé la cerveza y abollé la lata entre mis dedos.
—Gracias por la cerveza.
—No hay de qué.
Di la vuelta para irme, pero ella me llamó.
—¿Qué piensas hacer ahora? Este verano, quiero decir.
—Se me había ocurrido hacer auto-stop hasta que empezaran las clases en otoño. Pero ahora no sé.
—Pronto cumplirás dieciocho —dije Anne.
—Exacto. Llamada a filas, voto, toda esa mierda. Dentro de dos meses ya estaré convertido en un adulto completo. Siete semanas —Miré el humo que salía en espirales de su nariz—. Respóndeme una pregunta.
—Dila.
—Si te ponías caliente por mi padre, ¿por qué no hiciste algo?
—Me imagino que estaba asustada.
—¿De qué?
—De que me rechazara. Que pudiera reírse de mí. O pensara que era una niña tonta —titubeó un momento—. Eso ya me ocurrió una vez. Con otro hombre. Me costó meses sobreponerme.
—Eso no te habría ocurrido con mi padre —dije.
Salté de la baranda del porche y aterricé en la tierra blanda.
—Jonathan —se acercó a la baranda y bajó la mirada hacia mí— ¿no te sientes solo? ¿Terriblemente solo?
—Siempre me sentí igual. Hasta cuando él vivía.
Tomé la llave de debajo de la estera de la puerta y entré en casa. Fui a la cocina por el vestíbulo trasero. El único ruido que se oía en la casa eran mis pisadas. Sobre los hornillos había ollas, y en la mesa, junto al fregadero, unos platos colocados ordenadamente. Aunque se hundiera el mundo, Mamie tendría todo listo para cenar a las siete. Esa era la hora que a mi padre le gustaba cenar. Me pregunté si las cosas cambiarían ahora.
De repente sentí hambre. Abrí la nevera, encontré jamón y queso y me preparé un bocadillo. Saqué una lata de cerveza y me senté a la mesa de la cocina. Pegué el primer mordisco al bocadillo antes de darme cuenta de que algo andaba mal. No se oía ni el menor ruido en la casa.
Me levanté y encendí el televisor de la cocina. El zumbido del calentamiento me siguió hasta que me hube sentado nuevamente. Un momento después la pequeña pantalla cobró vida y apareció la cara de mi padre, que miraba con aspecto amenazador. Su voz ronca llenó la cocina.
Se trataba de su discurso más famoso. El desafío de la democracia. «Un hombre nace, trabaja y finalmente muere. Y no queda nada…»
Volví a levantarme para cambiar de canal. Ya había oído antes el discurso. En el canal 11 reponían Viaje a las estrellas. Me quedé con él. Los monstruos de otros mundos eran mucho más potables que los de este. El señor Spock representó su papel. Ni una sola vez se le escapó una sonrisa.
Terminé el bocadillo y salí de la cocina dejando encendido el televisor. El ruido me seguía a través de la casa. Eché una ojeada por las ventanas antes de subir a mi cuarto. Allí seguían los reporteros.
Me quité el traje, me embutí unos vaqueros y me puse una camiseta. Cambié los zapatos negros de piel por unos de lona. Luego entré en el cuarto de baño y me quité toda la brillantina del pelo. Me miré en el espejo. Mi cara me devolvía críticamente la mirada.
No estaba mal. Ni granos ni espinillas.
Una ligera inclinación de cabeza ante mi reflejo y bajé la escalera. La puerta del despacho de mi padre estaba abierta. Me quedé parado unos segundos y en seguida entré.
El lugar ya empezaba a oler a cerrado. Como si de repente se hubiera convertido en la habitación del día antes. En cierto modo, se percibía que ya no era su despacho.
Avancé unos pasos y miré el escritorio. Estaba cubierto de papeles e informes. Varios ceniceros contenían aún colillas de puros y la papelera estaba llena. Distraídamente pasé a la parte trasera del escritorio y me senté en el descomunal sillón de cuero. Conservaba aún las huellas de las asentaderas enormes de mi padre y me hundí en ellas. Me eché hacia atrás y empecé a ojear algunos de los papeles.
En su mayoría se trataba de informes de varias secciones sindicales de todo el país. Recaudaciones de cuotas, atrasos, avisos de convenios. Asuntos sosos. Me pregunté por qué mi padre había perdido el tiempo en revisar todos y cada uno de ellos teniendo tantas otras cosas que hacer.
Una vez se lo pregunté. Ahora recordaba su respuesta.
—No puedes dirigir una gran empresa, hijo mío, sin tener siempre a la vista el estado financiero. Y no lo olvides, este sindicato es uno de los mayores del país. Solo nuestro fondo de jubilaciones tiene un superávit de casi doscientos millones de dólares, y tenemos inversiones en todas partes, desde bonos del Tesoro hasta en Las Vegas.
—Entonces no existe ninguna diferencia con cualquiera de las compañías que combates. Todos os preocupáis por lo mismo, y ganancias.
—Pero nuestras motivaciones son distintas, hijo.
—No veo la diferencia —le dije—. Cuando se trata de vuestro dinero sois exactamente tan reaccionarios como cualquiera.
Mi padre se sacó las macizas gafas para leer y las depositó encima del escritorio.
—Nunca hubiera dicho que estuvieras interesado en lo que hacemos.
—No lo estoy —respondí de inmediato—. Es que simplemente, a juzgar por lo que veo, los grandes sindicatos y las grandes impresas son lo mismo. Lo único que cuenta es el dinero.
Los penetrantes ojos azules de mi padre estudiaban mi rostro. Finalmente dijo:
—Algún día, cuando disponga de tiempo, volveremos a hablar de eso. Creo que no me costará convencerte de tu error.
Pero, como de costumbre, cuando yo podía era él quien no disponía de tiempo. Y ahora ya era demasiado tarde, Volví a dejar los papeles sobre la mesa y empecé a abrir los cajones.
El cajón del medio estaba repleto de papeles, lo mismo que el superior izquierdo. Pero en el de la derecha no había nada. Absolutamente nada.
Carecía de sentido. Todos los demás cajones aparecían llenos de papeles. Metí la mano dentro del cajón y busqué. Nada. Luego percibí un pestillito. Lo apreté y la parte inferior del cajón se deslizó hacia delante.
Miré al interior del doble fondo. Ahí estaba, con su color azul negro, bien engrasado y letal, un gran revólver Colt automático. Lentamente lo tomé. Parecía que pesaba una tonelada en mi mano. No, no era ningún juguete, era algo muy serio. En alguna parte había leído que un disparo efectuado con un Colt calibre 45 automático causa un orificio de salida del tamaño de un dólar de plata.
Volví a dejarlo en su lugar y cerré el cajón. Me quedé sentado con la vista clavada en él hasta que, al cabo de un rato, me levanté y abandoné la pieza. Me bebí otra lata de cerveza de la nevera y salí al porche trasero.
Anne seguía sentada donde la dejé. Me saludó con un ademán. Respondí al saludo y me senté en una mecedora. Tomé un sorbo de cerveza y ambos, desde nuestros respectivos asientos, nos limitamos a mirarnos mutuamente por encima de la valla que separaba nuestros patios traseros.
«¿Por qué registraste mi escritorio?»
«No sé. Me encontraba ahí, eso es todo.»
«No te lo echo en cara. Es simple curiosidad.»
«Estás muerto. Ahora ya bien poco te importa. Los muertos no disfrutan de intimidad.»
«No estoy muerto. Creí que ya empezabas a comprenderlo.»
«Estás diciendo sandeces. La muerte es la muerte.»
«La muerte es nunca. Tú sigues vivo.»
«Pero tú no.»
«¿Por qué cambiaste a Viaje a las estrellas? ¿Te dio miedo verme?»
«Era un programa mejor.»
«¿Por qué estás sentado aquí? Pensé que te ibas.»
«Aún no me decidí.»
«Tú te irás.»
«¿Por qué estás tan seguro?»
«La chica de ahí al lado. No terminé con ella aún.»
«No cambiaste, ¿verdad?»
«¿Por qué debería? Tú sigues vivo.»
La lata de cerveza estaba vacía. Me levanté para tirarla en el cubo plástico de la basura, próximo a la puerta de la cocina. Abrí la puerta y empecé a entrar de nuevo a la casa. Volví la cabeza para dirigir una mirada a la muchacha.
Estaba en el mismo lugar. El humo del cigarrillo trazaba curvas alrededor de su rostro y sus ojos estaban clavados en mí. A estas alturas debía estar ya intoxicada. Luego vi que inclinaba la cabeza y se ponía de pie. Observé cómo desaparecía lentamente tras la puerta de tela metálica y oí el clic del pestillo. Creí percibir el eco del ruido hasta que yo cerré la puerta a mi vez. Subí a mi habitación, me eché en la cama y casi inmediatamente me quedé dormido.
Me despertó el murmullo de voces que venía de la planta baja. Abrí los ojos. El sol de la tarde había desaparecido de las ventanas.
Miré fijamente al techo y escuché el murmullo de las voces de abajo.
Era familiar y extrañamente reconfortante. Habían sido varias las noches que me había dormido en esta misma forma, con el ruido de conversaciones ahogadas en mis oídos. Mi dormitorio quedaba exactamente encima del despacho de mi padre.
Era familiar, pero había algo diferente ahora, algo que echaba de menos. Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que era: su voz. De algún modo, siempre pude oírla destacándose de las otras.
Abandoné la cama y bajé las escaleras. La puerta del despacho estaba cerrada y las voces me llegaban filtradas por la madera. Abrí la puerta y asomé la cabeza. De repente se hizo el silencio en la pieza.
D.J. estaba sentado en el sillón, tras el escritorio, y Moses permanecía de pie a su lado, como solía hacer con mi padre. Jack estaba sentado a un lado de la mesa, a la derecha de D.J., y había tres hombres más, que me daban la espalda, sentados frente al escritorio. Volvieron la cabeza y me miraron en silencio. No los conocía.
—Mi hermano, Jonathan —dijo D.J.
Se trataba más de una explicación que de una presentación.
Los desconocidos inclinaron la cabeza cautelosamente, como sin atreverse a mirarme.
D.J. no se tomó la molestia de presentármelos.
—Ignoraba que estuvieras en casa.
—Vine directamente desde la funeraria —yo seguía de pie, en el umbral de la puerta abierta—. ¿Dónde está mi madre?
—El médico le prescribió una pastilla y le ordenó acostarse. Ha tenido un día muy malo.
Asentí.
—Pensé que era mejor que nos reuniéramos aquí. Algunos problemas a resolver antes de irme a mi casa. Tengo reserva para el vuelo de las ocho y mañana celebramos una reunión del consejo ejecutivo.
—¿Estáis todos reunidos? —pregunté entrando en la pieza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó a su vez Dan, lanzándome una mirada.
—Para arreglar el mundo y todo lo necesario —expliqué, al tiempo que avanzaba hacia el escritorio.
Pude observar que todos los papeles que había visto dentro de los cajones estaban ahora esparcidos encima de la mesa. No vi el revólver. Me pregunté si lo habría encontrado.
—El trabajo no se detiene simplemente porque… —La voz de D.J. se rezagó.
—El rey ha muerto, ¡viva el rey! —proclamé, expresando su idea.
D.J. se ruborizó. Moses me habló con voz amable.
—Jonathan, realmente tenemos mucho trabajo que hacer.
Lo miré. En sus ojos percibí una tensión que antes nunca vi. De poca seguridad. Miré a los otros. Súbitamente supe qué era. Desaparecidos los cimientos, estaban asustados ante la posibilidad de que la casa se les viniera abajo.
Me dieron pena. Ahora se encontraban solos. Mi padre ya no estaba para decirles lo que debían hacer.
—No me interpondré en tu camino —bajé la vista para ver a mi hermano—. No te preocupes. Todo saldrá bien.
No respondió.
—Buena suerte —y le tendí la mano.
Me la miró y luego a mí. Su voz era ronca cuando me la estrechó y en sus ojos se percibía algo parecido a lágrimas.
—Gracias, Jonathan —un rápido pestañeo—. Gracias.
—Verás cómo lo haces muy bien.
—Eso espero —dijo—, pero no va a ser fácil. Las cosas ya no serán igual.
—Nunca lo son —dije al abandonar el despacho.
Cerré la puerta tras de mí y me apoyé un momento contra ella. Se reanudaron las conversaciones. Cerré los ojos tratando de oír la voz de mi padre. Pero no estaba ahí.
D.J. lo quiso. Yo, no. ¿Por qué? ¿Qué había de diferente entre ambos? Los dos éramos hijos suyos. ¿Qué había visto D.J. en él, que yo no había visto?
Atravesé el salón en dirección a la cocina. Mamie ya estaba allí, ocupada con sus ollas y cacerolas, murmurando sola.
—¿A qué hora cenamos? —le pregunté.
—¡Qué sé yo! —respondió—. Ya no sé nada acerca de esta casa. Todo anda patas arriba. Tu hermano no quiere cenar y tu madre está arriba, llorando a mares.
—Creí que el médico le había dado una píldora para dormir.
—Puede ser. Pero no ha surtido efecto, es cuanto sé. —Sumergió un cucharón dentro de la olla y lo sostuvo frente a mí, al tiempo que me ordenaba—: Pruébalo. Pero primero sopla. Quema.
Soplé y lo probé. Magnífico estofado.
—Le falta un punto de sal.
—Debí suponerlo —rio y apartó el cucharón—. Igual a tu padre. Eso era lo que siempre acostumbraba decir.
—¿Le querías? —pregunté, mirándola fijamente.
Depositó el cucharón en el fregadero y se volvió hacia mí.
—Esa es la pregunta más estúpida que he oído en mi vida, Jonathan. Adoraba a tu padre. Era el hombre más grande que ha vivido.
—¿Por qué dices eso?
—Porque es la verdad, esa es la razón. Pregúntale a cualquiera en mi tierra. Todos te dirán lo mismo. Trataba a los negros como personas antes que como negros. — Regresó a los fogones, destapó una cacerola y miró a su interior—: ¿Dijiste que le faltaba un poco de sal?
—Sí —respondí, y salí de la cocina.
Subí las escaleras y me quedé un momento escuchando al lado de la puerta de mi madre. Mamie estaba equivocada.
No se oía el menor ruido.
Jack Haney entró en la cocina donde yo estaba cenando solo.
—Voy a acompañarte y me tomaré una taza de café —dijo, acercando una silla.
—Come un poco de estofado —le pedí—. Hay de sobras para alimentar un batallón.
—No, gracias —respondió cuando Mamie puso el café frente a él. Tomaremos un bocado en el avión.
Lo observé mientras se llevaba a los labios la taza de café.
—¿Vas a Washington?
—Dan quiere que esté a su lado en la reunión ejecutiva de mañana —afirmó—. Podrían suscitarse algunos problemas de tipo legal.
De repente había dejado de ser D.J., ni siquiera Daniel junior ahora ya era Dan.
—¿Problemas?
—No creo. Tu padre lo tenía todo bien atado.
—¿Qué es lo que le preocupa entonces a D.J.?
—Hay un montón de veteranos a quienes puede doler ver que un joven ocupa el mando.
—¿A qué vendría ahora? Lo saben desde siempre.
—Absolutamente cierto. Pero mientras tu padre vivía no se le hubieran enfrentado. Ahora ya no es lo mismo. Lo que no pueden comprender es el hecho de encontrarse por vez primera con alguien que está preparado para el cargo sin haber tenido que aprenderlo paso a paso. Y no es que les importe demasiado que nunca haya trabajado en eso u organizado una acción de piquetes. Saben que dirigir un sindicato se parece mucho a dirigir una gran empresa, que se requieren personas preparadas. Esa es la razón por la cual las grandes corporaciones rivalizan para contratar a los tipos más aventajados de colegios y universidades. Tu padre siempre creyó que así era como debía ser. Por eso hizo que Dan estudiara en tantas escuelas.
Comprendí lo que quería decir. Él estuvo tras de mí con el mismo objetivo. Primero leyes en Harvard, luego escuelas de comercio. Todo lo tenía bien planeado. Todo, excepto que a mí no me gustaba que me empujaran. Rebañé un poco de salsa que quedaba en el plato y me comí el pedacito de pan.
Mamie estaba plantada frente a mí, fijos los ojos en el plato vacío.
—¿Más?
Meneé la cabeza con un gesto negativo y ella se apresuró a retirar el plato.
—¿Estaba bien de sal?
—Perfecto.
Se echó a reír y me puso enfrente una taza de café.
—Exactamente igual que tu padre. Primero se quejaba de que le faltaba sal y luego elogiaba el plato a pesar de no haberle agregado ninguna.
—¿Qué pasará exactamente mañana? —pregunté a Jack.
—Esperamos que el comité ejecutivo nombre a Dan como presidente en funciones hasta la próxima elección general. Será dentro de nueve meses, en primavera. Para entonces confiamos tenerlo todo bajo control.
Asentí. Si mi padre lo había planeado, todo resultaría bien. Los planes de mi padre siempre se realizaron.
Jack apuró el café y se levantó.
—¿Tendrías la bondad de explicarle a tu madre por qué me marché y decirle que la llamaré por la mañana?
—Se lo diré —levanté los ojos hacia él.
—Gracias —y se dirigió hacia la puerta. Al cabo de pocos minutos oí el portazo que daba al cerrar el coche. Me acerqué a la ventana y miré al exterior. El gran Cadillac negro empezaba a rodar. Observé, hasta que las luces rojas traseras desaparecieron al doblar la calle. Luego subí de nuevo las escaleras y me quedé parado frente a la puerta del cuarto de mi madre. Nada nuevo, el mismo silencio de antes.
Giré lentamente el pomo de la puerta y miré al interior. En la luz riel día que se desvanecía, pude vislumbrar la silueta acostada. Entré silenciosamente en el cuarto y bajé la vista para contemplarla.
Había cierta palidez e indefensión en su semblante que nunca noté cuando estaba despierta. Poco a poco, remetí las sábanas. No se movió.
Salí del cuarto de puntillas y volví al vestíbulo. Saqué mi mochila de un armario y empecé a llenarla. Terminé en diez minutos. No era mucho lo que me iba a llevar.
Me desperté un minuto antes de que sonara el despertador. Alargué la mano y desconecté la alarma. No tenía sentido despertar a todo el mundo. Me vestí rápidamente y bajé a la planta baja.
Los pasillos estaban a oscuras, pero la cocina, que daba a oriente ya estaba iluminada por las primeras luces del día. Enchufé la cafetera. Como siempre, Mamie lo tenía todo a punto.
Mi padre era madrugador. Le agradaba estar solo por la mañana, sentado en la cocina y tomando café hasta que todos se habían levantado. Solía decir que esas eran sus horas de pensar. Su tiempo a solas. Y cualquiera que fuera el problema, grande o pequeño, ya lo había meditado en profundidad cuando el resto de la familia despertaba. Para entonces el problema había dejado de serlo. Se había convertido simplemente, en una tarea a ejecutar.
Regresé a mi cuarto para recoger la mochila y bajé de nuevo. La puerta del despacho estaba abierta e impulsivamente penetré a su interior y de golpe abrí el cajón.
El revólver seguía en su lugar. No habían dado con él. Lo saqué para contemplarlo. Estaba bien engrasado y con el cargador completo. Seguía sin comprenderlo. Las armas son para la gente asustada y mi padre nunca conoció el miedo.
Levanté una de las tapas de la mochila y deslicé el arma al interior, entre las camisas y la ropa interior. Con un rodillazo cerré el cajón. El café seguramente ya estaría a punto.
—Jonathan —mi madre estaba de pie en el umbral—. ¿Qué estás haciendo?
—Nada —la respuesta clásica del niño cuyos padres lo han pillado con la mano en la lata de galletas. Me pregunté cuánto tiempo llevaría allí.
—Aún puedo oler el humo de sus puros —dijo, entrando en el despacho. Su voz era tan baja que parecía decírselo a sí misma.
—Un bote de Airwick lo quitará, si puede hacerse caso de los anuncios —le dije.
—¿Crees que será tan fácil? —me preguntó, volviéndose hacia mí.
Lo pensé un largo rato.
—No. Al menos hasta que fabriquen uno que pueda airear el interior de tu cabeza.
—¿Te vas? ¿Tan temprano? —preguntó al ver mi mochila.
—No hay nada por aquí que me retenga. Y solo quedan siete semanas de verano.
—¿No podrías esperar un poco, mientras tanto? —preguntó—. Tenemos mucho de qué hablar.
—¿Acerca de qué?
—Estudios. A qué colegio quieres ir, qué piensas hacer con tu vida…
—No tengo donde elegir. La caja de reclutamiento se ocupará de hacerlo por mí.
—Tu padre dice… —se interrumpió para corregirse—. Tu padre dijo que no serías llamado a filas.
—Desde luego. Ya lo tenía arreglado. Del mismo modo que hacía con todo.
—¿No crees que ya sería hora de que dejaras de atacarlo, Jonathan? Ahora ha muerto y ya nada puede hacer —su voz se quebró.
—¿Qué me dices de ti? —pregunté—. Crees lo mismo que yo. Él se ocupaba de todo. Incluso muerto.
Seguía callada y se limitó a permanecer de pie con las lágrimas que le resbalaban silenciosamente por las mejillas. Me acerqué a ella y, torpemente, la rodeé con los brazos. Mi madre hundió su cara contra mi pecho.
—Jonathan… Jonathan…
—Tómatelo con calma, madre —le dije y le acaricié el pelo—. Todo eso ya terminó.
—¡Me siento tan culpable! —su voz salía amortiguada por mi camisa—. Nunca lo quise. Lo adoraba, pero nunca lo quise. ¿Puedes comprenderlo?
—¿Por qué te casaste con él entonces?
—Por ti.
—¿Por mí? Si aún no había nacido…
—Tenía diecisiete años y estaba embarazada —susurró.
—Incluso en aquellos días, algo podía hacerse.
Se separó de mis brazos.
—Dame un cigarrillo.
Encendí uno y se lo di.
—¿Enchufaste la cafetera?
Asentí y la seguí hasta la cocina. Llenó dos tazas y ambos nos sentamos a la mesa.
—No respondiste a mi pregunta. No tenías por qué casarte con él.
—No quería ni oírlo. Quería un hijo, decía.
—¿Por qué? Ya tenía uno.
—No tenía bastante con Dan. Lo sabía él y algunas veces creo que incluso Dan se dio cuenta. Por ese motivo siempre hizo cuanto pudo para complacer a su padre. Pero Dan era débil y tú padre no.
—Ni mi madre lo llamaba ya D.J. Tu padre tuvo lo que quería, Te guste o no, tú eres exactamente igual a él.
Me levanté y traje la cafetera que dejé sobre la mesa.
—¿Quieres más café?
Dijo que no y yo volví a llenar mi taza.
—Bebes demasiado café —comentó.
—¿Crees que no me dejará crecer? —reí. Mi talla excedía un poco el metro ochenta. Incluso ella sonrió—. ¿Sabes algo mamá? Eres una mujer muy guapa.
—Pues no es así precisamente como me siento ahora —negó con un gesto.
—Es cuestión de tiempo, ya te sentirás.
Titubeó unos segundos y luego sus ojos se cruzaron con los míos.
—¿Sabes lo de Jack conmigo?
Asentí.
—Me imaginé que lo sabías. Pero nunca dijiste nada.
—No me incumbía.
—Ahora quiere que nos casemos. Pero no sé qué hacer.
—No es necesario que te precipites —le dije—. Nadie te da prisas ahora.
Una sombra de sorpresa apareció en sus ojos.
—Eras el vivo retrato de tu padre cuando dijiste eso.
—No es posible —dije riendo—. De haber sido mi padre no comprendería por qué no te juntaste conmigo en una pira fúnebre.
—Eso es horrible.
—Siempre digo cosas horribles cuando tengo hambre —la tranquilicé—. ¿También en eso me le parezco?
—Clavado —dijo poniéndose en pie—. Y voy a tratarte de la misma forma que a él. Voy a prepararte el mayor desayuno que hayas comido jamás.
—Ya tengo bastante —suspiré—. No quiero comer ahora lo de una semana adelantada.
—Me acabas de dar una idea —sonrió. Puso los platos vacíos en el fregadero y volvió a llenar las tazas—. ¿Has pensado qué dirección seguir?
—No, en realidad no —sacudí la cabeza—. Primero hacia el sur, luego hacia el oeste. Pero todo depende del rumbo que tome el tráfico.
—¿Tendrás cuidado?
Asentí con un ademán.
—Por las carreteras se encuentran personas de toda clase.
—No te preocupes por mí.
—¿Me escribirás y me harás saber por dónde andas?
—Desde luego. Pero no te preocupes.
—No lo podré evitar. Si tienes algún problema, ¿me telefonearás?
—¿Cobro revertido?
—Cobro revertido —sonrió—. Tu pregunta hace que me sienta mejor.
Eché un vistazo al reloj de la cocina. Las siete menos cuarto.
—Será mejor que me vaya.
No me quitó los ojos de encima mientras me ponía de pie.
—Soy demasiado joven —dijo—. Siempre fui demasiado joven.
—No te comprendo.
—Primero, era demasiado joven para ser una novia, y luego demasiado joven para ser madre. Y ahora lo soy demasiado para ser viuda y estar sola.
—Todo el mundo tiene que crecer un día u otro. Quizás ha llegado tu momento.
—Otra vez es tu padre quien habla. Tenía ese mismo sistema frío y clínico para distanciarse de sus sentimientos. —Una rara mirada apareció en su cara—: ¿Eres de verdad hijo mío, Jonathan? ¿O eres simplemente una extensión suya que él me implantó, como solía decir?
—Yo soy yo mismo. Y soy tu hijo. E hijo de él. Eso es todo.
—¿Me quieres?
Me quedé callado unos momentos. Luego le tomé la mano y se la besé.
—Sí, madre.
—¿Tienes dinero suficiente?
Reí. Tenía casi cien dólares. A diez dólares semanales, no había por qué preocuparse.
—Sí, madre.
Me colgué la mochila de los hombros y empecé a bajar por el camino de entrada. Cuando llegué a la calle aún dormida, miré hacia atrás. Mi madre estaba de pie en el umbral. Agitó la mano para decirme adiós. Le devolví el saludo y salí a la calle.
La mañana contenía ya la promesa de que el día sería caluroso. Las ardillas correteaban por el césped atrapando a los gusanos madrugadores y sus chillidos se mezclaban con el gorjeo esporádico de algún petirrojo. El aire olía a verdor. La carretera US1 estaba a unos dos kilómetros y medio, exactamente al otro lado del puente que salvaba el Schuylkill Creek.
Cuando di vuelta a la esquina coincidí con el camión de la Dairihome Milk. Pete frenó en cuanto me vio.
—¡Jonathan!
Di media vuelta y esperé mientras él se apeaba. En una mano llevaba un envase de zumo de naranja y una lata de cerveza en la otra.
—El viajero escoge —dijo.
Tomé la cerveza. La mañana invitaba beber una, pues el calor ya empezaba a dejarse sentir. Colocó de nuevo en su lugar el zumo y tomó otra lata de cerveza para él. Tiramos de la pestaña al unísono y el ruido resultante fue el único que se oyó en toda la calle.
Bebió un largo sorbo y luego se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Siento mucho lo de tu padre —dijo. Pete era irlandés.
Agradecí con una ligera inclinación de cabeza.
—¿Dónde vas?
—No lo sé con exactitud. Sencillamente por ahí.
—Es bueno irse. ¿Tu madre está bien?
—Muy bien —respondí—. Es una mujer fuerte.
Estudió un momento mi cara mientras pensaba mis palabras. Pete nos conocía desde hacía mucho. Quince años. Finalmente respondió:
—Sí.
Terminé mi cerveza y abollé la lata. Pete me la tomó de la mano.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—Siete semanas.
—¡Mierda! —rio—. Eso representa ochenta y cuatro litros. Se esfumó mi beneficio en la leche.
—Deja tus dos litros de todos modos —reí—. Mi madre ni se dará cuenta.
—Ella quizá no. Pero apostaría cualquier cosa que antes de llegar a la puerta de tu casa Mamie habrá dejado una nota en la botella. —Regresó al camión y se puso a buscar algo, que resultó ser un cartón de seis cervezas—. Será mejor que las lleves contigo. Hoy tendremos un día muy caluroso.
—Gracias.
—Echaremos mucho de menos a tu padre —dijo, mirándome…. Señaló con el dedo la insignia del sindicato prendida en su mono blanco. Hizo que esto tuviera mucho significado. Solo confío en que tu hermano lo haga la mitad de bien.
—Lo hará mejor que eso —le aseguré.
De nuevo volvió a mirarme.
—Está por ver. Pero él no es tu padre.
—¿Quién lo es?
—Tú lo eres —dijo convencido.
—Pero es que yo soy muy joven… —dije, mirándole fijamente.
—Algún día tendrás la edad. Y nosotros esperaremos.
Puso en marcha el camión y lo contemplé hasta que se perdió de isla al dar vuelta a la esquina. Entonces atravesé la calle.
«¿Me crees ahora?»
«No. Eso es lo que querías que la gente creyera. Y tú les metiste la idea en el cerebro.»
«¿Por qué iba a hacerlo?»
«Porque eras un gilipollas. Y porque estabas celoso de D.J. Tú sabes que será mejor de lo que nunca fuiste tú.»
«De repente resulta que quieres a tu hermano.»
«No se trata de eso. Pero puedo ver cómo es él. Siente inquietudes.»
«También yo las tuve.»
«¿Cuándo?¿Cuántos años hace de eso? ¿Antes de que yo naciera, antes de que te enamorases del poder y del dinero?»
«Sigues obstinado en el empeño de no comprender.»
«Comprendo. Demasiado bien.»
«Eso es lo que tú crees. Comprenderás. A su debido tiempo.»
«Vete. Eres tan latoso de muerto como lo eras de vivo.»
«Seguiré vivo tanto tiempo como tú y tus hijos vivan. Estoy en tus genes, en tus células, en tu mente. Date tiempo a ti mismo. Recordarás.»
«¿Recordar, qué?»
«A mí.»
«No quiero recordarte.»
«Me recordarás. De mil modos diferentes. No puedes remediarlo.»
«Pero no justamente ahora, padre. Estoy de vacaciones.»
Estaba sentada en el contrafuerte de hormigón de la entrada del puente, con las piernas oscilando por encima del río, la vista fija en el agua y el humo gris y acre saliéndole en espirales, como nubes, por entre los labios.
—Buenos días, Jonathan —dijo sin volverse.
Me detuve, pero no correspondí a su saludo.
—Te estaba esperando —prosiguió ella sin haber girado aún la cara—. No estés irritado conmigo.
—No lo estoy.
Dio media vuelta alzando los pies y se quedó frente a mí.
—¿Así que me llevas contigo? —preguntó sonriente.
Conocía aquella mirada especial de sus ojos.
—Estás drogada.
—Casi nada —sostuvo el porro frente a mis labios—. ¿Quieres una chupada? Es buena mercancía, buena de verdad.
—No quiero, gracias —decliné la invitación—. Una carretera nacional no es el sitio más indicado para circular si tienes la cabeza en las nubes.
—Estás enojado conmigo —dijo con voz herida.
—Ya te dije que no lo estoy.
—Pero lo dijiste pensando lo contrario.
—Lo dije tal como lo sentía.
—¿Por qué no me dejas entonces que vaya contigo?
—Porque quiero estar a solas. ¿No puedes comprenderlo?
—No seré ninguna molestia para ti. Me mantendré apartada de tu camino.
—Vete a tu casa. No te saldrás con la tuya —empecé a subir los peldaños del puente.
—¿Por qué me dijiste entonces que nos encontraríamos aquí? —gritó cuando ya me alejaba.
Subí unos cuantos peldaños y bajé la vista hasta ella.
—¿Cuándo te dije eso?
—Ayer por la tarde —una extraña intensidad brillaba tras las nubes que obnubilaban sus ojos—. Exactamente después de haber hablado con tu padre.
—Mi padre está muerto.
—Ya lo sé.
—¿Cómo quieres entonces que hablara con él? Creo que esta mierda que fumas te hace ver visiones.
—Te vi hablando con él —aseguró tercamente—. Después te levantaste y fuiste hasta la puerta de tela metálica y me miraste. Te oí decir: «Espérame en el puente por la mañana». Hice un gesto de asentimiento y me metí dentro de la casa.
Me quedé silencioso.
—Tu voz tenía el mismo acento que la de tu padre —aseguró.
La miré. El calor de la mañana ya había hecho surgir perlas de sudor en su rostro que aparecía brillante bajo la clara luz del sol. Pude ver trazas húmedas en el escote de su blusa, entre los pechos, y sombras oscuras bajo sus axilas.
—¿Dije algo más?
—Sí. Pero palabras confusas que no comprendí bien. Decías algo así como: «Aún no he terminado contigo.» Lo único que sé es que me puse muy cachonda. Subí las escaleras, me desnudé, me tendí en la cama en pelotas y, sin tocarme ni hacerme nada, me corrí y volví a correrme hasta quedar exhausta.
—Dame el pitillo —ordené, tendiendo la mano.
Anne me lo puso entre los dedos. Su tacto era caliente y seco. De mi capirotazo lancé el pitillo al rio.
—¿Tienes más porquería de esa?
Buscó en el bolsón que llevaba en bandolera y sacó una petaquilla. La tomé.
—¿Es esto?
Asintió.
La petaquilla siguió el mismo camino que el porro. Volvió la cabeza para observar cómo flotaba un momento en la superficie del agua y se hundía luego lentamente al arrastrarla la corriente bajo el puente.
—Ya nunca más volveré a encontrar hierba tan buena como esa —se lamentó—. ¿Por qué lo hiciste?
—No me hace ninguna ilusión que me echen el guante y pasarme las próximas seis semanas en chirona en algún poblacho de mala muerte.
Repentinamente sus ojos se llenaron de lágrimas e imploró:
—Tócame.
Tomé su mano y ella guio la mía hacia sus pechos. Cerró los ojos y con la otra mano se los frotó para quitarse las lágrimas.
—¡Dios mío! ¡Cómo me gusta! —susurró.
Anne saltó del contrafuerte. Ambos descendimos y, bordeándolo, nos fuimos bajo el puente. Allí lo hicimos y el estruendo de los camiones que cruzaban el puente, por encima de nuestras cabezas, ahogaba sus gemidos. Cuando terminamos se quedó muy quieta, echada en el suelo, observándome mientras me ponía los vaqueros y los abrochaba. Anne extendió la mano para coger su bolsón, del que sacó unos kleenex que se embutió en el coño. Luego se levantó y se puso a su vez los vaqueros.
—Me gusta tanto sentirlo aquí dentro… No quiero que se vaya a perder ni una gota —dijo—. Es mejor que cualquier cosa que pueda imaginarme.
No hice ningún comentario.
—Jonathan —me tomó de la mano—, ¿crees que estoy enamorada de ti?
Miré al interior de sus ojos. En ellos se percibía una satisfacción clara, brillante.
—No —le dije secamente—. No estás enamorada de mí. Lo estás de mi padre.
La US1 ya hervía. Estaba impregnada de polvo y un velo gris azuloso de gases de la combustión se cernía pesadamente sobre ella. Esperamos que se produjera un alto en el tráfico para cruzar al lado que iba en dirección al sur. Allí nos quedamos observando la ruidosa circulación.
Se echó hacia atrás para despejarse la cara de los largos cabellos húmedos de sudor.
—Seguramente que ya estamos a más de veintiséis grados. Quizá podamos encontrar alguna sombra donde refrescarnos un poco.
La llevé hacia un grupo de árboles y nos dejamos caer pesadamente al suelo, bajo ellos. Quité el precinto del cartón de seis cervezas que me había regalado Pete.
—Esto nos ayudará.
—La marihuana me deshidrata. Y el follar también —dijo tras beberse un largo trago.
—Tendrás que limitarte —reí.
Ella sonrió. Tomé mi cerveza y miré hacia la carretera. Los camiones madrugadores habían desaparecido ya y solo circulaban hasta congestionarla los coches de aquellos que trabajaban en Nueva York pero que vivían en las cercanías. Los coches grandes, con aire acondicionado para protegerse del calor y los malos olores, llevaban las ventanillas completamente cerradas. En cambio, los pequeños las llevaban totalmente bajadas, con la esperanza de escapar del calor gracias a la velocidad, aun cuando parecía una idea más bien fútil a juzgar por la aglomeración matutina.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó ella.
—Hacia el oeste de Virginia —dije sin pensarlo.
—¿Por qué a Virginia?
—Tan buen lugar como cualquier otro —respondí—. Además, nunca estuve allí.
No le conté que mi padre era originario de por allí. Nació cerca de una ciudad llamada Grafton, que una vez encontré en un mapa del club automovilístico. Me preguntaba cómo sería, ya que mi pudre nunca habló de ella. Y ahora, de repente comprendí que debía ir, pese a que ni siquiera lo había pensado cuando salí de mi casa por la mañana.
De un largo trago apuré mi cerveza y me levanté. Me colgué la mochila y bajé los ojos para mirarla.
—¿Estás lista?
Buscó en el interior de su bolsón, del que extrajo un sombrero de fieltro de ala blanda y se lo caló.
—¿Cómo se ve?
—Precioso.
—Vámonos —dijo, tras ponerse en pie de un brinco.
Una hora más tarde seguíamos con el pulgar levantado cerca de los automóviles que pasaban. Ahora se sentó en su bolsón con la cara sonrojada y sudorosa. Encendí un cigarrillo y se lo pasé.
—No es tan fácil como se ve en las películas —comentó.
Sonreí mientras encendía otro pitillo para mí.
—Nunca lo es.
—Necesito hacer pis.
—Ahí atrás —le indiqué con un gesto, hacia el grupo de árboles.
Me miró con ojos interrogadores.
—Lo mejor será que te vayas acostumbrando —le dije.
Sacó algunos kleenex y desapareció tras los árboles. Me volví para ver la carretera. El tráfico ahora era menos denso, tras las horas punta de la mañana. Pocos turismos y muchos más camiones. La carretera empezó a rielar bajo la calurosa neblina.
Lo oí acercarse a mis espaldas cuando miraba de reojo contra la luz del sol. Un enorme camión con remolque Fruehauf llegaba a la cima de la pendiente y venía directamente hacia nosotros. Automáticamente levanté la mano con el ademán familiar. En seguida oí el silbido de sus poderosos frenos de aire hasta que lentamente se detuvo, protegiéndonos con su sombra gigantesca de los rayos del sol.
Observé cómo la puerta de la cabina se abría sigilosa hacia afuera, más de un metro por encima del suelo. Nos llegó la voz de un hombre que no podíamos ver.
—Muchachos, ¿quieren que les lleve hasta la ciudad?
Noté que su mano me frenaba el brazo pero la voz que oí no era la de ella. «Daniel, papá nos dijo que fuéramos caminando.»
Con una sacudida me quité su mano de encima.
—Con mucho gusto, señor.