El líder
Capítulo 6
seis
Eran las dos de la madrugada cuando Daniel llegó a la esquina de Main y State. Aún estaba prendido el anuncio luminoso encima de la puerta: Asociación sindical de obreros del hierro, el acero y el estaño. Pero el local estaba a oscuras y al parecer desierto, de modo que cuando miró a través del cristal no pudo ver nada en el interior, ni siquiera alguna silla o mesa. Solo el suelo cubierto de papeles. Tras observar por la ventana, fue hasta la puerta. En ella aparecía un rectángulo de papel escrito a máquina. «Trasladados al edificio Magee. Despacho 303.»
Aspiró profundamente. El edificio Magee estaba a más de tres kilómetros, al otro lado de la ciudad. Miró la calle de arriba abajo. Todas las ventanas estaban a oscuras. Por los alrededores no había ningún lugar donde encontrar un cuarto o una cama donde descansar. Abrió su saco de lona y sacó la botella de whisky que le había regalado Tony. Tomó un buen trago, volvió a guardarla, se echó el saco al hombro y reanudó la caminata.
Eran cerca de las tres de la madrugada cuando llegó. El edificio estaba a oscuras y las puertas de entrada cerradas. Dio unos pasos atrás para ver desde la calle las ventanas. En algunas del tercer piso había luz. Regresó a la entrada del edificio y encontró el timbre para llamar al portero nocturno. Se pegó al timbre hasta que un negro soñoliento se acercó a la puerta alrededor de diez minutos después.
—¿Qué no ve que el edificio está cerrado? —preguntó el negro.
—Tengo trabajo en la oficina del sindicato —dijo Daniel.
El negro abrió la puerta a regañadientes.
—Vosotros, muchachos, debéis estar totalmente majaretas. Saliendo y entrando a cualquier hora del día o de la noche… ¿No me dejaréis descansar nunca?
Daniel lo miró sin decir nada.
—Las escaleras están a la izquierda —dijo el negro que ya tenía prisa—. Tercer piso. Despacho tres-cero-tres.
Daniel fue hasta las escaleras. Había acertado. Las luces que vio desde la calle correspondían al local del sindicato. Puso una mano en la puerta y con la otra giró el pomo. La puerta se abrió de par en par. No había nadie en el vestíbulo de recepción. Atravesó otra puerta y se encontró en un pasillo. Hasta él llegó el rumor de muchas voces. Se encaminó al lugar de donde provenían. Los que hablaban estaban tras una puerta cerrada que había al final del pasillo.
Descansó un segundo, dejó su saco de lona en el suelo y llamó a la puerta, que abrió en seguida. Allí estaban cuatro hombres sentados alrededor de una mesa, en una habitación llena de humo de tabaco. Levantaron los ojos sorprendidos.
Uno de ellos se puso de pie de un salto y avanzó amenazadoramente hacia Daniel, con los puños cerrados y dispuesto a golpearlo.
Daniel lo detuvo con la mirada.
—No lo hagas —dijo con voz calmada—. Ya me dieron una vez esta noche y voy a matar al primero que vuelva a intentarlo.
—¿Qué diablos quieres? —preguntó el tipo, deteniéndose—. ¿Por qué forzaste la entrada para llegar aquí?
—La puerta estaba abierta —afirmó Daniel. Miró más allá del hombre, a los otros tres que seguían sentados—. Vine a ver al jefe de esta reunión. Tengo importantes informes para darle.
Esta vez fue el hombre que estaba sentado en la silla del centro, detrás de la mesa, quien habló. Su voz era suave.
—Soy Bill Foster, secretario ejecutivo del sindicato.
—¿Es el jefe?
Foster dirigió una mirada al hombre que tenía al lado y asintió con una ligera sonrisa.
—Creo que así podrías llamarme. ¿Para qué querías verme?
Daniel avanzó hasta ponerse frente a la mesa.
—Me llamo Daniel B. Huggins. Hasta esta noche era guardia especial al servicio de la planta cinco de la US Steel.
Uno de los hombres pretendió interrumpir, pero Foster hizo que se callara haciéndole un gesto.
—Explícate pues —siguió con voz suave.
—Esta noche se nos ha informado que esperaban se declarara una huelga y que contaban con nosotros para ayudar a los rompehuelgas y facilitar el paso de los esquiroles a través de las filas de piquetes, incluso si eso significaba tener que usar las porras y las armas. Se nos dijo que no estaríamos solos, puesto que nos ayudarían muchos hombres que habían sido delegados por el sheriff.
—Ya sabíamos todo eso —dijo Foster, hablando con la misma voz—. ¿Qué más puedes decirnos?
—No sé —Daniel movió la cabeza—. Creo que nada más. Siento haber interrumpido —se volvió para retirarse.
—¡Espera un momento! —la voz de aquel hombre estaba acostumbrada a mandar. Daniel se volvió de nuevo. Era un hombre de cara muy delgada y de ojos profundos—. ¿Por qué viniste hasta aquí?
—Renuncié a mi trabajo, lie el petate y me largué. Quizá ni se me hubiera ocurrido venir aquí. En definitiva, vuestra lucha no es asunto que me incumba. Pero es que ellos estaban esperándome a la vuelta de la esquina cuando salí de la planta. Tras eso, comprendí que sí que me concernía el asunto.
Se quedaron un rato silenciosos mientras todos los ojos permanecían clavados en su cara maltrecha. Finalmente, el hombre de cara delgada volvió a hablar.
—Todo hace suponer que te zurraron de lo lindo.
—Pues eso no es nada comparado con lo que va a ocurrirle a ese sargento cuando pueda echarle mano —dijo Daniel—. En el país de donde procedo no solemos echamos a la espalda asuntos de este tipo.
—¿De dónde procedes?
—De Fitchville, señor.
—Fitchville. —El hombre de la cara delgada repitió el nombre pensativo. Miró agudamente a Daniel—: ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Huggins, señor, Daniel B. Huggins.
El hombre sacudió la cabeza.
—Tú eres el chico que trabajaba en las minas de Grafton, tú…
—Exactamente —interrumpió Daniel—. Yo soy.
El hombre guardó silencio durante unos segundos.
—¿Podrías esperar afuera unos minutos? —preguntó—. Quisiera hablar un rato con mis amigos.
Daniel regresó al pasillo y cerró la puerta tras él. En el interior del despacho, el murmullo de voces iba en aumento. No se molestó en aguzar el oído para ver si entendía algo de lo que hablaban. Abrió el saco, tomó la botella y se bebió otro trago. Uno no era bastante, empezaba a sentirse agotado. Y se tomó otro.
Se abrió la puerta y el tipo que antes se había abalanzado sobre él le hizo señas para que entrase. Le siguió con la botella en la mano. Todos fijaron la vista en la botella y luego en él.
—Es lo único que me ayuda a mantenerme en pie —les explicó, bajando la vista hacia ellos—. Si no fuera por esto ya me habría caído de bruces.
—Me llamo Philip Murray —se presentó el hombre de la cara delgada—. Del Sindicato de mineros, Federación americana del trabajo. Le hablé de ti a mi amigo el señor Foster y, si quieres ayudamos, creo que tiene un lugar para ti.
—Muchas gracias, señor Murray —y volvió la vista a Foster.
—No ganarás lo mismo que ganabas hasta ahora —dijo Foster rápidamente—. No contamos con tanto dinero. Ocho dólares por semana, hemos creído que era lo más que podíamos ofrecerte.
—Me parece muy bien —dijo Daniel—. ¿Qué esperan que haga exactamente por esa paga?
—Conoces a los guardias, sus métodos, su manera de actuar. Cuando se declare la huelga, deberás estar con nosotros en las filas de piquetes y decirnos qué debemos hacer para neutralizarlos.
—No sé si sabré hacerlo, señor Foster, pero tenga la seguridad de que lo intentaré —dijo Daniel—. Aunque a mí me parece que si no empezáis cuanto antes la pelea, cuando declaréis la huelga ya estará dispuesto contra vosotros todo el ejército de los Estados Unidos.
Foster le lanzó una rápida mirada. Su irritación iba en aumento.
—Sabemos eso tan bien como tú. La huelga estallará mañana.
Daniel devolvió su mirada sin decir nada.
—Y ahora lo mejor que puedes hacer es ir a tu casa y tomarte un buen descanso —dijo Murray.
—No tengo dónde ir —replicó Daniel—. Vivía en los barracones de la planta. — Notó que empezaba a marearse ligeramente y puso la mano sobre la mesa para no perder el equilibrio.
Foster se puso inmediatamente de pie. Hizo un gesto al hombre que antes abrió la puerta.
—Hay un catre en la oficina de al lado. Ayúdale a llegar hasta allí y ocúpate de que a primera hora de la mañana lo vea el médico.
—Gracias —dijo Daniel. El despacho empezaba a dar vueltas ante sus ojos—. Muchas gracias.
Notó que el hombre lo tomaba por el brazo. Logró llegar por su propio pie hasta el catre en la oficina adyacente y se desmayó. Era el día 22 de septiembre de 1919.
Una semana después, más de trescientos mil hombres llevaban a cabo una huelga que se había extendido a ocho Estados. Pero la clave estaba en Pittsburgh, en las oficinas principales de la mayor de todas las compañías, la United States Steel.
Al día siguiente de haberse declarado la huelga, Elbert Gary, presidente de la US Steel, hizo una declaración que fue reproducida ampliamente en los periódicos de Pittsburgh y de todo el país.
Los rojos, anarquistas y agitadores han seducido a una parte de los
obreros americanos para que abandonaran su trabajo en un esfuerzo por
trastornar la industria del acero y socavar la estabilidad política de los
Estados Unidos. Afortunadamente para los americanos, aún somos muchos
los que permanecemos inquebrantablemente al lado de nuestros deberes
patrióticos y defendemos nuestro país contra la intrusión de esas víboras. Por
este medio hago un llamamiento a todos los trabajadores que, engañados, se
han unido a esta falsa huelga. Les conmino a que regresen a sus trabajos y
les doy mi palabra, como presidente de la US Steel, de que no se les hará
objeto de ninguna clase de represalias ni discriminaciones en sus deseos de
trabajar. Bajo ninguna circunstancia, ninguna sola de las compañías del
acero se doblegará a la dictadura de los anarquistas y comunistas
extranjeros. La huelga puede darse por perdida. Es una causa condenada.
Regresad al trabajo y demostrad vuestro patriotismo y vuestra fe en nuestro
glorioso país.
Dos días después aparecieron anuncios en todos los periódicos y carteles pegados por toda la ciudad que reproducían en esencia el mismo mensaje. En uno de los carteles aparecía un dibujo que representaba al tío Sam y, debajo, un puño cerrado al extremo de un antebrazo con los bíceps desnudos y el siguiente lema impreso: «Regresad al trabajo», no solo en inglés, sino en siete lenguas más, a fin de que todos los obreros pudieran comprenderlo.
Cada día Daniel permanecía en la calle, frente a los altos hornos, mientras desfilaban los piquetes. Al principio reinó gran tranquilidad. Los guardias permanecían detrás de las puertas de entrada, y la policía vigilaba a los piquetes, que marchaban en silencio de arriba abajo. De vez en cuando los huelguistas miraban a lo alto para ver si continuaba saliendo humo de las chimeneas de los altos hornos. Seguía viéndose una columna de humo delgado y gris, lo que indicaba que los fuegos seguían cubiertos. Cuando se producía acero, las chimeneas vomitaban hacia arriba un humo espeso y negro, cargado de hollín, que cubría toda el área.
Casi ya había transcurrido una semana cuando uno de los piquetes se acercó a Daniel, que estaba apoyado contra la esquina del edificio, con un cigarrillo colgado de los labios.
—Creo que ganaremos —dijo un componente del piquete—. Los altos hornos hace ya una semana que no funcionan.
Daniel fue desde la esquina hasta un lugar desde donde poder ver el patio de entrada a la fábrica. Había más hombres de guardia que de costumbre. El piquete lo seguía.
—¿Qué le parece, Danny?
—Francamente, no sé —respondió Daniel pensativo—. Algo está a punto de pasar. Ya han esperado bastante si volvíamos al trabajo. Ahora forzosamente deben reanudarlo.
—No pueden —dijo el hombre—. No pueden hacer que funcionen los altos hornos sin nosotros.
Daniel no respondió. No tenía nada que decir. Simplemente su impresión era que se acercaba un momento decisivo. Y muy pronto. Esa noche, cuando estuvo en la sede del sindicato, se sentó silenciosamente en medio del bullicio que le rodeaba. Continuamente llegaban informes por teléfono desde varios lugares en huelga de los diversos Estados. Todos eran iguales. Tranquilidad.
De repente, una llamada telefónica cambió por completo el panorama. Cuatrocientos negros procedentes de Carolina del Sur se acercaban a Pittsburgh. Viajaban en un tren que tenía prevista su llegada a las ocho de la mañana del día siguiente.