El líder
Capítulo 2
dos
—Iremos cuesta abajo por todo lo que queda de mes —anunció Moses—. Si no podemos meter mano a algún dinero, estamos liquidados.
Daniel levantó la vista hasta su ayudante ejecutivo.
—Creí que teníamos bastante para resistir otro par de meses.
—No llegan las cotizaciones. Aparentemente ni se toman la molestia de darse de baja. —La cara negra del hombre traicionaba su preocupación. Hacía más de veinte años que eran amigos y era el primer hombre a quien Daniel pidió que se uniera a él en la Alianza confederada del trabajo—. Creo, que lo mejor sería empezar a notificarles el despido a nuestros empleados.
Daniel se quedó un momento pensativo.
—No podemos hacerlo. Las noticias vuelan rápidamente y tan pronto como se enteren de que cerramos podremos decir que estamos listos.
—Pues entonces sí que no sé qué hacer —dijo Moses.
—Pedir prestado.
—¿Quién va a prestarnos dinero? —preguntó Moses riendo con ironía—. Nadie aceptará nuestras listas de afiliados como efectos por cobrar. Especialmente cuando vean las cantidades recaudadas el año pasado.
—Ya sé dónde podemos encontrar dinero —soltó Daniel—: Lansky.
El negro se quedó callado. Daniel lo miró a los ojos.
—¿No lo apruebas?
—¿Y tú? Ya sabes lo que eso representa. Una vez que caes en sus manos ya nunca te suelta. Tú lo has dicho infinidad de veces.
—Lo sé —aceptó Daniel amargamente—. ¿Dónde encontrarlo? Quizás haya llegado el momento de afrontar la cruda realidad. Los otros lo hicieron. No sé ver en qué salieron perjudicados.
—Pero tú no eres ellos —dijo Moses.
—A lo mejor ha llegado el momento de que cambie —replicó Daniel cansadamente—. No puede ser que todo el mundo ande equivocado menos yo.
Moses no respondió.
—¡No te quedes aquí parado como el señor Justo! —las palabras de Daniel eran de repente irritadas—. Incluso Dios tuvo que llegar a un acuerdo con el demonio para dividirse el más allá.
—Pero nosotros hablamos del presente —recordó Moses.
La voz de Daniel era llana y categórica.
—Si no te gusta ya sabes que puedes irte.
—Te consta que no lo haría —había un matiz de pesar en la voz de Moses.
—Perdóname —dijo Daniel arrepentido—. Olvida lo que te dije. Simplemente, si puedo cerrar el trato con Hoffa y Boyle saldremos adelante. Mientras tanto, aquí tengo esa reunión en la Casa Blanca para la semana entrante. Eso no nos perjudica. Por lo menos pondrá en evidencia que aún existimos y que el presidente cree que todavía somos importantes.
—De acuerdo —dijo Moses tras meditarlo un poco—. ¿Cuándo piensas ver a Lansky?
—Mañana, si puedes arreglar una cita. Puedo tomar el avión para Miami por la mañana y estar de vuelta el mismo día por la noche.
Eran casi las seis y estaba a punto de abandonar la oficina cuando su secretaria habló por el interfono.
—Aquí está la señorita Rourke.
—¿La señorita Rourke? —repitió.
—Telefoneó la semana pasada. Usted habló con ella. Algo acerca de su padre, que no cobraba la pensión del sindicato. Usted le pidió que trajera los detalles. Anoté la cita para hoy a las seis de la tarde.
Entonces recordó. Un tractor había pasado por encima del padre de la joven y había perdido el uso de una pierna. Y ahora tenía problemas para que le pagaran la pensión.
—De acuerdo —dijo con cansancio—. Hágala pasar.
Se abrió la puerta y la joven entró en la oficina. Se levantó.
—Soy Daniel Huggins —dijo a la joven.
Era muy joven. Le pareció que no tendría más allá de diecinueve años. Sedoso cabello negro que le caía sobre los hombros, ojos azules y pálido cutis irlandés.
Margaret Rourke —dijo ella. Estrechó la mano que Daniel le tendía. Su voz era suave y fría—. Gracias por recibirme.
Con un ademán le indicó la silla frente al escritorio, al mismo tiempo que él se sentaba en la suya.
—Para eso estoy aquí. Ahora dígame, ¿cuál es el problema?
La joven abrió un gran sobre del que extrajo algunos papeles que colocó encima de la mesa.
—Ya le hablé acerca del accidente de mi padre. Aquí están todos los detalles que me pidió que trajera.
Daniel tomó todos los papeles y los fue revisando uno a uno en silencio. La joven era concienzuda. Estaba todo, desde el parte del accidente hasta su tarjeta de afiliado con todas las cotizaciones al día. Solo había un detalle malo. La sección sindical a la que pertenecía estaba en bancarrota. El dinero que debía haberse ingresado en el fondo para pensiones se había volatilizado junto con el presidente y el tesorero de la sección.
Levantó la mirada hasta la joven, que no había dejado de observarle atentamente.
—Existe un problema.
—Que no tienen dinero —dijo ella.
—Exacto —confirmó Daniel.
—Pero mi padre me dijo que usted había sido el que había trazado para ellos el plan de pensiones, y que se suponía que no podían echar mano de ese dinero.
—Así fue como se estableció el plan —dijo Daniel—. Pero la misma sección sindical lo cambió por su cuenta.
—¿Cómo pudieron hacerlo? —preguntó—. Si ustedes son responsables de…
Daniel la interrumpió.
—Nosotros solo podemos aconsejarles. No podemos darles ninguna orden. No contamos con autoridad para eso. Planeamos lo que creemos resultará seguro. Un plan a toda prueba. Si la sección sindical quiere seguirlo, magnífico. Pero si no…
—Es una injusticia —le cortó irritada—. Mi padre dice que la sección sindical les pagó a ustedes para que se ocuparan de todo. Deberían ser responsables.
—Nunca nos pagaron para administrar el plan de pensiones.
Les ofrecimos también ese servicio, pero ellos solo querían nuestra asesoría.
Miró los papeles extendidos sobre la mesa.
—Entonces todos esos documentos no valen ni el papel en que están impresos.
Daniel no respondió.
La joven lo miró y en sus ojos aparecieron lágrimas de frustración.
—¿Qué haremos ahora? Mi padre no puede trabajar y tengo dos hermanitos en casa, más jóvenes que yo. Incluso hemos solicitado ayuda a la asistencia social, que nos la ha denegado debido a que yo trabajo. Pero es imposible que vivamos todos con los treinta dólares que gano a la semana.
—¿Y qué dice el sindicato? ¿Pidió tu padre si podían encontrar algún trabajo de vigilante para él en alguna de las plantas?
—No hay nadie allá que pueda hacer nada por él —afirmó con amargura—. Todo cuanto saben decir es que tratan de averiguar qué sucedió para que el presidente se largase con todo el dinero.
—Déjame ver qué puedo hacer —dijo Daniel.
Se levantó indignada de la silla.
—Todos ustedes son iguales. Fantásticos cuando cobran las cotizaciones, pero es imposible encontrarles cuando les toca pagar.
—Eso no es verdad —rectificó inmediatamente Daniel—. Muchos sindicatos se toman seriamente sus responsabilidades. Es una desgracia que tu padre perteneciera a uno cuyo presidente resultó ser un ladrón.
—Todos son ladrones —gritó—. Usted no podrá lograr que cambie de parecer.
Daniel se quedó silencioso unos segundos.
—Enojarte no te será de gran ayuda —dijo con amabilidad—. ¿Por qué no te sientas mientras pienso qué puedo hacer?
Lentamente regresó a su silla, clavándole la mirada.
—¿Realmente cree que podrá hacer algo?
—No lo sé —admitió—. Pero podemos intentarlo —tomó el teléfono—. Déjame que haga algunas llamadas.
Había transcurrido casi una hora cuando colgó el auricular por última vez. Miró a la joven por encima del escritorio.
—Por lo menos he abierto algunas posibilidades. Ahora esperaremos a ver qué pasa.
Sus miradas se cruzaron.
—Perdóneme, señor Huggins. No debí haber dicho lo que dije antes.
—Está bien, olvídalo. Comprendo. Tienes motivos sobrados para estar enojada. —De repente se sintió cansado—. Si no has recibido ninguna noticia mía a principios de la semana entrante, llámame.
Súbitamente, ella le preguntó con voz preocupada.
—¿Se encuentra bien, señor Huggins?
—Solo un poco cansado. Tuve un día muy agitado.
—Lo siento mucho. Supongo que tiene gran cantidad de problemas como este. No era mi intención hacer más difícil su trabajo, pero es que no me quedaba otro lugar donde ir.
—Está bien, Margaret —dijo. Abrió el cajón inferior de la mesa—. ¿Me permites que me tome un trago?
Ella lo observó cuando él sacaba del cajón una botella y dos vasos. Se sirvió en uno de ellos y miró interrogativamente a la joven.
—No, gracias —dijo ella.
Daniel se tomó la bebida y la joven pudo ver cómo los colores le volvían a la cara. Volvió a llenar el vaso.
—¿Dónde trabajas? —le preguntó.
—Estoy en el centro de mecanografía que trabaja para distintas oficinas — explicó.
Daniel se tomó un segundo trago.
—¿Es bueno el empleo?
—No está mal —dijo—. Es un trabajo temporal, pero lo tomé. Fue lo único que me salió.
—¿Vives lejos de tu trabajo?
—Un viaje de dos horas en autobús —continuó ella—. Pero no está mal. Salgo de mi trabajo a las cuatro y normalmente llego a casa a tiempo para preparar la cena.
—¿Y tu madre?
—Murió.
—Lo siento —dijo Daniel—. Quizá será mejor que no te entretenga más. A la hora que es ya vas con retraso.
—Da igual. Me puse de acuerdo con una vecina que se ocupará.
Daniel terminó de beber y volvió a guardar la botella en el cajón. Luego se levantó.
—Afuera tengo el coche. Puedo dejarte en la parada del autobús.
—Puedo ir a pie —contestó ella—. El próximo no sale hasta las nueve.
Miró su reloj. Pasaban unos minutos de las siete.
—¿Te gustaría acompañarme a comer algo? Te dejaré en la parada de autobús a tiempo.
—Ya le causé bastantes problemas —dijo, titubeando.
—No seas tonta —insistió sonriente—. No tengo nada en perspectiva. Simplemente cenar temprano y a la cama. —Tomó el auricular. Respondió la secretaria—. Llame a casa y dígale a Mamie que cenaré fuera —se dio cuenta de la mirada interrogadora de la joven—: Mamie es el nombre de mi cocinera.
La joven asintió pero no dijo nada.
—No estoy casado —dijo Daniel.
—Ya lo sabía,
—¿Qué más sabes de mí?
Se quedó callada.
—Cuéntame, no me voy a enojar.
Tras titubear un poco, se decidió a hablar.
—Mi padre no quería que viniera a verlo. Dijo que usted era un mujeriego.
—¿Qué más dijo? —se echó a reír.
—Dijo que probablemente me invitaría a cenar.
—Acertó. Eso es lo que acabo de hacer exactamente. ¿Dijo algo más?
—Agregó que si salía a cenar con usted, tuviera mucho cuidado.
—Bueno, el caso es que aún no fuimos a comer. O sea que no sabemos todavía — Daniel sonreía.
—Así es —dijo ella casi en seguida. Y sonrió también.
—Se te ofrece la oportunidad de comprobar lo que dijo tu padre.
La joven seguía sonriendo cuando sus ojos se cruzaron con los de él.
—Correré el riesgo.
—No iremos a ningún lugar elegante. En el restaurante del otro lado de la calle sirven muy buenos filetes.
—Me encanta el filete —dijo ella. Se levantó—: ¿Tienen lavabo para señoras?
—Al otro lado de la oficina de mi secretaria. En el pasillo, a mano derecha.
La observó cuando salía, luego se sentó y volvió a tomar la botella. Tomó un pequeño sorbo. Había algo en su manera de andar… Su modo de andar ahora era distinto del que tenía cuando entró. Antes le pareció una muchacha. De repente se encontraba ante una mujer hecha y derecha.