El líder

Harold Robbins · Capítulo 23 de 55

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El líder

Capítulo 2

 

Los pantalones del camarero eran dos tallas demasiado grandes y le colgaban. Después de haber acabado con su segundo plato de tortas de harina, huevos y salchichas y apurado la segunda taza de café, se reclinó hacia atrás en la silla y suspiró satisfecho.

—¡Exquisito! —suspiró.

La camarera sonrió.

—Por un momento pensé que comería tanto que a lo mejor llenaba esos pantalones.

—Ni sospechaba lo hambriento que estaba —rio apenado—. ¿Tienen cigarros?

—Claro que sí. Especiales de Tampa. Habano legítimo. A cinco centavos pieza.

—Eso es lo que necesita este país —rio—. Un buen cigarro de a cinco centavos. Me llevaré un par.

Ella buscó tras el mostrador y le ofreció una caja de la que él escogió un par de cigarros y se embutió uno entre los labios. Ella encendió una cerilla y se la sostuvo mientras él aspiraba profundamente. La miró con atención a través de una gran humareda.

—Gracias. Y ahora, por favor, ¿dónde está el teléfono?

Le indicó el teléfono público que colgaba de la pared. Tomó otro sorbo de café antes de dirigirse hacia él. Ella limpió la mesa y después se fue tras del mostrador, donde el camarero estaba apoyado en la caja registradora. Colocó los platos en el fregadero. Dentro de media hora llegaría el lavaplatos. Él los limpiaría.

Regresó donde estaba el camarero.

—Estoy agotada —dijo—. Ya quisiera que fuera hora de irme.

—¿Cansada, de qué? —replicó—. No hiciste nada. Casi no tuvimos clientes esta noche.

—Esas son las noches peores. Por lo menos cuando hay mucho trabajo el tiempo vuela.

—Falta media hora, solamente —oyeron el ruido de la moneda que se tragaba el teléfono y levantaron la vista.

Hablaba en voz baja, pero alcanzaban a oírla.

—Larga distancia, por favor. Cobro revertido. Washington, D.C. El número es Capitol 2437.

Oyeron el tintineo de la moneda que el aparato le devolvía. Él la tomó y se quedó allí parado, esperando, mientras chupaba su cigarro. Tras unos segundos volvió a hablar.

—Por favor, siga llamando, operadora. Seguro que hay alguien. Responderán.

Chupaba pacientemente el puro. Otra vez le hablaba la operadora. De repente, él habló en tono autoritario.

—Usted limítese a seguir llamando, jovencita. El teléfono está en la planta baja, en el vestíbulo, y ellos seguramente están en la planta alta durmiendo. Siga llamando hasta que descuelguen.

Al cabo de un momento alguien tomó el teléfono. Ahora él hablaba con voz más baja.

—Moses, soy Daniel B… No, no estoy muerto. Nadie llama por teléfono desde el infierno… Sí, ya lo sé. Regresaron al trabajo en Kansas City. Dile a John L. y a Phil que fuimos allí como un hatajo de aficionados. Los conserveros lo tenían todo bien organizado. Polizontes e italianos. No teníamos ninguna oportunidad. Me he pasado esos últimos tres días en un coche con un montón de comedores de ajo. Inmediatamente que me arrojaron del coche comprendí que la huelga había concluido. A estas horas ya estaría muerto si la huelga siguiera. Me arrojaron del automóvil en las afueras de San Luis, en la sesenta y seis. Hablo desde un parador para camioneros. Me debéis un traje nuevo.

No dijo nada más y siguió chupando el cigarro mientras hablaba el hombre que estaba al otro extremo de la línea. Su voz era un poco más ronca cuando volvió a tomar la palabra.

—Yo me encuentro bien. Simplemente un poco maltrecho. Podría haberme ido peor… No, no regresaré de momento. Llevo cuatro años sin tomarme ni un día de descanso. Es hora de que me tome unas vacaciones. Quiero pensar un poco por mi propia cuenta. Ya estoy harto de hacer los mandados de los demás.

De nuevo hablaba la voz al otro extremo de la línea y él escuchaba. Pero esta vez, cuando llegó su turno, su voz era definitiva.

—No… No quiero ya más. Me importa un comino lo que me tuvieran preparado. Probablemente algún otro trabajo suicida… California, me parece. Ahora precisamente ya estoy a mitad de camino. Quizá podré comer algunas naranjas directamente del árbol y sabrán frescas y dulces bajo el sol… Claro, estaremos en contacto… No, me dieron dinero… No, no voy a entretenerme por aquí para que John L. me vaya a llamar y me ordene que regrese. Por lo que sé, es posible que los comedores de ajo cambien de idea. Me voy cuanto antes ahora que puedo… Sí, sí; lo sé. Las cosas mejorarán… pero no sé hasta qué punto nos beneficiará a nosotros. John L. apoya a Landon y Roosevelt no le quedará muy agradecido si le hace eso… Puedes apostar lo que quieras a que Franklin Delano será reelegido… De acuerdo, te llamaré así que llegue a California.

Colgó el auricular y regresó a su mesa. Levantó la mano y la camarera le llevó otra taza de café.

—¿Hay por aquí cerca algún hotel donde tomar un cuarto?

—El más cercano está en San Luis —respondió ella.

—Dirección equivocada —sacudió la cabeza—. Voy hacia el Oeste, no hacia el Este. —Tomó un sorbo de café—. ¿Cree que puedo conseguir que me lleve alguno de esos camiones de ahí afuera que vaya hacia el Oeste?

—Puede intentarlo. Pronto se levantarán y se pondrán en camino.

—Eso voy a hacer. Gracias.

Empezó a regresar al mostrador, pero a mitad de camino dio media vuelta y regresó donde estaba él.

—¿Hablaba en serio? ¿Va a California?

El hombre asintió.

—Tampoco yo conozco aquello —dijo ella—. Oí comentar que es un lugar maravilloso. Siempre brilla el sol y nunca hace frío.

Él levantó los ojos, pero no dijo nada.

—Tengo un coche —anunció ella—. Un cacharro. Un viejo Jevett. Pero corre. Podríamos ir a medias, en la conducción y en los gastos.

Chupó el cigarro y parecía pensarlo.

—¿Y su trabajo?

—Un trabajo como este puedo encontrarlo en cualquier parte. Ni siquiera percibo salario, vivo de las propinas.

—¿No tiene familia?

—No. Mi último marido desapareció como por encanto cuando descubrió que no le gustaba pagar las cuentas. El año pasado me divorcié de él.

—¿Qué me dice de esos hermanos de los que antes habló?

—No queda ninguno. Todos andan por ahí desperdigados. Por estos alrededores hay muy poco trabajo.

—¿Tiene dinero? —preguntó pensativo.

—Aproximadamente unos doscientos dólares en efectivo. También conozco a un tipo que me compraría la casa. Me pagaría cuatrocientos al contado, mobiliario incluido.

Él guardó de nuevo silencio. Sus ojos estudiaban a la mujer.

—¿Qué edad tiene?

—Veintiséis.

—No creo que vaya a convertirse en estrella de cine —dijo.

—No espero serlo —sonrió—. Quiero sencillamente encontrar algún lugar donde poder vivir decentemente.

Él se inclinó hacia atrás en su silla.

—¿Cuándo podría irse?

—Hoy mismo —respondió ella—. Solo debo hacer las maletas, ver al hombre, tomar mi dinero y podría estar en la carretera esta misma tarde.

Él sonrió de repente y toda su cara se iluminó. Le extendió la mano.

—¡De acuerdo! ¡California, vamos hacia ahí!

Ella rio. Luego el contacto de su mano le produjo algún tipo de corriente que le ascendió por el brazo y de repente se dio cuenta de que se había sonrojado.

Aún con la mano de ella entre sus dedos, la miró.

—Ni siquiera sé su nombre.

—Tess Rollins.

—Encantado de conocerte, Tess. Me llamo Daniel. Daniel B. Huggins.

 

El médico tiró del vendaje y lo cortó de un tijeretazo.

—Hice un trabajo de sutura tan fino que ni siquiera mi mujer lo mejoraría con su Singer. Mírese.

Daniel se miró en el espejo que el médico sostenía ante su cara.

Lo que fuera un corte ancho y profundo aparecía ahora como una delgada línea trazada con lápiz y con unos diminutos puntos negros en las partes superior e inferior. Lo único distinto era que la ceja se veía ligeramente enarcada. Se pasó los dedos por el lugar.

—¿Se verá siempre de este modo?

—Descenderá un poco cuando le quiten los puntos. Dentro de un año estará exactamente como la otra.

Daniel se levantó de la silla.

—Espere un poco —dijo el médico—. Quiero ponerle un vendaje encima… — Trabajaba limpia y rápidamente—. Es importante mantenerlo limpio. Cambie la cura cada día. Regrese dentro de una semana y le sacaré los puntos.

—Dentro de ocho días ya no estaré aquí —dijo Daniel.

El médico terminó con el vendaje y lo sujetó firmemente con delgadas tiras de Johnson & Johnson.

—Los puntos se los pueden sacar en cualquier hospital o dispensario. Usted limítese a mantener la herida limpia hasta entonces.

Daniel echó mano al bolsillo.

—¿Cuánto le debo, doctor?

—¿Sería mucho pedirle un par de dólares? —preguntó el médico titubeando.

—Dos dólares me parece muy bien —dijo Daniel. Sacó del bolsillo un fajo de billetes y contó un par—: Muchas gracias, doctor. —Vio la mirada del médico fija en los billetes—. ¿Algo malo, doctor?

El médico sonrió y sacudió la cabeza.

—No, simplemente pensaba que usted es el primer paciente que me paga al contado desde hace dos meses.

—Bueno, no creo que se haga rico si sigue así —comentó Daniel riendo.

—No se preocupe —respondió el médico riendo también—. Puedo poner sus billetes en un cuadro a fin de no olvidarme de qué aspecto tiene el dinero.

Siguió a Daniel hasta la sala de espera donde Tess estaba sentada. En seguida se levantó.

—¿Es grave la herida, doctor?

—Las he visto peores —sonrió el médico—. Cuídese de que siempre esté limpia.

—Me ocuparé de eso —dijo ella.

Daniel salió hasta el coche. Era un turismo Jevett con las ventanas de celuloide fijadas con cierres. Se sentó mientras ella daba la vuelta por detrás para ponerse al volante.

—¿Dónde vamos? —preguntó Daniel.

—De momento, al banco para firmar unos papeles y traspasar la hipoteca. Luego iremos a casa para entregar las llaves al nuevo propietario.

Daniel se embutió un cigarro en la boca.

—¿Estás decidida? —preguntó—. Todavía puedes cambiar de idea. Una vez que hayas firmado los papeles ya será demasiado tarde.

—Estoy completamente decidida.

En el banco, el abogado le aconsejó que dejara el dinero depositado y que lo pidiera una vez estuviera en California. Miró hacia Daniel.

—Me parece una gran idea —dijo este—. Uno nunca sabe lo que puede pasar en la carretera si se lleva encima tanto dinero.

—¿Cuánto dinero en efectivo crees que necesitaré?

—Digamos cien dólares. Probablemente será menos. Pero creo que cien estará bien. Además, en caso necesario, también yo llevo dinero. Después podemos sacar cuentas.

—Está bien, entonces —dijo ella al abogado.

Se pusieron en camino después del almuerzo y rodaron por la carretera toda la tarde, hasta el anochecer. Cuando decidieron buscar sitio para pasar la noche ya se encontraban a más de quinientos kilómetros de San Luis.

Se detuvieron frente a una casa vieja en la que se veía un letrero iluminado por una simple bombilla: «SE ALQUILAN HABITACIONES.» Se apearon, llamaron a la puerta y entraron.

Un viejo, de cuya boca colgaba un pipa, levantó la vista.

—¡Hola, amigos! ¿En qué puedo servirles?

—Una habitación para esta noche —dijo Daniel.

—¿Desayuno incluido?

Daniel afirmó.

—Tengo una maravillosa. Con una gran cama doble. Un dólar y medio, desayuno incluido. —Y agregó—: Pago por adelantado.

—Está bien —aceptó Daniel, echando mano al bolsillo—: ¿Hay algún lugar por aquí cerca donde podamos cenar?

—Si no pretenden nada especial, mi mujer puede prepararles algo para cenar. Serán cincuenta centavos extras por persona.

Daniel contó el dinero y el viejo se levantó.

—¿Necesitan que les ayude a cargar las maletas?

—Las llevaremos nosotros mismos —dijo Daniel.

El viejo sacó una llave de un cajón del escritorio y se la entregó a Daniel.

—Es la primera habitación, junto al rellano —indicó—. Y ahora iré a decirle a mi mujer que les prepare la cena. Estará lista para cuando se hayan acomodado.

La cena fue sencilla. Pollo frito con patatas. Guisantes de lata y granos de maíz. Pan caliente y café.

—Servimos el desayuno a las siete en punto —les informó el viejo cuando ya habían empezado a subir por las escaleras.

Entraron en la habitación. Daniel echó un vistazo alrededor y luego se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de una silla.

—En la primera ciudad que lleguemos —dijo—, tendré que comprarme algunas camisas, calcetines, ropa interior, un traje y otro par de zapatos.

—De acuerdo —dijo ella.

Empezó a desabrocharse la camisa, pero se detuvo cuando andaba por la mitad y miró a la mujer.

—¿No te desnudas?

—Pensé que sería mejor esperar hasta que fueras al cuarto de baño —dijo ella—. Yo entraré después. Paso más tiempo en él. Comprende, quitarme el maquillaje, etcétera.

—Está bien —aceptó él.

Salió de la habitación con la parte superior de los calzoncillos blancos sobresaliendo por encima de los pantalones. Por el pasillo se dirigió al cuarto de baño, común a todas las habitaciones del rellano. Regresó antes de diez minutos.

Ella se había quitado la ropa y ahora iba con una bata blanca.

—¿Por qué no te echas en cama y descansas? Procuraré no tardar demasiado.

Asintió, se quitó los pantalones y se echó a la cama en ropa interior. Miró fijamente el techo. La vida solía repartir las cartas empezando por los números altos de la baraja. Hacía una semana, en Kansas City, disfrutaba de una preciosa suite en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Lo único que debía hacer era tomar el teléfono y le mandaban cualquier cosa que pidiera. El mejor whisky, la mejor mujer. Y le servían el desayuno a la hora que se le antojaba.

Al cabo de veinte minutos ella regresó a la habitación.

—No quería tardar tanto —dijo. Daniel no respondió. Luego ella se dio cuenta de que ya dormía—. Daniel —llamó.

Él ni se movió.

Sin hacer ruido, se quitó la bata y la colocó a los pies de la cama. Se miró a sí misma. «¡Maldita sea!», se lamentó en silencio. ¡Pensar que se había puesto su camisa de dormir más provocativa!

Pulsó el interruptor y la habitación quedó a oscuras. Dio vuelta a la cama para meterse por el otro lado y se deslizó debajo de las sábanas. Con indecisión, extendió la mano y lo tocó.

No hizo el menor movimiento.

Retiró la mano y le observó en la oscuridad. Su cara aparecía relajada. Su aspecto era mucho más juvenil cuando dormía. Y parecía ser mucho más vulnerable.

De repente, se sonrió a sí misma. Con tantos tipos en el parador que le querían meter mano y el primero que realmente le llamaba la atención desde que la abandonó su último marido se quedaba dormido la primera noche que pasaban juntos.

Impulsivamente, se estiró hasta el otro extremo de la cama y le dio un beso en la mejilla.

—¡Ojalá que sea bien largo el viaje hasta California! —susurró.

Entonces se retiró hasta su lado de la cama y cerró los ojos. Antes de darse cuenta se había dormido.