El líder
Capítulo 20
veinte
Chris llegó al departamento poco después de la hora del almuerzo. Entró en el dormitorio y vio a Daniel agachado sobre una maleta abierta.
—¿Puedo ayudarte?
Hizo un gesto negativo.
—Ya casi terminé. No era tanto lo que había. —Vació el último de los cajones de la cómoda y cerró de golpe la maleta—. Ya está.
Se hizo a un lado cuando Daniel pasó con la maleta para dejarla en la sala. La puso en el suelo, junto a otra que ya estaba cerca de la puerta de entrada.
—Mis maletas ya están en el coche —anunció ella.
Él se estiró. El tren salía a las seis de la tarde.
—Me queda aún media botella de whisky. No tiene sentido dejarla.
Ella asintió y Daniel tomó la botella de whisky y dos vasos. Le dio a Chris uno y sostuvo la botella frente a ella.
—Solo unas gotas —pidió ella.
Echó un chorrito en el vaso que le tendía y llenó el suyo.
—Suerte —deseó Daniel.
Chris probó el líquido y torció el gesto.
—¿Cómo puedes beber esto? ¡Tiene un gusto horrible!
—Pues lo mejor que puedes hacer es empezar a tomarle gusto —rio Daniel—. Es la bebida del pobre. El martini seco cuesta el doble.
Ella no dijo nada.
—¿Estás decidida? —preguntó Daniel mirándola—. Para ti será una vida completamente distinta. Aún puedes cambiar de idea. Lo comprenderé perfectamente.
—No voy a soltarte tan fácilmente —replicó ella sonriente. Bebió un poco más de licor—. Este whisky en realidad no es malo.
Daniel rio.
—¿Hablaste con la señora Torgersen? —preguntó Chris.
—Sí. Ya se ha mudado al cuarto del niño a fin de que podamos disponer de la habitación. Me pareció que se alegraba mucho al saber que venías conmigo. Te quiere mucho.
—Me conoce desde hace años —dijo ella—. ¿Cómo está el niño?
En la voz de Daniel apareció un matiz de orgullo.
—Dice que está muy bien. Creciendo rápidamente. Ha aumentado medio kilo y no da molestias. Duerme toda la noche.
—¿Deseas mucho verle?
Daniel miró a Chris y luego asintió.
—Ya lo creo. Es divertido. Nunca me imaginé a mí mismo como padre. Pero cuando lo tengo en mis brazos y lo miro, dándome cuenta de que contribuí a hacerlo, siento como si yo fuera a vivir para siempre.
Ella le tendió el vaso.
—Beberé un poco más.
Le sirvió realmente un poco más.
—¿Qué tiempo hace?
—Soleado y cálido —informó ella.
—Magnífico —dijo Daniel—. Por fin los huelguistas están de suerte. No es fácil aparentar que se tiene fe cuando el cielo se te mea en la cara. La muchacha que pasó a máquina mi carta me dijo que su jefe estaba muy satisfecho. El noticiario cinematográfico de la Paramount filmará la manifestación de Chicago. El próximo martes la pasarán en seis mil salas de exhibición.
—Estoy muy contenta que no estés con ellos —dijo Chris—. Esta mañana, cuando desayunábamos, oí a tío Tom hablando por teléfono. Hablaba con alguien del cuartel general de la policía de Chicago sur. Dijo que temía que hubiera problemas en la planta y pidió que le mandaran cincuenta policías para ayudar a protegerla. Cuando regresó a la mesa sonreía y le dijo a mi tía que si los comunistas armaban jarana, tendrían más de la que esperaban.
Daniel se quedó mirándola fijamente.
—Si ya tiene casi cien hombres en el interior de la planta, ¿para qué quiere los policías en el exterior?
—No sé —respondió ella—. Yo estaba muy ocupada pensando cómo abandonar la casa con las maletas sin que se dieran cuenta.
—Pues se va a llevar un desengaño —dijo Daniel—. La reunión se efectuará en una sala que está a unas cuantas manzanas de la planta. Ni siquiera se acercarán por los alrededores de la fábrica.
Ella no respondió.
Una idea repentina cruzó por la mente de Daniel.
—¿Tu tío Tom parecía estar seguro de que los mandarían a la planta?
—Ella asintió.
—Lo mejor será que vaya en seguida allí para asegurarme de que no se acerquen a ella.
—Esos ya no son asuntos tuyos, Daniel —dijo Chris—. Renunciaste. ¿Ya lo has olvidado?
—Recuerdo Pittsburgh en 1919 —replicó él—. Muchos hombres resultaron heridos porque nadie tuvo bastantes agallas para aconsejarles sensatamente.
—Estamos en 1937. Además, ya no es tu pelea.
—Quizá no lo sea, pero muchos de esos hombres entraron en el sindicato por mí y no quiero cargos de conciencia si alguno de ellos resulta herido.
Ella no dijo nada.
—Dame las llaves del coche —exigió él.
—Déjalo, Daniel. Vamos a empezar una nueva vida. Ayer mismo me lo dijiste.
—Chris, no podría empezar una nueva vida sobre los cadáveres de mis amigos. No, si es que tengo una posibilidad de evitarlo. Dame las llaves.
—Voy contigo.
—No. Tú te quedas aquí y me esperas.
—Dijiste que me llevarías contigo adonde fueres —había firmeza en su voz—. Y empezamos desde este momento.
Las calles frente al Sam Place estaban atestadas de automóviles y de gente, y Dan no encontró espacio donde aparcar. Detuvo el coche en medio de la calle y se apeó.
—Aparca en la próxima manzana y espérame.
La cara de Chris estaba pálida. Asintió.
Dan dio media vuelta y se abrió paso hacia la sala de reuniones. El tiempo se había vuelto inesperadamente caluroso y la multitud que abarrotaba las calles parecía más gente que se dirigen a una merienda campestre que preocupados grupos de huelguistas. Muchos de los hombres iban a la reunión acompañados de sus familias y por las calles circulaban mujeres y niños mezclados con hombres en mangas de camisa.
Daniel fue abriéndose paso hasta la sala de reunión. El local estaba repleto. En la pequeña plataforma, en el extremo más alejado del salón, aparecían varios hombres sentados, mientras uno de ellos gritaba:
—Solo hay un medio de enseñarles a los polizontes que no nos intimidan y que Girdler no es la ley. ¡Deben ver que nosotros, el pueblo, los huelguistas, somos lo bastante fuertes, lo bastante valientes para mirarles a la cara y escupirles a los ojos!
Un rugido de aprobación se elevó de la multitud.
El orador echó una ojeada a un pedazo de papel que llevaba en la mano.
—Tomemos el acuerdo, nosotros, los afiliados al Sindicato de obreros del acero, de condenar las tácticas arbitrarias y opresoras del departamento de policía de Chicago en sus intentos para amedrentar e intimidar a los obreros, impidiéndonos ejercer el derecho constitucional a la libre expresión y a la huelga para lograr una mejor manera de vivir americana. Todos los que estén a favor que digan «¡Sí!».
De la sala se levantó un clamor ensordecedor de síes.
—¡Manifestémonos en seguida! ¡Ahora! —gritó una voz de entre el gentío.
—¡Eso! —gritó otra voz—. ¡Vamos a enseñarles cómo es una auténtica fila de piquetes! ¡No simplemente diez hombres, sino un millar!
Daniel se abrió paso hasta la plataforma en el preciso instante en que la concurrencia iba a pronunciarse por la aprobación. De un empujón, desplazó al orador.
—¡Esperad! —gritó a la multitud—. ¡Esperad!
La concurrencia estaba aún alborotada. El orador se volvió hacia Daniel.
—¡Vete de aquí Huggins! No te queremos entre nosotros —dijo en un tono de voz que solo Daniel pudo oír.
—Eres Davis —contestó Daniel—. Y tendrás que oírme. Acabo de saber que ciento cincuenta policías están ahí fuera muriéndose de ganas de que haya tumultos. Vosotros celebráis la reunión aquí. Si salís afuera y os manifestáis frente a la planta, muchos resultaréis heridos. No solo hombres, sino también mujeres y niños.
—Los obreros tienen derecho a manifestarse —gritó Davis.
—Pero sus líderes tienen la responsabilidad de que no resulten dañados. En 1919 vi lo que sucedió cuando los líderes abdicaron de su responsabilidad. Y hoy, aquí, puede repetirse lo mismo.
—No —contradijo Davis—. Somos demasiados. Además, los polis no se atreverán a nada frente a las cámaras de los noticiarios de cine que están ahí afuera. Es por eso que hicimos los arreglos para que estuvieran presentes.
—Las cámaras no detienen las balas —dijo Daniel. Se giró para enfrentarse a la multitud—: ¡Hermanos! —gritó—. Me conocéis. Muchos de vosotros entrasteis conmigo en este sindicato. Deseo que se gane la huelga más que cualquiera. Pero no la ganaremos manifestándonos contra la policía de Chicago. Ganaremos si interrumpimos la producción de las plantas, si hacemos que el resto de obreros se una a nosotros. Dirijamos nuestros esfuerzos en ese sentido, encontremos los caminos y las formas de persuadir a nuestros hermanos de que nuestra batalla es también la suya. Aquí, en esta sala, es donde debemos ganar la batalla. No ahí fuera, en la calle ni frente a la planta.
Una voz sarcástica se alzó de entre los concurrentes.
—Te conocemos, gran Dan. Sabemos cómo nos traicionaste por una Girdler. Sabemos que te opusiste a que se declarara la huelga.
—¡Eso es falso! —gritó Daniel.
—Si es falso —gritó otra voz—, únete a nosotros. No nos combatas.
Daniel miró a sus pies, a la multitud que de repente callaba.
—Me uniré a vosotros —dijo—. Pero quiero que solo seamos hombres los que vayamos. Aseguraos de que ni vuestras mujeres ni vuestros hijos nos sigan.
Un griterío estruendoso se elevó del público. Dos jóvenes saltaron a la plataforma, tomaron las dos banderas americanas y empezaron a salir por el pasillo.
Daniel miró a Davis.
—Tienes que ayudarme, compañero. Tratemos de detenerlos por lo menos una manzana antes de llegar a la planta.
No esperó que el otro le respondiera. Saltó de la plataforma y corrió por el pasillo hasta colocarse entre los dos jóvenes que llevaban las banderas.
El sol del exterior era brillante y ardiente. Daniel se quitó la chaqueta y se la colgó doblada del antebrazo.
—A través de los campos —gritó una voz—. La policía bloquea las bocacalles.
Lenta e intencionadamente, echaron a andar en dirección a la planta que estaba más o menos a kilómetro y medio. Iban a campo traviesa. Daniel se volvió y echó una mirada hacia atrás. Le seguía una corriente humana que marchaba desorganizada, sin ninguna formación. A pesar de la advertencia de Daniel, se les habían unido mujeres y niños. Por encima del gentío flotaba un aire de alegría infantil. Más que un grupo de piquetes, parecía gente que iba a una gira dominical.
—¡Que se vayan las mujeres y los niños! —gritó a los que le seguían. Pero su voz se perdió en el vocerío. Una mano cayó sobre su brazo. Se volvió.
—Gran Dan —Sandy se colocó a su lado y al de Davis—. Sabía que estarías con nosotros.
Daniel no respondió. Miró a Davis.
—¡Mira allí! Un ejército de policías nos espera. ¿Me crees ahora?
—Los veo —dijo Davis mirando fijamente al frente—. Pero no harán nada. El camión con las cámaras de cine está exactamente detrás de ellos. Debemos acercarnos lo más que podamos para que se vea en el filme que constituimos una gran multitud.
—¿Qué es más importante? ¿La vida humana o las películas?
—Las películas llevarán nuestro mensaje a toda la nación —dijo Davis.
Daniel miró a Davis. No valía la pena. Era una insensatez. Iban como corderos al matadero.
—¡Una manzana antes de la planta! —gritó con energía—. ¡Trata de que se detengan una manzana antes!
Pero nada era capaz de detenerlos. El empuje de los que los seguían no lo permitía. Daniel vio cómo la policía empezaba a esgrimir sus armas y porras. Por un instante, cruzó su mente una imagen. Los alemanes esperando al otro lado de la tierra de nadie.
Estaban a mitad de camino del último campo abierto, a unos sesenta metros de los policías, cuando Daniel, volviéndoles la espalda y de cara a los obreros levantó las manos en alto en un último intento de detener la marcha.
—¡Ahora! —gritó—. ¡Formad aquí vuestra fila de piquetes!
Una voz inesperada se unió a la suya.
—¡Eso es! —gritó Davis—. Formad aquí la fila. Una bandera a la derecha y la otra a la izquierda, y extenderos tras ellas.
La multitud rondaba indecisa, sin saber exactamente qué hacer. Daniel empujó a uno de los portadores de bandera.
—¡Muévete, compañero! —el portador de la bandera empezó a moverse—. ¡Aquí mismo está bien! —Daniel gritó entonces a la multitud—: ¡Seguidle!
—¡Seguidle! —repitió Davis también a gritos.
Daniel le dirigió una mirada.
—¡Gracias! —le dijo.
—No me des las gracias. Estoy asustado, simplemente —reconoció Davis con una mueca lúgubre.
—Con un poco de suerte —le tranquilizó Daniel—, saldremos bien librados.
Pero la suerte no iba a acompañarles. Oyó la primera salva de disparos. Luego, una almádena lo golpeó en la espalda y cayó de bruces. Trató de levantarse valiéndose de las manos pero las piernas no le obedecían. Oyó los chillidos de las mujeres y los hombres que gritaban presas del pánico. En seguida se vio rodeado de policías uniformados de azul que azotaban indiscriminadamente con sus porras. Vio cómo Sandy y Davis caían al suelo bajo una andanada de golpes que les propinaron los uniformados incluso mucho después de quedar inertes y boca abajo.
—¡Oh, mierda! —gritaba, y el dolor que sentía en el interior de su alma, era más fuerte que el del cuerpo—. ¡Mierda, mierda, mierda!
Luego también sus brazos se negaron a sostenerlo y perdió el conocimiento.
Quizá porque era domingo. O la hora del almuerzo. O quizá porque el embargo árabe del petróleo de la pasada primavera había dejado su huella en la psique del automovilista americano. El caso era que hacía casi una hora que estaba sentado en aquel murete de piedra junto a la carretera y no había pasado ni un solo coche.
Recordé la indignación de mi padre cuando empezaron a formarse colas en las gasolineras y a cerrar las fábricas, dejando sin trabajo a miles de obreros. Convocó una conferencia de prensa en la que fustigó a todo el mundo. Al presidente, al Congreso, a las compañías petroleras. «Es la misma vieja historia —refunfuñó—. Todos conchabados para subir los precios y robar a los obreros americanos que fueron precisamente quienes construyeron los campos petrolíferos cuyos frutos les son ahora negados. Dimos a los árabes los medios para desarrollar sus recursos a expensas nuestras y del obrero americano porque se nos dijo que así el petróleo saldría más barato. Ahora nos damos cuenta de lo barato que es en realidad. El coste es el chantaje y la extorsión. Exterminémolos. Todas las razones legales y válidas están de nuestra parte. Se ven amenazadas nuestras vidas, nuestra seguridad nacional, nuestro bienestar. ¡Mandad los marines!»
Muchos periódicos y comentaristas lo acusaron de patrioterismo pasado de moda y de incitación a la guerra, de ser pro sionista y antiárabe. Él les replicó en tonos despreciativos. «No hemos entrado en dos grandes guerras para hacer un mundo más seguro para los árabes y para que las compañías petrolíferas pudieran enriquecerse a nuestras expensas. Nuestro país tiene una historia de resistencia y de lucha por sus derechos. Si no actuamos ahora, podremos encontrarnos antes de cinco años con que nos hemos entregado a nosotros mismos y a la civilización occidental en manos de Caín.»
No hacía tanto tiempo de eso, pero ahora se había acabado para siempre. Por lo menos para mi padre. Había muerto y nadie había vuelto a oír su voz. Posiblemente. Excepto yo. Me pregunté cuándo podría dejar de oírla.
«Cuando me conozcas, Jonathan.»
«Te conozco, padre. Siempre te conocí.»
Su voz era amable.
«Tú solo creíste conocerme. Pero ahora estás empezando a aprender.»
«¿Aprender qué?»
«De dónde vengo. Quién soy yo.»
«¿Quién eras tú?», repliqué con intención.
Rio.
«Es un punto de vista.»
«Nada ha cambiado. Sigues siendo lo que siempre creí que eras.»
«Nunca proclamé ser alguien distinto. Siempre seré lo que tú creas que soy. Del mismo modo que tú siempre serás quienquiera que creas que vas a ser.»
«Estoy a punto de irme a casa, padre. Estoy cansado de sentarme en muretes y vallas, de estar parado en los arcenes de las carreteras. No descubro ya nada nuevo.»
«Te sientes solitario. Pero ten paciencia. Tu viaje pronto tocará a su fin. Entonces regresarás a casa y juntareis todo lo que has aprendido.»
«No sé qué es lo que se supone que debo aprender.»
«El amor, hijo mío. Y eso solo un loco lo arroja por la borda.»
«Ya me estoy cansando de toda esa mierda, padre. Regreso a casa. Ahora.»
«No —su voz era enérgica y tajante—. Mira a la carretera, hijo mío, y descubre por qué no han pasado coches desde hace una hora y por qué estuviste sentado en este murete en particular en este particular momento.»
En la carretera, a un kilómetro y medio, un coche acababa de llegar a la cima de una pendiente y venía rápidamente hacia donde me encontraba. Observé el vehículo, el sol centelleaba brillantemente en su radiador de plata. Pasó veloz a mi lado, era un Rolls Royce descapotable, blanco y con el toldo plegado, y lo conducía una joven cuyos cabellos dorados como el sol ondeaban hacia atrás empujados por el viento. Cuando hubo recorrido unos cientos de metros vi que se encendían sus faros de freno, que el coche se detenía y que luego se encendían sus luces blancas traseras mientras retrocedía hacia donde yo estaba.
El coche, en retroceso, entró en la rampa lateral hasta detenerse. La joven que lo conducía y yo nos quedamos quietos, mirándonos mutuamente. No dijimos ni palabra. Sencillamente, nos limitábamos a miramos uno al otro.
Era muy guapa. Bronceada por el sol, su cabello, casi blanco de tan rubio, le caía hasta los hombros ahora que el viento no lo hacía flotar. Tenía pómulos altos, boca grande y mentón enérgico. Pero eran sus ojos lo que atrajeron mi atención. Eran de un gris pálido, con un toque azulado. Los había visto iguales miles de veces anteriormente. Pero no recordaba dónde.
Finalmente sonrió y aparecieron sus dientes blanquísimos y unas arruguitas en las comisuras de los ojos que acentuaron su tono azul. Su voz era baja y suave, pero muy clara y determinada.
—Humpty Dumpty sentado en una pared…
—Humpty Dumpty se cayó —respondí.
—Todos los caballos del rey…
—Y todos los hombres del rey…
Para terminar juntos:
—No pudieron recomponer a Humpty Dumpty.
Y ambos nos echamos a reír.
—¿Eres Humpty Dumpty? —me preguntó.
—No lo sé —respondí—. ¿Crees que lo sea?
—Quién sabe… —dijo muy seriamente.
—No, estos son versos de guardería infantil.
—¿Por qué entonces te sientas así, en la pared?
—No lo supe hasta que llegaste. Ahora lo sé. Te estaba esperando. Estaba a punto de irme, pero me dijeron que me quedara.
Sus ojos dieron una rápida mirada alrededor.
—¿Quién te lo dijo? No veo a nadie por aquí.
—Un amigo. Pero ya se fue.
Sus ojos volvieron a mirarme.
—Creí oírte que me llamabas. Por esa razón me detuve.
No dije nada.
—Oí que alguien me llamaba.
Bajé del muro.
—Fui yo quien te llamó, princesa.
Tomé mi mochila, la arrojé al asiento trasero y luego entré en el coche y me senté a su lado.
—Princesa… —dijo pensativamente—. Únicamente mi madre me llamaba así. Mi nombre es…
—No me lo digas, princesa —interrumpí—. No quiero saberlo.
—¿Cómo voy a llamarte a ti? ¿Humpty Dumpty?
—Jonathan.
—Me gusta el nombre. Te cuadra. —Puso el coche en marcha y este, silenciosamente y al parecer sin el mejor esfuerzo, entró en la carretera. Corríamos a cien por hora antes de que hubiera podido contar hasta esa cifra—. Voy a llevarte a casa.
—Me parece muy bien.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó tras echarme una mirada apreciativa.
—Dieciocho —mentí. No exageraba demasiado. Solo un par de meses.
—Pareces mayor —aseguró.
No respondí. Con una mano rebuscó en el compartimento que había entre los dos asientos delanteros y sacó una pitillera de oro. Apretó un resorte y se abrió de golpe.
—Enciéndeme uno —pidió.
Eran unos delgados pitillos de marihuana. Liados a máquina, de papel color castaño oscuro y con boquilla dorada. Quedé impresionado. Encendí uno. No estaba mal, quizás era la porquería mejor que había fumado en mi vida. Dos chupadas y quedé satisfecho. Le pasé el pitillo. Se lo metió en la comisura de la boca y allí se quedó colgando. Dos segundos después miré de reojo el velocímetro: corríamos a ciento cuarenta. Alargué la mano y le quité el porro de la boca.
—¿Por qué me lo quitas?
Señalé el velocímetro.
—Me ofreciste llevarme a tu casa. Solo me quiero asegurar de que llegaremos.
Bajó la velocidad del vehículo hasta cien.
—Conozco bien mi coche.
—Estoy seguro —lancé el pitillo—, pero soy uno de esos tipos prudentes.
Guardó silencio. Pocos minutos después se metió por la rampa de acceso de West Palm Beach y llegamos lentamente, hasta detenernos, a la estación de peaje.
Al parecer todos los cobradores la conocían. Entregó la tarjeta junto con un billete de cinco dólares a uno que estaba dentro de su caseta. Salió del interior de la misma para devolverle el cambio en mano. La luz roja del receptor de moneda indicaba a 3.50.
—Tenemos un día precioso, señorita Ross —dijo el hombre—. ¿Cómo va el nuevo coche?
—De primera, Tom.
—El coche patrulla de radar registró cuando corría a ciento cuarenta, pero usted redujo en seguida la velocidad. Les pedimos a los policías que por esta vez no la multaran.
—Gracias, Tom —dijo. Le tendió la mano otra vez. Pero esta le dio un billete de veinte dólares.
Dio vuelta y volvió a meterse en su caseta.
—No pise el acelerador, señorita Ross —dijo cortésmente—. Nunca se puede saber de antemano qué policías estarán de servicio y alguna vez puede tratarse de alguno que no la conozca.
—No me olvidaré —contestó.
Arrancó de nuevo el coche. Descendimos por la rampa y entramos en la carretera. Diez minutos después, cruzamos un pequeño puente que salvaba un canal y entramos en un camino privado. Apretó un botón junto al visor y ante nosotros se abrieron un par de verjas eléctricas mientras iniciábamos el ascenso por el caminito de entrada a la casa. Cuando nos detuvimos frente a ella, ya se habían vuelto a cerrar.
—Ya estamos en casa —dijo ella mientras se giraba hacia mí.
—Muy bien —me apeé, di la vuelta al coche hasta llegar a la otra portezuela y se la abrí.
—Tendrás que cargar tú mismo con la mochila —dijo—. Estamos en agosto y toda la servidumbre, excepto el jardinero, está de vacaciones.
—Puedo llevarla perfectamente.
Saqué la mochila del interior del coche y la seguí hasta la casa. Me guio por un pasillo y abrió una puerta. Entré con ella dentro de la habitación.
—Este es tu cuarto —me dijo—. Aquella puerta es la del cuarto de baño. La que está junto a la ventana da directamente al exterior, tanto a la piscina como a la playa. Lo que prefieras. Los armarios están de este lado.
Quedaba una puerta que no me había dicho dónde daba.
—¿Y esta? —pregunté.
—Es la que da a mi cuarto. Esta habitación donde nos encontramos era la de mi ex marido. ¿Quieres saber algo más?
La miré un momento.
—¿Dónde está la lavadora? Tengo un poco de ropa para lavar.
Di una vuelta en la cama y abrí los ojos. El sol se había puesto y el anochecer sombreaba la habitación. Me moví lentamente, disfrutando del placer de auténticas sábanas contra mi cuerpo. Hacía mucho que no dormía en una cama. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo agradable que era. Me senté. Había echado toda mi ropa en la lavadora. Aún tenía tiempo de meterla en la secadora a fin de tener algo que ponerme por la noche, en vez de las bermudas que me había dejado puestas. Salté de la cama y en seguida vi mi ropa, toda ella cuidadosamente planchada, doblada y puesta ordenadamente encima del sofá, junto a la pared.
Realmente debí haber dormido profundamente porque ni me di cuenta de cuándo entró en el cuarto. Toqué mi ropa. Seguramente que había sido recientemente, puesto que aún estaba tibia. Me froté la mejilla. Un afeitado y otra ducha y casi podría sentirme como nuevo. La ducha que me di inmediatamente antes de meterme en cama había sido simplemente para lavarme.
En el cubículo de la ducha me quedé buen rato disfrutando con el agua caliente. El vapor empañaba el cristal de la puerta, y cuando salí flotaba en el aire un tenue olor de marihuana y vi una toalla grande para baño que colgaba de un gancho cerca de mí. La tomé, comencé a secarme y luego regresé a mi cuarto. Su puerta seguía cerrada. Me asomé a la ventana y miré hacia el camino de entrada a la casa. El Rolls no estaba. Terminé de vestirme y llamé a su puerta.
Nadie respondió. Volví a llamar. Silencio absoluto. Abrí la puerta y entré. No había nadie en el cuarto. Regresé al mío y luego entré en la sala. Recorrí toda la casa. Estaba desierta.
Tomé una lata de cerveza de la nevera y, después de abrirla, atravesé la sala para salir a la galería. Me senté en una silla y contemplé el océano. En el horizonte, un buque de carga navegaba lentamente hacia el Sur y, mientras lo observaba, anocheció y desapareció de la vista. Lentamente empezaron a brillar las estrellas y pronto el cielo pareció de terciopelo azul cuajado de diamantes. Todo encajaba. El Rolls, esta casa y ahora un cielo de diamantes rutilantes. La riqueza llamaba a riqueza.
A mis espaldas oí su voz.
—¿Tienes hambre?
Me levanté y di media vuelta. Cargaba en cada mano una gran bolsa blanca, e impresa en ella la sonriente cara del Colonel.
—Compré costillas, pollo, ensalada y patatas fritas —dijo—. No me sentía con ganas de cocinar.
—No me quejo —repuse. Me apoderé de las bolsas—. Déjame que te ayude.
Había cuatro veces más comida de la que podíamos consumir. Finalmente me eché hacia atrás con la silla.
—Voy a reventar si no dejo de comer.
Rio. Ella había comido muy poco. Tal vez una costillita y un pedacito de pollo. Eso fue todo.
—Pondré lo que ha quedado en el refrigerador. Quizá más tarde comas un poco más.
Pusimos los platos en el lavavajillas. Luego ella se sirvió un vaso de vino tinto, yo tomé otra cerveza y ambos volvimos a la galería. Se sentó en una silla junto a la mía. Surgiendo de la nada, se materializó la pitillera de oro. La observé mientras encendía uno de aquellos tubitos de color chocolate.
—¿Fumas mucho de eso? —pregunté.
—Es mejor que el Valium —dijo, encogiéndose de hombros.
Me lo pasó. Di unas cuantas chupadas. Lo encontré mejor aún que la primera vez. Claro, aéreo y muy efectivo.
—Nada tengo que alegar en contra, pero ¿por qué?
—Alivia el dolor de mi soledad —explicó sin mirarme.
Di otra chupada y se lo devolví.
—¿Cómo vas a sentirte sola? Al parecer lo tienes todo.
—Claro —volvió a chupar el porro—. Pobre niña rica.
—No quise decir eso —rectifiqué rápidamente—. Eres guapa, no tienes por qué sentirte sola.
—No acostumbro a llevar en mi coche a jovencitos que encuentro por la Sunshine State Parkway.
—Poco a poco —le dije—. Estás desvariando, puesto que fui yo quien te llamó. ¿Te acuerdas?
—Estaba drogada —dijo—. Fui yo quien me lo imaginé todo y tú me seguiste la corriente.
—Princesa…
—¡No me llames así! ¡Me llamo…! —había cólera en su voz.
Me incliné hacia ella. Con una mano le quité el cigarrillo de entre los dedos y puse la otra en su nuca. Cubrí su boca con la mía. Al principio sus labios eran secos, luego se pusieron suaves y, cuando los separé de los míos, temblaban. Había unas sombras líquidas azules en sus ojos.
—Tienes los ojos de tu madre, Christina —dije.
Percibí la sorpresa en su voz.
—Si sabías mi nombre desde el principio, ¿por qué me llamabas princesa?
Fui yo quien dijo las palabras, pero salían de labios de mi padre.
—Si hubieras sido mi hija sería este el nombre que te habría puesto.
Sus dedos se cerraron con fuerza entre mis manos, presa de miedo.
—Jonathan, ¿de qué estás hablando? Me vuelvo loca o es que hay algo en esta droga que hace que sufra alucinaciones.
Junté sus manos y me las llevé a los labios.
—No te asustes —dije—. Simplemente tratamos de poner algo al corriente.
—¿Poner algo al corriente? —inquirió perpleja.
—Estamos acabando algo que nuestros padres no lograron —me levanté y la obligué a que me siguiera—. ¿Siguen en la biblioteca los álbumes de fotografías de tu madre?
—Están en el estante superior, en un rincón, al fondo.
Encontré cinco. Grandes, encuadernados en piel, uno encima del otro. Los bajé y los coloqué encima de una mesa. Pero solo abrí el segundo y pasé las hojas hasta llegar a la que buscaba.
—Aquí estamos —con el índice apunté una de la fotos.
Miró fijamente la fotografía donde aparecía una mujer joven y un hombre. Estaban de medio perfil y se sonreían mutuamente.
—Podríamos ser tú y yo —dijo con voz asombrada.
—Podríamos, pero no somos —repliqué—. Es tu madre. Y mi padre. —Pasé más páginas—. Hay otras fotos todavía.
—¡No quiero ver más! —exclamó con ira repentina y huyó hasta su cuarto, que cerró de un portazo.
Cerré el álbum con cuidado y la seguí. La encontré sollozando, sentada en la cama. Me quedé junto a ella un momento.
—Lo siento —dije—. Creo que será mejor que me marche.
Volvió su cara hacia mí sin moverse de donde estaba.
—No —pidió.
—No vine aquí para trastornarte.
—Ya lo sé. Estoy trastornada conmigo misma. Tengo diez años más que tú. Me creo capaz de manejar sola mis estados de ánimo.
Me quedé callado.
—Daniel —dijo. Y cuando miré a las conocidas profundidades azules de sus ojos comprendí que no era ella quien hablaba. Era su madre—. Sigo queriéndote. Y sigo deseándote.
Hice cuanto pude para evitar verme succionado por el vórtice de sus ojos. Me incliné sobre la cama y besé delicadamente su frente.
—Trata de dormir un poco —dije.
—No quiero dormir. ¡Tengo tantas cosas que contarte! —sus brazos me obligaron a tenderme en la cama, a su lado—. Estás poseído por la ira. Nunca conocí otro hombre que estuviera tan airado. Debido a eso te abandoné.
Lentamente la empujé contra la almohada.
—Tú no me abandonaste —dije dulcemente—. Nunca me dejaste.
Su mano buscó la mía y la estrujó suavemente. Su voz era un susurro.
—Sí, en cierto sentido es verdad. Nunca te dejé —y se quedó dormida.
Esperé largo rato y luego, despacio a fin de no despertarla, volví a mi cuarto y empecé a recoger mis cosas.
«Jonathan.»
«Deja de armar líos en mi cabeza, padre. Déjame. Estás muerto.»
«No armo líos en tu cabeza. Te necesito.»
«Todo terminó para ti, padre. Ahora ya no necesitas nada ni a nadie.»
«Te quiero, Jonathan.»
«Estás confuso, padre. Ella no es su madre.»
«Ella es tanto su madre como tú eres yo.»
«No puedo ayudarte, padre. Vete y déjame vivir mi propia vida —una idea me cruzó por la mente—: Padre, ¿es acaso hija tuya?»
«No —había un suspiro sibilante en su voz—. Si lo fuera, no necesitaría de ti para decirle cómo me siento.»
«Su madre murió, padre. ¿Por qué no se lo dices tú mismo?»
«Los muertos no pueden hablar a los muertos, hijo mío. Solo los vivos pueden hablar entre ellos.»
—¿Hablabas con alguien, Jonathan?
Estaba parada en el umbral de la puerta que comunicaba nuestros cuartos. No respondí. Ella entró.
—Me pareció oír voces.
—No había nadie —dije.
Bajó la vista hasta la mochila a medio llenar.
—¿Te vas?
Tomé la mochila y derramé su contenido encima de la cama.
—No —respondí—. No me voy.
Había un tono de curiosidad en su voz.
—¿Qué pasó entre mi madre y tu padre?
—Lo ignoro. Solo siento cosas. Pero algo me empujó hasta aquí porque es importante que yo sepa.
—Yo siento lo mismo —una repentina comprensión apareció en sus ojos—. Mi madre llevaba un diario. Quizá…
—En él podría estar lo que queremos averiguar —interrumpí—. ¿Sabes dónde encontrarlo?
—Sí —respondió—. Esta era la casa de mi madre. Cuando murió todas sus pertenencias personales fueron metidas en cajas y guardadas. Nunca llegaron a llevarse los álbumes de fotografías debido a que estaban en el estante superior de la biblioteca y no los encontramos hasta más tarde. Y para entonces ya no valía la pena molestarse.
—¿Podemos hacernos con los diarios?
—Todo está en un guardamuebles de Miami. Podemos ir en coche hasta allá, mañana.
Empecé a respirar.
—Pero a noventa por hora.
—A noventa —sonrió—. Lo juró. —Se retiró hasta su habitación—: Buenas noches, Jonathan.
—Buenas noches, Christina.
Observé como la puerta se cerraba tras ella. En seguida me desnudé y me acosté. Sentía mi cuerpo exhausto y me sumergí en un sueño profundo.
30 de junio de 1937.
Philip Murray vino hoy al hospital a visitar a Daniel. Era la primera vez que venía alguien del sindicato en el mes que llevaba aquí. Hacía casi una semana que los médicos le dijeron a Daniel que nunca podría volver a caminar. Lo acompañaban dos hombres. Los señores McDonald y Mussman. Yo estaba sentada junto a la cama, así que fui la primera en verlos cuando aparecieron por entre las cortinas que separan a un paciente del otro. Me levanté cuando se detuvieron frente a la cama de Daniel.
Daniel nos presentó y se produjo un embarazoso silencio cuando ellos oyeron mi nombre. En consecuencia, me disculpé y me fui hasta el fondo de la sala del hospital. Se quedaron con Daniel alrededor de un cuarto de hora. Luego se fueron, caminando en silencio hasta la puerta y sin volver ni una sola vez la cabeza para verme. Regresé donde estaba Daniel.
Aparecía en su cara una expresión que nunca había visto. Como si todos los músculos se hubieran vuelto de piedra y solo en sus ojos hubiera vida, ardientes con una cólera negra como el carbón. Sobre la sábana, frente a él, había varios papeles esparcidos, pero sus manos grandes se cerraron y los puños estaban tan apretados que temí que los nudillos reventarían la tirante piel blanca. Al cabo de unos segundos, tomó uno de los papeles y lo sostuvo frente a mí con unas manos que a duras penas podía evitar que temblaran.
Llevaba el membrete del Comité organizador de los obreros del acero. En vista de sus pasados y valiosos servicios, el consejo ejecutivo había acordado no aceptar su carta de renuncia de fecha anterior al accidente. En su lugar, habían acordado concederle el retiro con una indemnización por despido de una mensualidad y una pensión de veinticinco dólares semanales por un período de dos años que comenzaría a contar en seguida. Además, se hacían cargo de los gastos del hospital y de cualquier cantidad que no pagaran los servicios sociales, y le deseaban toda clase de éxitos en cualquier tarea que en el futuro emprendiera. La carta estaba firmada por Philip Murray.
Lo miré. No había nada que decir.
—La huelga está perdida —dijo—. Lo sabes.
Asentí.
—Diez muertos en el Día de Conmemoración, en Chicago, y menos de un mes más tarde doce muertos en Youngstown, aparte de un centenar de lisiados y heridos. Y ahora todo ha terminado. Dejan atrás la huelga mientras los hombres regresan a sus trabajos como perros apaleados. La próxima vez ganaremos. Mientras tanto, ellos regresan a sus intrigas de poder y los hombres que actuaron de piquetes para ellos, que dieron su sangre y que murieron por ellos, no son más que desechos. Para tirarlos a la basura como un limón exprimido al que ya no le queda una gota de zumo y no tiene ninguna utilidad.
Sus ojos, que antes parecían de carbón, ahora se veían glaciales. En su voz había una pasión que nunca oí anteriormente.
—Creen que estoy acabado. Que no podré volver a andar, que no podré hacer nada. Y eso es otro error que pueden apuntar junto a los otros. Exactamente igual a la huelga que nunca debieron declarar. Una huelga que a ellos les constaba que iban a perder.
Sus ojos parecían salírsele de las órbitas.
—Volveré a andar. Y tú me ayudarás.
Asentí.
—Lo primero que debes hacer es sacarme de aquí, donde las únicas palabras que conocen son «lo siento».
—¿Dónde iremos? —pregunté.
Su voz se volvió repentinamente muy suave.
—A casa.
16 de julio de 1937
Bajamos del tren en Fitchville. Lo dejé en el andén de la estación, sentado en una silla de ruedas y rodeado de maletas, mientras yo salí a la calle y compré un Dodge 1935 que me costó doscientos noventa y cinco dólares. Luego, por carreteras secundarias, lo llevé a las montañas, hasta un lugar que llamaba su hogar. No era ni siquiera una barraca desvencijada. Después de tantos años deshabitada estaba en ruinas. La contempló impasible durante un rato y luego me miró.
—Mañana por la mañana volverás a la ciudad, contratarás a los cuatro negros más grandes que encuentres y les darás un dólar diario de salario más la comida. Luego vas a la tienda y compras para cada uno una sierra, un martillo, un hacha y clavos baratos. Después compra víveres suficientes para darles de comer durante una semana. Alubias, tocino, café y azúcar. Y para nosotros compra lo que te apetezca.
Vio la expresión de mi cara cuando se volvió para mirarme.
—No te preocupes. Todo saldrá bien —me dijo.
—¿Estás seguro de quererlo hacer, Daniel? Aún estamos a tiempo de aceptar la oferta de tío Tom.
Hacía solo unos días que mi tío había aceptado pagar toda la terapia, pero solo bajo la condición de que Daniel firmara un acuerdo por el que se comprometiera a no volver nunca más a trabajar para el movimiento obrero.
Daniel se había negado. «No quiero hacer ningún otro convenio con nadie. Ni a favor ni en contra de los sindicatos. Quiero tener las manos libres. El único en quien confío es en mí mismo.»
No hizo caso de mi pregunta.
—Esta noche dormiremos dentro del coche. Mañana nos trasladaremos al interior de la casa, una vez que los hombres la hayan desescombrado.
Se acostó en el asiento trasero del coche tan cómodamente como pudo. Yo lo hice en el asiento delantero, ya que para mí era más fácil pasar las piernas debajo del volante. Durante la noche me desperté un momento. Estaba sentado en el asiento trasero mirando hacia la casa. Cuando me oyó, dejó de mirar la casa para verme a mí.
—¿Te encuentras bien? —pregunté.
—¿Quieres hacerme un favor? —pidió.
—Faltaba más. ¿Cuál?
—¿Crees que podrías sentarte encima de mi cara?
—Solo si dejas que después te chupe.
Por primera vez en muchísimo tiempo le oí reír. Fue entonces que comprendí que todo saldría bien. Extendió sus brazos hacia mí.
—Ven acá, muñeca —dijo—. Estamos en casa.
28 de agosto de 1937.
El doctor Pincus, el ortopedista, ha terminado de examinarle. Se ha pasado la tarde dándole golpecitos, explorando, examinando. Ha observado cómo caminaba. En las barras paralelas, moviendo las piernas rígidas, pero de todos modos caminando, mientras se sostenía con los brazos. Luego con las muletas, con un ladrillo sujeto debajo de cada zapato para agregarle peso extra a fin de que cada pierna hiciera mayor esfuerzo al dar un paso. Finalmente dio por terminado el examen y Daniel estaba exhausto mientras Ulla empezó a darle masaje a las piernas desde los muslos hasta los pies.
Salí afuera con el médico.
—Es increíble. Un mes atrás habría dicho que lo que acaba de hacer era imposible.
—Usted no conoce a Daniel —repliqué.
—Pero es que todo lo ha hecho al revés. Va contra la teoría de la recuperación muscular que aplicamos.
—Quizás hay algo de equivocado en su teoría.
—¿De dónde sacó Daniel sus ideas? —preguntó, mirándome.
—De dos libros que pidió por correo. Desarrolle sus músculos, de Bernard MacFadden y No sea un alfeñique, de Charles Atlas.
—¿Y la terapia? ¿De dónde la sacó?
—De la señora Torgersen, que se ocupa del hijo de Daniel en California. Parece que la usó en un hospital y nos escribió para hablarnos de ella. Era una experta en masajes ortopédicos en su país.
—Lo he visto y sigo dudando en creerlo —dijo el doctor Pincus meneando la cabeza—. Pero no voy a oponerme a su sistema. Resulta. A ese ritmo, dentro de un mes podrá andar.
—Eso es lo que dijo Daniel. Que el treinta de septiembre abandonaría el hospital.
—Creo que será bueno que cada semana pase por aquí para un examen. No quisiera que se excediera y sufriera una recaída.
10 de septiembre de 1937.
Daniel ha tirado las muletas. Ahora da vueltas apoyado solamente en dos bastones. Incluso prueba a caminar sin ellos, pero cuando ha dado unos cuantos pasos sus piernas no le obedecen. Ulla le levanta como si fuera una criatura y le regaña por tratar de avanzar demasiado rápidamente. Al principio debe andar muy despacio. Él se pone testarudo y vuelve a insistir. Esta vez, Ulla logra sostenerlo antes de que caiga. Luego, como si fuera un niño, le coloca las manos debajo de los sobacos, le sienta en una silla y le obliga a descansar. Ignoro cuál de los dos quedó más sorprendido cuando Ulla lo hizo. Si Daniel o yo. Es una mujer corpulenta, mide cerca de un metro ochenta y tiene pechos macizos, caderas anchas y fuertes piernas.
Se arrodilló a sus pies y le desató los zapatos.
—Desabróchese el pantalón —ordenó.
Daniel me miró y yo me reí.
—Será mejor que hagas lo que te dice o es capaz de azotarte.
Daniel se desabrochó el pantalón tras abrir la hebilla del cinturón. Ella, con destreza, se lo quitó, le separó las piernas, se puso de rodillas en medio y empezó a darles masaje.
—El secreto está en mantener la circulación a fin de que los músculos no se queden rígidos y tensos.
—Claro —dijo Daniel, mientras me miraba incómodo.
Reí y entré. Ya empezaba a dar la hora de preparar la cena. Ulla y yo nos turnábamos en la cocina. Hoy me toca a mí.
27 de septiembre de 1937.
Supongo que mi subconsciente me dijo que follaba con Ulla, pero me negaba a creerlo. Desde aquel día que la vi quitándole los pantalones para darle masaje a las piernas y noté aquella protuberancia en sus calzoncillos. Pero tuve que verlo para creerlo. Regresé de Fitchville, adonde había acompañado al doctor Pincus hasta la estación. El médico iba de sorpresa en sorpresa al comprobar los progresos de Daniel. Nunca había visto antes nada parecido. Daniel ya empezaba a dar algunos pasos, aunque inseguros, pero sin ayuda de bastón.
—El poder de la voluntad —dijo el doctor Pincus mientras lo llevaba a la ciudad —. No creo que pueda comprenderlo nunca. Los huesos estaban rotos y desgarrados los nervios, músculos y tendones de ambas piernas. De acuerdo con los textos, es imposible que haga lo que ha logrado. —Me miró. Pestañeaba—. Ya nunca más creeré nada. Ni siquiera las canciones infantiles. Según parece, Humpty Dumpty puede volverse a pegar. Solo que debe hacerlo por sí mismo.
Luego el coche se averió en el viaje de regreso y tuve que caminar unos cuatrocientos metros hasta llegar a la vivienda. Estaban desnudos, en el suelo. Ella echada de espaldas, con sus inmensos y blancos pechos apuntando al techo como si fueran montañas gemelas, mientras tenía las piernas abiertas y hacia atrás contra su vientre y, para sostenerlas en esta posición, colocaba sus manos bajo las rodillas. Él estaba sobre ella, apoyado en ambos brazos con las manos planas sobre el suelo y las piernas bien estiradas tras él. Ulla gemía de gusto mientras él la penetraba una y otra vez hasta que alcanzó el orgasmo, para en seguida arrastrarse y poder descansar sobre aquel cuerpo de Juno.
Ulla le dio unos golpecitos cariñosos y le habló casi como si fuera un niño.
—Me gustó mucho. Cuando hayamos terminado, tus piernas estarán tan duras como tu sexo.
Traté de cerrar la puerta sin hacer ruido, antes de que me vieran, pero él levantó la vista en el último instante. Acabé de cerrarla y me senté en el porche. Alrededor de diez minutos después, salió Daniel, apoyado en un par de bastones, y se hundió en una silla próxima a la mía.
Permanecimos en silencio durante mucho rato. Luego fue él quien lo rompió.
—Supongo que te preguntas qué estábamos haciendo.
—No tengo por qué preguntármelo. Follabais.
—Es verdad —rio—. ¿Y qué más?
—¿Qué más podría ser? —pregunté sarcástica—. Follar es follar.
—Forma parte de mi reeducación.
—¡Claro! —exclamé escéptica—. Pero no fue tu verga la que se rompió… solo tus piernas.
—Es una especie de tracción gimnástica.
—Sí, ya me di cuenta.
—De verdad. Es un modo de ejercer presión en las piernas.
No pude evitarlo. Empecé a reírme a carcajadas.
—¿Así que el placer fue solo un aspecto secundario?
—Ya me conoces —rio—. Nunca pude oponer resistencia a una muchachita.
—Esa no es una muchachita —dije—. Es gran cantidad de muchacha. Incluso para ti.
Rio y me tomó la mano. En seguida se puso serio.
—Voy a despedirla si tú quieres.
—No —dije—. Solo hay algo que quiero cambiar.
—¿De qué se trata?
—Si tienes que practicar ese tipo de ejercicios lo harás conmigo. Te puse las cosas demasiado fáciles. Siempre abajo a fin de que no te cansaras. Ahora ya puedes trabajar como antes y soy yo la que voy a disfrutar tendida de espaldas.
10 de octubre de 1937.
Ya anda. Cuando se cansa, usa un bastón. Pero el caso es que camina. Hoy llevé al doctor Pincus y a Ulla a la estación. El doctor estaba tan impresionado con Ulla que se la quiso llevar a Washington para que trabajara en su consultorio. El médico lo ignoraba, pero con el tipo especial de terapia que estaba dispuesta a brindar a sus pacientes, se convertiría en el ortopedista más ocupado de todo el país.
Cuando regresé a casa, encontré a Daniel sentado en el porche con un vaso en la mano y dando chupadas a un cigarro. Junto a él, encima de la mesa, aparecía otro vaso y una botella de whisky. Echó un poco para mí.
—Lo logré.
—Lo lograste —asentí, y sostuve mi vaso frente a él. Entrechocamos nuestros vasos y bebimos—. ¿Qué hacemos ahora?
—Primero, ir a California a ver a mi hijo. Luego, buscarme un empleo.
—¿Volver a trabajar con Murray?
Sacudió la cabeza y una llamarada de cólera cruzó sus ojos.
—Puede irse a joder a su madre.
—¿Lewis?
—No, mientras Murray esté con él.
—Siempre te queda el recurso de tío Tom.
—Sabes que hay algo mejor que eso. Ya encontraré algo. Quizás hasta fundar mi propio sindicato.
—¿Tu propio sindicato? ¿En qué industria? A mí me parece que ya no queda ningún ramo que no cuente con su sindicato.
—Pero no está cubierto todo —respondió—. Estuve pensando que los propios miembros del sindicato necesitan algún tipo de protección contra sus líderes.
—Eso ya tiene cierto sentido —dije—. Un sindicato dentro del sindicato.
—¡Quién sabe! —rio—. Podría expresarse en esos términos. Cuando veo lo que les hacen a los afiliados sus propios líderes… Es entonces que empiezo a preguntarme en beneficio de quién se mueve todo. Pero no tengo prisa. Tengo tiempo de sobras. Debo acabar de darle forma. Aún me queda mucho que aprender.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿Qué supones que debo hacer mientras tú te ocupas de lo tuyo?
—Tienes tu empleo con tu tío —dijo. Volvió a servirse whisky.
—Renuncié. No puedo regresar ahora arrastrándome. Tú lo sabes muy bien.
—Bueno, de todos modos para nada necesitas el dinero del sueldo. Cuentas con fortuna propia.
—Con eso no respondes a mi pregunta y te consta —me estaba poniendo furiosa —. No hablo acerca de un empleo, me refiero a ti y a mí.
No respondió.
—Ya sabes que quiero casarme contigo.
Siguió callado.
—Estoy preñada de dos meses. El doctor Pincus lo ha confirmado.
El vaso se rompió entre sus dedos. Irritadamente, lo lanzó lejos. La barandilla del porche se cubrió de sangre y de cristales rotos. Habló con voz espesa.
—¡No, maldita sea! No irás a hacerme eso. Todas las mujeres sois iguales. Creéis que con el coño podéis esclavizar a un hombre. Tess lo hizo y me jodió para toda la vida. No dejaré que vuelva a ocurrir. —Se levantó y fue hacia la puerta—. Que te practiquen un aborto o haz lo que te dé la gana. Es tu hijo, no mío.
Entró en la casa y cerró de un portazo. Inmediatamente oí que tropezaba y caía con gran estrépito. Abrí la puerta y lo vi en el suelo, desmadejado. Giró la cabeza y me lanzó una mirada iracunda.
—¡Vete al carajo! —le dije, y volví a cerrar. Era la primera vez que no tenía nadie cerca que le ayudara a levantarse.
15 de octubre de 1937.
Hoy me sometí a un aborto. El médico no pudo decirme si se trataba de un niño o de una niña. Llueve en Chicago. No he sabido nada de Daniel. No sé por qué no puedo dejar de llorar. El doctor me dijo que cuando regresara me pondría una inyección para que pudiera dormir.
Después de esa fecha había pocas anotaciones en el diario. Al año siguiente empezó otro, pero después de unas cuantas anotaciones parece que lo dejó y ya no aparecían más en los años posteriores. Tampoco aparecían por parte alguna referencias a mi padre.
Christina se quedó con la vista fija en su copa de vino tinto.
—Estoy pensando si alguna vez volvieron a encontrarse.
—No creo. —Guardé los diarios en la caja que habíamos traído del guardamuebles—. ¿Cuándo se casaron tus padres?
—En mil novecientos cuarenta y cinco. Acabada la guerra. Mi padre era coronel en el cuartel general de Eisenhower, en Londres. Allí conoció a mi madre, que trabajaba en la oficina de intendencia. Se casaron cuando regresaron a los Estados Unidos. Nací al año siguiente. ¿Y los tuyos?
—En mil novecientos cincuenta y seis. Diez años después de fundar mi padre la alianza confederada del trabajo. Empleó casi nueve años para poner en marcha el sindicato del que habló con tu madre.
—¿Qué hizo durante esos nueves años?
—En realidad no lo sé —repuse—. Pero si vamos a ver, nunca supe nada acerca de él. Nunca hablamos mucho.
—Pero ahora hablas con él —dijo Chris.
—¿Por qué dices eso?
—Lo noto —sorbió un poco de vino—. A veces eres una persona completamente distinta y, cuando te miro, no te veo a ti en absoluto. Veo a otra persona.
Consulté mi reloj. Eran más de las dos de la mañana.
—Creo que lo mejor será acostarse.
—Estoy inquieta. ¿Quieres que compartamos un porro?
Titubeé.
—Solo unas cuantas chupadas —dijo—. Me calmarán.
—Está bien.
Salí al exterior, hasta la galería, mientras ella iba en busca de sus pitillos color chocolate. Era una noche azul, aterciopelada, y del océano nos llegaba una cálida brisa salada. Me estiré en el sofá.
Se sentó en él, a mis pies. Mientras ella tomaba un sorbo de vino, yo encendí el pitillo de chocolate, di unas cuantas chupadas y se lo pasé. Chupaba a fondo, llenándose los pulmones. Aguantaba el humo y luego soltaba lentamente el resto.
Chupé unas cuantas veces más y mi cabeza empezó a dar vueltas. Le devolví el pitillo.
—Creo que ya basta.
—Debes acostumbrarte —dijo ella.
—No sé si podría permitírmelo.
Rio y volvió a chupar. Me miró.
—¿Dónde irás cuando te vayas de aquí, Jonathan?
Me puse los brazos debajo de la cabeza y volví a echarme apoyado en las manos.
—Pensaba regresar a casa. Pero ahora no sé.
—¿Encontraste aquí lo que buscabas?
—Es que no sé lo que busco —dije—. Es decir, en el supuesto de que ande buscando algo.
—A tu padre —dijo ella.
—Murió. Ya es muy tarde para buscarlo.
Dio otra larga chupada.
—Tú sabes más de lo que dices.
Le tomé el pitillo de entre sus dedos. Esta vez sí chupé a fondo. Parecía que se levantaba la tapa de mis sesos. Comencé a hablar de manera confusa.
—No hablemos más de él, ¿quieres?
—Está bien. Pero entonces, ¿de qué hablaremos?
—De ser rico. ¿Cómo te sientes tú?
—Es que no sé cómo se siente no siéndolo.
—¿También era rico tu marido?
—Sí.
—¿Y tu padre?
—También.
—¿Por qué te divorciaste?
—¿La verdad?
—Te lo pregunto precisamente para saberla.
—Era asquerosamente rico.
Reí.
—No es nada divertido. Ignoraba cómo relajarse y disfrutar de la vida. Siempre estaba tenso.
—Total, que os divorciasteis. ¿Cuándo?
—El año pasado.
—¿Te sientes mejor ahora?
—En cierto modo —se encogió de hombros—. Por lo menos no está metiendo continuamente sus narices en lo que hago. Poniéndome por los suelos debido a que no contribuyo en nada a la sociedad al no hacer nada. Desde mi punto de vista, si no trabajo por lo menos no le quito el puesto a nadie que pueda necesitarlo.
—Ese punto de vista no admite discusión. —Volví a chupar del porro y se lo devolví—. ¡Cuántas vueltas me da la cabeza! Nunca me había drogado tanto.
—¿Te sientes bien?
—De lo mejor.
—Entonces, disfrútalo. —Se inclinó sobre mí y me besó. Su boca ardía. La apreté estrechamente contra mi cuerpo. Al cabo de unos segundos, irguió la cabeza y me miró—. Quiero que te quedes conmigo algún tiempo, Jonathan. ¿Te quedarás?
—No sé si puedo.
—Debes poder. Te necesito.
Miré al fondo de aquellos ojos tan familiares.
—Casi sería incesto. Es a mi padre a quien deseas, no a mí.
—No hay nada de malo en eso. Tú eres tu padre tanto como yo soy mi madre. Dijiste que jugábamos a poner algo al corriente. Cuando lo dijiste no comprendí de qué hablabas. Ahora sí. Tenemos que terminar con el juego.
Me quedé callado.
—¿Estuviste enamorado alguna vez, Jonathan?
Lo pensé unos segundos.
—Me parece que no —respondí.
—Ni yo tampoco —dijo—. Pero sé que el amor está por ahí, en alguna parte. Mi madre lo encontró con tu padre. Quizá nosotros lo podamos encontrar juntos.
Esta vez me dejé llevar totalmente por sus ojos. Y de repente dejé de ser yo mismo. Abrí mis brazos, se echó entre ellos y apretó su cabeza contra mi pecho. Lentamente acaricié sus cabellos largos y sedosos.
—Creo que ya lo hemos encontrado, Christina —hice que su cara quedara frente a la mía—. Pero no es el nuestro. Nunca lo será. Tú lo sabes.
—Lo sé —dijo suavemente, los ojos cuajados de lágrimas—. Pero poco importa de quién sea. Con tal que pueda sentirlo.