El líder
Capítulo 3
tres
Llegaron a Tulsa alrededor de la una de la tarde del día siguiente, en medio de una lluvia torrencial de aguanieve. Los limpiaparabrisas eran de todo punto ineficaces y las ventanillas de celuloide apenas si podían evitar que el viento helado entrara furiosamente en el interior del coche. Daniel sacó una mano al exterior y trató de limpiar con ella el cristal, pero sin éxito. Los limpiaparabrisas resbalaban simplemente sobre la capa de hielo.
—Lo mejor será que hagamos un alto —dijo—. Es tontería querer seguir hasta que escampe la tormenta.
Ella asintió y sus dientes castañetearon a pesar del grueso jersey que llevaba debajo de la chaqueta.
—Mantén los ojos bien abiertos —dijo Daniel—, pendientes del primer hotel que parezca razonable.
Siguieron lentamente por lo que parecía ser una calle importante, hasta llegar a un distrito comercial de la ciudad. Las calles estaban casi desiertas ya que la tormenta hacía imposible que circularan transeúntes. Las tiendas, con las luces encendidas a mediodía, parecían extrañamente desoladas.
—Allí veo un letrero —dijo ella—. Hotel Brown Tourist. Allí exactamente frente a nosotros.
Otro letrero colocado en la fachada del hotel indicaba la zona de aparcamiento adyacente. Entraron y dejaron el coche tan cerca como les fue posible de la entrada lateral del hotel.
—Tiene buen aspecto —comentó Daniel.
—Entremos —dijo ella—. Estoy helada.
Se lanzaron velozmente desde el coche hasta la entrada. El vestíbulo era pequeño y tenía muebles sencillos, pero se veía limpio y cuidado. Tras el mostrador, encima del casillero de las llaves, había un aviso muy claro y simple: «Prohibida la entrada a negros e indios.»
—Buenos días —saludó el recepcionista.
—¿Tiene una habitación doble?
El empleado echó una ojeada al registro.
—¿Tiene reservada habitación, señor?
Daniel se limitó a lanzarle una mirada.
El hombre se puso repentinamente nervioso.
—Está bien, señor. ¿Le gustaría una habitación doble, de lujo, con baño en la misma habitación por un dólar o una doble ordinaria con baño exterior por setenta y cinco centavos?
—Tomaremos la de lujo.
—Gracias, señor —dijo el empleado y le puso delante el libro de registro—. Por favor, tengan la bondad de poner sus nombres y firmar. —Dio un palmetazo a la campanilla para llamar al botones—. Por favor, un dólar. Pago por adelantado.
Daniel dirigió una mirada a Tess y luego inscribió en el libro registro: «Señor y señora D. B. Huggins, Washington, D.C.» Llegó el botones y el recepcionista le entregó una llave.
—Es la habitación 405, señor —dijo cortésmente. Miró rápidamente el libro registro—. Estoy seguro de que les gustará, señores Huggins. Es una habitación muy bonita que da a dos calles. El muchacho les ayudará a subir las maletas.
Daniel se volvió hacia el botones.
—Primero llévanos a la habitación y luego ya sacarás el equipaje del coche. Se trata del Jevett. Lo dejé exactamente junto a la puerta lateral.
Siguieron al botones hasta el ascensor y luego a la habitación. El recepcionista tenía razón. Tess se dirigió al cuarto de baño inmediatamente. Daniel se volvió hacia el botones.
—Después de que hayas subido las maletas, ¿qué posibilidades hay de traernos una cafetera bien llena y una botella de whisky?
La cara del botones era impasible.
—Estamos en un condado seco, señor.
Daniel se sacó un billete de un dólar del bolsillo.
—¿Aún es seco el condado?
—Sí, señor —afirmó el botones.
—¿Sigue siendo seco? —preguntó Daniel sacando otro dólar.
El botones sonrió y tomó ambos billetes.
—Veremos lo que se puede hacer. Regresaré en seguida. Muchas gracias, señor.
La puerta se cerró tras él al mismo tiempo que Tess salía del cuarto de baño.
—¡Dios mío! —exclamó—. Por un momento, ahí dentro, creí que el dique iba a reventar.
—Comprendo perfectamente —repuso Daniel riendo—. Voy a seguir tus pasos inmediatamente.
El botones regresó antes de diez minutos llevando todo lo que Daniel solicitó. La maleta, la cafetera, una botella de whisky, vasos, agua fría, tazas y platillos.
—¿Eso será todo, señor?
—¿Hay algún restaurante cerca de aquí? —preguntó Daniel.
—Exactamente en la puerta contigua, según se sale. Sirven un almuerzo completo de tres platos por treinta y cinco centavos. Pero no hay servicio después de las dos y media.
Daniel le lanzó veinticinco centavos. Tomó después la botella de whisky y la descorchó con los dientes. Miró a Tess.
—Nos calentará las tripas.
—Solo un trago. Me achispo en seguida.
Daniel sirvió muy poco en el vaso de Tess y luego una buena ración en el suyo.
—¡Salud! —se tomó el whisky de golpe y luego otro trago, mientras ella apuraba el primero.
Dejó el vaso encima de una mesa y empezó a verter el café. Se lo tomaron lentamente.
—¿Te encuentras mejor?
Ella asintió.
Daniel dirigió una mirada al conjunto de la habitación.
—No está mal.
—Es realmente bonita —lo miró—. ¿Sabes algo? Nunca estuve antes en un hotel tan lujoso.
Daniel rio y se levantó.
—Vamos. Bajemos a comer algo. Y luego iremos de compras.
De pie frente al espejo de cuerpo entero, se contempló. El traje le quedaba muy bien. Gris oscuro, con una delgada rayita. Se volvió hacia Tess.
—¿Qué te parece?
Antes de que ella pudiera responderle, el dependiente habló obsequiosamente.
—Es la última moda de Nueva York, señor. Fíjese en los pliegues del pantalón. Lana ciento por ciento y los forros de seda. Solo cuesta catorce dólares noventa y cinco con un par de pantalones, y diecisiete con cincuenta centavos con dos pares.
—Muy bonito —comentó Tess.
—Me lo quedo —dijo Daniel—. Con dos pares de pantalones. ¿Cuánto tiempo tardarán en coser la vuelta?
—¿Puede esperar diez minutos, caballero?
—Desde luego. Y mientras espero, quiero comprar tres camisas Arrow, dos en blanco y una azul, tres pares de calcetines negros, tres juegos de ropa interior y un par de zapatos negros. ¡Ah! Y también una corbata oscura con rayas grises o rojas.
Una sonrisa amplia apareció en la cara del dependiente.
—En seguida, señor. Y nos encantará que quiera aceptar la corbata como un regalo de la casa. Nos gusta mucho atender a buenos clientes.
Quince minutos después, Daniel se estaba anudando la corbata frente al espejo. El dependiente le sostuvo la chaqueta para que se la pusiera.
—¿Me permite una sugerencia, señor?
—Desde luego.
—Solo echo de menos una cosa. Un sombrero. Somos distribuidores exclusivos de los sombreros Adam de Nueva York y tenemos unos en oferta de estilo moderno, ala rígida. Cuestan un dólar noventa y cinco.
Cuando Daniel salió de la tienda llevaba calado un sombrero nuevo. Caminaron con cuidado bajo los salientes de los edificios. No quería que se le mojara el traje el día del estreno. Tess se colgaba orgullosamente de su brazo. Iba con un hombre realmente muy bien parecido.
Unas pocas puertas después pasaron frente a una tienda de artículos deportivos. Daniel se detuvo de repente y contempló el escaparate. Estaba lleno de rifles y armas cortas.
—Entremos —dijo.
Ella lo siguió al interior de la tienda, hasta el hombre que estaba al fondo del establecimiento detrás de un mostrador.
—Buenos días, ¿en qué puedo servirle?
—Estoy interesado en un arma corta. No demasiado grande.
—¿Calibre veintidós, treinta y ocho, cuarenta y cinco?
—Preferiría treinta y ocho, pero depende del tamaño.
El hombre asintió. Sacó un llavero del bolsillo y abrió un cajón de debajo del mostrador. Puso encima un Colt, tipo policía, de cañón largo.
—¿Qué le parece?
—Demasiado grande —dijo Daniel.
El hombre lo cambió por un Smith & Wesson, del modelo que usaban el ejército y la policía. Miró a Dan. De nuevo este hizo un gesto negativo con la cabeza.
—¿Qué le parece un Colt automático del tipo oficial?
—No me gusta —dijo Daniel—. Lo usé en el ejército. No hacen blanco donde uno apunta. Y, de todos modos, el retroceso es muy fuerte.
—Entonces solo me queda una cosa que ofrecerle en calibre treinta y ocho. Si no le convence, no tendremos más remedio que buscar entre las armas de calibre veintidós.
—Enséñemela.
Esta vez el hombre sacó una cajita de piel. La abrió con gran respeto. El arma tenía un brillo azul plateado y las cachas eran de nácar.
—Smith & Wesson, achatada, terrier, del treinta y ocho —hablaba con tono de reverencia—. La vendemos con pistolera para la axila, de piel legítima. Pero es cara.
—¿Cuánto? —preguntó Daniel contemplándola.
—Treinta y nueve cincuenta.
—En efecto, es cara —dijo Daniel. La tomó en la mano para sopesarla—. No me parece gran cosa.
—Es engañosa. Puede hacer cualquier cosa que haga otra de mayor calibre. Y aún mejor.
Daniel abrió el revólver e hizo girar el cilindro con un dedo. Luego, de un chasquido, volvió a cerrarlo y lo sostuvo en la mano.
—Deme mejor precio.
El hombre titubeó unos segundos.
—Treinta y cinco —dijo.
—Creo que podría dejármelo algo más barato.
—Treinta y dos cincuenta. Es lo más que puedo rebajar.
—¿Tiene dónde probarlo?
—Abajo, en el sótano.
Apretó un botón escondido debajo del mostrador. Un joven vestido con ropa de trabajo cubierta de grasa salió de un cuarto interior. Dio el arma al joven, junto con una caja de municiones.
—Lleva al caballero al sótano. Quiere probar este revólver.
Siguieron al joven por un tramo de escaleras que empezaba en la parte trasera del establecimiento. Al llegar al final de los peldaños, el empleado encendió una lámpara y pudieron ver una galería de tiro brillantemente iluminada. Al fondo, delante de varios sacos de arena, había un cartón de tiro al blanco. El joven entregó el revólver y seis balas a Daniel.
Después de cargar con destreza el cilindro, Daniel volvió a colocarlo en su lugar, probó la tensión del gatillo y en seguida levantó el percusor. Quedó satisfecho de que fuera tan suave y, sosteniendo el arma con ambas manos extendidas, apuntó al blanco.
—Mantenga la boca hacia abajo —le indicó el joven—. Por cada seis metros se levanta unos treinta centímetros en la línea de tiro. El blanco está a nueve metros.
—Pues eso no me parece nada bien —comentó Daniel.
—Se debe a su chatedad —informó el empleado—. A algo había que renunciar para lograr ese calibre. Sin embargo, es muy buena. Uno pronto se acostumbra.
Daniel bajó un poco el cañón y disparó. El arma retrocedió muy poco. Miró al blanco. Había errado por completo.
—Sosténgala más baja —le indicó el tipo—. Tome como punto de mira el percusor, no la boca del cañón.
Daniel disparó por segunda vez. Ahora dio en el círculo exterior del cartón. Asintió y, rápidamente, disparó el resto de la carga. Tres dieron en el blanco con toda exactitud y uno ligeramente a un lado. Volvió a entregar el arma al joven.
—Está bien —dijo.
Se volvió hacia Tess. Esta le miraba con el semblante pálido. Alargó el brazo y la tomó de la mano. Temblaba.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
—Sí —dijo, tras aspirar profundamente.
La llevó del brazo mientras subían la escalera.
—Me la quedaré si me regala un caja de municiones —dijo Daniel al hombre que estaba tras del mostrador.
—No puedo —respondió el otro—. Pero le regalaré una gamuza para limpiarla, una baqueta y una botella de aceite.
—Trato hecho. Me llevaré una caja de municiones.
—Gracias —el hombre sacó un formulario—. Es el reglamento —dijo, como si pidiera disculpas—. Debo llenar el formulario con su nombre, dirección y documento que lo identifique.
—No hay problema —Daniel buscó en la cartera y mostró el permiso de conducir —. ¿Sirve esto?
El hombre asintió.
—En un minuto lo llenaré y en seguida le limpiaré el arma.
Mientras esperaba que el hombre realizara su trabajo, Daniel se quitó la chaqueta, se ajustó la pistolera debajo de la axila y ciñó apretadamente la correa transversal. Cuando se sintió cómodo ya el hombre había llenado el formulario y limpiado el arma.
—En total son treinta y siete cincuenta, contando la caja de cincuenta balas.
Daniel contó el dinero y tomó el arma de manos del hombre. La cargó con rapidez, la enfundó y luego se puso la chaqueta. Se alisó la solapa que notó suave encima del arma, como si debajo no escondiera nada.
Salieron a la calle. Consultó su reloj.
—Aún es temprano. ¿Quieres que vayamos al cine antes de regresar al hotel?
Ella negó con la cabeza.
—Regresemos al hotel inmediatamente —dijo con voz agotada.
Daniel preguntó, sorprendido:
—¿Estás segura de que te encuentras bien?
En la voz de Tess asomó un ligero enfado.
—Me encuentro muy bien, estúpido. ¿Pero cuánto tiempo crees que puedes mantener a una mujer esperando?