El líder
Capítulo 16
dieciséis
Jeb acababa de enganchar su mula al arado en el campo de poniente cuando vio el carro que salía del bosquecillo, al pie de la carretera. Había dos hombres sentados al pescante mientras la mula tiraba cansadamente del carro. Estaban aún demasiado lejos para que Jeb pudiera reconocerlos. Arreó a la mula y empezó el primer surco. Por lo menos les llevaría media hora llegar hasta él.
Pero casi transcurrió una hora, y Jeb ya había empezado su tercer surco, cuando llegaron. Detuvo la mula, soltó las riendas y caminó hasta la carretera para saludarlos. Reconoció a uno de los hombres por el duro sombrero negro de ala ancha con que se tocaba. Era el predicador Dan, el pastor ambulante que se ocupaba de la comarca de alrededor de Fitchville. Se preguntó inútilmente qué andaría haciendo por aquel paraje. Usualmente solo se presentaba con ocasión de bodas, bautizos y funerales.
Cuando el carro se detuvo frente a él reconoció al otro ocupante, Roscoe Craig. Se quitó el sombrero y, con el brazo desnudo, se secó el sudor. Hacía calor bajo el sol mañanero. Cuando el carro se hubo detenido, Jeb se acercó a él, sonriente.
—Pastor Dan —empezó a decir, pero en seguida se detuvo en seco y su sonrisa se desvaneció.
El pastor, que era un hombre alto y robusto, se apeó del carro y se acercó a Jeb.
—Traigo malas noticias para ti, Jeb.
Jeb miró al pastor y luego a Roscoe, cuya cara aparecía gris y cansada. Sin una palabra más, Jeb anduvo unos pasos hasta llegar a la parte trasera del carro abierto y miró al interior. Los dos ataúdes, cubiertos por una lona, aparecían uno junto al otro.
Sintió las pesadas pisadas del pastor cuando se ponía a su lado. Sin mirarlo, Jeb preguntó:
—¿Molly Ann y Jimmy?
No necesitaba ninguna respuesta afirmativa. Había adivinado.
Sin quitar la vista de los baratos ataúdes de pino, preguntó con voz apagada:
—¿Qué paso?
El pastor no respondió. Lo hizo Roscoe, quien se volvió hacia Jeb desde la parte delantera del carro.
—Los mataron anteayer, frente al edificio del tribunal. —Su voz era amarga—. Los habríamos traído antes, pero el juez no nos los quería entregar. Creímos que vosotros preferiríais enterrarlos aquí y no en la ciudad.
—Así es —asintió Jeb—. Os agradezco vuestra amabilidad —miró a Roscoe—: ¿Quién fue?
—Clinton Richfield y dos Pinkerton —respondió—. Lo esperaban en una esquina del porche. Jimmy no tuvo ninguna oportunidad. Iba desarmado. Molly Ann corrió en su auxilio y también dispararon contra ella.
Las arrugas de la cara de Jeb parecían talladas en piedra. Subió al carro y levantó la lona que tapaba los ataúdes. Seguidamente levantó la tapa de cada ataúd y miró a su interior. Respiró a fondo y sintió que la boca se le secaba de repente. Lentamente, las manos temblorosas, bajó las tapas. Miró de nuevo a Roscoe.
—¿El sheriff que lo hizo está en la cárcel?
Roscoe negó con un gesto.
—Alegaron que había sido en legítima defensa. Se libró.
—Pero dijiste que Jimmy no llevaba armas —dijo Jeb.
—No iba armado. Yo estaba presente cuando guardó el revólver en un cajón de la cocina. —Roscoe agregó rápidamente—: Mintieron.
Los pálidos ojos de Jeb eran fríos.
—¿Dónde están ahora?
—Los Pinkerton abandonaron la ciudad —explicó Roscoe—. El único que está en la ciudad es Clint.
Jeb movió la cabeza. Se volvió y miró al pastor Dan, de pie en la carretera, detrás del carro.
—Venga conmigo hasta la casa y dígaselo a la señora Huggins. Luego, mientras la consuela, Roscoe y yo prepararemos las fosas.
El pastor Dan le devolvió la mirada.
—No quiero que albergues malos pensamientos, Jeb. Ya hubo bastantes asesinatos hasta ahora. Recuerda: «La venganza es mía», dijo el Señor.
Jeb bajó del carro sin responderle.
—Voy a buscar la mula y nos iremos a casa —dijo, yendo hacia el campo que araba. Se detuvo al llegar al borde del campo y miró hacia atrás—: Clavad los ataúdes —gritó—, no quiero que la señora Huggins vea a Molly Ann así, cosida a balazos —se le quebró la voz—. ¡Era tan buena hija!
La última palada de tierra cayó en las sepulturas. Lentamente Jeb tomó las dos pequeñas cruces de madera y las clavó en la tierra, una a la cabecera de cada tumba. Se echó para atrás y las contempló.
Las palabras grabadas al fuego con un atizador puesto al rojo vivo eran muy simples. En una se leía: «MOLLY ANN SIMPSON, nuestra hija»; la otra, junto a la anterior, decía simplemente: «JIMMY SIMPSON. Su esposo.»
Miró a Marylou que estaba de pie junto a las tumbas, con sus hijos que la rodeaban. Tenía la cara arrugada y demudada por el dolor. Inconscientemente, había extendido los brazos en un gesto de protección, como si quisiese atraer hacia ella a los hijos perdidos. Levantó la vista y se cruzó con la mirada de Jeb.
—Voy a preparar un poco de comida para que almuercen el señor Craig y el pastor Dan antes de emprender el camino de regreso.
Jeb asintió.
—Venid, hijos —dijo la madre.
Los niños la siguieron. Durante todo el acto habían permanecido quietos. Jeb se preguntaba si realmente se dieron cuenta de lo que sucedía. Ahora todos empezaron a charlar, casi el mismo tiempo.
Solo una pregunta se había fijado en la mente de Jeb. La formuló Alice, la más pequeña de las niñas, que tenía ocho años.
—¿Quiere decir que ahora Molly Ann está en el cielo y que ya no podrá volver a vernos?
Richard, con la superioridad, que le daban sus once años, respondió:
—Cuando la gente se muere ya no puede regresar, excepto si son fantasmas.
—¿Será ella buena o mala fantasma? —quiso saber Alice.
Rachel, que ahora era la hermana mayor, respondió con un tono de voz aburrido:
—No existen los fantasmas. Además, Molly Ann ahora es un ángel en el cielo, sentada al lado de Dios. Y él no le permitirá que regrese.
Para entonces Marylou y los niños ya se habían alejado ladera abajo, fuera del alcance de sus palabras. Jeb se volvió a los dos hombres.
—Creo que un trago de whisky nos será de mucho alivio.
—A nadie vamos a perjudicar —dijo el pastor Dan—. Yo me muero de sed.
—Vayamos hasta el alambique —dijo Jeb—. Indicaré el camino.
Tras el almuerzo, Jeb y Roscoe salieron al porche de la casa y el pastor Dan se quedó en la cocina para hablar con Marylou. Los dos hombres se sentaron en los peldaños y encendieron unos puritos negros.
—No lo comprendo —dijo Jeb.
Roscoe no levantaba los ojos del suelo.
—Era el único modo que tenían para romper la huelga. Todos confiaban en Jimmy. Ahora que se ha ido, ya no son nadie. Incluso algunos ya han regresado al trabajo.
—No acabo de comprenderlo —repitió Jeb—. Los Richfield siempre fueron buenos amigos nuestros. ¿Por qué Clint hizo eso?
—Su padre es encargado en una de las fábricas. Toda la familia actuó de rompehuelgas mientras duró el conflicto.
—No es ningún motivo para matar —dijo Jeb—. Nunca les hice nada malo.
Roscoe dirigió una rápida mirada a Jeb. El montañés no tenía noción de las diferencias entre los obreros y los propietarios de las fábricas. Para Jeb todo se trasladaba a términos muy personales. Los odios hereditarios eran una cosa que conocía desde siempre, pero una huelga era algo distinto. Jeb nunca podría comprenderlo. Pero de nuevo, él no podía echárselo en cara. Él mismo no lo comprendió hasta que su padre y su hijo mayor fueron asesinados. Al principio también estuvo peleando en una guerra muy personal. Pero más tarde llegó a comprender exactamente de qué se trataba.
Ahora para él era evidente que se trataba del poder y del dinero que se nutrían del trabajo del pueblo para crear más poder y más dinero.
—Comprendo cómo te sientes, Jeb —dijo con torpeza—. También mataron a mi padre y a mi hijo mayor.
—¿Y qué hiciste? —Jeb lo miró.
—Ya lo sabes —respondió Roscoe—. Defenderme. Pero ahora ya no sé…
—¿No sabes qué?
—Estuvimos hablando, mi mujer y yo —dijo Roscoe—. Ya no vemos aquí ninguna oportunidad. Quizá nos vayamos hacia el norte, rumbo a Detroit. Oí decir que las compañías de automóviles están contratando personal.
Jeb calló y al cabo de un momento dijo:
—No creo que te sientas a gusto allá lejos. Tú eres campesino, no eres de ciudad.
—¿Qué otra oportunidad tenemos? —preguntó Roscoe—. O trabajar o morir de hambre. Mi mujer recibió cartas de sus parientes. Dicen que están ganando muy buen dinero. Tres dólares diarios, a veces más.
Se quedaron silenciosos durante un rato largo. Finalmente fue Jeb quien rompió el silencio.
—Bajaré a la ciudad.
Roscoe lo miró. La cara de Jeb era impasible.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Mañana por la mañana —dijo Jeb devolviéndole la mirada—, ¿puedo contar contigo?
Roscoe estuvo en silencio un buen rato antes de responder, luego asintió lentamente.
—Te consta que puedes.
Ella lo oyó agitarse por la noche. Luego notó que abandonaba la cama y que salía sigilosamente del cuarto. Se quedó inmóvil hasta que ya no pudo aguantar más. Se levantó a su vez y entró a la cocina. Estaba vacía.
Abrió la puerta y miró afuera, al patio. Tampoco estaba allí. Se puso a caminar bajo el aire helado de la noche y miró a la parte superior de la loma, hacia el pequeño cementerio. Ahí estaba, de pie bajo la pálida luz de la luna, con la vista baja fija en las tumbas. El aire frío nocturno le recorrió el cuerpo.
Rápidamente regresó a la casa, se envolvió con un grueso chal y se fue hacia la loma donde estaba él. Jeb oyó sus pisadas pero no levantó la vista. Las crucecitas de madera brillaban como plata por el rocío de la noche.
—Clint Richfield no tenía ningún motivo para matarla —dijo Jeb tras unos segundos—. Era solamente una muchacha que nada tenía que ver con la disputa.
—No debes pensar más en eso —dijo ella—. Yo trato de olvidarlo.
—Los Richfield y nosotros siempre fuimos amigos. Carece de sentido.
—Fue la voluntad del Señor. Tengamos en cuenta sus bendiciones. Tenemos a los demás hijos y Daniel nos enorgullece. Debemos darle las gracias por sus dones.
—Dices las mismas palabras que el pastor Dan —le recriminó Jeb girándose hacia ella.
Marylou devolvió la mirada.
—Pero tienen sentido. Mira hacia el futuro y no hacia el pasado, como él dice.
—Para él es muy fácil decirlo —Jeb hablaba con voz apagada—. No es su hija la que yace en la tumba.
De repente se levantó y emprendió el camino de regreso a casa.
Marylou le observó bajar por la cuesta y luego volvió sus ojos a las tumbas, donde se posaron unos instantes antes de emprender a su vez el regreso loma abajo. Cuando llegó a la cocina lo encontró sentado a la mesa, cargando el brillante rifle Winchester negro. Un gran temor se apoderó de ella.
—No, Jeb —dijo—. No lo hagas.
Él la miró con una mirada distante, como un desconocido, y no respondió.
—Basta de muertes, Jeb. No nos los devolverá.
—Tú no comprendes —dijo él—. Es un asunto de honor. ¿Qué pensarían de mí se dejara que Clint se saliera con la suya?
—¡No me importa el qué dirán! —exclamó apasionadamente—. No probarás nada iniciando un odio hereditario con los Richfield. Nos devolverán en seguida el golpe, y luego nosotros, hasta que no quedará ninguno para contarlo.
—No fui yo quien empezó matando a uno de ellos —insistió Jeb testarudamente.
—Poco importa quién empieza. ¡Pero sí que tú no sigas! Tenemos más hijos y debemos pensar en ellos. No quisiera que crecieran sin padre.
—Nadie va a matarme a mí.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
De momento no respondió. Se levantó.
—Prefiero estar muerto y yacer en una tumba al lado de mi hija que ver como todo el mundo me mira despreciativamente y me considera un cobarde.
Ella avanzó hacia él, se apretó contra su pecho y con las manos le asió fuertemente la camisa.
—Podemos tener otro hijo, Jeb —susurró—. Otra Molly Ann.
Jeb respiró profundamente, se desprendió de su mujer y le habló con dulzura:
—No, Marylou. Tampoco eso sería una solución y tú lo sabes.
Con los ojos empañados por las lágrimas le vio irse a la puerta. Se detuvo un momento para girar la cara y mirar a su mujer.
—Estaré de regreso mañana, a la caída de la noche.
Dios sabe cómo, Marylou recobró el uso de la palabra.
—Será mejor que te abrigues. El aire de la noche es frío.
—Me pondré la chaqueta de piel de cordero —aceptó.
En seguida desapareció y ella se dejó caer atontada en una silla. Al poco rato oyó cómo parloteaba en voz baja con la mula, y en seguida el traqueteo del carro que salía del patio para dirigirse a la carretera y perderse en la noche.