El líder
Capítulo 16
dieciséis
Daniel se apretó fuertemente el cuello de su abrigo corto y se lo ciñó más al cuerpo mientras escuchaba, de pie y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia que caía en sentido oblicuo. La voz del pastor era tan llena y sonora como si hablara a una multitud de acompañantes, en lugar de aquel solitario afligido.
—Cenizas con las cenizas… tierra a la tierra…
Daniel no quitaba la vista del ataúd rojizo de caoba. La lluvia parecía recubrir la superficie bruñida de perlas que luego resbalaban por los lados y caían en la profunda fosa. Tan poca cosa, tan pequeña. Había algo que parecía estar mal, ya que ella nunca fue una mujer menuda.
El pastor se quedó callado. Se volvió a Daniel.
—Ahora usted puede añadir su propia plegaria —le dijo.
—Nunca fui muy religioso ni practicante, reverendo.
—Da igual. El Señor oirá sus palabras, de cualquier modo que las diga.
Daniel respiró profundamente.
—Tess, fuiste una buena mujer. Quiera Dios darte la bienvenida y acogerte en Su seno.
Los dos sepultureros miraron interrogativamente al pastor. Era su último trabajo del día y tenían prisa por terminar. El pastor miró a Daniel para ver si había terminado su oración, luego se volvió a los enterradores y les hizo un gesto afirmativo.
Con destreza, los dos hombres quitaron los travesaños de acero sobre los que descansaba el ataúd y empezaron a bajarlo a la fosa hasta que, chapoteando, tocó el fondo, que ya estaba empapado de agua. Cogieron las palas.
—Déjenme a mí —dijo Daniel avanzando unos pasos. En respuesta a sus miradas interrogadoras, agregó—: En mi tierra siempre enterramos a los nuestros.
Silenciosamente, el pastor y los sepultureros se quedaron atrás y observaron a Daniel. El tacto de la pala era agradable a sus manos. Retrocedió en el tiempo. Era un muchacho y las minas eran oscuras. Miró al interior de la fosa cuando la primera paletada de tierra cayó sobre el ataúd y se esparció por encima de las flores colocadas en la tapa. Pronto también ella estaría cubierta por la oscuridad. El ritmo de su trabajo iba en aumento. La tierra estaba empapada y pesaba, por lo que pronto notó escurrirse el sudor bajo su ropa, al tiempo que experimentaba una sensación de ligereza y de fuerza. De repente estaba de nuevo él con la tierra. Luego, casi antes de darse cuenta, todo hubo terminado. La tierra formaba ya un montículo perfecto encima de la tumba.
Entregó la pala a uno de los enterradores.
—Gracias —le dijo. El hombre inclinó la cabeza sin decir nada.
Acompañado por el pastor, regresó al coche. Al llegar a la portezuela Daniel se detuvo y sacó del bolsillo un billete de veinte dólares.
—No es necesario que me dé nada —dijo el pastor—. Forest Lawn ya incluyó mis servicios en su factura.
—Guárdelos de todos modos —insistió Daniel—. Tengo la seguridad de que en su parroquia habrá alguien que los necesite.
—Muchas gracias —dijo el pastor.
Daniel se puso tras el volante de su coche.
—No se sienta amargado, hijo mío —le confortó el pastor.
—No me siento, reverendo —respondió Daniel al mismo tiempo que arrancaba el motor—. La muerte y yo somos viejos conocidos. Y nunca nada lo cambiará.
Tuvo que rodear el gran automóvil negro aparcado junto a la esquina a fin de poder penetrar en el camino de entrada entre su casa y la contigua. Dirigió una mirada al conductor que estaba sentado, imperturbable, detrás del volante del coche, y luego corrió bajo la lluvia hasta llegar a la puerta de su casa, que aparecía abierta.
Vio un montón de cajas de cartón muy bien cerradas y atadas en medio de la sala de estar. Estaban amontonadas como esperando ser cargadas. A través de la pieza vacía fue hasta su dormitorio. Allí estaba Chris en compañía de otra mujer de mediana edad, corpulenta y con los cabellos rubios anudados en un moño. Se volvieron hacia él cuando oyeron sus pasos.
En la voz de Chris no aparecía ninguna sorpresa.
—Encima de la mesa hay una botella de bourbon sin abrir —dijo—. Sírvete tú mismo una copa. Terminaremos lo de aquí en seguida.
Daniel la miró un momento y luego sus ojos se posaron en los cajones abiertos del tocador y en la caja de cartón que había a su lado. Estaban empaquetando los últimos vestidos, las últimas prendas de Tess. Sin decir nada, regresó a la sala de estar.
Cuando entró ella, Daniel permanecía de pie frente a la ventana, contemplando la lluvia, con un vaso medio lleno en la mano.
—Alguien debía ocuparse de hacerlo —dijo ella.
—¿Sabes una cosa? Llovía el día que llegamos a California —recordó Daniel, y se volvió hacia ella—. Parece como si se cerrara el círculo. Hoy también llueve.
—Un camión de la Goodwill vendrá dentro de media hora para llevarse las cosas —explicó ella—. También he encargado algunos muebles nuevos para el cuarto del niño y un sofá para la sala de estar, que pueda convertirse en cama.
—En el cementerio solo estaba yo —continuó él—. Nunca conocí a ninguno de sus amigos de cuando trabajaba, así que no supe a quién llamar. Tampoco supe nunca dónde podrían encontrarse algunos de sus familiares.
—Los pintores vendrán mañana a primera hora. Dicen que podrán hacer el trabajo en un solo día. Y al día siguiente llegarán los muebles nuevos.
—Solo me tenía a mí —suspiró él.
—Daniel —dijo Chris de manera tajante.
Él la miró.
—Tenía un hijo. Tu hijo. Pero ahora ha muerto y ya nada puedes hacer. Así que olvídalo. Tienes una responsabilidad para con tu hijo y tienes que pensar en él.
Había dolor en los ojos de Daniel.
—Estoy asustado. No sé ni por dónde empezar.
—Te ayudaré —afirmó ella—. Es para eso que traje conmigo a la señora Torgersen.
—¿La señora Torgersen?
—La mujer que estaba conmigo. Tiene gran experiencia como enfermera y niñera. Ella se ocupará de tu hijo.
Daniel miró a Chris con un respeto que iba en aumento.
—¡Chris!
—Gracias —sonrió ella.
Se puso de puntillas y depositó un beso en su mejilla.
—Te quiero. Y eso quiere decir algo más que follar, simplemente.
Daniel la miró directamente a los ojos y luego asintió lentamente.
—Estoy aprendiendo —alargó la mano, tomó la botella y se sirvió más whisky—. Pero tengo otros problemas. No sé si podré afrontar tantos gastos. Quizá me vea obligado a aceptar el empleo que me ofrecieron Browne y Bioff.
—Pero dijiste que eran unos sinvergüenzas.
—Eso no quiere decir que yo vaya a convertirme en uno de ellos.
—Tú eres algo más. Sé por lo menos sincero contigo mismo. Si piensas saltar la valla, hazlo decididamente. Toma un empleo de mi tío Tom. No pretendas saltarla a medias y quedarte a horcajadas en lo alto.
—Quizás estaría mucho mejor que me fuera a la costa Este y me llevara al niño conmigo.
—No seas tonto. ¿Qué harías allí? ¿Llevar el niño dentro de una maleta? ¿Quién se cuidaría de él?
Daniel no respondió.
—Aquí tienes un hogar perfecto y es un lugar muy cómodo para criar a tu hijo. Por otra parte, cuando debas emprender algún viaje no tienes por qué llevar al niño contigo, ni cuidar de él. En todo caso, lo mejor sería llevarlo junto con la señora Torgersen. Ella tiene experiencia en cómo tratar un montón de asuntos sobre los que tú no tienes ni la menor idea. Durante años se ocupó de los hijos de mi hermana.
—¿Cuánto tengo que pagarle?
—No será demasiado. De todos modos, ella quería venir a vivir a California. Ya estaba harta del frío y del hielo del otro lado del país. Cobrará doscientos al mes. Mi hermana le pagaba trescientos cincuenta dólares.
—Eso representa dos mil cuatrocientos al año —calculó Daniel—. Me imagino que para comida y otros gastos se me irán mil seiscientos, pongamos dos mil. Será bien poco lo que me quede.
—¿Para qué necesitas el dinero? —preguntó Chris—. El sindicato te paga todos los gastos cuando estás de viaje. Y siempre lo estás.
—Por lo que veo, tú ya sacaste todas las cuentas —dijo, y se tomó un sorbo de whisky.
—No, todas no.
—¿De qué te olvidaste?
A juzgar por su voz, parecía que Chris iba a montar en cólera.
—Si eres tan estúpido que no te das cuenta, no pienso decírtelo yo.
Daniel se quedó silencioso mientras escrutaba su rostro detenidamente. Luego, bruscamente, le volvió la espalda y se concentró de nuevo en la ventana. Su voz era tensa.
—No estoy aún en condiciones de hablar de eso.
Chris fue hacia él y le puso la mano suavemente en el brazo.
—Lo comprendo —dijo con dulzura—. Pero con el tiempo lo estarás.
La señora Torgersen era una mujer muy capacitada. Se acercaba a la cincuentena y hacía veinte años que había enviudado, cuando su esposo, piloto segundo de la marina mercante, se había ido a pique con su barco, al que partió por la mitad el torpedo de un submarino alemán. Hablaba un inglés casi perfecto, en él apenas se percibía un debilísimo acento de su sueco original, y prácticamente no había nada que ella no supiera hacer. Cocinar, coser, conducir el coche, limpiar y asear la casa, lavar, jardinería… Y todo lo hacía con tanta eficiencia que se hubiera dicho que no le costaba ningún esfuerzo.
—No tiene por qué preocuparse, señor Huggins —dijo—. Soy una mujer responsable. No pierdo el tiempo en tonterías. Me ocuparé muy bien de su hijo. Como si fuera mío.
—Estoy seguro de eso, señora Torgersen —contestó Daniel—. Simplemente quiero asegurarme de que tenga cuanto necesita.
—No se me ocurre nada que me falte. La casa es muy cómoda. Y me encuentro muy bien en ella.
—Mañana por la mañana, antes de ir al hospital para recoger al niño, nos detendremos en el banco. Quiero abrir una cuenta a su nombre a fin de que no tenga que esperar cada semana que yo le mande el dinero —anunció Daniel—. Viajo con mucha frecuencia y en alguna oportunidad no podría mandarle el dinero tan fácilmente como quisiera.
—Lo que usted diga, señor Huggins —dijo ella—. Y cuando usted se encuentre en casa, yo puedo dormir en el sofá convertible.
—No es necesario que lo haga —replicó sonriente—. Creo que podré dormir en él cuando se trate de unos cuantos días.
La señora Torgersen titubeó un momento antes de preguntar:
—¿Vendrá con nosotros al hospital la señorita Chris?
Daniel la miró sorprendido.
—No se me ocurrió pensarlo. Nunca me dijo nada sobre el particular.
—Tendrá que perdonarme, señor Huggins —dijo, casi en tono de excusa—. Conozco a la señorita Chris desde hace diez años, desde que tenía quince. Ella no se lo dirá, pero tengo la seguridad de que le gustaría acompañarnos.
—Gracias, señora Torgersen —asintió lentamente—. Se lo diré esta noche a la hora de cenar.
—No —dijo ella—. Regreso a Chicago mañana.
—Yo creí… —empezó Daniel, sorprendido.
—Lo siento —interrumpió Chris—. Hice cuanto pude. Ya no soporto más. —Se levantó de la mesa de su chalecito y se fue corriendo al dormitorio.
Él la siguió. Estaba de pie en una esquina del cuarto y con las manos se tapaba la cara. Le echó los brazos al cuello y la hizo girar para que quedaran frente a frente.
—¿Dije algo malo?
Chris meneó la cabeza sin decir palabra.
—¿Qué te pasa entonces?
—Simplemente, me estudié detenidamente a mí misma. Debo estar chiflada para meterme en estos asuntos. —Levantó la mirada hacia él. Sus ojos estaban húmedos —. Una cosa era hablar acerca de estar juntos antes de que yo viniera aquí… Era casi hablar en abstracto. Pero estar aquí, contigo, no lo era. Al contrario, era real. Te vi herido. Vi tus cuidados. Te quiero. Sé que lo que me dijiste es la verdad. Que necesitas tiempo, que no estás en condiciones aún de considerar ciertas cosas. Pero soy humana. Te lastimo demasiado. Estaré mejor lejos, en mi casa, apartada de ti. Quizás entonces no me sentiré tan mal.
Silenciosamente, Daniel se acercó a ella y la apretó fuertemente entre sus brazos.
—Con lo que dije no pretendí que hicieras esto.
—No es culpa tuya. Todo lo hice por mi cuenta. Tú nunca has hecho nada para que yo pensara de manera distinta. —Su voz salía apagada, puesto que tenía su cara apretada contra su cuerpo.
Empezó a sonar el teléfono. Chris lo miró, luego atravesó el dormitorio y tomó el auricular.
—¡Diga! —escuchó unos segundos—. Se lo diré —y colgó el auricular.
—Era la señora Torgersen. Dijo que el señor Murray acababa de llamar y quiere que tú lo telefonees. Dijo que era urgente.
—No puedo aplazarla más. Me presionan por todas partes —la voz de Murray era tensa—. ¿Cuándo regresas?
—Podría salir el domingo —dijo Daniel.
—Ven a Chicago —le pidió Murray—. ¿Qué fue? ¿Niño o niña?
De repente, Daniel se dio cuenta de que no le había telefoneado como le había prometido.
—Un niño.
—¡Felicidades! —exclamó Murray—. Dale mis saludos a tu esposa y ya nos veremos en Chicago el próximo lunes.
Colgó el auricular y se volvió hacia Chris.
—Será mejor que me vaya a casa —dijo pesadamente.
—No.
Él la miró.
Chris sostuvo su mirada.
—Ya te dije que estaba chiflada. No vas a irte sin que antes nos despidamos como está mandado: follando.