El líder

Harold Robbins · Capítulo 3 de 55

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El líder

Capítulo 2

Estaban a punto de sentarse a la mesa cuando oyeron el ruido de las ruedas chirriantes de un carro que entraba en el patio delantero. Jeb levantó la mano.

—Acerca otra silla a la mesa, mamá —se levantó de la mesa y fue hasta la puerta.

Ya estaba en la parte inferior de la pequeña escalera de acceso, en el patio, cuando la mula paró.

—Buenas noches, señor Fitch —dijo al recién llegado—. Llega justo a tiempo para acompañarnos a la mesa.

—Buenos noches, Jeb —saludó el otro—. No quiero de ningún modo ocasionarles molestias.

—No es ninguna molestia. La señora Huggins preparó un suculento estofado de conejo para cenar. Me daría pena por usted que no quisiera hacerle honor.

—Estofado de conejo… —dijo Fitch pensativamente. Temía que le darían tocino con verduras y patatas—. No podría dejar de hacer honor a un estofado de conejo — arguyó, mientras saltaba del carro respirando ruidosamente. El señor Fitch era extraordinariamente gordo y, sobre todo, tenía una enorme barriga—. Estaré con usted en seguida, solo el tiempo de darle de beber y comer a la mula.

—Dan se ocupará de hacerlo por usted —dijo Jeb. Llamó a su hijo que salió de la casa—: ¿Conoces al señor Fitch?

—Buenas noches, señor Fitch —saludó Daniel.

—Buenas noches, Daniel —correspondió el gordo sonriendo.

—Ocúpate de la mula del señor Fitch, hijo mío —le dijo su padre.

—Encontrarás el morral en la parte trasera del carro —indicó Fitch—. Pero, por favor, no le dejes abrevar demasiado. Si lo hace después soltará unos pedos horrorosos y todavía tengo que ir treinta kilómetros tras ella esta noche.

Jeb tomó la botella de licor clandestino.

—Por favor, señor Fitch, cátelo nada más. Le limpiará un poco del polvo del camino que se le haya metido en la boca.

—Es mucha amabilidad la suya, Jeb —dijo Fitch. Tomó la botella, limpió el borde del gollete con la mano y bebió un largo trago. Chasqueó la lengua y sonrió cuando bajaba la botella—. Como mi mula, Jeb —comentó—, poca agua.

Diez minutos después estaban todos sentados alrededor de la mesa. Marylou colocó la gran olla de estofado frente a su esposo. Inmediatamente después, Molly Ann sacó una fuente llena de rerbanadas de pan de maíz recién horneado.

Jeb juntó las manos frente a la cara y bajó los ojos. Todos lo imitaron. «Te pedimos, Señor, que bendigas esta mesa, esta casa, a lodos los que en ella viven y a nuestro invitado el señor Fitch. Y te damos las gracias por Tu bondad y por la comida que estamos a punto de recibir. Amén.»

Un coro de «amenes» se elevó de la mesa y los chiquillos levantaron los ojos en los que se veía el hambre. Inmediatamente Jeb tomó el cucharón y sirvió al señor Fitch un plato bien colmado, haciendo luego lo propio consigo mismo. A continuación dirigió un gesto a Marylou y esta empezó a servir los platos de sus hijos. Cuando llegó su propio turno era bien poca la carne que quedaba, pero a ella le daba igual. De todos modos, era muy poco lo que comía usualmente.

Además, se sentía feliz solo al pensar que el señor Fitch contaría a todos los vecinos del lugar que los Huggins le habían servido estofado de conejo para cenar y que ellos no siempre comían tocino con verduras como los demás.

Comieron en silencio, con rapidez, rebañando los platos hasta dejarlos completamente limpios con el último pedazo de pan de maíz.

Fitch echó un poco hacia atrás su silla y se dio unos golpecitos en la barriga, satisfecho.

—Nunca había comido un estofado de conejo mejor que este, señora Huggins.

—Muchas gracias, señor Fitch —dijo Marylou ruborizada.

El gordo empezó a limpiarse los dientes. Ceremoniosamente se sacó el reloj del bolsillo y lo consultó.

—Son cerca de las seis y media, Jeb. ¿Qué le parece si salimos a fuera y empezamos a hablar de negocios?

Jeb asintió. Se levantó de la mesa.

—Ven, Daniel —le dijo a su hijo.

Daniel siguió a los dos hombres, que bajaron las escaleras y salieron al patio. Su padre indicaba el camino. Rodearon la casa para subir por la pequeña loma hasta llegar al lugar donde estaba instalado el alambique clandestino. Tuvieron que caminar en fila india por el estrecho sendero.

—¿Cuánto tiene a mi disposición, Jeb? —preguntó Fitch.

—Alrededor de veinte galones. Whisky de primera calidad.

Fitch no dijo nada hasta que llegaron al alambique.

—No es mucho.

—La sequía está agostando todo el maíz, señor Fitch —explicó Jeb disculpándose.

—Apenas me compensa de los gastos de acarreo desde tan lejos.

Ya no era el gordo y simpático señor Fitch que se había sentado a su mesa. Este era Fitch el comerciante, con quien estaban en deuda la mitad de aparceros del valle por el crédito que les daba en la tienda de su propiedad y por los precios a que les pagaba las bebidas clandestinas o cualquier otro artículo que le vendieran.

Las grandes ollas de cobre y las tuberías estaban disimuladas por las hojas y las ramas entrelazadas. A un lado se veía un montón de madera cortada.

—Trae una botella, Daniel —ordenó su padre.

Daniel empezó a apartar la madera amontonada. Poco después aparecían unas jarras de barro de color castaño oscuro. Jeb tomó una y con los dientes la descorchó.

—Por favor, huela solamente, señor Fitch —indicó Jeb.

Fitch tomó la jarra y olió.

—Pruébelo, ahora —exhortó Jeb.

El gordo inclinó la jarra y tomó un buen sorbo.

—Eso es calidad —proseguía Jeb—. Del mejor de los granos. Ni carburo ni lejías. Suave y natural. Puede dárselo a beber a una criatura.

—No está mal —dijo Fitch. Pestañeó—: ¿Cuánto quiere por él?

—Pensé que valdría por lo menos un dólar el galón —dijo Jeb sin mirarlo.

Fitch no dijo nada.

—¿Setenta y cinco centavos? —preguntó Jeb perdida la paciencia.

—Cincuenta —dijo Fitch.

—Señor Fitch, pagar cincuenta centavos por un galón de este whisky es injusto. Por ese precio solo puede conseguir un producto lubricado mal y con prisas, pero no el mío, que ha envejecido poco a poco —protestó Jeb.

—Los negocios andan mal —aseguró Fitch—. La gente ya no compra nada. Tenemos una guerra en Europa y todo anda revuelto.

—Lo que pido es bien poco, señor Fitch… —ahora la voz de Jeb era casi implorante—. Partamos la diferencia, ¿qué le parece?

Fitch miró fijamente a Jeb.

—¿Cuánto me debe, Jeb?

—Me parece que más o menos cuatro dólares —repuso este, bajando la vista.

—Cuatro dólares con cincuenta y cinco centavos —precisó Fitch.

—Supongo que eso debe ser —admitió Jeb, sin levantar la vista del suelo.

Daniel no se atrevía a mirar a su padre. Se sentía demasiado avergonzado. No había derecho a humillar a un hombre simplemente porque era pobre. Miraba lejos, a los campos.

—Voy a decirle algo, Jeb —anunció Fitch—. Estoy de muy buen talante. De talante generoso, me atrevería a decir. Y puede darle las gracias a la señora Huggins por este talante mío al que ha contribuido mucho el exquisito estofado de conejo. Siempre digo que la barriga llena embota la agudeza de un hombre para los negocios. Voy a pagarle sesenta centavos el galón.

—¿No puede pagarme algo más? —preguntó Jeb levantando la vista del suelo.

—Dije talante generoso, no loco —en la voz de Fitch había un tono definitivo.

Jeb experimentó el amargo sabor de la derrota. Tres meses de trabajar, día y noche, con lluvia y truenos cuidando del alambique y recogiendo el alcohol gota a gota a medida que se condensaba a lo largo de las tuberías, a fin de que cada gota fuera perfecta y clara como el cristal. Hizo un esfuerzo por sonreír.

—Gracias, señor Fitch —dijo. Se volvió hacia Daniel—: Ya puedes ir llevando las jarras hasta el carro del señor Fitch.

Daniel no dijo nada. No tenía bastante seguridad en sí mismo para terciar en la conversación. Pero sentía una rabia interior que nunca había experimentado. Una rabia que ponía en su estómago un nudo parecido al corredizo del verdugo.

Jeb levantó la vista hasta el gordo Fitch.

—Regresemos a casa, señor Fitch. El café nos estará esperando.

 

—No sé dónde iremos a parar —decía el señor Fitch sosteniendo en la mano la taza de café humeante con sabor a achicoria—. Los negocios van de mal en peor y la gente abandona el campo porque no puede pagar los arrendamientos. No sabe la suerte que tiene usted, Jeb, que posee su propia tierra libre de cargas.

—Podemos darle las gracias al buen Dios por esa merced —asintió Jeb—. Pero no sé… Ocho bocas que alimentar. No crea, con la sequía y las cosechas tan escasas, no es nada fácil.

—¿Nunca se le ocurrió bajar a trabajar a la ciudad? —preguntó Fitch.

—No soy hombre de ciudad —afirmó Jeb meneando la cabeza—. Nunca lo seré. Si no pudiera levantarme todas las mañanas y echar un vistazo a mi tierra, creo que me moriría. Además, ¿qué podría hacer en la ciudad? Solo sé trabajar la tierra.

Marylou entró en la pieza, encendió una cerilla y la acercó a la leña apilada en la chimenea.

—Está empezando a soplar un aire muy frío —anunció.

—Señora Huggins —dijo Fitch sonriente—, usted seguramente que sí sabe cómo hacer feliz a un hombre.

Marylou se sonrojó y esbozó una tímida sonrisa. Bajó la vista al suelo.

—Muchas gracias, señor Fitch —y abandonó el lugar.

Pero se quedó muy cerca de la puerta de la cocina, a fin de no perderse ni una palabra de conversación.

Fitch tomó un sorbo de café.

—¿No se le ha ocurrido nunca mandar a los dos mayores a trabajar a la ciudad?

—¿Daniel y Molly Ann? —preguntó Jeb sorprendido.

—El muchacho tiene catorce años y su hermana es mayor, si no recuerdo mal — dijo Fitch.

—Cumplió los quince.

—Soy muy amigo de las personas que se ocupan de las fábricas de vidrio y textiles. Siempre andan tras de muchachos que puedan llegar a ser buenos obreros. Podría recomendarlos.

—No sé —dijo Jeb dudando—. Me parece que son demasiado jóvenes para que se vayan de casa.

—Podrían ganar cuatro dólares a la semana, quizá cinco. La pensión en una casa decente solo les costaría un dólar y medio. Eso les dejaría cinco, quizá siete dólares semanales que podrían inundar a sus padres. Sería una gran ayuda para alimentar a los otros —Fitch le dirigió una mirada—. Incluso podría hacer algunas mejoras en la casa. Según tengo entendido la compañía de electricidad le instalaría corriente si pudiera garantizar un consumo mínimo de cinco dólares mensuales.

—No me gustan las lámparas eléctricas —dijo Jeb—. No es luz natural. Es demasiado brillante. No es suave como la luz de las lámparas de aceite.

Pero al mismo tiempo se puso a pensar. La suya sería la primera casa de la montaña que contaría con luz eléctrica.

Daniel entró.

—Ya cargué todo, papá.

Fitch se metió la mano en el bolsillo y al sacarla tenía en ella una reluciente moneda de cinco centavos.

—Eres muy buen chico, Daniel. Aquí tienes algo para ti.

—No, muchas gracias, señor Fitch —dijo Daniel sin tomar la moneda—. No tiene por qué darme nada.

Y abandonó precipitadamente la habitación.

—Tiene usted un muchacho muy bueno, Jeb —dijo Fitch.

—Muchas gracias —respondió Jeb.

—Será mejor que me ponga en camino —Fitch empezó a dirigirse a la puerta—. Las mulas viejas ven mal de noche por esos caminos vecinales.

—Aún le queda una hora de luz de día, por lo menos —dijo Jeb— y ya estará en el valle para entonces. No, no es demasiado larde.

Fitch asintió. Elevó la voz puesto que estaba convencido de que Marylou estaba pegada a la puerta junto a la cocina y que podía oírlo.

—Por favor, dele las gracias de mi parte a la señora Huggins por su delicioso estofado de conejo y por su hospitalidad.

—Con mucho gusto, señor Fitch.

El gordo abandonó la casa y se encaramó a su carro. Se inclinó a un lado y habló a Jeb en una voz lo suficientemente alta para que Marylou pudiera oírla.

—Piense en lo que le dije. Cuatro o cinco dólares semanales por cada chico no son moco de pavo. Cuando quiera, simplemente me los manda y yo les encontraré trabajo.

—Muchas gracias, señor Fitch. Buenas noches, señor Fitch —decía Jeb al despedirlo.

—Buenas noches, Jeb.

Fitch parloteó con la mula al mismo tiempo que tiraba con fuerza de las riendas. Lentamente, la mula empezó a salir del patio de la casa. Fitch canturreaba satisfecho. Jeb tenía razón. Nunca había catado un whisky mejor. Con toda seguridad que le sacaría no menos de un dólar por cuarto de galón. Eso representaba, por lo menos, una ganancia de sesenta y ocho dólares.

Y además se llevaba la impresión de que los hijos de Huggins no iban a tardar mucho en presentarse a la puerta de su casa. Lo cual también representaría dinero. No se creía obligado a contar a Jeb que las compañías le pagaban veinte dólares por cada joven que les contrataba.