El líder

Harold Robbins · Capítulo 42 de 55

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El líder

Libro tercero. Otro día

Libro tercero

OTRO DÍA

uno

 

—¡Eres un maldito tramposo, gran Dan!

Daniel soltó una risa fácil mientras se servía un nuevo vaso de la botella de bourbon que tenía delante. Miró a los dos tipos que estaban sentados frente a él.

—¿Y tú Tony, qué opinas?

—Lo mismo que él.

Daniel volvió a reír. Apuró su vaso de un solo trago y se levantó, inclinándose sobre la mesa mientras un mechón de cabellos color gris acerado caía sobre su frente.

—Yo diría que la reunión ha terminado.

—Espera un momento —dijo el primer hombre con rapidez—. No lo hemos decidido así. Siéntate. Podemos seguir hablando.

Daniel lo miró por un instante y luego asintió. Lentamente se volvió a sentar y rellenó su vaso.

—De acuerdo. Habla.

—Pides demasiado —dijo el otro.

—¿Demasiado qué? ¿Dinero? Eso no es nada comparado con lo que puedo hacer por vosotros. Puedo haceros respetables.

—Somos respetables —replicó el hombre tercamente.

Daniel le clavó una mirada.

—¿Pero por cuánto tiempo? Mientras permanezcáis en la sombra. Tan pronto como salgáis, empezarán a caeros encima. Yo lo veo muy simplemente. Dave Beck va a caer. Lógicamente, tú, Jimmy, serás el próximo presidente de los camioneros. Pero ¿lo serás? Supón que a Meany no le gusta la idea. No puedes pasarte de la Federación americana del trabajo al Congreso de organizaciones industriales, porque ahora son la misma cosa. Estás jodido. No te queda dónde ir.

Se volvió hacia el otro.

—Y lo mismo te digo a ti, Tony. John L. no va a nombrarte presidente del Sindicato de mineros, cuando se retire. Tom Kennedy es su favorito. Cada vez se le ve más. Pero tú puedes ser nombrado vicepresidente ejecutivo y, con un hombre como Kennedy, incluso es mejor. Continuarás tranquilamente entre bastidores y ya te llegará el momento de dar el paso cuando Kennedy se vaya.

—Por lo que veo, ya te lo imaginaste todo —dijo Jimmy Hoffa.

—Hace mucho que ando en esos trotes —respondió Daniel.

—¿Cómo es que no eres rico entonces? —dijo riendo Tony Boyle.

—Es que no tenía prisa —respondió Daniel también riendo—. Esperaba que vosotros crecierais.

—Tú sabes que no podría lograr que Lewis aceptara pagar diez centavos por afiliado para la Alianza confederada del trabajo —dijo Tony.

—Lo sé —asintió Daniel—. Pero los sindicatos locales pueden hacerlo si quieren. Tú puedes ocuparte de eso. Resultará igual.

—El viejo pondrá el grito en el cielo —anunció Tony—. Te odia en el alma tras lo que dijiste de él.

—¿Qué hay más de nuevo? —preguntó Daniel sonriente—. Tampoco puedo decir que me quieran más Meany, Beck o Reuther. Todos son miembros del mismo club. Han andado años tras mi pellejo, pero yo sigo vivito y coleando.

Boyle sacudió la cabeza maravillado.

—No sé cómo pudiste hacerlo. No son tantos los afiliados con que cuentas… quizá cuarenta mil, cincuenta a lo sumo.

Daniel sonrió.

—Cerca de cien mil. Pero la cantidad de afiliados no es lo que cuenta. Todos son pequeños sindicatos, independientes, por los que nunca se preocuparon esos tipos grandotes porque creían que se les podía sacar poco jugo. Pero representan algo que los demás no tienen.

—¿Qué es? —preguntó Hoffa.

—Equilibrio de fuerzas. Nunca hemos dado motivo de escándalo, nunca hemos perturbado nada. Nadie se ha alzado con dinero.

—Es que tampoco había tanto para llevarse —comentó Boyle riendo.

—Puede ser —puntualizó Daniel—. Pero ahí están los hechos. El público confía en nosotros. Somos la única sindical que aprueba y ahí están los sondeos de opinión para demostrarlo. Y yo hablo por ellos.

—Tampoco los camioneros aceptarán el trato —dijo Hoffa.

—El sindicato 299 aceptará —replicó Daniel—. Es tu sindicato y hacen lo que tú dices. Doscientos mil afiliados son suficientes para empezar la bola de nieve. Con el tiempo, todos entrarán.

—Bueno, está claro lo que tú consigues. ¿Qué obtenemos nosotros?

—Ayuda y consejo —dijo Daniel—. Ambos sois jóvenes y ambiciosos. Yo puedo ayudaros a que se colmen vuestras ambiciones. Puedo protegeros contra todo, excepto contra vosotros mismos.

—¿Hablaste con otros sindicatos? —preguntó Hoffa.

—Lo haré —aseguró Daniel—. Vosotros sois los dos primeros.

—¿Por qué nos elegiste a nosotros?

—Porque ambos estáis en negocios que son vitales para la supervivencia del país.

Ambos se quedaron callados un rato. Luego Boyle se dirigió a Daniel.

—¿Podemos pensarlo?

—Desde luego —asintió Daniel.

—¿Qué harás si no aceptamos tu proposición?

—Hay otros hombres, tan jóvenes y tan ambiciosos como vosotros, en otras secciones del mismo sindicato.

—Eso es chantaje —dijo Hoffa, pero sin disgusto.

—En efecto, lo es —afirmó Daniel con voz agradable.

—¿Nos das una semana? —preguntó Boyle.

—Cuenta con ella —accedió Daniel.

Se dieron apretones de mano y Daniel los observó salir juntos del bar. A través de la ventana pudo ver cómo cada uno se dirigía a tomar su coche. Cuando se hubieron ido miró hacia abajo, a su vaso. Se preguntó si ellos sabían a ciencia cierta hasta qué punto estaba desesperado. Había luchado durante diez años para edificar su base de poder y de un solo golpe, el año pasado, todo se había ido al traste. La fusión de la Federación con el Congreso lo había liquidado. Y ahora, poco a poco, los sindicatos individuales con los que había llegado a un acuerdo se le escapaban de las manos. Solo quedaba en caja el dinero necesario para aguantar un mes más, o dos cuando mucho. Luego todo habría concluido. Los últimos veinte años tirados por la borda. Los sueños, las esperanzas y los ideales hechos trizas e imposibles de reconstruir.

Se levantó cansado.

—Apúntalo en la cuenta, Joe —dijo al camarero de la barra cuando salía—. Y agrega diez pavos para ti, de propina.

—Gracias, gran Dan —contestó cuando ya este estaba en la acera.

Parpadeó al salir a la calle soleada, esperó un poco hasta que el tráfico se aclaró y luego atravesó la calzada en dirección al edificio de dos plantas. Miró hacia arriba las manchadas letras de aluminio que aparecían en la entrada del edificio. ACT. Estaban empañadas y picadas por el tiempo. Tomó nota mental para decirle al portero que les diera una mano.

Entró al edificio, atravesó sin detenerse la gran oficina general de la planta baja y se dirigió a la escalera que había al fondo y que llevaba directamente a su despacho privado.

Daniel Jr. lo estaba esperando.

—¿Cómo te ha ido, padre?

—Escucharon —respondió, y se sentó tras su escritorio.

—¿Crees que aceptarán?

—No puedo decirlo. Ya no sé nada de nada. —Abrió un cajón, sacó un cigarro y lo prendió—. ¿Alguna novedad en el instituto?

—He sido aceptado para ingresar en Harvard —anunció sonriente—, en la facultad de económicas.

Daniel se levantó. Dio un apretón de manos a su hijo y a este le pareció que se la aplastaba.

—¡Felicidades! Me siento orgulloso de ti.

—También yo estoy muy contento —dijo el muchacho—. Pero…

—¿Pero qué?

—No debo ir, padre —el joven titubeó—. Sé nuestra situación económica. Ya estoy bastante crecido para trabajar.

—Trabajarás —dijo Daniel—. Algún día tendrás que ocuparte de todo esto. Y debes estar preparado para cuando llegue el momento.

—¿Pero qué pasará si Hoffa y Boyle no aceptan tu idea? No quedará más remedio que cerrar.

—Encontraré la salida —aseguró Daniel—. Tú seguirás con tus estudios. Ese es tu trabajo. —Sonó el teléfono—. Responde, hijo. Yo tengo que ir al lavabo.

A pesar de que su hijo trató de disimularlo, su voz traslucía lo impresionado que estaba cuando Daniel regresó del lavabo.

—Llamaban desde la Casa Blanca. Un tal señor Adams.

—¿Sherman Adams?

Daniel Jr. asintió.

—¿Qué quería?

—Invitarte a una reunión y a desayunar con el presidente el próximo seis de septiembre. Quiere que confirmes la cita por teléfono.

—¿Mencionó a quiénes más invitaba?

—No le pregunté —dijo el joven.

Daniel tomó el auricular y le pidió a su secretaria que respondiera a la llamada de Adams. Mientras esperaba, levantó los ojos hasta su hijo.

—Eisenhower debe estar preocupado. Prácticamente todos los sindicatos afiliados a la Federación y al Congreso apoyan a Stevenson. —Adams se puso al otro extremo de la línea—: ¿Qué pasa, Sherman? —preguntó Daniel.

—El presidente cree que sería una gran idea que vinieras para tener una charla con él.

—¿Quiénes más estarán?

—John L. Lewis. Quizá Dave Beck.

—No invites a Beck —dijo Daniel—. Por aquí pasan ciertas cosas que quizá podrían ponerte en situación embarazosa.

—¿Puedes hablarme de ellas? —preguntó el ayudante del presidente.

—Claro que sí, pero no por teléfono.

—Comprendo —la voz de Adams tenía un tono pensativo—. ¿Podrás venir?

—Cuenta conmigo.

—Magnífico. El presidente se alegrará cuando se lo diga.

—Preséntale mis saludos —dijo Daniel—. Nos veremos el día seis.

—A las ocho en punto —puntualizó Adams. Y colgó.

Daniel miró por encima del escritorio a su hijo. Sonrió.

—Al parecer en la Casa Blanca no se han enterado de la situación que atravesamos. —Miró los papeles esparcidos encima de la mesa—. Debo ponerme a trabajar en seguida.

—No voy a quitarte el tiempo, papá —dijo el joven. Fue hasta la puerta y volvió la cabeza al salir—: ¿Vendrás a cenar esta noche?

—Aún no lo sé —respondió Daniel—. Dile a Mamie que ya llamaré más tarde para decírselo.

Se quedó mirando fijamente a la puerta cuando su hijo se hubo ido. Luego sacó una botella de whisky del cajón inferior del escritorio y se tomó una buena ración. Cuidadosamente volvió a enroscar el tapón y guardó otra vez la botella. Acto seguido descolgó el auricular para preguntar si había recados para él.