El líder
Capítulo 9
nueve
El sonido del bocinazo entró por la ventana abierta. Daniel levantó la vista del periódico de la mañana.
—Ya llegó el coche.
—Lo he oído —dijo Margaret.
Despachó rápidamente su taza de café.
—Debo irme volando.
—¿Vendrás a cenar esta noche?
—No sé —dijo—. Estamos de trabajo hasta la coronilla. Nunca debimos aceptar este trabajo adicional de los camioneros. Estamos terminando el estudio y la revisión de todas las solicitudes de préstamo y hay un montón de ellas que debemos devolverlas junto con nuestra recomendación para que las reconsideren en la reunión del comité ejecutivo que se celebrará pasado mañana.
—En estos últimos diez días solo has cenado en casa un par de noches —se quejó Margaret.
—Lo siento —se disculpó Daniel—. Tengo responsabilidades.
—También tienes una para conmigo —dijo ella.
—No lo olvido —se levantó—. Pero antes de casarnos ya sabías cómo era mi trabajo.
—Entonces no estabas tan ocupado. Disponías de más tiempo para ti mismo. Y para mí.
—También estábamos al borde de la bancarrota.
—¿El dinero hace que nos sintamos mejor?
—Por lo menos podemos pagar nuestras facturas —replicó—. En cuanto a la nueva casa que estamos construyendo en Scarsdale, Nueva York, no es exactamente en estilo de pobre.
—Me siento feliz aquí —dijo Margaret—. ¿Por qué tenemos que mudarnos a Nueva York?
—Ya te lo expliqué —dijo paciente—. Cada vez nos metemos más y más en el negocio del manejo de fondos. El dinero está en Nueva York. Por esa razón estamos mudando nuestras oficinas a la parte baja de la ciudad, cerca de Wall Street.
Margaret calló mientras él se ponía la chaqueta.
—Cálmate —le recomendó—. Todo saldrá bien. El último mes de embarazo siempre es el peor. Una vez haya nacido el niño te sentirás mejor.
—Me veo tan espantosa.
Daniel dio la vuelta a la mesa para besarla.
—Eres guapa.
—Nunca recobraré mi figura de antes.
—Claro que sí —afirmó él—. No te preocupes.
—Temo mucho que conozcas a alguna joven y que te arrebate de mí —Margaret levantó la mirada hacia Daniel.
—Imposible.
—Ya hace más de un mes —dijo—. Y te conozco. Veo en qué estado te encuentras cada mañana al despertar.
—Una ducha fría resuelve el asunto —rio él.
—¿Cuántas duchas frías debes darte en el curso del día?
—¿Qué voy a hacer contigo? —dijo sacudiendo la cabeza.
Margaret no respondió.
—¡Vamos! No tienes motivos.
—Ya ni siquiera puedo hacerlo con la boca —se quejó—. Cada vez que lo he probado me han dado náuseas.
—Te estás poniendo tonta.
Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas.
—Estoy asustada. Voy a perderte. Te conozco.
La levantó del suelo y le dio un beso cuidando de no apretarle el vientre.
—No me perderás. —Volvió a oírse la bocina del coche—. Estoy retrasado. Me voy volando.
Margaret le siguió hasta la puerta.
—¿Qué me dices de la cena?
—Trataré de venir. Te llamaré después, en el transcurso de la tarde.
Se quedó parada en el umbral y lo observó cuando bajaba por el sendero hasta llegar al coche. El conductor se apeó y le abrió la portezuela. Margaret esperó hasta que el vehículo hubo doblado la esquina, al final de la calle, y luego volvió a entrar.
Mamie salía de la cocina y llevaba en la mano su bolsa para la compra.
—Ahora me iba a la tienda. ¿Necesita algo, señora Huggins?
—No —contestó Margaret—. No necesito nada. Simplemente me vuelvo a la cama, para descansar un rato.
Apenas habían recorrido unas cuantas manzanas cuando George, el conductor, lanzó una rápida mirada a Daniel, sentado en el asiento trasero.
—Hay un coche que nos sigue, señor Huggins.
—¿Está seguro? —preguntó Daniel.
George miró por el retrovisor.
—Completamente. Es un Dodge azul. En el asiento delantero van dos hombres. Me siguen desde que salí del garaje esta mañana.
Daniel miró por el cristal posterior. Tras ellos el tráfico era muy denso y no vio el coche.
—¿Dónde está?
—Más o menos siete coches más atrás —precisó George.
Ahora sí que lo vio Daniel. Era un coche de aspecto normal. Pudo distinguir dos hombres en el asiento delantero, pero no podía decirse qué aspecto tenían.
—¿Reconoce a alguno? —preguntó a George.
—Nunca vi a ninguno anteriormente.
—¿Vino directamente a mi casa cuando salió del garaje?
—No, señor —respondió George—. Pasé a recoger al señor Gibbons por su hotel y lo llevé a la oficina de los camioneros para que acudiera a una reunión que tenía con el señor Beck. Allí lo dejé y luego pasé a recogerlo a usted.
Daniel asintió. El coche y el conductor eran de los camioneros. Era completamente normal que primero atendieran a los suyos. Hoffa había ordenado que él, Daniel, pudiera disponer del vehículo cuando lo necesitara.
—¿Quiénes cree que son?
—No sé —respondió George—. Podrían ser polis. Suelen usar coches corrientes como ese.
—¿Le dijo algo sobre el particular al señor Gibbons?
—No. Es que entonces no estaba muy seguro. Solo tuve la certidumbre al ver que, tras apearse él, aún me seguían.
—¿Va armado? —preguntó Daniel.
—No, señor.
—¿Quién más sabía que vendría por mí esta mañana?
—Todo el mundo —respondió George—. Los servicios asignados a cada conductor figuran en una relación que se fija desde la noche anterior en el tablón de anuncios.
Daniel volvió a mirar. El Dodge seguía tras ellos y ahora estaba a unos cinco coches detrás.^
—Pásese el próximo semáforo en rojo —ordenó al conductor—. En seguida dé vuelta a la derecha y trate de esconderse en la primera calleja que encuentre. Deténgase allí y échese en el asiento.
George lanzó una ojeada rápida a sus espaldas en el preciso instante en que Daniel sacaba su arma de la pistolera. Habló con la boca seca:
—¿Cree que habrá tiroteo?
Daniel inspeccionó el tambor del revólver.
—No creo, pero ya hace muchísimo tiempo que aprendí a no correr riesgos.
Las manos de George apretaron con fuerza el volante. Tuvieron que recorrer tres manzanas antes de contar con la oportunidad deseada. Se saltó velozmente un semáforo en rojo y giró a la derecha. Daniel observaba por el cristal posterior y no vio al coche azul cuando entraban en una calleja. A medio camino de la próxima calle, George detuvo el coche. Se volvió para mirar a Daniel.
—¡Échese! —le gritó este, tajante.
George desapareció de su vista y Daniel miró hacia atrás desde el cristal. Un minuto después pasó a toda velocidad frente a la calleja el Dodge azul.
—¡Por fin! —exclamó Daniel—. Salgamos inmediatamente de aquí y lléveme a mi oficina.
George puso en marcha el coche y salieron de la calleja mientras Daniel guardaba su revólver en la funda.
—¡Cristo! —exclamó George.
—¿Tiene que llevar a cabo algún otro servicio cuando me deje a mí? —preguntó Daniel.
—No, me dijeron que me pusiera a sus órdenes para todo el día.
—Haga lo que le diré. Cuando me apee regrese al garaje. Tan pronto como llegue, llámame para informar si le siguieron.
—Ahí los tenemos de nuevo. Detrás de nosotros —le interrumpió George mirando al retrovisor.
—Lo esperaba —soltó Daniel—. Quería simplemente asegurarme de lo que hacían. —Vislumbró en el espejo la cara preocupada de George—. No se asuste —le dijo para tranquilizarlo—. Ahora ya saben que nos dimos cuenta. No van a buscarnos ningún problema.
El coche se detuvo frente al edificio de dos pisos donde estaban instaladas las oficinas. Sin mirar a su alrededor, Daniel entró en el edificio y fue directamente a su despacho. Estaba a media lectura de la correspondencia de la mañana cuando llegó la llamada.
—Habla George, señor Huggins. Estoy en el garaje. No me siguieron.
—Está bien, George. Gracias.
—¿Puedo hacer algo más por usted?
—No, George. Ya le llamaré si le necesito. Muchas gracias, otra vez. —Apretó un botón. Un momento después, Moses y Jack estaban en su despacho^. En algún lugar alrededor de aquí hay aparcado un Dodge azul con dos tipos en el interior. Me han seguido desde que salí de casa esta mañana.
—¿Sabes quiénes son? —preguntó Moses.
En su voz había un tono de preocupación.
—No tengo ni la más remota idea. Que alguien intente ver su placa de matrícula, y luego trataremos de averiguar a quién pertenece el vehículo por medio de alguno de nuestros amigos del departamento de policía.
—Me ocuparé yo mismo —se ofreció rápidamente Moses.
—No, tú no. Si me conocen a mí seguro que también te conocen a ti. Manda a un muchacho cualquiera de las oficinas o alguna mecanógrafa. Decidles que procedan con disimulo. Simplemente, que pasen junto al coche para ver la placa. Nada más.
—En seguida —dijo Moses. Y salió del despacho.
Daniel se volvió a Jack.
—¿Cuál es nuestra posición si se nos interroga acerca de los negocios de alguno de nuestros clientes?
—Si han seguido todos los trámites legales de rigor y se le requiere a declarar bajo juramento, no le queda más remedio que responder sus preguntas.
Daniel no dijo nada.
—No puede contar con la protección de un abogado si es eso lo que está pensando.
—¿Qué pasa con los archivos que nos han sido confiados por nuestros suscriptores?
—Si exigen su presentación, no le queda más remedio que entregárselos.
Daniel bajó la cabeza y se quedó pensativo contemplando la superficie de su escritorio.
—Lo mejor será reunir todo lo que tengamos aquí y que nos han enviado de afuera y haces los arreglos para devolverlo a cada sindicato al que pertenezca. No quiero que esta noche quede nada en nuestros archivos, excepto nuestra propia documentación.
—Nos echa mucho trabajo encima —adujo Jack—. Necesitamos muchos de esos documentos para poder llevar a cabo nuestra labor.
—¡Me importa un bledo! —exclamó Daniel—. No quiero ser la puerta falsa para cualquier hijo de puta que quiera meterle mano a alguno de nuestros clientes. Sáqueme esos archivos de aquí. Mañana estudiaremos la creación de pequeños equipos de trabajo para que lleven a cabo su labor en las propias oficinas de cada cliente. Representará algunos inconvenientes, pero realizaremos la tarea.
—Va a costarnos además mucho dinero extra —dijo Jack.
—¿Puede decirme algo que no lo cueste? —preguntó Daniel dirigiendo una mirada furibunda a Jack.
En ese momento Moses entró de nuevo en el despacho.
—Ya sabemos de quién es el coche. No fue necesario llamar a nuestros amigos de la policía. Lo dice claramente la placa: es de un departamento gubernamental, el de Servicios generales.
—¿Conocemos a alguien en Servicios generales que pueda informarnos de a quién han asignado el coche? —preguntó Daniel.
—Creo que sí —respondió Moses. Tomó el auricular y rápidamente marcó un número. Cuando descolgaron, habló con voz muy queda y en seguida tapó el auricular con la palma de la mano—: Ahora lo buscan —transcurrieron unos segundos—: Muchas gracias —dijo Moses a la persona que le informaba, y en seguida colgó el auricular. Entonces se dirigió a sus compañeros—: El coche está al servicio del comité McClellan.
El nombre completo del comité encabezado por el senador McClellan era: Comité selecto senatorial para la investigación de actividades ilegales en el campo del trabajo y de la dirección.
—Muy bien —dijo Daniel—. Por lo menos ahora ya sabemos con quién nos las entendemos. Solo hay dos sindicatos a los que apunta el comité. El de los obreros del ramo del automóvil y el de camioneros. Teniendo en cuenta que el primero no es todavía cliente nuestro, debemos dar por sentado que van tras el sindicato de camioneros. —Miró a Jack—: Ocúpate de que los primeros archivos a devolver sean esos.