El líder

Harold Robbins · Capítulo 12 de 55

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El líder

Capítulo 11

once

 

Daniel sintió un ruido sordo en su estómago y levantó la vista para ver la hora en el gran reloj que colgaba de la pared. Eran las doce y media y el señor Smathers y sus visitantes aún no habían salido a almorzar. Indudablemente se trataba de una reunión muy importante, puesto que el señor Smathers era un hombre que siempre estaba listo a las doce en punto para almorzar. Quizá no fueran del todo falsos los rumores que habían circulado en los últimos meses y según los cuales la mina iba a venderse.

Se abrió la puerta de la oficina interior y en el umbral apareció Smathers.

—¿Aún estás aquí, Daniel? —había un matiz de sorpresa en su voz.

—Sí, señor —respondió Daniel con buena educación—. Esperaba que usted saliera a almorzar.

—Está bien, Daniel. No es preciso que me esperes. Puedes salir en seguida a tomar tu almuerzo.

Daniel cerró el libro mayor y se puso de pie.

—Muchas gracias, señor Smathers.

Se agachó y sacó de debajo del escritorio una fiambrera que contenía su almuerzo. Smathers volvió a su despacho mientras Daniel salía por la puerta de enfrente.

Se sentó en el banco situado en el exterior del edificio y abrió la fiambrera. Sonrió para sí mismo. Carrie había sido excesivamente generosa con él. Había un plátano extra, además de la manzana de costumbre, y el bocadillo de embutidos con ensalada de patata y el pan recién horneado en casa que olía deliciosamente.

Apoyó la espalda contra el edificio, con los ojos entrecerrados por la satisfacción mientras masticaba lentamente. El cuello de la camisa empezaba a apretarle. Se aflojó la corbata y se lo desabrochó. Mucho había cambiado su vida en ese año que llevaba trabajando en el despacho.

Lo más importante, seguramente, era que se podía permitir tener un cuarto para él solo. Y también que los ojos ya no le dolían a la luz del día. Eso compensaba sobradamente el que tuviera que usar cuello y corbata todos los días. Desenroscó la tapa del termo y tomó un sorbo de café, caliente y azucarado. Esa Carrie era una perla. Se merecía con creces cada centavo del medio dólar extra que le daba semanalmente de propina.

Oyó unas pisadas que se acercaban y volvió la cabeza en dirección a su procedencia. Su viejo capataz, Andy, venía de la parte de atrás del edificio y se detuvo frente a él.

—Quiero hablar contigo, Daniel —dijo bruscamente.

—Hable, lo escucho.

Se preguntó qué podría ser tan importante para que Andy hubiera salido de la mina para hablarle. Normalmente Andy tomaba el almuerzo en el pozo de la mina con el resto de sus hombres.

—No, aquí no —dijo Andy—. Hay demasiada gente.

Daniel no veía a nadie, pero de todos modos se levantó.

—Está bien —dijo—. ¿Dónde vamos?

—Detrás del almacén de las herramientas —propuso Andy mientras ya se iba—. Allí te espero.

Daniel asintió. Terminó el bocadillo y luego, lentamente, se dirigió al lugar indicado. Andy permanecía recostado contra la pared trasera, mascando tabaco. Lanzó un escupitajo al ver llegar a Daniel. El gargajo sonó como un disparo cuando chocó contra una piedra que estaba a unos tres metros.

Daniel lo observó. Andy procedía de una forma rara. Nunca lo había visto así anteriormente.

Andy miró a derecha e izquierda antes de hablar.

—¿Te ha visto alguien cuando venías para acá?

—Creo que no —Daniel estaba desconcertado—. ¿Pero qué pasaría si me hubieran visto?

Andy no respondió su pregunta. En vez de hacerlo, formuló otra.

—¿Venden la mina?

—No lo sé —respondió Daniel, sinceramente.

—Hay rumores en sentido afirmativo —dijo Andy—. Creí que tú podrías saber algo.

—También yo oí los rumores, pero no sé más que cualquier otro.

—Esos tipos que están con Smathers llegaron de Detroit, ¿no es cierto?

—Lo ignoro —dijo Daniel—. Nadie me ha contado nada.

—Se dice que una fábrica de automóviles va a hacerse cargo de la mina y que lo primero que harán será cambiar el sistema de paga y abrir cuenta a cada obrero para abonar en ella lo devengado tal como hicieron en el Parlee.

—Se equivocó de hombre al hablarme a mí —dijo Daniel—. Es al señor Smathers a quien debería hacer la pregunta, no a mí. Yo soy simplemente un empleado de oficina.

—Pensé que quizás hubieras oído algo.

—¿Por qué? —preguntó Daniel—. No ando escuchando por el ojo de las cerraduras.

—Ni yo te estoy pidiendo que lo hagas —replicó Andy.

—No sé por qué le preocupa tanto —dijo Daniel—. ¿Qué importancia tiene quién sea el dueño de la mina con tal que nos paguen?

—Existe una gran diferencia —puntualizó Andy obstinado—. Cobras en vales, no en dinero, y te tienen atado de pies y manos. Todo lo que necesites debes comprarlo en sus tiendas y en menos que canta un gallo te encuentras empeñado hasta el cuello y nunca puedes escapar.

—No obstante, si se vende la mina es muy poco lo que podemos hacer nosotros, excepto marcharnos si nos disgusta el trabajo.

—Eso quisieran ellos —dijo Andy—. Entonces podrían reemplazarnos por obreros que se conformaran con menos. No, hay otras formas. Y mucho mejores.

—¿Cuáles son? —preguntó Daniel con curiosidad.

Asomó la cautela en la cara de Andy.

—No puedo hablar de eso, por ahora. Ignoro de qué parte estás.

—¿De qué parte estoy? —inquirió Daniel perplejo.

—Sí, del lado de la dirección o del nuestro.

—¿Nuestro?

—Los mineros —aclaró Andy—. Es muy distinto cuando no se trabaja allí abajo.

—No veo dónde está la diferencia —dijo Daniel—. Trabajo para ganarme el sustento lo mismo que usted.

Andy lo miró fijamente un segundo.

—Eres un tipo raro.

Daniel se quedó callado.

—¿Me dirás algo si lo oyes? —preguntó Andy.

—No —la voz de Daniel era categórica—. No me gusta ser soplón. Para nadie.

—¿Ni siquiera para una causa justa?

—Debería verla muy claramente —dijo Daniel—, y luego decidiría.

Andy, de repente, sonrió y volvió a ser el hombre que él conocía.

—¿Qué haces por la noche, muchacho?

—Poca cosa.

—Oí decir que pasas muchas veladas con la señorita Andrews, la nueva maestra de la escuela.

Daniel sintió que el rubor le subía a las mejillas. Al parecer no había secretos en aquella ciudad minera.

—Me está dando lecciones.

—¿Seguro que es lo único que te da? —preguntó Andy con suspicacia.

Daniel notó que su rubor iba en aumento.

—Tengo muchísimo para aprender.

—Estoy seguro —rio Andy. De repente recobró su seriedad—: Volveré a hablar contigo dentro de unos días.

—Ya sabe dónde encontrarme —respondió Daniel—. Nunca voy a ninguna parte.

Observó al capataz cuando se alejaba y luego regresó a su banco, frente al edificio. Se sentó, tomó el plátano y lo peló con cuidado. Lo comió lentamente, saboreando la dulce suavidad madura. Esa Carrie era un tesoro.

Tragó el último pedazo de manzana, que acompañó con lo que quedaba de café. Cerró con cuidado la fiambrera y regresó a la oficina. La puerta del despacho de Smathers seguía cerrada. Echó una mirada al reloj al agacharse para dejar la fiambrera debajo del escritorio.

Disponía aún de bastante rato para darse una vuelta por el departamento de trituración y ver qué pasaba.

 

Ese departamento estaba situado al final de las vías que salían del pozo y era el lugar donde se descargaba el mineral extraído de la mina para colocarlo en la cinta transportadora. Desde allí iba a parar a una tolva y a su caída los muchachos separaban manualmente la escoria del carbón, que cargaban en un camión mientras aquella era acarreada y tirada en la otra vertiente de la montaña.

Daniel fue hasta el almacén construido encima del departamento, que a su vez estaba edificado en una pronunciada inclinación de la montaña, y salió a la plataforma desde donde podía verse a los chicos que trabajaban en la tría. El lugar bullía de animación tras la hora del almuerzo. En realidad, el bullicio nunca paraba totalmente debido a que, mientras la mitad de los chicos almorzaba, la otra mitad trabajaba. Pero ahora todos habían regresado al trabajo y el carbón caía ruidosamente desde la tolva, levantando a su llegada nubes de un polvo negruzco que oscurecía parcialmente la vista desde la plataforma. Al cabo de unos segundos los ojos de Daniel se acomodaron y pudo divisar a los muchachos que trabajaban a sus pies.

Estaban sentados, en filas, a ambos lados de la caída. Bien apretujados en los diminutos bancos, se agachaban sobre las trituradoras y, con las manos, apartaban rápidamente el carbón que separaban de la escoria, más por el tacto que por la vista. El ritmo de su trabajo era controlado por los vigilantes, que lo forzaban aumentando el flujo de entrada de carbón en la tolva. Si un muchacho se rezagaba, pronto se encontraba con los brazos enterrados en el carbón.

Por encima del retumbar del carbón que caía de la tolva, Daniel podía oír claramente los gritos de los vigilantes mientras iban de arriba abajo por los estrechos peldaños que había a cada lado de los bancos y lanzaban gritos a los muchachos para que se dieran prisa y vaciaran sus cajas. Todos eran jóvenes cuyas edades oscilaban entre los nueve y los trece o catorce años, pero con los rostros cansados, cubiertos de tizne, y las espaldas permanentemente encorvadas que les hacían parecer hombres curtidos en miniatura.

Uno de los vigilantes se encaramó a la plataforma y se puso al lado de Daniel. Le dirigió una mirada al mismo tiempo que se acercaba a un cubo de agua del que tomó unos sorbos por medio de un cucharón. Bebió una buena cantidad antes de hablar.

¡Malditos bastardos perezosos!

Daniel no respondió. El vigilante se le acercó y, desde allí, dirigió una mirada hacia abajo.

—Dudo que en las oficinas sepan lo duro que trabajamos para lograr que esos chicos rindan.

—Al parecer trabajan muy bien —replicó Daniel mirando al hombre.

—No los conoce —dijo el vigilante—. La mitad del tiempo lo simulan. Simplemente hacen creer que trabajan. ¡Qué distinto a cuando yo era joven! Entonces sí que los chicos realmente trabajaban.

Daniel se encogió de hombros.

—¿Es verdad que venden la mina? —preguntó el tipo.

—Lo ignoro —respondió Daniel secamente.

—A mí me lo puede decir —expuso el vigilante en tono confidencial.

—Ya le dije que no lo sé —repitió Daniel con tono áspero.

—Está bien, está bien —dijo el vigilante en seguida—. No se ponga tan irritable ahora, simplemente porque trabaja en las oficinas. No es ni mejor ni peor que el resto de nosotros.

Daniel le lanzó una mirada, repentinamente helada.

—¿Qué quiere decir?

—¿Cree que no sé a qué ha venido aquí? No vino simplemente a matar el tiempo.

Apareció un rictus en la boca de Daniel, al mismo tiempo que la cólera se apoderaba de él. Avanzó un paso hacia el hombre, pero un grito que subió de entre los chicos lo detuvo. Era el agudo grito de dolor de uno de ellos.

—¡Paren el carbón! —gritó un vigilante.

El vigilante que estaba junto a Daniel en la plataforma alargó el brazo y tiró de una palanca que cerró la tolva. Inmediatamente se detuvo el flujo de carbón.

—¡Maldita sea! ¿Qué pasa ahora? —preguntó el vigilante regresando hacia la barandilla y mirando abajo a la trituradora.

Pudieron oír los gritos del chico pero no lo pudieron ver hasta que las nubes de polvo se hubieron desvanecido un poco. Un chiquillo próximo al lugar de la tolva tenía la mano atrapada entre la cinta transportadora y su caja.

—¡Estúpido bastardo! —renegó el vigilante, que se dirigió hacia la escalera.

Bajó los peldaños de cuatro en cuatro. Cuando llegó junto al lesionado ya habían muchos chicos apiñados a su alrededor. El herido se había desmayado.

—¡Regresad a vuestros cajones! —gritó el vigilante.

Otro vigilante se le unió y, rápida y hábilmente, sacaron la mano del chico de donde estaba aprisionada. Levantó al muchacho, con pocos miramientos, lo cargó en brazos y empezó a subir la escalera. Cuando llegó a la plataforma con el niño inconsciente lo sostuvo con un solo brazo y, alargando la mano, volvió a abrir la tolva.

Daniel contempló al chiquillo. Parecía no contar más allá de diez años, tenía la cara exangüe y de su mano destrozada manaba sangre en abundancia mientras colgaba fláccida de entre los brazos del vigilante.

Este se dio cuenta de la mirada de Daniel.

—Puede decirles a los del despacho que la culpa no fue nuestra. El maldito no supo sacar su mano a tiempo.

Daniel ni respondió.

—La culpa no fue nuestra —repitió el vigilante.

—Mejor será que en vez de hablar vaya a que curen al chico —le dijo Daniel.

Observó al vigilante que rápidamente abandonaba el cobertizo con el muchacho en brazos. No había enfermería, pero el viejo encargado del almacén de herramientas sabía qué hacer en caso de accidentes. Se lo llevarían allí, le vendaría la mano y lo mandaría para su casa. Claro que dejaría de percibir su salario hasta que se reintegrara al trabajo. Es decir, si es que podía regresar a trabajar en su puesto de la trituradora. No se sabía de ningún caso de un chico manco en ese departamento.

Daniel miró hacia abajo. Seguía cayendo el carbón desde la tolva. El aire estaba saturado de carbonilla, los vigilantes gritaban, y los chicos iban separando el carbón. Como si nada hubiera ocurrido.

De repente se dio cuenta de que sus manos apretaban fuertemente la barandilla de la plataforma. Miró a sus pies. Se imaginó a sí mismo, con la mano colgante y manando sangre. Algo andaba mal. Un par de manos valían algo más que los tres dólares semanales que ganaban los muchachos de la trituradora.