El líder

Harold Robbins · Capítulo 45 de 55

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El líder

Capítulo 4

cuatro

 

Michael Rourke levantó los ojos de su periódico dominical cuando su hija entró en la pieza. Se fijó que se había puesto un vestido nuevo y que iba recién maquillada.

—¿Sales esta noche?

—Sí —respondió Margaret—. Lo dejo todo a punto. El asado está en el horno. Estará listo a las seis. Los chicos ya saben cuándo deben sacarlo.

Se quedó unos momentos callado.

—¿El gran Dan?

—Sí.

Bajó el periódico y se lo mostró.

—¿Leíste aquí que se había entrevistado con el presidente, esta semana, en la Casa Blanca?

—Él mismo me lo contó.

—¿Lo has visto?

—El jueves por la noche. Recuerda que te dije que cenaría fuera.

—Y no regresaste a casa hasta después de medianoche. No dijiste que cenabas con él.

—No hay nada de malo en eso, papá. Es una persona muy simpática.

—Tiene más años que yo.

—Si hablaras con él no lo dirías. ¡Está tan interesado en todo!

—No me gusta —sentenció su padre—. Creo que lo ves demasiado a menudo. Deberías salir con más chicos de tu edad.

—Los muchachos de mi edad no me interesan, papá. Les falta madurar. Y todos van tras de lo mismo.

—¿Y él no?

—Él es todo un caballero.

—¿Dijo algo acerca de algún trabajo para mí?

—Solo que se ocupa del asunto y que espera poderme decir algo muy pronto.

—¡Oh, sí! —exclamó sarcásticamente.

Margaret bajó los ojos hacia su padre.

—¿No le crees? ¿Por qué iba a mentirme?

—Porque quiere meter mano a tu cuerpo ardiente y joven. Ahí tienes por qué — dijo Michael con amargura.

—¡Papá! —exclamó enojada.

—¡Nada de papá! —repitió él—. Tú sabes tan bien como yo que es eso lo que quiere. —Levantó hacia ella sus ojos perspicaces—: Y posiblemente es lo mismo que quieres tú.

—No quiero oírte hablar así —dijo ella, y empezó a abandonar la sala.

—¡Margaret! —gritó él.

Se volvió cuando ya pisaba el umbral.

—¿Qué quieres?

—Perdona, quizá no me expliqué bien —en su voz había un tono de disculpa—. Es solo debido a que estoy preocupado por ti. Ya te conté acerca de su reputación. Tanta bebida, tantas mujeres… No quisiera que fueras a convertirte en una más de esas mujeres suyas, eso es todo. No te quiero ningún daño, hija mía.

—No soy ninguna niña desde hace mucho —replicó ella con tono enojado—. Puedo cuidarme por mí misma.

Él se quedó mirándola, luego tomó otra vez el periódico.

—Está bien —dijo para concluir—. Solo quiero que recuerdes que te advertí.

La puerta se cerró tras ella y él consideró su inutilidad. Si solo pudiera moverse como antes… No, no serían así las cosas. Pero nada podía hacerle. Toda la carga de la casa descansaba sobre las espaldas de ella: él mismo, sus dos hermanos. Quizá tenía razón. Ya no era ninguna niña.

No disponía de tiempo para serlo.

 

John L. Lewis estaba sentado en su silla, tras el macizo escritorio, en su oficina recubierta de ricos paneles de roble. Detrás de él, las ventanas daban sobre un panorama de los edificios gubernamentales de mármol blanco en la parte central de Washington. Vestía como de costumbre: grueso traje oscuro, cuello blanco planchado, y corbata. Reflejaba una sensación de poder imperturbable y un único fin. A cada lado aparecían sus dos ayudantes principales: Tom Kennedy, que ahora se acercaba a los setenta, con su pelo cano y educados modales, y Tony Boyle, joven, agresivo y ambicioso. Daniel miraba a ambos. Kennedy, que pensaba y planeaba, era meticuloso en su enfoque. Boyle, que usaba del poder y de la fuerza para abrirse paso a codazos a través de la oposición, era extravagante. Y en el centro estaba John L… que era igual a ambos. Los tres eran eso y mucho más, con su aureola natural de liderazgo que no admitía discusión.

Fue Lewis quien habló.

—El Departamento gubernamental del valle de Tennessee es el cliente de carbón mayor del mundo. Debido a su demanda insaciable nos encontramos frente a una cantidad incalculable de minas independientes que se abren sin contrato sindical y que venden el carbón por debajo del precio establecido por las minas en las que hay sindicato. Eso no solo ocasiona que estas vendan menos carbón, sino que afecta a obreros afiliados nuestros que se quedan sin trabajo y crea empleos para muchos otros que no lo son.

»Hemos agotado todos y cada uno de los medios razonables reclamando que el Gobierno nos ayude en este problema, pero nuestras súplicas han caído en saco sordo. La situación se vuelve gradualmente más desesperada y, si continúa, amenazará a la totalidad de la espina dorsal de la estructura de nuestro sindicato edificado tan laboriosamente por nosotros a lo largo de muchos años. Si permitimos que continúe esta situación, podemos anticipar que llegará el momento en que nuestros afiliados se preguntarán qué beneficio sacan de estar con nosotros. Si llegara ese momento, representaría el fin del Sindicato de mineros tal como lo conocemos.

Kennedy asintió solemnemente sin decir nada, pero Boyle fue directamente al grano.

—No nos queda otra alternativa. Debemos golpearlos con todas las armas de que disponemos.

Daniel miró a Boyle.

—La violencia no os sirvió de nada en el distrito diecinueve, en 1946 y 1947, ni tampoco en el distrito veintitrés desde 1948 a 1952. En lo único que tuvimos éxito fue en forzar el cierre de las minas que se afiliaron al sindicato debido a que el precio del carbón subió hasta un precio que no resultó vendible. Incluso la participación financiera del sindicato en algunas de las minas no pudo evitar su bancarrota, lo cual provocó que el sindicato no solo perdiera afiliados, sino además mucho dinero y prestigio. Y aún ignoramos el montante por daños y perjuicios que fijarán los tribunales contra el sindicato en los diversos pleitos promovidos por causa de nuestras actividades de esos años. Si se fijan todas las indemnizaciones potenciales, el sindicato irá a la bancarrota y podrá considerarse tan efectivamente liquidado como resultaría si en un solo día se dieran de baja todos sus afiliados.

Boyle se sentía beligerante.

—¿Tiene una idea mejor? ¿Qué cree que debemos hacer? ¿Cruzamos de brazos mientras esos esquiroles y explotadores de minas nos clavan la puntilla?

—Por el momento no tengo ninguna idea —dijo Daniel—. Pero sé lo que podéis hacer. Este es año de elecciones. No podemos permitirnos hacer nada que obligue a Eisenhower a oponérsenos, lo que hará indudablemente si no le queda otro remedio a fin de no perder el apoyo de los conservadores.

—¿Lo que equivale a decir que debemos esperar? —preguntó Boyle.

—Exactamente —respondió Daniel tajante.

—¿Para qué lo necesitamos a usted entonces? —preguntó Boyle irritado—. Le pedimos que viniera aquí para que diera alguna solución a nuestros problemas.

—Siento mucho desilusionaros —dijo Daniel—. Nunca dije que contara con respuestas. En lo que tiene razón es cuando dice que pidió que viniera. Fue usted que pidió la reunión, no yo. —Se levantó—: Señor Lewis, para mí siempre es un placer verle.

John L. miró a Daniel con aspecto amenazador.

—¡Siéntate Daniel! Aún no dije que la reunión hubiera terminado. —Esperó hasta que Daniel hubo tomado otra vez asiento—. La conclusión a la que llegué de mi reunión con el presidente fue la impresión que tuve de que te tiene en muy alta consideración.

Daniel guardó silencio.

—Creo que adelantaríamos mucho en el establecimiento de nuestra credibilidad con el Gobierno si lográbamos encontrar un medio de trabajar conjuntamente. En mi opinión, un comunicado anunciando que el Sindicato de mineros ha llegado a un acuerdo con la Alianza confederada del trabajo para que esta se comprometa a elaborar una serie de estudios viables que comprendan una nueva organización, un plan de pensiones y programas de salud y bienestar, representaría un gran paso para convencer al presidente de que no estamos comprometidos en procedimientos imprudentes.

Daniel miró directamente al viejo.

—Lo que pretende es que le creemos una cortina de humo para, detrás de ella, poder continuar por el mismo camino.

—Eso es decirlo quizá de un modo muy vulgar —comentó Lewis aclarándose la garganta.

—Pero es la verdad.

Lewis miró a sus adjuntos y después asintió.

—Sí.

—Señor Lewis, conoce mi reputación —dijo Daniel—. No se me conoce precisamente por permanecer callado cuando me tomo a pecho lo que creo que es bueno para un miembro del sindicato.

—Vamos a probar suerte —dijo Lewis—. No olvides que también yo he luchado toda mi vida para el mejoramiento de la clase obrera. Podemos tener diferencias de método y opinión, pero ninguna en cuanto a nuestros motivos. Y, a la larga, la decisión debe ser un derecho del sindicato que emplea tus servicios.

—Señor Lewis, le agradezco la oportunidad y para mí es un honor estar a su servicio y al del Sindicato de mineros. —Daniel extendió la mano—: ¿Cuándo quiere que empecemos?

Lewis le estrechó la mano, sonriente.

—Ayer. Ya trazaste los planes con Tony y Tom.

Boyle le siguió y lo acompañó hasta el coche.

—Trabajará conmigo… ya lo sabe.

—Ya lo sé.

—Fue mía la idea. John L. mordió el anzuelo y lo tragó con sedal y flotador. Envejece. Ahora lo que más le interesa es mantener las manos limpias.

—Yo le ayudaré a lograrlo —aseguró Daniel—. Pero no puedo alejarlo de los tratos financieros. Ha involucrado al sindicato en demasiadas empresas. El National Bank en Washington, las compañías West Kentucky Coal y Nashville Coal, todo se ha adquirido con dinero del sindicato sacado de los fondos de pensiones y bienestar. Tarde o temprano, el Gobierno va a meterse en eso, y si llega el caso podría significar un desastre. Él debe pensar exclusivamente en las campañas de organización patrocinadas por el sindicato.

—¿Se lo dirá? —preguntó Boyle.

—A su debido tiempo —respondió Daniel.

—No le va a gustar.

—No podré evitarlo —dijo Daniel—. Me pidió que le ayudara. Trataré de hacerlo. También me dijo que seguirá haciendo exactamente lo que quiera. Sus palabras no han caído en saco roto.

—En cuanto a lo que hablamos, ¿ningún cambio?

—Ninguno —repitió Daniel mirándole—. Trabajaré con usted para lograr su nombramiento de presidente. Pero voy a darle desde ahora unos consejos gratis. Usted no es John L. y nunca lo será. Eso equivale a decir que será incapaz de hacer el noventa por ciento de lo que él. Cuando se muera, será como cagarse sobre un ventilador. Lo mejor que puede hacer es procurar encontrarse entonces con las manos limpias.

—Déjelo de mi cuenta —Boyle respiraba confianza—. Sé lo que debo hacer. No puede dirigirse este sindicato con guantes de seda.

—No vamos a discutir —dijo Daniel—. Simplemente le di un consejo de amigo.

—Lo primero que me gustaría encargarle es que mande un equipo a Middlesboro y nos proporcione un informe de todas las minas nuevas y vertederos que están brotando rápidamente en toda el área. Necesitamos cálculos aproximados tanto de la producción como del número de mineros. Tengo la impresión de que si no nos ocupamos inmediatamente del asunto se reducirán prácticamente a cero las ventas que las minas del sindicato hacen al Departamento del valle del Tennessee.

—Voy a ocuparme de eso —aseguró Daniel. Entró en su coche—: Pero costará dinero.

—Ya me dirá cuánto —dijo Boyle— y lo tendrá al día siguiente.