El líder
Capítulo 3
tres
Bajó por la rampa cuando llegó al aeropuerto de Miami. Colgaba de una mano una cartera y ya empezaba a sudar a pesar del ligero traje de verano. Dos jóvenes se dirigieron directamente hacia él, uno alto y rubio, el otro bajo y moreno, ambos vestidos con delgados trajes veraniegos de algodón. El bajo fue quien habló.
—¿Señor Huggins?
—Sí, soy yo.
—Un coche nos espera afuera. ¿Trae equipaje?
—No.
—Está bien —dijo el tipo bajo y moreno—. Por aquí, por favor.
Se ajustaron a su paso y atravesaron el edificio del aeropuerto atestado de gente que iba de vacaciones en viajes colectivos. En el exterior los esperaba un gran Cadillac negro, con el motor en marcha. Le abrieron la puerta. Luego el rubio se sentó a su lado mientras que el moreno lo hacía al lado del conductor.
—Llegaremos en quince minutos —anunció el rubio. El coche se puso en marcha —. ¿Tuvo buen viaje?
—Muy bueno —respondió Daniel.
—Pues estará mejor dentro de unos meses. Antes de que empiece la temporada de invierno esperan cubrir la línea con aviones de propulsión a chorro.
—Creí que ya los había.
—Solo unos cuantos —respondió el tipo rubio—, pero para el otoño todos los viajes serán en jet.
Daniel miró por la ventanilla. El coche corría velozmente hacia la carretera elevada que llevaba a Miami Beach. No parecía haber mucho tráfico. Hicieron un breve alto en una caseta de peaje y en seguida prosiguieron, comenzando a pasar frente a las isletas que separaban la tierra firme de la playa. Cuando el coche se acercaba a las últimas isletas, empezó a reducir la marcha hasta entrar finalmente en un paso elevado que daba acceso a una de ellas.
Daniel se fijó en que al pie de la rampa había dos guardias armados y uniformados. Conocían el coche, ya que este pasó ante ellos sin detenerse. Luego circularon frente a varias casitas de planta baja, al estilo de Florida, que se levantaban sobre verdes céspedes ondulados y rodeados de setos bien recortados. Llegaron finalmente a una calleja privada, al fondo de la cual aparecía una verja de hierro. El coche se detuvo al llegar a la puerta.
Salió un hombre de la pequeña garita adosada a la verja y echó una ojeada al interior del coche. Regresó inmediatamente a su garita y la gran verja de hierro empezó a abrirse automáticamente. Así que el coche hubo franqueado la entrada, la reja volvió a cerrarse tras él. Recorriendo un largo sendero ondulado que llegaba hasta la casa, invisible desde la carretera.
Los dos tipos se apearon y esperaron a que Daniel saliera del coche.
—Perdone, señor —le dijo el alto cortésmente—. No tengo más remedio que hacerlo.
Daniel comprendió y silenciosamente se sometió al cacheo que llevó a cabo el tipo alto. Con pericia, palpó el cuerpo de Daniel de arriba abajo y al terminar volvió a enderezarse.
—¿Me permite ver su cartera señor? —preguntó.
—Está abierta —dijo Daniel al dársela.
El hombre revisó rápidamente el contenido y miró las tapas por si había algún compartimiento secreto. Terminada la revisión, la devolvió a Daniel.
—Por aquí, señor —dijo amablemente, y le indicó el camino.
El interior de la casa era fresco, contaba con aire acondicionado. Daniel siguió a los dos hombres a través de la casa hasta que llegaron a una sala con dos ventanales enormes. Daban a una piscina y, más allá, podía verse un embarcadero que se adentraba en la bahía. Anclado allí había un yate de recreo de unos catorce metros.
—El señor L., le atenderá en seguida —dijo el tipo rubio. Señaló hacia un rincón de la estancia—. Allí está el bar. Tome lo que guste.
—Gracias —replicó Daniel.
Los dos tipos abandonaron la habitación y él se dirigió al bar. Estaba perfectamente surtido, con licores de todas las marcas que se pudieran desear, jarras con zumo de naranja y de tomate, cubos de hielo, cáscaras de limón, aceitunas, cebollitas, salsa de Tabasco y de Worcestershire. A Daniel le fascinó el surtido de licores. No aparecía ninguna botella que hubiera sido empezada. Todas las botellas se veían llenas y precintadas. Tomó una de Old Forester, rompió el sello y se sirvió una copa. Le agregó un poquito de agua que tomó de una jarra. Dio un sorbo y se dirigió a las ventanas.
La vista era soberbia. Los tonos azulados del cielo hacían juego con los del agua surcada por gran cantidad de lanchas motoras y veleros. Volvió a tomar un sorbo. «Buen whisky», pensó. Y de detrás le llegó una voz.
—Señor Huggins.
Allí tenía a Lansky, un hombre pequeñito, que aparentaba más años de los que tenía y con un bronceado de Florida que disimulaba su palidez. Daniel de momento quedó sorprendido. Ambos eran más o menos de la misma edad, pero Lansky parecía mucho mayor.
—Señor Lansky —dijo Daniel extendiendo la mano.
El apretón de Lansky era ligero, pero firme. Fue hasta el bar y se sirvió un vaso de naranjada. Fue bebiéndolo lentamente mientras estudiaba a Daniel.
—Naranjas de Florida. No tienen rival. Cada hora hago que me expriman de frescas.
Daniel asintió y lo siguió hasta el sofá, donde ambos se sentaron frente a frente.
—¿Cómo está usted, señor Lansky?
—Mejor, pero no totalmente bien —se dio unos golpecitos en el pecho—. El viejo reloj no funciona como debiera.
—Vivirá bastante como para mearse en todas nuestras tumbas —dijo Daniel.
—Si no me molestan mucho, todo irá bien —sonrió tristemente—. Pero siempre hay alguien que fastidia.
—Uno de los peligros del éxito —dijo Daniel.
Lansky asintió y en seguida empezó a hablar con voz firme.
—Supe que atravesaba graves problemas.
—Le informaron bien —aceptó Daniel.
—Hace ya cuatro años le dije lo que ocurriría. Le advertí que cuando la Federación y el Congreso se fusionaran tendría que cerrar el negocio.
—En efecto.
—Debió haberme escuchado —Lansky parecía reprender a un niño díscolo.
Daniel no respondió.
—Pero no tiene objeto volver la vista al pasado —dijo Lansky—. ¿Cuál es la situación actual?
En cuatro palabras Daniel lo puso exactamente al corriente. Cuando terminó, Lansky meneó la cabeza.
—Su idea es muy buena, pero ni Hoffa ni Boyle lo necesitan en realidad. A ellos les importa un carajo la respetabilidad. Ambos son bravucones callejeros. Se necesitará un poco de persuasión para convencerlos de la conveniencia de ir con usted.
—Una sola palabra suya seguramente sería cuanto se precisara —insinuó Daniel.
—Posiblemente —admitió Lansky—. Pero usted tiene otros problemas. En el supuesto que lleguen a un acuerdo, ¿de dónde saldrá el dinero? Las cuotas que perciba de ellos no valen la pena.
—Si puedo venderles mi plan, contaremos con una parte sustancial en la administración de su fondo de pensiones y seguros.
—Pero no se lo van a traspasar por completo.
—No —dijo Daniel—. No es eso lo que sugiero. Solo convertirnos en coadministradores. Hay bastante para todos.
Lansky se quedó callado unos segundos.
—¿Y dónde encajo yo? —preguntó.
Daniel empezó a cobrar confianza. Lansky sabía endiabladamente bien dónde encajaba. Controlaba compañías de seguros, bancos, empresas constructoras, y las dominaba. Daniel usó su mejor cartucho.
—Señor Lansky, si tengo que contestar su pregunta, puedo decir que hice mi viaje en balde.
Lansky volvió a guardar silencio por unos segundos.
—Se dice que lo han invitado a una reunión en la Casa Blanca.
Daniel asintió. Al parecer eran muy pocas las cosas de las que Lansky no estuviera al corriente.
—Así es, desayuno con el presidente el próximo seis de septiembre.
—¿Habló con Adams?
De nuevo Daniel asintió.
—Muy buen contacto —dijo Lansky con aprobación—. Manténgase de su lado.
—Es lo que pienso hacer —dijo Daniel.
Tras un silencio, Lansky volvió a hablar.
—Eisenhower será reelegido. Usted puede quedar muy bien situado si juega las cartas adecuadas.
—¡Ojalá salga todo bien!
Lansky rio por primera vez. Era la suya una risa seca, triste, sin alegría.
—Aparece muy tranquilo para tratarse de un hombre al borde del desastre.
Daniel se rio a carcajadas mientras se servía otra copa. Esta vez no le agregó agua:
—Lo peor que pudiera ocurrirme sería que me dejara abatir.
—¿Cuánto cree que necesita? —Lansky le miró.
—Doscientos cincuenta mil. Eso nos permitiría sostenernos durante un año, hasta que las cosas empiecen a ponerse en su lugar.
—Es mucho dinero.
—Es barato, si se considera las cantidades en juego. El fondo de pensiones del Sindicato de mineros debe ascender actualmente a más de sesenta millones de dólares, y el de los camioneros no le va muy a la zaga. Solo comisiones de un veinte por ciento sobre esas cantidades pueden representar más de dos millones al año.
Lansky ya había llegado a una decisión.
—De acuerdo —dijo—. Se los daré.
—Muchas gracias, señor Lansky.
—No me dé las gracias —dijo con calma—. Simplemente, no olvide las reglas. Somos socios. Mitad y mitad.
—Demasiado —dijo Daniel——. No puedo levantar tanto dinero sin que me pesquen.
—¿Cuánto cree que podrá administrar?
—Un veinticinco por ciento.
—No es gran cosa.
—Quizás —asintió Daniel—. Pero serán sus compañías las que harán el negocio. Ahí ya lleva usted una gran ventaja.
Lansky se quedó pensativo un rato.
—Usted pide mucho.
—No tanto —respondió Daniel—. Veo simplemente lo práctico. Ambos tenemos ya bastantes problemas. ¿Por qué buscamos más?
—Trato hecho —dijo Lansky. Pulsó un botón instalado a un lado del sofá. Casi inmediatamente entró en la sala el tipo alto que había ido a recibirlo al aeropuerto. Llevaba en la mano un maletín negro. Lo depositó encima de la mesita que había entre ambos y abandonó la sala. Lansky hizo un ademán—: Ábralo.
Daniel apretó las cerraduras y el maletín se abrió de golpe. Su interior aparecía atiborrado de fajos de billetes ordenadamente colocados. Eran nuevos y aún llevaban las bandas de papel del banco. Daniel dirigió una mirada a Lansky.
—Un cuarto de millón de dólares —dijo Lansky, como si quitara importancia al asunto—. Puede contarlos.
—Creo en su palabra —dijo Daniel y cerró el maletín. Se levantó—: Ya lo tenía preparado, señor Lansky.
—Debo tenerlo preparado —sonrió—. Nunca sé de antemano cuándo se va a presentar la necesidad.