El pirata

Harold Robbins · Capítulo 1 de 50

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El pirata

Prólogo. 1933

Prólogo

1933

Era el octavo día de la tormenta. Nunca habían visto otra igual. Ni siquiera en el recuerdo del viejo Mustafá, el cuidador de camellos, que ya era viejo cuando todos en la caravana eran muchachos.

Sujetando la ghutra contra su cara, se abrió paso laboriosamente hacia la tienda de Fuad, el jefe de la caravana, deteniéndose a cada momento para espiar entre las estrechas rendijas de la tela, para estar seguro de no perder el camino y vagar luego lejos del pequeño refugio del oasis entre la desgarradora y revuelta arena del desierto abierto. Cada vez que se detenía, los granos de arena se le clavaban, como perdigones, en la cara. Gargajeó y reunió saliva para aclararse la garganta antes de entrar en la pequeña tienda. Pero su boca no tenía humedad, solo la granulosa sequedad de la arena.

Fuad miró hacia el camellero desde la silla contigua a la mesita en la que parpadeaba una lámpara de petróleo, proyectando sombras en la oscuridad. No habló. Era un hombre gigantesco, no muy comunicativo.

Mustafá se incorporó en toda su altura de apenas un metro sesenta, como hacía siempre que hablaba con el jefe de la caravana.

—Hay arena en los ojos de Dios —dijo—. Está ciego y nos ha perdido de vista.

Fuad gruñó. Por una vez supo qué decir.

—Burro —dijo—, ahora que hemos hecho el viaje hasta La Meca, ¿crees que Alá va a perdernos de vista cuando volvemos a casa?

—Hay muerte en el aire —dijo Mustafá tercamente—. Hasta los camellos pueden olerla. Por primera vez están nerviosos.

—Colócales mantas sobre las cabezas —dijo Fuad—. Si no pueden ver, soñarán sus sueños de camellos.

—Ya lo he hecho —dijo Mustafá—. Pero tiran lejos las mantas. He perdido dos mantas en la arena.

—Entonces dales un poco de hachís para masticar —dijo Fuad—. Pero no tanto como para enloquecerlos. Lo justo para tranquilizarlos.

—Dormirán dos días.

El jefe de la caravana lo miró.

—No importa. No vamos a ninguna parte.

El hombrecito no perdió terreno.

—Sigue siendo un mal presagio. ¿Cómo está el amo?

—Es un buen hombre —contestó Fuad—. No se queja. Pasa el tiempo atendiendo a su mujer, y su alfombrilla de plegarias está siempre puesta en dirección a La Meca.

El camellero chasqueó los labios.

—¿Crees que sus plegarias serán oídas por haber hecho la peregrinación?

Fuad le miró expresivamente.

—Todo está en manos de Alá. Pero se acerca el momento del parto. Pronto lo sabremos.

—Un hijo —dijo Mustafá—, ruego a Alá que les dé un hijo. Tres hijas son ya bastante carga. Incluso para un hombre tan bueno.

—Un hijo —repitió Fuad—. Alá, ten misericordia. —Se levantó de la silla y pareció como una mole junto al hombrecito—. Bueno, burro —rugió de pronto—. Vete a atender tus camellos o enterraré tus viejos huesos en su estiércol.

 

La gran tienda clavada en el centro del oasis entre cuatro palmeras gigantescas brillaba con la luz de las lamparillas eléctricas colocadas estratégicamente en los rincones del cuarto principal. Desde detrás de las cortinas llegaba el débil sonido del pequeño generador a gasolina que suministraba electricidad. Desde otra cortina llegaba el olor dulzón de la carne que se estaba asando sobre pequeñas brasas de carbón.

Por vigésima vez aquel día el doctor Samir Al Fay levantó la cortina y salió a la protección externa de la tienda, para contemplar la tormenta.

La arena le lastimó los ojos a través de la estrecha abertura, y ni siquiera pudo ver la parte alta de los árboles, a unos diez metros de la tienda, ni el borde del oasis, donde los remolinos de arena parecían formar un muro que subía hasta el cielo. Cerró la abertura y se frotó la arena que le cubría los ojos mientras volvía al cuarto principal de la tienda. Sus pies calzados con zapatillas se movieron sin ruido al hundirse en las tupidas alfombras que cubrían totalmente el suelo de arena.

Nabila, su mujer, lo miró.

—¿Mejora el tiempo? —preguntó, con su voz suave.

Él agitó la cabeza.

—No mejora.

—¿Cuándo crees que cesará? —preguntó ella.

—No sé —respondió él—. Por ahora no hay señales de que cese.

—¿Lo lamentas? —la voz de ella era suave.

Él se acercó al asiento de la mujer y la miró.

—No.

—No hubieras hecho esta peregrinación si yo no hubiese insistido.

—No es por ti por quien he hecho esta peregrinación. Es por nuestro amor.

—Pero tú no crees que una peregrinación a La Meca pueda cambiar nada —dijo ella—. Me has dicho que el sexo de una criatura está determinado en el momento de la concepción.

—Dije eso porque soy médico —respondió él—. Pero también soy creyente.

—¿Y si la criatura es niña?

Él no contestó.

—¿Te divorciarás entonces de mí, o tomarás una segunda esposa, como desea tu tío, el príncipe? Le tomó la mano.

—Eres una tonta, Nabila.

Ella lo miró a la cara, y las sombras oscurecieron sus ojos.

—Ya casi es el momento. Y tengo miedo.

—No hay nada que temer —dijo él para tranquilizarla—. Además, tendrás un hijo. ¿No te he dicho acaso que los latidos del corazón de la criatura son los de un varón?

—Samir, Samir —murmuró ella—. Eres capaz de decirme cualquier cosa para que no me preocupe.

Él atrajo la mano de la mujer a sus labios.

—Te quiero, Nabila. No quiero otra esposa, otra mujer. Si no tenemos un hijo esta vez, será la próxima.

—Para mí no habrá otra vez —dijo ella sombríamente—. Tu padre ya ha dado su palabra al príncipe.

—Dejaremos el país. Nos iremos a vivir a Inglaterra. He estudiado allí. Tengo amigos.

—No, Samir. Tu lugar está aquí. Nuestro pueblo te necesita. Las cosas que has aprendido los ayudan. ¿Quién iba a suponer que el generador que trajiste de Inglaterra para iluminar tu sala de operaciones llevaría a formar una compañía que ha traído luz a nuestro país?

—Y más riquezas a nuestra familia —añadió él—. Riqueza que no necesitamos, ya que lo tenemos todo.

—Pero solo tú puedes hacer que la riqueza sea empleada para el bien de todos y no para el de unos pocos. No, Samir, no puedes irte. Nuestro pueblo te necesita.

Él guardó silencio.

—Debes hacerme una promesa. —Lo miró a los ojos—. Si es una niña, me dejarás morir. No puedo soportar la idea de vivir sin ti.

—La tormenta —dijo Samir—. Ha de ser esta tormenta. No hay otra explicación para los pensamientos locos que tienes en la cabeza.

Ella bajó los ojos ante su mirada.

—No es la tormenta —murmuró—. Ya empiezan los dolores.

—¿Estás segura? —preguntó él. Según sus cálculos faltaban todavía tres semanas.

—He tenido tres hijas —contestó ella con calma—. Y lo sé. El primero me ha venido hace unas dos horas, el segundo ahora, cuando estabas mirando la tormenta.

 

Mustafá dormía protegido de la tormenta por tres mantas sobre la cabeza y abrigado por el calor de los camellos que tenía a cada lado. Soñaba con un paraíso lleno de luz dorada y preciosas huríes del mismo color oro, y grandes pechos, vientres y nalgas. Eran hermosos sueños del hachís, porque no había tenido el egoísmo de negarse a compartir el hachís que había dado a sus camellos, dejándolos vagar por el paraíso sin su guía. Sin él los pobres animales se habrían extraviado.

Sobre su cabeza rugía la tormenta, y la arena se acumulaba sobre las mantas, y desaparecía después al cambiar el viento. En el borde del paraíso un camello se movió, y un súbito frío se apoderó de sus viejos huesos. Instintivamente avanzó hacia el calor del animal, pero el camello se apartó. Envolviéndose con las mantas, se acercó al otro camello. Pero aquel también se había movido, y ahora el frío le atacaba desde todos los lados.

Lentamente, empezó a despertar.

Los camellos se pusieron de pie con dificultad. Como siempre cuando estaban nerviosos, empezaron a orinar y defecar. Las salpicaduras sobre las mantas lo despertaron del todo. Soltando maldiciones por haber sido arrancado de su sueño, se apartó del caliente y ácido chorro.

Incorporándose sobre manos y rodillas, espió entre las mantas. Y bruscamente el aliento se heló en su garganta. Surgiendo del muro de arena avanzaba un hombre montado en un burro. Detrás del hombre venía otro burro, cuya silla estaba vacía. El jinete se volvió a mirarlo.

Fue entonces cuando Mustafá gritó. El hombre tenía dos cabezas. Dos cabezas blancas que le miraban con un brillo maligno en los ojos.

Mustafá se puso en pie de un salto. Olvidando la arena que le cortaba la cara, corrió hacia la tienda del jefe de la caravana.

—¡Ayyy, ayyy, él ángel de la muerte viene a buscarnos!

Fuad salió de la tienda como un relámpago, agarró a Mustafá con sus gigantescos brazos y lo sujetó en el aire, sacudiéndolo como si fuera un niño.

—¡Cállate! —rugió el jefe de la caravana—. ¿Acaso nuestro amo no tiene ya bastante con su mujer de parto para atender a tus sueños de drogado?

—¡El ángel de la muerte! ¡Lo he visto! —Los dientes de Mustafá castañeteaban. Señaló—. ¡Allí, junto a los camellos!

En ese momento les rodeaban ya varios hombres. Todos se volvieron a mirar en la dirección del dedo de Mustafá. Un suspiro colectivo de miedo brotó cuando los dos burros emergieron de la oscuridad y la cegadora arena, y en el primer burro venía un hombre con dos cabezas.

Casi tan rápido como habían surgido desaparecieron los otros hombres, cada uno corriendo a su refugio privado, dejando solo a Mustafá, que seguía forcejeando entre los brazos de Fuad. Involuntariamente, Fuad aflojó la mano que aferraba al camellero, y el hombrecillo se apartó y se deslizó hacia la tienda, dejando que se enfrentara solo al ángel de la muerte.

Casi paralizado. Fuad vio cómo los burros se detenían ante él. Una voz de hombre saludó:

—As-salaam alaykum.

Automáticamente, Fuad contestó:

—Alaykum as-salaam.

—Necesito ayuda —dijo el jinete—. Hace días que estamos perdidos en la tormenta, y mi mujer está enferma y a punto de dar a luz.

Lenta, cuidadosamente, el hombre empezó a desmontar. Fue entonces cuando Fuad vio que la manta del jinete había cubierto a dos personas. Se adelantó rápido.

—Cuidado —dijo con suavidad—. Deje que lo ayude.

Samir surgió de la oscuridad, envuelto en un pesado mishlah beis.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Fuad se volvió, con la mujer desmayada en sus brazos, leve como una pluma.

—Unos viajeros que han perdido el camino en la tormenta, patrón.

El hombre permanecía apoyado débilmente en su burro.

—No sé cuántos días llevamos vagando por ahí. —Empezó a resbalar hacia el suelo.

Samir trató de sostenerlo pasando su brazo por debajo de los brazos del hombre.

—Apóyese —dijo.

Agradecido, el hombre se apoyó en él.

—Mi mujer —murmuró—. Está enferma…, sin agua.

—La atenderemos —dijo Samir, tranquilizándolo. Miró al jefe de la caravana—. Tráela a mi tienda.

—Los burros… —murmuró el hombre.

—También serán atendidos —dijo Samir—. Bienvenidos a mi casa.

 

La cara del hombre estaba arañada y sangraba por la tormenta de arena; tenía los labios hinchados y con ampollas. Las manos llenas de cicatrices cubrían totalmente la pequeña taza de té que aferraban. Era alto, más alto que Samir, más de un metro ochenta, con una gran nariz y unos penetrantes ojos azules ocultos bajo los hinchados párpados. Miró a Samir mientras el médico se enderezaba junto a la camilla en la que yacía la esposa del hombre.

Samir se volvió hacia él. No sabía qué decir. La mujer se estaba muriendo. Estaba casi totalmente deshidratada, con el pulso débil y errático y una tensión alarmantemente baja.

—¿Cuántos días han permanecido ustedes en la tormenta? —preguntó.

El hombre lo miró con fijeza. Agitó la cabeza.

—No sé. Me parece que desde siempre.

—Ella está muy mal —dijo Samir.

El hombre guardó silencio un momento. Miró su taza de té. Sus labios se movieron, pero Samir no oyó sonido alguno. Después miró a Samir.

—¿Es usted médico?

Samir asintió.

—¿Vivirá?

—No sé —dijo Samir.

—Mi mujer quería que nuestro hijo naciera en la tierra prometida —dijo el hombre—. Pero los ingleses no nos dieron el visado. Pensamos entonces que, atravesando el desierto, podríamos entrar ilegalmente en el país.

La sorpresa asomó en la voz de Samir.

—¿Solo con dos burros? Tienen todavía casi mil kilómetros de desierto que cruzar.

—Vino la tormenta y perdimos nuestras provisiones —dijo el hombre—. Fue una pesadilla.

Samir se volvió hacia la mujer. Dio unas palmadas y Aída, la sirvienta de su mujer, entró en el cuarto.

—Prepara agua azucarada —le dijo. Cuando ella salió del cuarto se volvió hacia el hombre—. Debe procurar que trague el agua —le dijo.

El hombre asintió. Por un momento guardó silencio, después dijo:

—Usted sabe, naturalmente, que somos judíos.

—Sí.

—¿Y sigue queriendo ayudarnos?

—Todos somos viajeros en un mismo mar —dijo Samir—. ¿Me rechazaría usted si estuviéramos en la situación inversa?

El hombre negó con la cabeza.

—No. ¿Cómo podría hacerlo en nombre de Dios?

—Entonces ya está todo dicho —dijo Samir, y tendió la mano—. Soy Samir Al Fay.

El hombre estrechó la mano.

—Isaías Ben Ezra.

Aída volvió a la habitación con un platito y una cuchara. Samir los cogió.

—Trae una servilleta limpia —dijo.

Se sentó junto a la camilla, con la servilleta que le habían dado. Empapó la servilleta en el agua caliente azucarada y la apretó contra la boca de la mujer.

—Venga, mire lo que estoy haciendo —dijo al hombre—. Debe separarle con suavidad los labios y dejar que las gotas se deslicen por su garganta. Es el único sustituto que se me ocurre para la alimentación intravenosa por medio de glucosa. Pero muy lentamente; no tiene que ahogarse.

—Entiendo —dijo Ben Ezra.

Samir se puso en pie.

—Ahora debo atender a mi mujer.

Ben Ezra le lanzó una mirada interrogante.

—Volvíamos a casa después de una peregrinación a La Meca y la tormenta nos ha cogido aquí. Al igual que usted, queríamos que nuestro hijo naciera en su tierra, pero ahora es difícil que ocurra. El parto se ha adelantado tres semanas. —Samir hizo un gesto expresivo—. Los caminos de Alá son misteriosos. Si no hubiéramos ido a La Meca a pedir por un hijo, si no hubiera querido usted que su hijo naciera en la tierra prometida, no nos habríamos encontrado.

—Agradezco a Dios que esté usted aquí —dijo Ben Ezra—. Ojalá Él le conceda el hijo que desea.

—Gracias —dijo Samir—; y que Alá proteja a su mujer y a su hijo.

Dejó la cámara encortinada que separaba los cuartos, mientras Ben Ezra se volvió hacia su mujer y apretaba contra sus labios la servilleta mojada.

Fue en la hora antes del alba cuando la tormenta alcanzó su apogeo. Fuera de la tienda el viento rugía como el eco de un distante cañón y la arena golpeaba contra la tienda como granizo desde un cielo enfurecido. Fue en ese momento cuando Nabila gritó en medio del terror y el dolor:

—¡El niño que tengo dentro de mí está muerto! Ya no siento su vida y movimientos.

—¡Silencio! —dijo Samir con suavidad—. Todo está bien.

Nabila le agarró el brazo. Había una nota de desesperación en su voz.

—Samir, por favor. Recuerda tu promesa. Déjame morir.

Él la miró, con lágrimas que empezaban a enturbiarle la visión.

—Te quiero, Nabila. Vivirás para darme un hijo… —Fue rápido, tan rápido que ella no sintió la aguja hipodérmica en su vena, sino la dulzura del dolor que cesaba cuando la invadió la morfina.

Él se incorporó pesadamente. Desde hacía dos horas no había podido localizar el latido del corazón de la criatura con su estetoscopio. Los dolores de Nabila habían aumentado constantemente, pero había poca dilatación.

—Aída —dijo a la vieja criada—, llama al jefe de la caravana. Voy a necesitarlo para sacar a la criatura. Pero que se lave bien antes de entrar en la tienda.

Ella asintió y salió corriendo, asustada, del cuarto. Rápidamente, Samir empezó a colocar los instrumentos en el limpio mantel blanco junto a la cama.

Súbitamente, Nabila se estremeció y la sangre empezó a manar de ella. Algo andaba muy mal… Nabila tenía una hemorragia. Su cuerpo parecía querer expulsar al niño. Pero Samir no podía notar la cabeza de la criatura. Comprendió ahora cuál era la dificultad. La placenta tapaba la salida de la matriz.

La mancha en las sábanas aumentaba con rapidez, y Samir trabajaba febrilmente, contra su creciente miedo. Hundió la mano en Nabila y dilató su cuerpo, para poder sacar la placenta. Al retirar el sangrante tejido rompió la bolsa de aguas, mientras guiaba a la criatura hacia abajo, para sacarla del cuerpo de ella. Rápidamente, cortó el cordón umbilical y se volvió hacia Nabila. Contuvo un momento el aliento, después tuvo un suspiro de alivio cuando cesó la sangre. Por primera vez miró a la criatura.

Era una niña, y estaba muerta. Lo supo incluso sin tocarla. Las lágrimas llenaron sus ojos cuando se volvió a mirar a Nabila. Ahora nunca podría darle ya un hijo varón. Ni ningún otro hijo. Él se encargaría de que no volviera a quedar embarazada…, el peligro para su vida sería demasiado grande. Sintió una oleada de desesperación. Tal vez ella había tenido razón: la muerte hubiera sido preferible.

—Doctor —Ben Ezra asomó por la abertura encortinada.

Miró al judío con ojos nublados: no podía hablar.

—Mi mujer, doctor —la voz de Ben Ezra estaba asustada—. ¡Ha dejado de respirar!

Por reflejo, Samir recogió su botiquín médico. Volvió a mirar a Nabila. La morfina había trabajado bien. Dormía tranquilamente. Se dirigió con rapidez al otro cuarto.

Se inclinó sobre la silenciosa mujer, buscando los latidos del corazón con el estetoscopio. No había sonido. Preparó a toda prisa una dosis de adrenalina y la inyectó directamente en el corazón de la mujer. Le abrió la boca a la fuerza y procuró insuflarle un poco de aire en los pulmones, pero fue inútil. Finalmente, se volvió hacia el hombre.

—Lo siento —dijo.

Ben Ezra lo miró fijamente.

—No puede estar muerta —dijo—. Su estómago se mueve.

Samir miró a la mujer. Ben Ezra tenía razón. El vientre de la mujer se agitaba.

—¡El niño! —exclamó Samir. Rebuscó en su maletín y tomó un bisturí.

—¿Qué está haciendo? —dijo Ben Ezra.

—El niño —explicó Samir—. No es demasiado tarde para salvar al niño. —Samir no perdió tiempo en quitar las ropas de la mujer. Las cortó, con rapidez. Dejó expuesto el vientre, de un tono azulado e hinchado—. Cierre los ojos…, no mire — dijo.

Ben Ezra hizo lo que le decían. Rápidamente, Samir trazó una incisión. La fina piel crujió con un ruido casi de estallido. Samir abrió el abdomen y, un momento después, tenía al niño entre las manos. Cortó el cordón y lo ató. Dos bruscas palmadas en las nalgas de la criatura, y el sano llanto del niño inundó la tienda.

Miró al padre.

—Tiene usted un hijo —dijo.

Ben Ezra lo miró con una expresión extraña. No habló.

—Tiene usted un hijo —repitió Samir.

Los ojos de Ben Ezra se llenaron de lágrimas.

—¿Qué voy a hacer con un hijo? —preguntó—. Estoy sin mujer y tengo mil kilómetros de desierto que atravesar. El niño morirá.

—Le daremos provisiones —dijo Samir.

El judío meneó la cabeza.

—No servirá de nada. Estoy escondiéndome de la Policía. No puedo ofrecerle nada a este niño.

Samir seguía en silencio, con el niño en brazos.

Ben Ezra le miró.

—¿Y su hijo? —preguntó.

—Muerto —dijo Samir rápidamente—. Supongo que Alá, en su sabiduría, creyó que era mejor no escuchar nuestras plegarias.

—¿Era varón? —preguntó el judío.

Samir agitó la cabeza.

—Una niña.

Ben Ezra lo miró.

—Tal vez Alá es más sabio que nosotros dos, y por eso nos ha juntado en el desierto.

—No entiendo —dijo Samir.

—De no haber sido por usted, el niño habría muerto con la madre. Usted es más su padre que yo.

—Está usted loco —dijo Samir.

—No —la voz de Ben Ezra pareció cobrar fuerza—. Conmigo morirá. Y el trabajo de llevarlo tal vez me conduzca también a mí a la muerte. Pero Alá ha respondido a su plegaria pidiendo un hijo. Con usted, él estará a salvo y se hará fuerte.

Samir miró al judío directamente a los ojos.

—Pero será musulmán, no judío.

Ben Ezra le devolvió la mirada.

—¿Realmente importa? —preguntó—. ¿No ha dicho usted que somos viajeros en un mismo mar?

Samir miró la pequeña criatura que tenía en brazos. Súbitamente, se sintió inundado por un amor como nunca antes había sentido. En verdad, Alá había tenido una manera especial de responder a las plegarias.

—Tenemos que ser rápidos —dijo—. Sígame. Coja a la otra criatura.

Ben Ezra recogió a la niña muerta y atravesó la cortina. Samir colocó a su hijo sobre la mesa y lo envolvió en una toalla limpia. Acababa de terminar cuando entraron Aída y Fuad.

Miró a la mujer.

—Limpia y lava a mi hijo —ordenó.

La mujer lo miró a los ojos un momento, después sus labios se agitaron.

—Alabado sea Alá.

—Tendremos tiempo para eso en las plegarias de la mañana —interrumpió él. Miró al jefe de la caravana—. Ven conmigo —dijo, haciéndolo pasar al otro lado de la cortina.

 

Tan bruscamente como había caído sobre ellos, la tormenta se fue. El día amaneció claro y brillante. Los dos hombres estaban de pie junto a las tumbas, en el borde del oasis. Al lado de Ben Ezra estaban sus dos burros, uno cargado con agua y provisiones, el otro con la gastada montura de cuero. Ben Ezra y Samir se miraron, embarazosamente. Ninguno sabía qué decir.

Isaías Ben Ezra tendió su mano.

Samir la tomó en silencio. Había un lazo cálido entre ellos. Después de un momento se separaron, y el judío saltó a su montura.

—Jatrak —dijo.

Samir lo miró. Con la mano derecha hizo el gesto tradicional. Se tocó la frente, los labios, finalmente el corazón.

—As-salaam alaykum. Ve en paz.

Ben Ezra permaneció un momento en silencio. Miró las tumbas, después a Samir. Los ojos de ambos hombres estaban llenos de lágrimas.

—Aleihem Sholem —dijo, alejándose con los burros.

Por un momento, Samir se quedó mirándolo, después, con lentitud, regresó a la tienda. Aída le esperaba en la entrada, y había excitación en su voz.

—El ama se está despertando.

—¿Se lo has dicho? —preguntó él.

La criada negó con la cabeza.

Él atravesó las cortinas y recogió a la criatura. Estaba junto a su mujer cuando ella abrió los ojos. Sonriente, él la miró.

—Samir… —murmuro ella—. Lo siento.

—No hay nada que sentir —dijo él con suavidad, poniendo el niño entre sus brazos—. Alá ha escuchado nuestras plegarias. Tenemos un hijo.

Por un largo momento ella miró a la criatura, después volvió el rostro hacia él. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.

—He tenido un sueño atroz —murmuró—. He soñado que la criatura había muerto.

—Fue un sueño, Nabila —dijo él—. Nada más. Nabila miro a la criatura, y sus dedos retiraron la tela blanca de la cara del niño.

—Es hermoso —dijo. Después, una expresión atónita apareció en su rostro. Miró a su marido—. Samir —exclamó— ¡nuestro hijo tiene los ojos azules!

Él rio con fuerza.

—Mujer, mujer —dijo—. ¿Nunca vas a aprender? Todos los recién nacidos tienen los ojos azules.

Pero Alá realmente había hecho un milagro. Porque Baydr Samir Al Fay creció con ojos azul oscuro, casi violetas, el color del cielo sobre la noche del desierto.