El pirata

Harold Robbins · Capítulo 4 de 50

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El pirata

Capítulo 3

tres

 

El teletipo empezó a repiquetear en cuanto el avión se detuvo en el extremo Oeste del campo, cerca de los hangares. Dick Carriage se desató el cinturón de seguridad y se dirigió hacia el receptor. Esperó a que cesara el sonido, después arrancó el mensaje, se sentó ante el escritorio, y abrió el libro de claves que siempre llevaba consigo.

Baydr lo miró, después se volvió hacia las dos muchachas. Ya se habían soltado los cinturones y estaban de pie. Él se levantó con ellas y sonrió.

—Espero que disfrutéis de vuestra estancia en la Riviera.

La rubia le devolvió la sonrisa.

—Estamos muy excitadas. Es la primera vez que venimos aquí. Lo único que lamentamos es que no vamos a verte.

Él hizo un gesto vago.

—Negocios, siempre negocios. —Su mente estaba en el mensaje. Tenía que ser importante para que el teletipo trabajara un fin de semana—. Si necesitáis algo llamad a Carriage: él se encargará de arreglar las cosas.

—Lo haremos —dijo la morena. Le tendió la mano formalmente—. Muchas gracias por este precioso viaje.

La rubia rio.

—¡De verdad que ha sido un viaje!

Baydr rio con ella.

—Gracias por haber venido.

Raoul se les acercó.

—El coche de las señoritas espera junto a la entrada.

Baydr observó a las mujeres que seguían al camarero hacia la salida, y se volvió hacia Carriage. Un momento después el joven había descifrado el mensaje. Lo arrancó de la libreta y lo tendió a Baydr.

DIEZ MILLONES LIBRAS ESTERLINAS DEPOSITADAS SU CUENTA BANCO SIRIA

GINEBRA SEGÚN ACUERDO. PÓNGASE EN CONTACTO ALÍ YASFIR MIRAMAR HOTEL

CANNES PARA MÁS DETALLES.

(Firmado) ABU SAAD.

Baydr miró impasible el mensaje, después lo hizo trozos, con cuidado. Carriage hizo lo mismo con la hoja del teletipo y puso los pedazos en un sobre. Se dirigió al escritorio y sacó de debajo lo que parecía una papelera corriente con una tapa con rendijas. Abrió el cesto y tiró allí los papeles, lo cerró, y apretó un botoncito que tenía a un lado. El botón brilló rojo un momento, después se apagó poco a poco. Dick abrió el recipiente y miró. De los papeles quedaban unas retorcidas cenizas grises. Asintió y se dirigió a Baydr.

—¿Cuándo quiere ver usted al señor Yasfir? —preguntó.

—Esta noche. Invítele a la fiesta.

Carriage asintió y regresó al escritorio. Baydr volvió a reclinarse en el sillón, pensando. Así eran las cosas. Por cuidadosamente que uno planeara las vacaciones, siempre había algo que interfería. Pero esto era importante y debía ser atendido. Abu Saad era agente financiero del Al-Ijwah, uno de los más poderosos grupos escindidos de los fedayines, y las sumas de dinero que corrían por sus manos eran astronómicas. Recibía contribuciones de los dirigentes de los ricos sheikdoms petroleros y de monarquías como Kuwait, Dubai y Arabia Saudita, que estaban ansiosas por mantener su imagen intacta ante el mundo musulmán. Con precaución típica de Oriente Medio, parte del dinero era apartado para inversiones y guardado, para el caso de que fallara el movimiento. Quizá no más del cincuenta por ciento de las cantidades recibidas eran utilizadas en la lucha por la liberación.

Baydr suspiró suavemente. Los caminos de Alá eran extraños. La libertad siempre había sido para el mundo árabe un sueño que huía. Tal vez estaba escrito que siempre iba a ser así. Es verdad que había algunos, como él, a los que Alá sonreía, pero para los otros había tan solo una existencia sombría y lucha, aunque las puertas del paraíso estaban abiertas para todos los creyentes. Algún día llegarían a esas puertas. Tal vez.

Se puso de pie y se dirigió al escritorio.

—Saque el collar de la caja fuerte —dijo a Carriage. Se metió el estuche recubierto de terciopelo en el bolsillo de la chaqueta y se dirigió a la puerta del avión. Volvió a mirar a Carriage—. Nos veremos en el barco a las once.

Jabir le esperaba al pie de la escalerilla.

—El coche espera para llevarle a la lancha, patrón. La gran limusina Rolls negra estaba en la pista junto al avión. Al lado del coche se hallaba Raoul y un hombre con el uniforme de la aduana francesa. El hombre se tocó la gorra en una especie de saludo.

—Avez vous quelque chose a déclarer, monsieur?

Baydr negó con la cabeza.

—No.

El aduanero sonrió.

—Merci, monsieur.

Baydr entró en el coche. Jabir cerró la puerta tras él y se metió en el coche junto al chófer. El motor se puso en marcha, el coche giró y se dirigió hacia la zona occidental del aeropuerto.

La San Marco estaba allí, amarrada a un embarcadero viejo y destartalado. Dos marineros y el primer oficial del yate lo esperaban. El primer oficial saludó cuando él salió del coche.

—Bienvenido, señor Al Fay.

Baydr sonrió.

—Gracias, John.

Un marinero tendió la mano, y Baydr la tomó para saltar a la lancha. Lo siguió Jabir y después los marineros, Baydr se adelantó y se puso a los mandos.

El primer oficial le tendió un impermeable amarillo y una gorra.

—Se va a mojar, señor. Se ha levantado viento, y esta «nena» hace saltar mucha espuma.

En silencio, Baydr tendió los brazos, y el marinero lo ayudó a enfundarse el impermeable. Jabir cogió otro, se lo puso, y los marineros le imitaron. La máquina cobró vida con un rugido que sacudió la noche. Baydr miró por encima del hombro.

—Arranquemos.

El marinero asintió y soltó la amarra. La cuerda saltó del poste como una serpiente que se retuerce, y el marinero empujó la lancha apartándola de la escollera.

—Todo listo, señor —dijo, irguiéndose y enroscando la amarra que tenía a sus pies.

Baydr empujó la palanca, y la gran lancha empezó a avanzar lentamente. Poco a poco, Baydr apretó el acelerador y dirigió la lancha hacia el mar. Se deslizaba sin esfuerzo por el agua. Baydr se sentó y se ajustó el cinturón de seguridad.

—Sujétense —dijo—. Vamos a correr.

Se oyeron ruidos detrás de él, y después la voz del primer oficial gritó sobre el rugido de la máquina:

—¡Todo listo, señor!

Baydr puso el acelerador al máximo. La lancha pareció trepar como queriendo salir del agua, y la espuma de la proa formó un arco incandescente sobre sus cabezas. El viento le castigaba la cara y Baydr hizo una mueca mostrando los dientes, mientras contenía el aliento. Una mirada al control le dijo que marchaban a cuarenta nudos. Casi rio fuerte mientras giraba con lentitud el volante para dirigir la lancha hacia Cannes. La fuerza de trescientos veinte caballos en la punta de los dedos, el viento y el agua castigándole la cara. En cierto modo era mejor que el sexo.

 

El teléfono empezó a sonar en el apartamento de Alí Yasfir. El rechoncho libanés se arrastró hasta el teléfono y lo cogió.

—Yasfir.

La voz norteamericana le golpeó el oído. Escuchó un momento, después asintió.

—Sí, claro. Será un placer. Estoy deseoso de conocer a su excelencia.

Dejó el teléfono y se dirigió a sus amigos.

—Está hecho —anunció con satisfacción—. Esta noche nos veremos en su barco.

—Le felicito —dijo el francés delgado y moreno que estaba en el diván—. Pero nuestro problema sigue sin resolverse.

—Pierre tiene razón —dijo el norteamericano vestido con la deportiva camisa de colores brillantes—. Mis contactos en los Estados Unidos tienen un problema muy grande.

Alí Yasfir se volvió hacia él.

—Lo comprendemos, y estamos haciendo todo lo posible por resolverlo.

—Pero no lo hacen con bastante rapidez —dijo el norteamericano—. Tendremos que hacer negocios con otras fuentes.

—¡Maldición! —dijo Pierre—. Justo cuando las plantas de procesado están marchando tan bien.

—Y no ha habido escasez de materia prima —dijo Alí—. Los granjeros han respondido. La cosecha ha sido buena. Las entregas en las fábricas se han realizado sin interferencias. Me parece, Tony, que estamos pagando caro el fallo en el sistema de entregas. Los dos últimos grandes cargamentos desde Francia han sido interceptados en los Estados Unidos.

La cara del norteamericano se endureció.

—Las filtraciones han salido de aquí. De otro modo los policías nunca lo hubieran sabido. Tendremos que encontrar otro camino para entrar en el país.

—Desde Sudamérica —dijo el francés.

—No sirve —dijo Tony secamente—. Ya lo hicimos la última vez, y también fue descubierto. Si la cosa empieza así, lo pasaremos bastante mal.

Alí miró al francés.

—La filtración tiene que haber salido de su organización.

—Imposible —dijo el francés—. Cada hombre de los que trabajan para nosotros ha sido controlado y vuelto a controlar.

—Puede que no tengamos elección —dijo Alí—. No podemos seguir financiando las operaciones de ustedes si la mercancía no llega al mercado.

El francés guardó silencio mientras pensaba.

—No nos precipitemos —dijo al fin—. Tenemos un cargamento que sale esta semana. Veremos qué pasa.

Alí Yasfir miró al norteamericano. El norteamericano asintió. Alí se volvió hacia el francés.

—D’accord, Pierre. Esperemos y veamos.

Cuando el francés se fue, Tony miró a Alí.

—¿Usted qué opina?

Alí se alzó de hombros.

—¿Quién puede pensar nada?

—Tal vez nos está vendiendo él —dijo Tony—. La mercancía todavía llega a la costa Oeste. Estamos pagando primas a la gente de allí nada más que para poder seguir en el negocio.

—¿La mercancía viene de Indochina? —preguntó Alí.

Tony asintió.

—Y es más barata que la nuestra.

Alí meneó la cabeza.

—Con razón. Nuestros costes también serían menores si estuviésemos financiados por la CIA.

—Eso es solo parte del problema —dijo Tony—. Lo que más de moda está en Estados Unidos es la coca. Y ahí somos débiles.

—Hemos examinado ese punto —dijo Alí—. Tenemos algunos contactos en Bogotá, y yo mismo iré allí la próxima semana.

—Los muchachos van a alegrarse cuando lo sepan. Preferimos seguir negociando con usted y no andar buscando otros socios.

Alí se puso de pie. La entrevista había terminado.

—Seguiremos haciendo negocios juntos por mucho tiempo.

Acompañó al norteamericano a la puerta. Se dieron la mano.

—Nos veremos en Nueva York a principios del próximo mes.

—Espero que las cosas hayan mejorado para entonces.

—Estoy seguro de que así será —dijo Alí. Cerró la puerta tras el hombre, corrió el cerrojo, y puso la cadena sobre la cerradura. Se dirigió luego directamente al cuarto de baño, donde se lavó meticulosamente las manos y se las secó. Después se dirigió a la puerta del dormitorio y llamó con suavidad.

La puerta se abrió y apareció una muchachita. Su piel aceitunada, sus ojos oscuros y su largo pelo negro contrastaban con sus modernos pantalones vaqueros y su camisa con botones a la St. Tropez.

—¿Ha terminado la reunión? —preguntó ella.

Él asintió.

—¿Quieres un refresco?

—¿Tienes una Coca?

—Claro —contestó él. Fue a la cocina y sacó una botella de la nevera. La sirvió en un vaso y se la tendió.

Ella bebió con avidez.

—¿Cuándo nos iremos? —preguntó.

—He hecho las reservas para mañana en el avión que sale para Beirut —contestó él—. Pero puede haber alguna demora.

Ella le miró, interrogante.

Él enfrentó directamente su mirada.

—Esta noche tengo una cita con tu padre.

Una expresión sorprendida apareció en los ojos de la muchacha.

—¿No irás a denunciarme? —Dejó el vaso a un lado—. Me has prometido que no iba a saber nada. De no ser así, no habría dejado el colegio en Suiza.

No tiene nada que ver contigo —dijo él, tranquilizándola—. Tu padre no sospecha nada. Tenemos negocios con él.

—¿Qué clase de negocios? —dijo desconfiada.

—Tu padre maneja muchas inversiones nuestras. Tiene acceso a zonas en las que no podemos penetrar de otro modo. También puede comprar suministros y materiales que nosotros no podemos adquirir.

—¿Está enterado de que es para la causa?

—Sí.

Una expresión extraña cruzó el rostro de la chica.

—Es simpatizante —dijo Alí rápidamente.

—¡No me fío de él! —contestó ella con vehemencia—. Mi padre simpatiza solo con el dinero y el poder. El sufrimiento de la gente y la justicia no significan nada para él.

—Tu padre es árabe —contestó él con sequedad.

Ella lo miró fijamente.

—¡No lo es! ¡Es más occidental que árabe! De otro modo no se hubiera divorciado de mi madre para casarse con esa mujer. Lo mismo ocurre con los negocios. ¿Cuánto tiempo pasa entre su propia gente, en su patria? Dos semanas al año. No me sorprendería saber que incluso comercia con los israelíes. Tiene muchos amigos occidentales que son judíos.

—A su manera, tu padre ha hecho mucho por la causa —dijo Alí, defendiendo a un hombre al que no conocía—. Nuestra batalla no puede ser ganada solamente por los soldados.

—Nuestra batalla será ganada por aquellos que estén dispuestos a derramar su sangre y dar la vida, no por hombres como mi padre, cuyo único interés está en el dinero. —Enojada, volvió al cuarto y cerró de un portazo.

Alí llamó a la puerta.

—Leila —dijo con suavidad—, Leila, ¿quieres que pida la comida?

La voz llegó débil desde el cuarto.

—Vete. Déjame sola. No tengo hambre. —Un débil sonido de sollozos atravesó los paneles de madera de la puerta.

Él permaneció un momento indeciso, después se fue a su cuarto a vestirse para la cena. Los jóvenes estaban llenos de ideales. Para ellos todo era blanco o negro. No veían matices intermedios. Era bueno y era también malo.

Pero no estaba en el negocio para juzgar. Las causas no se manejaban solo con ideales. Los jóvenes nunca estaban enterados de que se necesitaba dinero para que pasaran las cosas. Dinero para comprarles uniformes, para alimentarles, para darles fusiles y armas y para entrenarles. La guerra moderna, incluso la guerrilla, era costosa. Y ese era el motivo por el que habían pasado tanto tiempo adoctrinándola. Habían usado el resentimiento que sentía contra su padre hasta el momento en que estuvo dispuesta a comprometerse físicamente con los fedayines. No era por lo que personalmente pudiera hacer. Había muchas jóvenes que podrían haber servido lo mismo.

Pero ninguna tenía un padre que era uno de los hombres más ricos del mundo. Sintió que un suspiro escapaba de sus labios. Pasado mañana Leila estaría en un campo de entrenamiento en las montañas del Líbano. Una vez allí, y bajo el control de los fedayines, quizá Baydr se mostrara más accesible para algunos de los planes que ya había rechazado. Leila valía más que un revólver apuntándole a la cabeza.