El pirata
Capítulo 13
Jordana no podía dormir. Con los ojos muy abiertos, miraba fijamente la oscuridad, escuchando la suave respiración de Baydr en el extremo de la enorme cama doble. Nada había cambiado. Ni siquiera la «materia de la que estaban hechos los sueños» de Jabir podía acercarlos ya.
Antes de que se casaran todo había sido ardiente y lleno de encantadores momentos tiernos, pese al hecho de que había ciertos actos amorosos que él no se permitía. No le importaba besarle sus pechos y su vientre, pero nunca aceptó el sexo oral. Muchas veces ella intentó conducirle hasta ello, y aunque a él le encantaba que ella tomara su miembro en su boca jamás permitió que ella adoptara una posición superior que le permitiera controlar sus movimientos. Sin decirlo con palabras, le había hecho saber que las cosas que ella deseaba que él hiciera rebajaban su dignidad como hombre. Un hombre nunca debe someterse a una mujer, en ninguna forma.
Nada de esto hubiera importado. Baydr había sido un buen amante. Pero Jordana percibió un cambio en cuanto se casaron. El sexo se hizo casi negligente. La penetraba sin preparativos y terminaba rápidamente. Al principio le había echado la culpa a la premura de sus trabajos. El príncipe le exigía constantemente más y más. Sus negocios se extendían a todos los países del mundo Occidental, y la organización era cada vez más compleja. Gradualmente, Baydr había reunido un grupo de hombres jóvenes que, como él, eran de ascendencia del Oriente Medio, aunque conocían las costumbres de Occidente. Los miembros de este grupo estaban establecidos en los países que conocían mejor, y tenían la misión de controlar día a día las inversiones. Baydr en persona viajaba de un país a otro para coordinar los distintos esfuerzos y tomar las decisiones finales.
Cediendo a las presiones de la época, el Jet Lear había sido sustituido por un Mystère 20, después por un Super Caravelle y, finalmente, por un Boeing 707 Intercontinental. Ahora podía recorrer largas distancias sin tener que detenerse, pero, pese a ello, sus viajes lo alejaban más y más. Siempre tenía que estar en algún nuevo lugar, siempre había alguna emergencia que solo él podía solucionar. Los veranos en Francia cayeron por la borda, y el gigantesco yate que habían comprado para mutuo deleite, con frecuencia permanecía anclado en el puerto.
Después del nacimiento de Samir, su segundo hijo, prácticamente dejaron de hacer el amor. Y una noche, cuando Jordana empezó a buscarlo, desesperada, él le tomó la mano y la puso sobre la manta, entre ellos. Su voz fue helada.
—Es indigno que una esposa se comporte así —dijo.
Herida por el rechazo, ella empezó a llorar. Encendió la luz, se sentó en la cama y buscó un cigarrillo. Lo encendió con cuidado y aspiró profundamente, procurando calmarse.
—¿Qué pasa, Baydr? ¿Ya no represento nada para ti?
Baydr no contestó.
—¿Hay alguna otra?
—No.
—¿Qué pasa entonces?
Él guardó silencio un momento, después se levantó de la cama.
—Estoy cansado —dijo—. Quiero dormir.
Ella lo miró a la cara.
—Y yo quiero joder —dijo directamente—. ¿Hay algo malo en eso?
—Ya está bien con que actúes como una puta —dijo él—. No es necesario que también hables como si lo fueras.
—Debes estar bien enterado —dijo Jordana—. Pasas tanto tiempo con ellas…
La cara de Baydr se ensombreció de rabia.
—Lo que yo haga no es asunto tuyo.
—Soy tu mujer, y hace meses que no me tocas. ¿Qué significa eso de que lo que tú hagas no es asunto mío?
—Es el deber de una esposa someterse a la voluntad de su marido.
—Casarme contigo no me ha convertido en una ciudadana de segunda clase — exclamó ella—. También tengo derechos y sentimientos.
—Has olvidado lo que está escrito —dijo Baydr—. Tú eres mi esposa, mi posesión, y solo puedes aspirar a los derechos y sentimientos que yo te permita.
Ella le miró fijamente.
—Entonces pediré el divorcio. No puedo vivir de esta manera.
—Rechazo tu petición —dijo él—. Vivirás como yo te ordene.
—No estamos en la Edad Media —contestó Jordana—. Y tampoco estamos en Oriente Medio, donde podrías encerrarme en un harén. Mañana volaré a mi país para pedir el divorcio.
Los ojos de Baydr fueron como de hielo.
—Si lo haces —dijo tranquilamente— nunca volverás a ver a tus hijos. Sabes que tengo poder para hacerlo.
La herida y la sorpresa asomaron en la voz de Jordana.
—No puedes hacer una cosa semejante.
—Puedo, y lo haré —dijo él, secamente.
Los ojos de Jordana se llenaron de lágrimas. No pudo hablar. Él la miró fijamente un momento y, cuando habló, no había ninguna simpatía en su voz.
—No habrá divorcio. Hay muchas cosas en juego. No quiero que la ascensión de mi hijo al trono se vea trabada por un escándalo. No tras haber hecho un sacrificio tan grande como el que he hecho para conseguirlo.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Qué sacrificios has hecho?
—Me tragué mi orgullo y pedí autorización para casarme con una infiel, pese a todos los consejos que recibí en contra. Pero quería el trono para mi hijo. Me lo habían prometido.
—¡Pero yo he adoptado la fe! —gritó Jordana.
—Con los labios, no con el corazón. Si la hubieras adoptado de verdad, conocerías tu posición y no pedirías cuentas de mis actos.
Desesperada, ella se cubrió la cara con las manos.
—¡Oh, Dios! —exclamó.
—¿A qué Dios te refieres? —preguntó él con voz cruel—. ¿Al tuyo…, o al mío?
Jordana bajó las manos y lo miró.
—No hay más Dios que Alá.
—Sigue.
Guardó silencio un momento, después bajó los ojos.
—… y Mahoma es su Profeta —murmuró.
Baydr lanzó un profundo suspiro y se dirigió a la puerta.
—No lo olvides.
—Baydr… —la voz de Jordana lo retuvo—. ¿Qué quieres que haga?
Él la miró fijamente.
—Te concedo libertad para hacer lo que te dé la gana siempre que sigamos casados, pero hay dos restricciones. La primera es la discreción. No debes hacer nada que acarree deshonor a nuestra casa. Ante el mundo, nuestro matrimonio seguirá siendo lo que era.
—¿Y la segunda?
—Que evites a los judíos. Eso no te lo toleraría.
Ella guardó silencio un momento, después asintió.
—Se hará como deseas.
Baydr se dirigió al otro cuarto, dejando tras de sí la puerta abierta. Un momento después, Baydr había vuelto con una caja de metal amarilla en las manos. Cerró la puerta, se acercó al borde de la cama y la miró. Abrió la caja y la colocó sobre la mesita de noche. Ella vio las cápsulas en sus nidos amarillentos.
—Ya sabes que no me gusta el nitrato de amito.
—No me importa lo que te guste o no te guste —dijo él con dureza—. Actúas y hablas como una puta…, te trataré como a una puta.
Se desabrochó la chaqueta del pijama y se la quitó, después desató el cordón de los pantalones. Cayeron al suelo y se liberó de ellos.
—Quítate el camisón —ordenó.
Ella no se movió.
Rápidamente, él se inclinó hacia ella y, agarrando con fuerza la prenda, la desgarró. Sus pechos saltaron libres, y él aferró uno en su mano.
—¿Es eso lo que quieres? —preguntó.
Ella no respondió.
Él aumentó la presión. El dolor la hizo jadear involuntariamente. Miró a sus ojos por un momento, luego bajó la vista hacia su otra mano.
—Estaba sujetando su falo, que crecía y se endurecía rápidamente, hacia ella.
—¿Es eso lo que quieres?
—¡Baydr! —gritó.
Él mismo lo introdujo dentro de su boca. Ella se ahogó y tosió. La voz de él era burlona.
—¿No es eso lo que quieres, puta infiel? —Apartó el rostro de ella de su cuerpo y miró directamente a sus ojos—. Quizás esto te guste más.
Rápidamente, la tendió en la cama e introdujo tres dedos muy profundamente en ella. Fue rápido e inesperado, y el desgarro hizo brotar un gemido de dolor de sus labios. Él empezó a mover sus dedos activamente adentro y afuera, mientras con su mano libre tomaba una ampolla de la caja.
Ella sintió la explosión en su cerebro cuando él rompió la cápsula bajo su nariz. Su corazón pareció como si quisiera estallar en su pecho y, muy a su pesar, empezó a sentir las sacudidas del orgasmo agitar todo su cuerpo.
Bruscamente, él retiró sus dedos y la volvió boca abajo sobre la cama.
—¡Sobre tus manos y rodillas, como la perra infiel que eres! —ordenó.
Ella no podía moverse.
La mano abierta de él restalló contra sus nalgas. Gritó. La mano golpeó una y otra y otra vez, cruzando su carne. Ella empezó a retorcerse y a gemir. Estaba loco. Yo estoy loca, pensó. No puede gustarme esto. Pero estaba empezando a gozar del calor que se expandía por sus ingles y sus riñones.
—¡Como una perra, mujer! —ordenó él.
—Sí, sí —gimió, poniéndose de rodillas, alzando sus nalgas en el aire. Sus pechos colgaron sobre la cama cuando se apoyó en sus codos. Notó que él tomaba posición detrás de ella, y se volvió para mirarle.
—¡No me mires, perra infiel! —gritó él, tirando brutalmente de su pelo para obligarla a apartar su vista.
El temblor que sentía dentro de sí se expandió rápidamente por todo su cuerpo, incluso sus rodillas temblaban. Una vez había visto a una yegua temblando mientras aguardaba a ser montada por el semental. Ahora sabía exactamente lo que sentía el animal.
Él tiró de su cabeza hacia atrás agarrándola del pelo, hasta que su cuello se tensó, e hizo estallar otra cápsula bajo su nariz. El orgasmo vino de nuevo.
Le oyó romper otra cápsula, pero esta vez no era para ella sino para él. Luego sintió la dureza de su miembro penetrar en ella, y el furioso golpetear del cuerpo del hombre contra sus nalgas.
Gritó una vez con el dolor y la violencia de su orgasmo, cuando él empezó a empujar dentro de ella. Luego, se derrumbó bajo el impacto.
Después permaneció tendida muy quieta a su lado de la cama, el dolor y los temblores abandonando lentamente su cuerpo. Él también permanecía en silencio. No hizo ningún gesto. No había comunicación entre ellos.
Tras un momento, habló. Su voz era calmada, como si no hubiera ocurrido nada entre los dos.
—Ahora, mujer, ¿entiendes tu posición?
Ella sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Sí —murmuró en voz muy baja.
Y desde entonces siempre había sido así. Ya no era un acto de amor, ni siquiera un acto de crueldad. Era pura y simplemente una afirmación de su poder sobre ella.
Fue al terminar aquel verano cuando tuvo su primer amante. Después fue fácil. Pero con muy pocos había alcanzado el placer. De todos modos, conseguía algo. Que fuera verdad o no, que lo sintieran o no, que les pagara o no les pagara, todos le hacían el amor.
Y esto era algo que Baydr nunca le daba.