El pirata

Harold Robbins · Capítulo 34 de 50

Páginas del PDF

El pirata

Libro tercero. El final del otoño. 1973

Libro tercero

EL FINAL DEL OTOÑO

1973

uno

 

Dick Carriage llamó suavemente a la puerta del dormitorio de Baydr. La voz de Baydr llegó desde el otro lado levemente sofocada.

—Adelante.

Dick abrió la puerta y parpadeó un momento. Las cortinas estaban enteramente corridas y el cuarto inundado por el brillante sol matinal suizo. Baydr estaba sentado ante un pequeño escritorio, dando la espalda a la ventana. Su cara estaba en sombras debido a la luz que le llegaba desde atrás. Miró a Carriage.

—¿Qué hay?

—Los franceses están aquí, jefe.

Baydr miró su reloj.

—Han llegado temprano.

Carriage sonrió.

—No desean arriesgarse. No quieren que nadie se le acerque a usted antes.

Baydr rio.

—Es lo que me gusta de los franceses. Siempre se puede contar con que solo respeten los compromisos que tienen consigo mismos.

—¿Qué debo decirles?

—Dígales que esperen. —Tendió unos papeles a Carriage—. ¿Qué sabe usted de esto?

Carriage tomó el informe y lo miró. Las letras en el encabezamiento decían: MUÑECAS ÁRABES LTDA. Dentro de la carpeta había una serie de billetes de embarque y de facturas. Cada cuenta tenía el sello de «Pagado». Miró a Baydr.

—No mucho más que usted, fuera del hecho de que pagan pronto las cuentas.

Baydr tomó la carpeta.

—Justamente eso. No está de acuerdo con el carácter… ¿Conoce a algún libanés que pague en seguida las cuentas?

—No entiendo. Son buenos clientes. ¿De qué podemos quejamos?

—Otra cosa —dijo Baydr—: pagan bonificaciones por entregas urgentes. ¿Qué hay tan importante en unas muñecas para que se paguen bonificaciones a la entrega? Eso tampoco concuerda. Los libaneses nunca están dispuestos a pagar bonificaciones por nada, aunque les vaya la vida en ello.

—Se acerca la Navidad. Tal vez quieren que las muñecas estén a la venta para entonces.

—Sería posible, si estuvieran embarcando ahora. Pero empezaron en septiembre. —Baydr entregó el archivo a Carriage—. Hágame un informe sobre esa compañía.

—Lo haré, jefe. —Se dirigió a la puerta—. ¿Algo más?

Baydr agitó la cabeza.

—Deles café a los franceses. Los veré dentro de unos minutos.

Cuando la puerta se cerró detrás de Carriage, Baydr se puso de pie, abrió las puertas del balcón y salió a la terraza. El claro aire de la mañana traía la primera promesa del futuro invierno. Baydr inspiró profundamente, llenando sus pulmones.

A lo lejos las montañas se elevaban claras y azul-verdosas, con la nieve coronando ya los picos. Baydr miró hacia la ciudad, que empezaba a despertarse. Había sensación de excitación en las calles.

Ginebra. Todo estaba allí. El dinero, el poder, la diplomacia, el comercio. Aquí era donde iba a ganarse la guerra, no en los campos de Oriente Medio. Los Bancos y los salones de negocios de esta extraña y antigua ciudad suiza daban la ilusión de estar por encima de la competencia y la lucha, listos para aprovechar cualquier cambio de viento, viniera en la dirección que viniera.

Baydr volvió a su cuarto y miró alrededor. La suite en el hotel era arrendada anualmente y cumplía sus propósitos en sus ocasionales visitas. Ahora, por primera vez, se interrogaba. El próximo año tendría que pasar aquí mucho más tiempo. La suite ya no sería bastante grande, bastante importante para el tipo de relaciones que debería establecer.

Cuanto más pensaba, más sentido tenía la cosa. Una base permanente aquí no era dinero tirado. Además, la temporada de invierno en Suiza siempre era buena. Entre St. Moritz y Gstaad todo el mundo estaría allí. Y no le cabía duda de que a Jordana iba a encantarle, con los deportes de invierno, las fiestas, la vida social.

Tomó nota para llamarla más tarde y comunicarle su decisión. También tomó nota para decir a Carriage que informara a las inmobiliarias en las que él figuraba su intención de comprar una casa en Ginebra y una villa en Gstaad. Estaba seguro de que encontraría algo rápidamente. El dinero siempre arreglaba las cosas.

Se acercó al espejo y se contempló. Con su camisa blanca y sus pantalones negros parecía más europeo que árabe. Se dirigió al armario. Un momento después salió con sus ropas en la mano. Rápidamente se enfundó en el mishlah pardo, y la tela blanca con la banda negra cayó sobre sus hombros. Nuevamente se miró al espejo. Esta vez sonrió satisfecho. Ahora parecía árabe. Sonrió consigo mismo al dirigirse a la puerta. Presentarse como nativo tenía sus ventajas. Especialmente cuando se trataba de comerciar con los franceses, que se creían superiores a todo el mundo sobre la superficie de la tierra.

 

—Somos un pequeño país, Monsieur Duchamps —dijo Baydr en francés—, completamente rodeados, sin acceso al mar, como no sea por la bondad de nuestros vecinos, de manera que usted podrá entender muy bien nuestro problema. Agua. Tenemos petróleo, pero no tenemos agua. He oído decir muchas veces a mi príncipe que cambiaría con gusto el exceso de pozos petrolíferos por algunos manantiales de agua. Con agua, nuestro país florecería.

Duchamps miró a su socio y asintió comprensivamente.

—Monsieur Al Fay: Francia ha estado siempre entre las primeras naciones del mundo que han comprendido las dificultades de los países de Oriente Medio y su deseo de autodeterminación y libertad. Públicamente hemos lamentado la explotación de sus riquezas y hemos dado nuestro apoyo a la causa, frecuentemente en detrimento de nuestras relaciones con las grandes potencias y en contra del sentimiento público. ¿No recuerda usted que en el conflicto, en el 67, rehusamos embarcar para Israel cincuenta bombarderos Mirage?

—Lo recuerdo. —No añadió que recordaba que Francia no solo había rehusado el embarque a Israel, sino que también había rehusado devolver los cien millones de dólares que había cobrado por los aviones. De todos modos, no pudo resistir el deseo de burlarse un poco—: Desde que concedieron tan generosamente la libertad a Argelia, han estado ustedes en primera línea entre los que reconocen el gran principio árabe de autodeterminación.

Una momentánea expresión de incomodidad atravesó la cara del francés, después se borró.

—Francia está dispuesta ahora a cumplir cualquier pedido de material de los países árabes. Nuestras fábricas trabajan de lleno construyendo aviones, coches, tanques, casi todo lo que necesita el mundo árabe para demostrar su capacidad para defenderse.

Baydr sonrió cortésmente.

—Me alegro mucho, y pueden ustedes estar seguros de que comunicaré este mensaje al comité correspondiente. Como ustedes saben, no estoy comprando armas. No tengo nada que ver con eso. Estoy en la zona de desarrollo industrial. Si tienen ustedes una máquina que fabrique agua, les aseguro que me interesará mucho.

—Hay factorías que pueden fabricar agua, pero desgraciadamente necesitan agua como materia prima.

—¿Cómo es eso?

—Plantas de desalinización nuclear. Son costosas, pero dan resultado. Desgraciadamente, su país no tiene salida al mar.

—Es verdad, pero tenemos acuerdos con nuestros vecinos… Siria, Irak, Jordania, Arabia Saudita…, para desarrollar fuentes de fabricación de agua para nuestro mutuo beneficio.

—¿Representa usted también a esos países? —preguntó el francés.

—Por primera vez, el mundo árabe está unido en este punto. Juntos desarrollaremos nuestro potencial agrícola e industrial. Por ejemplo, hemos llegado a un nuevo acuerdo con la Fiat de Italia para fabricar una versión de sus coches. Las plantas de fabricación estarán diseminadas en nuestros países, para beneficio de los obreros de cada nación árabe.

—Muy bien hecho —dijo el francés secamente.

—Naturalmente, nos costará más fabricar esos coches que importarlos. Pero como no estamos interesados en las ganancias sino en la idea de bastarnos a nosotros mismos, nos parece que la cosa vale la pena. También estamos negociando en otros terrenos, como en utensilios de uso doméstico y televisores. Es sorprendente todo lo que puede hacerse cuando uno está dispuesto a trabajar.

—¿Cuánto más cree usted que costará hacer esas cosas en lugar de comprarlas? —preguntó Duchamps.

Baydr se alzó de hombros.

—El cincuenta por ciento, el cien por ciento. ¿Qué importa? Tenemos dinero. Podemos hacerlo.

El francés guardó silencio un momento. Cuando habló, ya no estaba seguro de sí mismo como cuando había empezado.

—También tenemos interés en ayudar en el programa industrial de ustedes. Estoy seguro de que podremos encontrar muchos proyectos que sean de beneficio mutuo. Nuestra industria de productos manufacturados no es inferior a ninguna en el mundo.

—Me alegra saberlo. Lo que para mí ofrece especial interés son esos planes para la desalinización nuclear del agua. Esta es en verdad un área que merece intenso estudio, y en la cual seguramente podremos trabajar juntos.

—Quizás ese sea el proyecto más costoso de todos —dijo rápidamente Duchamps.

—Como ya he dicho, el dinero no es importante. En mi pequeño país solamente, los ingresos por el petróleo superan el millón de dólares diarios. Cuando se multiplica esto por el resto del mundo árabe, la suma se vuelve astronómica.

—Francia no es pobre. Tenemos todos los dólares que necesitamos. Más que suficientes, de hecho.

—Ya lo sé, pero hay otras formas de intercambio, y aunque no estoy encargado de la parte política, mis recomendaciones serán miradas favorablemente cuando se tomen las decisiones.

El francés lo miró sin inmutarse. Ambos sabían a lo que se refería Baydr. La fuerza negociable era el petróleo, no por dinero, sino por la cooperación.

—Monsieur Al Fay —dijo—, no puedo decirle a usted cuán satisfecho estoy de que hayamos encontrado un área en la que podemos colaborar. Puede tener usted la certeza de que pronto volveré a visitarlo con varias propuestas concretas.

Baydr se puso de pie.

—Esperaré ansiosamente su regreso. —El francés también se levantó. Baydr se inclinó formalmente, haciendo el gesto árabe de despedida convencional—. Vayan ustedes en paz.

Carriage entró en la habitación en cuanto los franceses se fueron.

—Ya están esperando ahí —dijo—. Es una versión en miniatura de la ONU: alemanes, italianos, rumanos, noruegos…

—No ha tardado mucho tiempo en correrse la voz, ¿eh?

Carriage agitó la cabeza. Ellos habían llegado el día anterior.

—Son como perros tras una perra en celo.

Baydr rio.

—Es mejor que telefonee al Banco y les pregunte si pueden prestarnos un par de secretarias. Después organice un fichero de citas. Tendremos que verlos a todos.

—¿Por qué? Solo hay unos pocos que pueden interesarnos.

—Ya lo sé, pero no importa. En este momento todos están atónitos ante el embargo. Todavía no creen en él. Cuando lo digieran, sentirán pánico y se enojarán. Una de nuestras tareas consistirá en conservar todos los amigos que podamos.

—De acuerdo, jefe. —Carriage se dirigió a la puerta. Baydr lo detuvo.

—Dick, comuníqueme por teléfono con la señora Al Fay. Está en Beirut, en casa de mi padre.

—Lo haré. —La puerta se cerró tras él, y un momento después sonó el teléfono. El servicio telefónico suizo se enorgullece de su eficacia. Jordana estaba al otro lado de la línea.

—¿Cómo están los chicos? —preguntó Baydr. La voz de Jordana era apagada.

—Bien.

—¿Les gusta el colegio?

—No sé si les gusta o no, pero van.

—¿Estás muy ocupada?

Un momento de silencio.

—Debes estar bromeando —dijo Jordana—. Estoy en Beirut. Aquí no tengo absolutamente nada que hacer.

—Entonces tal vez no te moleste venir aquí a ayudarme. He decidido comprar una casa en Ginebra y una villa en Gstaad, y estoy demasiado ocupado para encargarme de ello.

—Baydr, ¿lo dices en serio?

—¿Por qué no lo voy a decir en serio? Me parece que pasaremos aquí bastante tiempo en el futuro inmediato. ¿Vendrás?

Jordana rio.

—En el primer avión.

—Bien. —Sonrió al teléfono—. Comunícame el vuelo, y mandaré a Jabir a esperarte al aeropuerto.

Dick regresó a la habitación en cuanto dejó el teléfono. Había una extraña expresión en su cara.

—Fuera hay una chica que quiere verlo.

Súbitamente, Baydr se enojó.

—Debería usted saber cuando me molesta, Dick —dijo, cortante—. Hoy tengo demasiado trabajo como para perder el tiempo con muchachas. Despídala.

—Ya lo he hecho, señor —dijo Dick—. Pero ha vuelto unos minutos después con Jabir. Jabir dice que a usted le interesará verla.

A Baydr aquello le resultó curioso. Generalmente, Jabir no se ocupaba de las mujeres.

—¿Quién es la muchacha?

—No lo sé, señor. Ni ella ni Jabir han querido darme su nombre. Dijeron que querían darle una sorpresa.

Baydr pensó un momento. Tenía que ser algo importante. A Jabir no le gustaba gastar bromas.

—Bueno, la veré —dijo—. Pero solo un momento. Y dígale a Jabir que lo hago únicamente por hacerle un favor, y que espero que la cosa no se repita.

—Sí, señor.

Baydr se dirigió al aparador y llenó una taza de café. Con la taza en la mano, volvió al escritorio. Oyó que la puerta se abría tras él y se volvió.

Una muchacha estaba tímidamente en la puerta. Baydr la miró. Había en ella algo vagamente familiar. Era bonita, con una cara en forma de corazón, luminosos ojos azul oscuro, y un brillante pelo negro que le caía sobre los hombros. Iba vestida con la camisa y los pantalones vaqueros que usaba la mayoría de la gente joven, pero por lo que pudo ver, su figura era buena. Notó que un poco de miedo asomaba en sus ojos azul oscuro. Súbitamente la reconoció.

—¡Leila! —exclamó.

Una trémula sonrisa asomó entre el miedo.

—Hola, papá —dijo ella suavemente.

Baydr atravesó el cuarto y la estrechó en sus brazos.