El pirata
Capítulo 12
doce
Tuvieron que esperar a la mañana siguiente para tener noticias. La voz graznó en la línea telefónica.
—Tenemos cosas importantes que discutir —dijo—. Demasiado importantes para tratarlas por teléfono. Creo que una reunión entre nosotros redundaría en mutuo beneficio.
La voz de Baydr fue helada.
—Es posible.
—¿Dónde quiere usted que nos reunamos? —preguntó Yasfir.
—Estoy en mi despacho.
—No me parece una buena idea. Con todo el respeto que usted me merece, habrá allí demasiadas ocasiones de que nos oigan.
—Estaremos solos.
—Solo Alá sabe cuántas chinches hay ocultas en las paredes de los edificios — dijo Yasfir.
—¿Dónde sugiere usted?
—¿No le parece un lugar mutuamente grato un banco en el parque que queda frente a su hotel?
—¿A qué hora estará usted allí?
—Puedo llegar en quince minutos.
—De acuerdo. —Baydr colgó el teléfono. Pulsó el timbre de su escritorio. Dick entró en el despacho.
—Quiere verme en el parque frente al hotel. ¿Cree usted que nuestro especialista en electrónica podrá oír la conversación con un micrófono telescópico desde aquí?
—No lo sé. Podemos intentarlo.
—Llámelo entonces. Solo tenemos quince minutos.
El hombre llegó al despacho en menos de diez. Baydr lo llevó a la ventana y señaló el parque.
—¿Podrá escucharnos desde aquí?
—Tal vez —contestó el hombre—. Depende de muchas cosas. Los ruidos de la calle. El movimiento. Ayudaría si se quedan ustedes quietos en un lugar.
—No sé —dijo Baydr—. Dependerá mucho del otro hombre.
—Lo intentaré. Veremos qué pasa.
El hombre trabajó rápidamente. Estaba controlando los amplificadores cuando Dick asomó la cabeza por la puerta.
—Casi es la hora.
De mala gana, Baydr se dispuso a salir. Hubiera querido quedarse unos minutos más para saber si el micrófono electrónico funcionaba, pero tenía miedo de retrasarse. Atravesó el despacho en dirección a la puerta. Jabir se puso de pie para seguirlo.
Baydr hizo un gesto.
—Espera aquí —dijo.
Jabir volvió a su asiento. En cuanto la puerta se cerró tras Baydr, Dick le hizo una seña.
—Tu patrón estará en el parque al otro lado de la calle —dijo—. Síguelo, pero a distancia, y no dejes que te vea. Tengo miedo por él.
Jabir asintió y, sin hablar, dejó la oficina. Cuando salió del hotel Baydr ya cruzaba la calle. Jabir se plantó cerca de la esquina, en un lugar donde podía verlo todo el tiempo.
Baydr cruzó la calle y entró en el pequeño parque. Una anciana estaba sentada en el primer banco, arropada contra el frío viento del otoño, dando de comer a las palomas. Baydr se sentó en el extremo del banco, apartado de la vieja. Miraba a un lado y a otro del camino. No había nadie allí…, ni siquiera empleados de oficina que tomaban un atajo para llegar a su trabajo. Buscó un cigarrillo.
Quince minutos después fumaba ya el cuarto cigarrillo, y empezaba a preguntarse si Yasfir habría querido desorientarlo, cuando bruscamente la vieja se levantó y abandonó el banco. Los ojos de Baydr la siguieron con curiosidad cuando se dirigió a la acera que bordeaba el parque y tomó un taxi. Era raro que una mujer tan mal vestida pudiera pagar un taxi. Después, súbitamente, tuvo una idea. Miró el rincón del banco donde la vieja había estado sentada. Allí, bajo la bolsita de cacahuetes que había dejado, había una hoja de papel blanco corriente. Sus ojos recorrieron el mensaje escrito a máquina.
Pido disculpas por no acudir a la cita, pero asuntos importantes me alejan del país. Además,
nuestro encuentro no tendría ningún propósito efectivo, porque nuestras peticiones son simples
y pueden ser transmitidas en una hoja de papel. Me complace informarle que su mujer y sus
hijos han llegado felizmente a su destino y están todos bien. Mañana por la mañana recibirá
usted una grabación con la voz de su esposa para tranquilizarlo sobre este hecho. Para
garantizar nuestro continuo interés en el bienestar de ellos, deberá usted cumplir los siguientes
requisitos:
1. Depositará cien mil $ USA cada mañana antes de las 12 a. m. en la cuenta N. AX1015 de
la Banque d’Assurance de Ginebra. Esto es para reembolsarnos los gastos que nos producirá el cuidado de su familia mientras sean nuestros huéspedes.
2. Permita que los embarques rescindidos continúen como se había planeado. El próximo
embarque tendrá lugar dentro de cuatro días a partir de ahora, y será seguido por un embarque cada dos días hasta fin de año.
3. Preparará usted y firmará, en blanco, un instrumento efectivo de transferencia por la
cantidad equivalente a un 50% de las acciones de su compañía. Esto, junto con un pago de diez millones de $ USA, será transferido a la cuenta del Banco señalado, no más tarde del 5 de enero de 1974.
En caso de que cumpla rápidamente con todos estos requisitos, su esposa y sus hijos le
serán devueltos antes del 10 de enero, a tiempo para la investidura de su hijo mayor como
príncipe. Cualquier ruptura del secreto de este acuerdo, o el hecho de no cumplir con los
términos tal como han sido especificados, podrá provocar la muerte de uno o todos los
miembros de su familia. Como otra prueba de nuestra buena voluntad y para asegurarle a usted
que todos se encuentran bien, recibirá usted diariamente en su oficina de Ginebra una
grabación con la voz de su esposa, en la cual ella leerá un titular del Paris Herald Tribune del
día anterior y añadirá también algunas palabras personales referentes a su situación en general.
Naturalmente, esperamos su ayuda en la guerra contra nuestro común enemigo.
Idbah al-adu.
Estaba firmado por la HERMANDAD DE LUCHADORES PALESTINOS POR LA LIBERTAD.
Lentamente, Baydr se puso de pie y regresó a su oficina en el hotel. Dick lo esperaba en la puerta.
—¿Qué pasó? No hemos visto a nadie y no pudimos escuchar nada.
—No ha ido nadie —dijo Baydr—. Solo han dejado esto… —Tendió el papel a Dick, que le siguió al despacho.
Fue detrás del escritorio y se dejó caer pesadamente en el sillón. Dick siguió leyendo el papel mientras el experto en electrónica recogía su equipo y partía.
—Están locos —dijo Dick al terminar de leer—. No hay manera de que pueda usted cumplir con esto.
Baydr asintió, abrumado. No había manera de cumplir con la tercera y última petición. Él no era dueño del 50% de las compañías que estaban a su nombre. Como máximo poseía un 20%.
—Yo lo sé y usted lo sabe —dijo con voz cansada—. Pero ellos no lo saben. ¿Y cómo negociar con alguien que no habla con uno? ¿Alguien a quien no vemos?
—Tenemos que encontrarlos. Debe haber algún medio.
—Los encontraremos seguramente, pero lo que me preocupa es lo que pasará con Jordana y los niños cuando los encontremos.
—¿Qué podemos hacer entonces? —preguntó Dick.
—Primero debemos ocuparnos de efectuar diariamente ese depósito, y dejaremos seguir los embarques, tal como piden. Esto nos dará tiempo.
—Esos embarques pueden provocar la muerte de centenares de personas en los Estados Unidos. No quiero tener eso sobre mi conciencia.
—Tampoco yo. Encontraremos alguna manera de detener los embarques cuando lleguen a puerto.
—¿Cómo piensa hacer eso?
—Tengo un amigo en Nueva York. Paul Gitlin. Es abogado, hombre de gran fuerza moral y con un fuerte sentido de la justicia. Estoy seguro de que entenderá mi posición y respetará el secreto. Encontrará la manera de detener los embarques y de protegernos al mismo tiempo.
—¿Y luego?
—Tenemos que utilizar el tiempo para averiguar dónde tienen secuestrada a mi familia y liberarlos. Ocúpese de los depósitos bancarios y telefonee a Nueva York — dijo, sin volverse.
—Sí, señor —dijo Dick, listo ya para dejar la oficina.
—Otra cosa, Dick…
Dick se volvió.
Baydr le miró de frente. Había en su cara arrugas que Dick nunca había visto antes.
—Llame a Uni-Jet y resérveme un avión. Recogeré a mi padre en Beirut e iremos juntos a ver al príncipe. Quizás él pueda ayudarnos.
El viejo príncipe dejó de leer la hoja de papel, después se quitó las gafas con dedos vacilantes. Su arrugada cara de halcón bajo la ghutra miró a Baydr y a su padre, comprensivamente.
—He oído hablar de esa organización —dijo—. Son un grupo que se ha separado de Al Fatah debido a sus tendencias nihilistas.
—Ya he oído eso, Alteza —dijo Baydr—. Pensé que, con vuestra protección, quizá tengamos bastante apoyo como para hacerlos salir a la luz.
—¿Y qué harás entonces? —preguntó el príncipe.
—Los destruiré —dijo Baydr salvajemente—. Son ladrones, chantajistas y asesinos. Disminuyen y deshonran la causa a la que pretenden servir.
—Todo lo que dices es verdad, hijo mío. Pero no podemos hacer nada.
—¿Por qué no? —preguntó Baydr. Hizo todo lo posible para contener su ira—. Se trata de vuestro heredero, Alteza, el heredero del trono, cuya vida está en peligro.
Los ojos del viejo fueron débiles y nebulosos, pero sus palabras sonaron claras y distintas.
—Todavía no es mi heredero. Y no lo será hasta que yo lo nombre.
—Entonces, ¿no nos ayudaréis? —preguntó Baydr.
—No puedo…, oficialmente —replicó el príncipe—. Y tampoco podrán ayudarte los jefes de otros Estados a los que recurras. Esa organización, la Hermandad ha ganado mucho apoyo entre ciertos elementos. Incluso Al Fatah opina que no hay que meterse con ellos… —tomó la hoja de papel y la tendió a Baydr.
Baydr la cogió en silencio.
—De manera no oficial, si encuentras dónde tienen secuestrada a tu familia esos demonios, puedes venir a pedirme todos los hombres y todo el dinero que se necesite para liberarlos.
Baydr se puso de pie con el corazón dolido.
—Os agradezco vuestro ofrecimiento, Alteza —dijo como convenía. Pero sabía que era inútil. Sin ayuda oficial nunca se encontraría a los secuestrados.
El viejo príncipe suspiró al tenderle la mano.
—Si fuera más joven —dijo— te acompañaría en la búsqueda. Vete con Dios, hijo mío. Rogaré a Alá por la seguridad de tu amada familia.
Fuera del palacio, en el sol cegador, Dick esperaba en la limusina con aire acondicionado. Los vio avanzar hacia el coche.
—¿Qué ha dicho el príncipe? —preguntó.
—Que no puede hacer nada —contestó el padre de Baydr.
Baydr miró por la ventanilla mientras el coche enfilaba por el camino.
—Es inútil —dijo con voz apagada—. Nadie puede hacer nada. No hay nadie dispuesto a ayudarme.
Dick guardó silencio un largo momento. Había tanto que arriesgar, tantos años… Todo el trabajo, todo el esfuerzo que lo habían llevado a la posición que tenía, iba a hundirse de pronto. Pero había cosas que eran más importantes que su trabajo. La vida de unos niños inocentes, por ejemplo. Pensó en sus dos hijos, y en lo que sentiría si estuvieran en la misma situación. Aquello fue lo que finalmente lo decidió.
Se volvió en el asiento para encararse con Baydr.
—Sé de alguien que podría ayudarlo —dijo.
—¿Quién?
La voz de Dick fue tranquila:
—Los israelíes.
La risa de Baydr sonó amarga.
—¿Por qué van a ayudarme? Soy, por nacimiento, su enemigo.
Samir miró a su hijo.
—Los hombres no han nacido enemigos. Es algo que aprenden después.
—¿Y qué importa eso? —replicó Baydr, con sarcasmo. Se volvió hacia Dick—. ¿Por qué van a ayudarme? —preguntó otra vez.
Los ojos de Dick se clavaron en los de él directamente.
—Porque yo se lo pediré a ellos —dijo tranquilamente.
Baydr guardó silencio un momento. Después, un leve y pesado suspiro se escapó de sus labios.
—¿Trabaja usted para ellos?
Dick asintió.
—Sí.
—Usted no es israelí —dijo Baydr—. ¿Por qué lo hace?
—Mis padres volvieron a vivir a Jordania —dijo Dick—. Un día, un hombre llamado Alí Yasfir fue a visitarlos y les pidió que permitieran que su organización usara como base su pequeña aldea. Después de tres meses en los que tres muchachas fueron violadas y muchas insultadas, los aldeanos pidieron que se fueran. La respuesta de los fedayines fue la muerte.
Alí Yasfir en persona condujo a sus hombres a una matanza sistemática, casa por casa, en la aldea. Solo un niñito y dos chicas pudieron escapar. Nos contaron la verdadera historia, mientras los fedayines proclamaban a voz en cuello la última atrocidad israelí. Las dos chicas vieron personalmente a Alí Yasfir asesinar a mi madre y a mi padre.
—Y, ahora que usted me ha traicionado —dijo Baydr, amargamente—, cree que debe ayudarme.
Dick enfrentó sinceramente su mirada.
—No es por ese motivo. Sino porque ambos creemos que los árabes y los israelíes pueden vivir y trabajar juntos en paz. Son los hombres como Alí Yasfir los que matan esa posibilidad. Ellos son nuestros enemigos. Ellos deben ser destruidos.