El pirata

Harold Robbins · Capítulo 42 de 50

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El pirata

Capítulo 9

nueve

 

Baydr estaba solo en la alcoba del desayuno, mirando hacia el jardín, leyendo el Paris Herald Tribune y sorbiendo café cuando el snob criado inglés entró en la habitación. El hombre carraspeó y Baydr miró.

Había una nota de desaprobación en la meticulosa voz del criado.

—Unos señores de la Policía desean ver a Su Excelencia.

Baydr lo miró. Por más que había explicado muchas veces al criado que no tenía ningún título que lo autorizara a que le llamaran «excelencia», el hombre rehusaba dirigirse a él de otra manera. Su último patrón había sido el pretendiente al trono de España, y «excelencia» era el máximo a lo que el criado podía descender después de «alteza».

—Hágalos pasar a la biblioteca —dijo Baydr—. Los veré en un momento.

—Sí, Excelencia —y el criado dejó el salón; su espalda erguida y sus hombros cuadrados sugerían de algún modo desaprobación.

Lentamente, Baydr dobló el periódico y lo colocó limpiamente sobre la mesa. Tomó un último sorbo de café, después se levantó y fue a la biblioteca.

Había dos policías, uno de uniforme, otro de civil. El hombre de civil se inclinó. Habló en inglés.

—¿El señor Al Fay?

Baydr asintió.

El policía se inclinó de nuevo.

—Permítame usted presentarnos. Soy el inspector Froelich, y este es mi asistente, el sargento Werner.

—¿En qué puedo servirles, señores?

—Primeramente debo disculparme por haber interrumpido su desayuno, pero lo cierto es que traigo noticias desagradables. ¿Conoce usted al señor Yusef Ziad?

—Sí, es el director de mi oficina en París. Nos reunimos aquí anoche. ¿Por qué me pregunta por él? ¿Ha tenido alguna dificultad?

—No, señor Al Fay. No está en dificultades, está muerto —dijo el inspector.

—¿Muerto? —Baydr fingió sorpresa—. ¿Qué ha sucedido?

—Aparentemente, perdió el control de su coche y se salió del camino. Su coche cayó desde unos doscientos metros.

Baydr lo miró fijamente un momento, después se dirigió al escritorio y se sentó. Su cara estaba sombría.

—Perdón, señores —dijo—, pero esta es una noticia realmente desagradable. El señor Ziad era un antiguo y valioso colaborador.

—Entendemos, señor —dijo cortésmente el policía de civil—. Debemos hacer algunas preguntas de rutina, pero seremos lo más breves posible… —Sacó un cuadernito del bolsillo y lo abrió—. Usted ha dicho que se entrevistó anoche con el señor Ziad. ¿A qué hora llegó él aquí?

—A eso de las doce y media.

—¿Había algún motivo especial para que viniera a una hora tan tardía?

—Teníamos importantes negocios que discutir. Y desgraciadamente, mi mujer y yo teníamos invitados a cenar, lo cual impidió que nos viéramos más temprano.

—¿Aproximadamente, a qué hora se marchó?

—A eso de las dos, supongo.

—¿Bebió el señor Ziad algo durante el tiempo que estuvo aquí?

—No mucho.

—¿Querría usted ser más preciso?

—Tomarnos una botella de Dom Pérignon. Él la bebió casi toda. Pero eso no podía hacerle daño. El señor Ziad bebía constantemente ese vino. Era el que más le gustaba.

—Tenía buen gusto —dijo el inspector. Miró al sargento uniformado. Un signo subliminal se cruzó entre ellos. El inspector cerró su libreta y se volvió hacia Baydr —. Creo que eso es todo, señor Al Fay —dijo con voz satisfecha—. Gracias por su cooperación.

Baydr se puso de pie.

—Debo ocuparme del funeral. Tendremos que enviar el cuerpo a su país. ¿Dónde está ahora?

—En el depósito. —Era la primera vez que hablaba el sargento—. Lo que ha quedado de él.

—¿Fue tan terrible?

El inspector agitó tristemente la cabeza.

—Hemos recobrado los restos que hemos podido. Hicimos la identificación por la billetera y el pasaporte. El coche se hizo mil pedazos. Es muy malo que la gente no comprenda lo importante que puede ser la más mínima cantidad de alcohol en un camino helado por la noche.

Baydr permaneció sentado un momento cuando los policías se fueron. Después, tomó el teléfono y llamó a Dick en Ginebra.

—Llámeme con el desmodulador —dijo Baydr a Dick, cuando este contestó. Un momento después sonó el otro teléfono, y contestó.

—¿Dick?

—Sí.

Baydr habló con voz inexpresiva.

—La Policía acaba de irse. Yusef tuvo anoche un accidente con su automóvil y se ha matado.

—¡Dios mío! ¿Qué le pasó?

—El camino estaba helado, y la Policía opina que Yusef había bebido un poco más de la cuenta. Estaba muy preocupado cuando salió de aquí, y se había tomado casi toda una botella de champán.

Dick guardó silencio un momento.

—¿Se enteró usted de algo sobre Muñecas Árabes?

—Yusef afirmó que Alí Yasfir lo había obligado a meterse en el asunto.

—Entonces teníamos razón. ¿Reconoció que le habían pagado para eso?

—No. Juró que no había recibido dinero de ellos.

—No lo creo.

—Ahora no importa mucho, ¿verdad? Está muerto, y todo ha pasado.

—¿Le parece? —replicó Dick—. No sabemos lo que puede hacer ahora Yasfir.

—No puede hacer mucho. Sabe que no puede coaccionarnos.

—Eso espero. Pero nunca se sabe con un hijo de puta como ese. Es difícil adivinar con qué puede salir después.

—Ya lo afrontaremos cuando se presente —dijo Baydr con calma—. Ahora tenemos algunos asuntos sin terminar. Es posible que lo mande a usted a la oficina de París la próxima semana para que se haga cargo de ella hasta que encontremos un sustituto.

—Bien.

—Entretanto, ocúpese de comunicar el accidente a la familia de Yusef y a la oficina de París. Avise también a una funeraria para que recojan del depósito de Gstaad los restos de Yusef y los embarquen para su patria.

—Me ocuparé de eso.

—Alerte a la tripulación que tenga el avión listo para volar a Beirut el viernes. Jordana y los chicos vuelven a casa.

—¿No es una semana antes de lo pensado, jefe?

La voz de Baydr fue cortante.

—Haga lo que le digo. Creo que estarán mejor en casa. —Colgó el aparato y permaneció allí, mirando el televisor.

Bruscamente, atravesó la habitación y cerró las puertas. Después, tomando una llave del bolsillo, abrió el cajón central del escritorio y sacó la cinta de vídeo. La puso en la máquina y apretó el botón.

La pantalla quedó en blanco un momento, después llegó la imagen y el sonido. Permaneció casi inmóvil mientras la película se desarrollaba ante él. Todo estaba allí, tal y como había sido con él. La belleza del cuerpo de ella, los lánguidos movimientos sensuales, las palabras, los leves grititos como de animal que se elevaban hasta un crescendo orgiástico. Todo estaba allí, pero esta vez no era para él. Era para otro hombre. Un judío.

La pantalla quedó vacía en el momento en que el nudo de su estómago estallaba en un dolor abrasador. Furioso, golpeó con el puño el botón para detener la máquina, y casi lo destrozó. Después, tendió las manos ante sí y miró sus dedos temblorosos.

Bruscamente, cerró los puños y los golpeó contra el escritorio. Los golpeó una y otra vez, al unísono, mientras murmuraba una palabra:

—¡Maldita, maldita, maldita! —hasta que las manos le quedaron hinchadas y doloridas.

Volvió a mirar sus manos, después miró la máquina.

—¡Jordana! —exclamó, como si ella estuviera dentro de la máquina—. ¿Es para esto que me he convertido en asesino?

La pantalla no le contestó. Estaba vacía. Apoyó la cabeza en el escritorio y lloró, como no había hecho desde que era niño. Una plegaria que no decía desde la niñez llegó a sus labios.

En nombre de Alá el Benefactor, el Misericordioso, me refugio en el Señor de los hombres,

el Rey de los hombres,

el Dios de los hombres,

del mal de la insinuación, del que se escabulle, que insinúa en el ánimo de los hombres,

sea genio, sea hombre.

El consuelo de la plegaria lo invadió. Cayeron las lágrimas, y sintió que la herida y el dolor lo abandonaban. Olvidamos con demasiada facilidad la sabiduría de Alá, la sabiduría revelada por el Profeta. Y con demasiada facilidad olvidamos que las leyes de Alá reveladas por el Profeta fueron dadas a los hombres para que las cumplan.

Durante mucho tiempo había procurado vivir de acuerdo a la ley de los no creyentes, pero esas leyes no eran para él. Ahora iba a vivir como debía vivir. De acuerdo a la única ley verdadera. La ley de Alá.

 

Jordana entró en la biblioteca. La sorpresa estaba aún en su voz.

—Acabo de enterarme de lo de Yusef —dijo—. No puedo creerlo.

—Era una mierda —dijo él, fríamente—. Pero ahora está ante el trono del juicio y tendrá que dar cuenta de sus propios pecados. E incluso Alá, el todo misericordioso, no encontrará perdón para él. En verdad, se consumirá por toda la eternidad en el fuego del infierno.

—Pero Yusef era amigo tuyo. —No podía entender el cambio operado en él—. Te ha servido durante muchos años.

—Solo se sirvió a sí mismo. No era amigo de nadie, como no fuera de sí mismo.

Ella se sintió aterrada.

—¿Qué pasó entre vosotros? ¿Qué hizo él?

Su cara era una máscara impenetrable, sus ojos estaban encapotados.

—Me traicionó, como tú me has traicionado.

Jordana lo miró fijamente.

—No entiendo lo que dices.

Baydr la miró casi como si no la viera.

—¿No me entiendes?

Jordana negó con la cabeza, en silencio.

—Entonces te mostraré… —Fue al escritorio, y apretó el botón del aparato de video—. Ven.

Jordana permaneció detrás del escritorio, junto a Baydr, mirando la pequeña pantalla. Por un momento fue blanca y brillante, después llegó la imagen. Casi gritó, el aliento sofocándole la garganta, en atónita incredulidad.

—¡No! —gritó en voz alta.

—Sí —dijo él, tranquilamente.

—No quiero mirar —dijo Jordana, haciendo ademán de irse.

La mano de Baydr la agarró firmemente del brazo, con tanta fuerza que sintió el dolor hasta el hombro.

—Te quedarás, mujer, y mirarás.

Jordana cerró los ojos y apartó la cabeza. Los dedos de él le agarraron el mentón como garras de acero, obligándola a enfrentar la pantalla.

—Mirarás —dijo él fríamente—. Todo. Toda tu vergüenza. Como yo tuve que hacerlo.

Permaneció en silencio mientras pasaba la cinta. Pareció durar una eternidad. Se sintió asqueada. Era una locura. Todo. Había habido una cámara filmándolos todo el tiempo, y solo podía hacerse de una manera: Sullivan mismo debía haber controlado la cámara.

Después lo recordó todo. El momento en que había salido del cuarto, antes de que empezara. Entonces había puesto en marcha la máquina. Y su insistencia en que siempre se mantuvieran en la parte superior de la gigantesca cama. La cámara debía haber cubierto aquella área. Sullivan debía ser un enfermo, más enfermo que todas las personas que conocía.

Súbitamente, todo terminó. La pantalla quedó vacía, y Baydr apagó el aparato. Jordana lo miró.

La cara de Baydr carecía de expresión.

—Te pedí discreción. No has sido discreta. Específicamente te dije que evitaras a los judíos. Ese hombre es judío.

—¡No lo es! —gritó, furiosa—. ¡Es un actor llamado Rick Sullivan!

—Conozco su nombre. El nombre verdadero es Israel Solomón.

—No lo sabía.

Él no contestó. Era evidente que no creía en sus palabras.

De pronto, Jordana recordó. Yusef había estado en la fiesta.

—¿Fue Yusef quien te trajo esa cinta?

—Sí.

—Eso sucedió hace más de tres meses. ¿Por qué tardó tanto tiempo en dártela?

Baydr no contestó.

—Debía sentirse culpable por algún motivo —adivinó ella audazmente—. Y pensó que, usando esta película, podría asegurarse la inmunidad.

—Dijo que había sido forzado por alguien que le llevó esa cinta. Y que, a menos que hiciera lo que se le pedía, iban a exponerte al escándalo.

—No lo creo. Era el único de los presentes que tenía interés en esa película. ¡Seguramente estaba mintiendo!

Nuevamente no contestó. Lo que Jordana decía confirmaba su propia creencia.

—¿Hay otras copias?

—Espero que no, por mis hijos y también por ti. No me gustaría que se enteraran que su madre ha cometido adulterio con un judío.

Por primera vez, el dolor surgió en su voz.

—¿Te das cuenta de lo que has hecho, mujer? Si esto se hiciera público, Mohammed nunca sería adoptado como heredero del trono. Estando en guerra contra Israel, ¿cómo podría aceptar ningún árabe que su dirigente y jefe espiritual tuviera una madre que ha cometido adulterio con un judío? Incluso su legitimidad sería cuestionada. Con tu acción no solo has puesto en peligro la herencia para la que ha nacido tu hijo, sino que puedes provocar la pérdida de todo lo que mi padre y yo hemos luchado por obtener en nuestras vidas.

—Perdón, Baydr —dijo Jordana—. Pero estamos tan separados que creí que ya nada importaba entre nosotros. Estoy enterada de tus historias con mujeres. Las he aceptado. Ahora veo que ni siquiera se me permitía aceptar la opción que me otorgaste. Tal vez, si yo fuera mujer árabe, lo habría sabido. Pero no lo soy. Y nunca podré vivir la vida hipócrita que ellas viven, viendo y fingiendo no ver, creyendo palabras que contrarían los hechos.

—Ahora es tarde para eso. He dispuesto que tú y los chicos salgáis pasado mañana para Beirut. Permanecerás allí recluida en nuestro hogar. No saldrás de la casa, no verás a nadie, y no hablarás por teléfono excepto con los miembros más cercanos de nuestra familia y con los criados hasta enero, cuando Mohammed sea oficialmente investido como príncipe y heredero del trono.

—¿Y después?

—Al día siguiente de la investidura te permitiré regresar a tu casa en Estados Unidos, para visitar a tus padres. Permanecerás allí hasta que recibas los papeles de divorcio.

—¿Y los chicos?

Los ojos de Baydr eran oscuros como hielo azulado.

—Nunca volverás a verlos.

El dolor en su corazón cortó el aliento a Jordana.

—¿Y si me niego? —logró preguntar.

Había en Baydr una implacabilidad que no le conocía.

—No tienes elección. Para la ley del Islam el castigo de la adúltera es la muerte por lapidación. ¿Quieres, acaso, que tus hijos vean eso?

—¡No te atreverías! —exclamó, horrorizada.

Los ojos de Baydr no se inmutaron.

—Me atrevería.

Súbitamente, comprendió la verdad.

—Yusef…, ¡tú lo mataste!

La voz de Baydr fue despectiva.

—Yusef se mató a sí mismo —dijo, señalando el video—. Con esto.

Se sintió abrumada. Sin poder dominar ya las lágrimas, sin atreverse a mirarlo, cayó de rodillas y se cubrió la cara con las manos. Su cuerpo fue sacudido por los sollozos.

Baydr permaneció allí impasible, mirándola; solo una vena que latía en su sien indicaba el esfuerzo que hacía por controlarse.

Después de un rato cesaron las lágrimas y lo miró. Tenía los ojos hinchados y la cara contraída de dolor.

—¿Qué será de mí? —murmuró con voz ronca, casi hablando sola—. ¿Qué será de mi vida sin ellos?

Baydr no contestó.

Lentamente, ella se puso de pie y se dirigió a la puerta. A mitad de camino se volvió.

—Baydr… —dijo, la súplica clara en sus ojos y en su voz.

La fría implacabilidad seguía en la voz de él.

—No pierdas tiempo, mujer, suplicando que te perdone. En lugar de eso deberías agradecer a Alá su misericordia.

Sus ojos se encontraron un breve instante, después Jordana bajó la mirada. Ya no había lucha en ella. Lentamente, salió del cuarto.

Baydr cerró la puerta con llave y volvió al escritorio. Permaneció mirando el aparato de video por largo tiempo, después se inclinó y apretó una vez más el botón de contacto. Casi en el mismo momento apretó el otro botón, con la marca: «Borrar».

La cinta corrió en la máquina a diez veces la velocidad normal. Cuarenta minutos de cinta pasaron por la máquina en cuatro minutos. Hubo un clic, y apretó el botón de stop. Un momento después volvió a apretar el primer contacto. Esta vez la cinta se movió a velocidad normal de reproducción, pero la pantalla siguió blanca y vacía.

La cinta había sido borrada.

Baydr apretó el botón para parar el mecanismo. Las máquinas lo simplificaban todo.

Si por lo menos hubiera un botón que uno pudiera apretar para limpiar la cinta de la vida y poder empezar otra vez.