El pirata
Capítulo 7
siete
Tortuosamente, Leila se arrastró por la dura y arenosa superficie de roca hasta llegar a las alambradas de espino. Se detuvo para tomar aliento. Después de un momento se volvió y espió a la pálida luz de la luna. Soad, la egipcia grandota, y Ayida, la libanesa, se arrastraban tras ella.
—¿Dónde está Hamid? —preguntó.
—¿Cómo diablos voy a saberlo? —protestó la egipcia—. Creí que estaba aquí, delante de nosotras.
—Jamila se arañó la rodilla cuando cruzaba las rocas —dijo Ayida—. Le vi poniéndole un vendaje.
—Eso fue hace una hora —dijo Soad con sarcasmo—. Probablemente a estas alturas tendrá vendado hasta el coño.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Leila—. Necesitamos tenazas para cortar la alambrada si queremos atravesar esto.
—Creo que Farida tiene unas —dijo Ayida.
—Haz correr la voz —dijo Leila.
Rápidamente, el mensaje recorrió las líneas de mujeres detrás de ella. Un momento después las tenazas pasaban de mano en mano hasta llegar a Leila.
Soad le tendió las tenazas.
—¿Las has usado alguna vez?
—No —dijo Leila—. ¿Y tú?
Soad negó con la cabeza.
—No creo que sea difícil. He visto cómo lo hizo Hamid la última vez.
Leila tomó las pesadas tenazas y se arrastró hacia la alambrada, después se dio la vuelta hasta quedar de espaldas. Lentamente, levantó las tenazas sobre su cabeza. Las pulidas hojas de metal reflejaban la luz de la luna. No podía haber durado más que una fracción de segundo, pero de inmediato la ametralladora tableteó, y las balas zumbaron sobre sus cabezas.
—Maldición —exclamó Leila disgustada, procurando apretar el cuerpo contra el suelo. No se atrevió a volver la cabeza para mirar a las otras—. ¿Dónde os habéis metido? —gritó.
—Aquí —contestó Soad—. No nos movemos.
—Tenemos que movernos —dijo Leila—. Nos han descubierto.
—Muévete tú. Yo no voy a ninguna parte hasta que pare la ametralladora.
—Si nos arrastramos estaremos a salvo…, están tirando a un metro por encima de nuestras cabezas.
—Son árabes —dijo Soad con sarcasmo—. Y nunca ha habido un árabe que haya tenido puntería. Yo me quedo aquí.
—Yo me voy. Quédate ahí toda la noche si quieres.
Cautelosamente, Leila se volvió boca abajo y empezó a arrastrarse como un cangrejo a lo largo de la alambrada. Tras unos momentos oyó detrás de ella unos ruidos de roces. Miró hacia atrás. Las otras mujeres la seguían.
Casi media hora después se detuvo. La ametralladora seguía disparando, pero las balas ya no silbaban sobre sus cabezas. Estaban fuera de su alcance.
Esta vez Leila no se arriesgó. Manchó con barro las hojas de las tenazas para que la luz no se reflejara en ellas. Volvió a ponerse boca arriba y alcanzó la alambrada. Era más dura de lo que había creído y el ruido resonaba en la quietud de la noche, pero nadie pareció oírla. Unos minutos después había cortado la primera hilera. Se arrastró por la abertura hasta la próxima. Dos hileras más y llegarían al claro.
Pese al frío había empezado a sudar. Ansiosamente, trabajó en la segunda hilera. Estaba hecha con alambres dobles, y tardó casi veinte minutos en cortarla. La última alambrada estaba formada por alambres triples, y tardó cuarenta minutos en terminar.
Se echó de espaldas, buscando aliento, los brazos y las manos doloridas. Después de un momento miró a Soad.
Nos arrastraremos hasta llegar a los marcadores blancos. Están, supongo, a unos doscientos metros. Después estaremos en el claro.
—Bien —contestó Soad.
—La cabeza baja, no lo olvidéis —dijo Leila.
Volvió a darse la vuelta y se arrastró de barriga. Doscientos metros son como mil kilómetros cuando se avanza de barriga.
Finalmente pudo ver los marcadores blancos emergiendo del suelo a unos metros de ellas. Al mismo tiempo oyó las voces…, voces de hombre.
Leila levantó la mano con la palma hacia atrás, para que las mujeres guardaran silencio. Sería una vergüenza que las descubrieran ahora. Todas se apretaron contra el suelo.
Las voces provenían de la izquierda. A la luz de la luna pudo ver tres soldados. Uno encendía un cigarrillo; los otros dos estaban sentados tras una ametralladora. El fósforo que el soldado tiró cayó formando un arco llameante cerca de la cara de Leila.
—Esas putas andan todavía por ahí afuera —dijo el soldado con el cigarrillo.
Otro se puso de pie, sacudiendo los brazos para calentarse.
—Hamid va a encontrarse con una cantidad de hembras heladas entre las manos.
El soldado del cigarrillo rio.
—Puede pasarme algunas. Yo le enseñaré cómo derretir ese hielo.
—Hamid nunca da nada —dijo el que estaba sentado—. Actúa como un pachá con su harén.
Se oyó un débil zumbido. El soldado del cigarrillo recogió el transmisor. Leila no pudo oír lo que dijo cuando habló, pero oyó en cambio lo que dijo a sus compañeros cuando dejó el transmisor.
—Es el Puesto Uno. Las han detectado, pero las han perdido luego. Creen que vienen en esta dirección.
—Fantasías —dijo el otro—. Puedo ver a un kilómetro a la luz de la luna. No hay nadie.
—De todos modos ten los ojos abiertos. No me gustaría que un grupo de muchachas nos cogieran por sorpresa.
Leila sonrió torvamente para sí. Eso era exactamente lo que iba a pasar. Se tendió y palmeó el hombro de Soad. Moduló con los labios, en silencio, las palabras:
—¿Has oído?
Soad asintió, al igual que la mujer que estaba detrás. Todas habían oído.
Leila movió la mano en un gesto como de barrida. Entendieron. Tenían que arrastrarse en un amplio círculo que las llevaría desde atrás al emplazamiento de la ametralladora. Lentamente, conteniendo el aliento, empezaron a avanzar.
Tardaron casi una hora, y estaban detrás de los marcadores blancos y directamente detrás también de la ametralladora cuando Leila dio la señal.
Con un aullido, las mujeres se pusieron de pie de un salto y cargaron. Jurando, los soldados se volvieron hacia ellas, y se encontraron apuntados por los rifles de las mujeres.
—Sois nuestros prisioneros —dijo Leila.
El cabo sonrió.
—Eso parece —dijo.
Leila reconoció al del cigarrillo. No pudo evitar el tono de triunfo en su voz.
—Es posible que ahora pienses distinto de las mujeres soldado.
El cabo asintió.
—Tal vez.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Soad.
—No sé —dijo Leila—. Creo que tenemos que llamar e informar de la captura. —Se volvió hacia el cabo—. Dame tu transmisor.
Él se lo tendió. Seguía sonriendo.
—¿Puedo hacer una sugerencia?
—Si quieres. —La voz de Leila era cortante.
—Nosotros somos prisioneros vuestros, ¿verdad? Leila asintió.
—¿Por qué no nos violáis antes de informar? Prometemos no quejamos.
Las mujeres empezaron con risitas. Leila se enojó. Los hombres árabes eran la peor clase de cerdos machistas patriotas. Apretó el botón del transmisor. Pero antes de obtener una respuesta, Hamid y Jamila aparecieron ante ellas, tan tranquilamente como si hubieran pasado la tarde en el parque.
—¿Dónde diablos estabas? —gritó a Hamid.
—Exactamente detrás de ti.
—¿Por qué no nos ayudaste?
—¿Para qué? Lo estabais haciendo muy bien.
Leila miró a Jamila. La regordeta palestina tenía una expresión descansada en la cara y Leida comprendió por qué. Se volvió hacia Hamid.
—¿Cómo atravesasteis la alambrada de púas?
—Fácilmente —dijo él con una amplia sonrisa en los labios—. Cavamos una pequeña trinchera para nosotros y jodimos todo el tiempo mientras la atravesábamos.
Leila mantuvo una expresión seria mientras le fue posible, después empezó a reír. El mercenario sirio tenía un raro sentido del humor, pero era gracioso. Le tendió el transmisor.
—Vamos, llama —dijo—. Tal vez consigas que nos manden un camión. Creo que a todos nos vendrá bien un baño caliente.
El vapor salía de lo alto de las cabinas de las duchas del cobertizo. Por encima del ruido de las salpicaduras del agua corriente llegaba la charla de las mujeres.
Las cabinas tenían cada una cuatro duchas y estaban diseñadas para uso común, cuatro mujeres en cada una. Como solo había dos cabinas, siempre había una fila de mujeres esperando a que quedara libre una ducha. A Leila le gustaba esperar hasta que casi todas las demás habían terminado de bañarse, para no tener que apresurarse a dejar sitio libre para la próxima muchacha. Estaba apoyada contra la ventana fumando un cigarrillo y escuchando la charla.
Habían pasado casi tres meses desde su llegada al campamento y, durante aquel tiempo, no había dejado de trabajar de la mañana a la noche. Cualquier grasa que hubiera tenido en el cuerpo había desaparecido hacía tiempo. Ahora estaba esbelta, los músculos de su estómago y de sus muslos eran firmes, sus pechos como dos manzanas. Su lustroso pelo negro, muy corto por motivos de comodidad a la llegada, le caía ahora sobre los hombros.
Todas las mañanas hacían media hora de gimnasia y de instrucción antes del desayuno. Después del desayuno había entrenamiento con armas, y las mujeres aprendían a manejar el fusil…, a usarlo y a cuidarlo. También aprendían cosas sobre las granadas y las bombas de plástico, las técnicas para preparar y ocultar cartas-bombas, y el manejo de los detonadores de tiempo. Las tardes pasaban en prácticas de técnicas de combate cuerpo a cuerpo, mano a mano y arma a arma. Al final de la tarde recibían instrucción política. El adoctrinamiento ideológico era importante porque cada una era considerada como una misionera de un nuevo orden en el mundo árabe.
Después de las enseñanzas políticas venían las lecciones de táctica militar, infiltración paramilitar y sabotaje, guerra de guerrillas y subversión.
El último mes todas habían sido entrenadas en campo abierto. Todo lo que habían aprendido había sido puesto en práctica. Gradualmente, Leila empezó a sentir que se iba curtiendo. Cada vez pensaba menos en sí misma como mujer. El propósito para el que estaba entrenada la poseía y se convertía en una forma de vida. Gracias a ella y a otras como ella iba a surgir un nuevo mundo. Por un momento pensó en su hermana y en su madre. Estaban en Beirut, viviendo todavía en aquel viejo mundo: su hermana con su mezquina familia y sus problemas sociales; su madre siempre amargada y resentida por la manera en que su padre la había echado de su lado, y sin hacer nada constructivo con su vida. Cerró los ojos un momento, recordando aquel día en el sur de Francia antes de venir aquí. Pensó en su padre y en sus hijos haciendo esquí acuático frente al Carlton. Su padre no había cambiado desde que lo había visto la última vez, nueve años atrás. Seguía siendo alto y apuesto, lleno de fuerza y vitalidad. ¡Si por lo menos pudiera entender, si supiera todo lo que podía hacer para ayudar a los árabes a liberarse del imperialismo de Israel y de Norteamérica! ¡Si estuviera por lo menos enterado de las necesidades, los sufrimientos, la opresión de sus hermanos, no permanecería ocioso dejando que aquello sucediera! Pero solo estaba soñando, deseando convertir en realidad sus sueños. Estaba claro que lo sabía. Tenía que saberlo.
La verdad es que a él la cosa no le importaba. Había heredado la riqueza desde que nació, y su única preocupación era acrecentarla. Amaba el lujo y el poder que surgía de una seña de su dedo. Y la terrible verdad es que no estaba solo. Los jeques, los príncipes y los reyes, los banqueros y los hombres ricos, eran todos iguales, árabes o no árabes. Solo les importaba ellos mismos. Los beneficios que pudieran surgir de sus esfuerzos eran incidentes que no dependían de ellos. Había millones de campesinos en cada comarca árabe que vivían al borde de la miseria, muertos casi de hambre, mientras sus jefes viajaban en Cadillacs con aire acondicionado, volaban en reactores privados, mantenían palacios y casas en todo el mundo y hablaban luego pomposamente de la libertad para sus pueblos.
Finalmente, tenía que llegar. La guerra no era solo contra los extranjeros…, aquel era el primer paso. El segundo paso y probablemente el más difícil sería la guerra contra sus propios opresores: hombres como su padre, hombres que lo tomaban todo y no compartían nada.
Una ducha estaba ahora libre, y Leila arrojó la tosca toalla sobre el panel separador y se situó bajo la ducha. El calor del agua se expandió sobre ella como un bálsamo tranquilizador. Sintió disminuir la tensión de sus músculos. Lenta, lánguidamente, empezó a enjabonarse, y el contacto de sus dedos con la piel le provocó un placer sensual.
En eso era como su padre. Nuevamente volvió a verlo haciendo esquí acuático, los músculos tensos, todo su ser disfrutando en aquel esfuerzo físico, de habilidad y equilibrio.
Se enjabonó el suave vello púbico hasta que los oscuros rizos se cubrieron con la blanca espuma. Luego adelantó sus caderas y dejó que la ducha la golpeara directamente. El estremecimiento y el calor la recorrieron de arriba abajo. Suavemente, casi automáticamente, empezó a acariciarse. Su orgasmo y la visión de su padre con esquíes con las caderas lanzadas hacia delante llegaron juntos, tomándola por sorpresa. Antes de poder detenerlo otro orgasmo sacudió su cuerpo. Sintió sorpresa, luego rabia, después asco hacia sí misma. Era enfermizo permitirse esos pensamientos. Cerró el agua caliente con violencia y se mantuvo rígida bajo el helado chorro hasta que su piel se puso azulada de frío. Entonces salió de la cabina, envolviéndose en la toalla.
Era una locura. Nunca había tenido antes pensamientos semejantes. Pero lo llevaba en la sangre. Su madre lo había dicho muchas veces. Ella era como su padre. Su cuerpo la dominaba: su lujuria y sus apetitos no se satisfacían jamás. Su madre les había contado historias de él y de otras mujeres. Era un hombre que nunca podría satisfacerse con una sola mujer. Mala sangre, había dicho su madre, para prevenirlas.
Se frotó hasta quedar seca y luego, envuelta en la toalla, se dirigió a los cuarteles.
Soad, que ocupaba la cama contigua, estaba casi vestida.
—¿Qué haces esta noche?
Leila buscó un vestido.
—Nada, pensaba quedarme acostada, leyendo.
Soad empezó a ponerse rouge en los labios.
—Tengo una cita con Abdullah, que va a traer a un amigo. ¿Por qué no vienes?
—No tengo ganas.
Soad la miró.
—Vamos…, te hará bien salir.
Leila no contestó. Recordaba a Soad en su primer día aquí. Había venido para estar cerca de su novio, y contó a todas que se le hacía largo el tiempo para estar con él. Pero, cuando él no apareció, no se había inquietado. Tomaba en serio su liberación como mujer. Las mujeres gozaban de iguales derechos en el Ejército, y Soad había jodido y se había dejado joder por todo el campamento, sin preocuparse demasiado. «El Cairo era muy distinto», había dicho, con un estallido de risa rencorosa.
—Te diré una cosa —dijo Soad gravemente—: si vienes, te dejaré estar con Abdullah. Es el mejor hombre del campamento. Yo me quedaré con el amigo.
Leila la miró.
—No pienso ir.
—¿Para quién te estás guardando? —preguntó Soad—. Aunque tú no lo desees, es parte de tu deber. ¿Acaso no dijo la comandante que era responsabilidad nuestra dar solaz y consuelo a nuestros hombres? No puedo imaginar una manera mejor de combinar el deber y el placer.
Leila empezó a reír. La mente de Soad solo trabajaba en un sentido.
—Eres fantástica —dijo—, pero ninguno de estos hombres me atrae.
—Nunca se sabe hasta que los conoces —dijo Soad—. Los hombres pueden dar sorpresas. Los mejores amantes a veces parecen no valer nada.
Leila agitó la cabeza.
Una expresión intrigada apareció en la cara de Soad.
—¿Eres virgen?
Leila sonrió.
—No.
—Entonces estás enamorada. —Era una afirmación.
—No.
Soad se dio por vencida.
—No te entiendo.
Aquello era lo más sincero que Soad había dicho jamás. Pero ¿cómo podía hacer entender a aquella mujer que había cosas más importantes que el sexo?