El pirata
Capítulo 13
trece
Baydr miró su reloj de pulsera.
—Tenemos cinco horas antes de que se abra el mercado de Nueva York —dijo.
—Eso no nos deja mucho margen para refinanciar diez millones de libras esterlinas, Monsieur Al Fay —dijo M. Brun, el banquero suizo—. Y es demasiado tarde para pedir que se compren órdenes.
John Sterling-Jones, el socio británico, asintió.
—Es imposible. Sugiero que reconsidere usted su posición, señor Al Fay.
Dick Carriage miró a su jefe desde el extremo del cuarto. Ninguna expresión cruzó por la cara de Baydr, aunque sabía lo que estaba sugiriendo el banquero inglés. Bastaba con tomar el teléfono y hacer saber a Abu Saad que aceptaba la nueva propuesta. Pero, si lo hacía, quedaba en manos de ellos. Y él no iba a dejar que eso ocurriera. No tras todos los años que había pasado creando su independencia. Nadie podía controlarlo ahora. Ni siquiera el príncipe soberano.
—Mi posición es la misma, señor Sterling-Jones —dijo Baydr tranquilamente—. No tengo intenciones de entrar en el negocio de armamentos. Si quisiera, ya lo habría hecho hace años.
El inglés no contestó.
Baydr se volvió hacia el suizo.
—¿Cuánto puedo cubrir desde aquí? —preguntó. El suizo miró su escritorio.
—Tiene usted un crédito libre al contado de cinco millones de libras, Monsieur Al Fay.
—¿Y crédito a préstamo?
—¿En las presentes circunstancias? —preguntó el suizo.
Baydr asintió.
—Ninguno —dijo el suizo—. A menos que cambie usted su posición. Entonces, lógicamente, dispondrá de cualquier cantidad.
Baydr sonrió. Los banqueros eran todos iguales.
—Si hiciera eso no necesitaría su dinero, Monsieur Brun. —Se metió la mano en el bolsillo y sacó un talonario de cheques—. ¿Puedo pedir prestado un bolígrafo?
—Naturalmente, Monsieur Al Fay. —El suizo le tendió su bolígrafo con un gesto de cortesía.
Baydr apoyó el talonario en el extremo del escritorio y rápidamente escribió un cheque. Arrancó el cheque del talonario y lo tendió al banquero, junto con el bolígrafo.
El banquero tomó el cheque.
—¡Monsieur Al Fay! —dijo con voz sorprendida—. ¡Si pagamos este cheque de cinco millones de libras, su cuenta quedará en descubierto!
Baydr se puso de pie.
—Así es, Monsieur Brun. Y cancélela. Espero que me mande al hotel una copia de la transferencia a mi Banco en Nueva York dentro de una hora. —Se dirigió a la puerta—. También recibirán instrucciones sobre la transferencia de los fondos de las cuentas de mi otra administración esta misma mañana. Espero que presten ustedes idéntica atención a la cancelación de estas cuentas que la que prestaron para su apertura.
—Monsieur Al Fay. —La voz del banquero se había vuelto chillona—. Nadie ha retirado nunca cuarenta millones de libras de un Banco en un solo día.
—Pues ahora alguien lo ha hecho. —Baydr sonrió e hizo un gesto a Carriage, que lo siguió hacia la puerta. Ambos salieron del Banco para dirigirse a la calle.
Casi estaban en la entrada cuando Sterling-Jones los alcanzó.
—¡Señor Al Fay!
Baydr se volvió.
—Sí, señor Sterling-Jones…
El inglés casi tartamudeaba en su prisa por precipitar las palabras.
Monsieur Brun y yo hemos reconsiderado nuestra posición. ¿Qué banqueros seríamos si no concediéramos un préstamo a un cliente antiguo y apreciado? Tendrá usted el préstamo de los cinco millones de libras.
—Diez millones de libras. No veo motivo para tener que usar mi propio dinero.
El inglés le clavó la mirada, después asintió.
—Diez millones de libras.
—Bien, señor Sterling-Jones. —Se volvió hacia Dick—. Vuelva con el señor Sterling-Jones y recoja el cheque que acabo de darles. Tengo que ir a la reunión de la Aramco; usted se reunirá allí conmigo.
—Sí, señor.
Baydr saludó cortésmente con la cabeza al banquero y, sin despedirse, salió a la acera, donde esperaba la limusina. El chófer saltó del coche para abrirle la puerta.
Baydr se dejó hundir en el cómodo asiento con un suspiro de alivio. Lo que los banqueros no sabían es que todo había sido una comedia. Él no podía en modo alguno cancelar las cuentas sin el consentimiento de los directores. Pero el cheque por cinco millones de libras había hecho olvidar el detalle a los banqueros.
Encendió un cigarrillo. Mañana la cosa no importaría. El Chase Manhattan de Nueva York le daría el setenta por ciento del valor del mercado como prenda y él devolvería eso al Banco suizo, porque la prima de Intereses del Banco de Nueva York era mucho más baja. Esto dejaría aquí un descubierto de tres millones de libras, que podía cubrir con su propia cuenta si era necesario.
Entretanto no todo andaba mal. Quizás en verdad le debía cierto agradecimiento a Alí Yasfir. Gracias a haberle retirado ellos su apoyo se había hecho accionista de un pequeño Banco en La Jolla, California, de una compañía de seguros en Richmond, Virginia, y de una compañía financiera y de préstamos con cuarenta sucursales en Florida. Las tres compañías por sí mismas tenían inversiones de más de sesenta millones de dólares, de los cuales por lo menos veinte millones estaban en caja dando un beneficio anual de diez millones de dólares con impuestos pagados.
Bruscamente, decidió no ir a la reunión de la Aramco. Realmente, no tenía nada que hacer allí. La producción y las cuotas de ventas para el año habían sido fijadas. Ordenó entonces al chófer que le llevara al President Wilson Hotel, donde tenía una suite.
Tomó el teléfono y llamó a la Aramco, disculpándose por cancelar la reunión a última hora, y pidió que dijeran a Carriage, cuando llegara allí, que se encontrara con él en el hotel. Después llamó al piloto al aeropuerto y le pidió que preparara de inmediato la partida para los Estados Unidos.
Entró en el cuarto, se quitó la chaqueta y se tendió sobre la cama. Casi inmediatamente apareció Jabir, desde el cuartito contiguo.
—¿Quiere el patrón que le prepare un baño?
—No, gracias. Quiero quedarme aquí pensando.
—Sí, patrón —dijo Jabir, retirándose.
—¿Dónde está la chica? —Casi había olvidado que había traído aquí a Suzanne, la estrellita francesa pelirroja que Yusef le había presentado en Cannes.
—Ha salido de compras, patrón —contestó Jabir—. Dijo que volvería pronto.
—Bien. Que no me molesten hasta dentro de una hora.
—Sí, patrón. ¿Quiere que corra las cortinas?
—Buena idea. —Cuando el criado salió, Baydr cerró los ojos. ¡Tenía tanto que hacer, y tanto que pensar, y tan poco tiempo! Era difícil pensar que solo ayer por la tarde había estado haciendo esquí acuático con sus hijos.
Había pasado todas las horas del día con los chicos. Habían ido a la playa en busca de conchitas que no habían encontrado, habían adquirido canoas en St. Tropez, navegado más allá de Porquerolles, habían hecho una comida en la Isla de Levante. Por la noche, después de cenar, habían pasado películas de Disney, que él guardaba para ellos en la biblioteca del barco. También disponía de otras películas, pero no eran para niños.
Pero solo cuando volvieron de Cannes, el domingo por la noche, comprendió que algo le inquietaba.
Estaban en el salón viendo Blancanieves y los siete enanitos cuando le vino la idea. Miró las caras extasiadas de los chicos contemplando la pantalla. Tendió la mano hacia el camarero que actuaba como operador. El filme se interrumpió, y se encendieron las luces del salón.
Los chicos le miraron.
—Todavía no es hora de acostarse, papá —dijo Mohammed.
—No, no lo es —dijo en árabe—. Sencillamente, me he dado cuenta de que hemos estado tan ocupados que no hemos tenido tiempo para hablar.
—Bien, papá —dijo el chico, contento—. ¿De qué vamos a hablar?
Baydr lo miró. Mohammed le había contestado en inglés.
—Hablemos en árabe —dijo, con una sonrisa amable.
Una expresión de incomodidad cruzó la cara del chico, aunque asintió con la cabeza.
—Sí, babá —contestó en árabe.
Baydr se volvió hacia su hijo menor.
—¿Estás de acuerdo, Samir?
El pequeño asintió sin hablar.
—Supongo que los dos habréis estudiado el Corán… —dijo él.
Ambos asintieron.
—¿Ya habéis llegado a las profecías?
Ambos asintieron sin hablar.
—¿Y qué habéis aprendido? —preguntó él.
—He aprendido que hay un solo Dios —dijo vacilante el chico mayor—. Y que Mahoma es su Profeta. —Por la respuesta del chico, Baydr comprendió que había olvidado las lecciones.
Con indulgencia, se volvió hacia Samir.
—¿Y tú qué has aprendido?
—Lo mismo —dijo el pequeño, rápidamente, en inglés.
—Creía que íbamos a hablar en árabe —dijo él, con dulzura.
El pequeño le miró.
—Es difícil, papá.
Baydr guardó silencio.
Una expresión preocupada cubrió la cara de Samir.
—No estás enojado conmigo, ¿verdad, papá? —dijo—. Sé las palabras en francés… la même chose…
—No estoy enojado contigo, Samir —dijo con cariño—. Eso está muy bien.
El pequeño sonrió.
—¿Y ahora podemos seguir viendo la película?
Él asintió e hizo una seña al camarero. Las luces del salón se apagaron y la película volvió a la pantalla. Unos minutos después los chicos estaban de nuevo perdidos en las aventuras de Blancanieves. Pero había un asomo de lágrimas en los ojos de Mohammed.
Baydr se acercó y abrazó al chico.
—¿Qué pasa, hijo mío? —preguntó en árabe.
El chico le miró un momento a la cara, después las lágrimas corrieron por sus mejillas. Procuró contener los sollozos.
Baydr se sintió desamparado.
—Dime, hijo.
—Hablo tan mal, padre —dijo el chico en árabe, con fuerte acento inglés—. Te estoy avergonzando…
—Nunca me has avergonzado, hijo —dijo él, estrechando al chico—. Estoy orgulloso de ti.
Una sonrisa asomó entre las lágrimas.
—¿De verdad, padre?
—De verdad, hijo mío. Ahora mira la película.
Cuando los chicos se fueron a la cama él permaneció en el salón a oscuras durante largo rato. Yusef y las dos francesas entraron en la habitación y Yusef encendió las luces antes de darse cuenta de que Baydr estaba allí.
—Perdón, jefe —se disculpó—. No sabía que estaba usted aquí.
—No es nada —dijo Baydr, poniéndose de pie—. Ya iba a mi cuarto para cambiarme… —un pensamiento le cruzó la mente—. ¿Estaba usted aquí cuando Jordana y los chicos llegaron de Beirut? —preguntó en árabe.
—Les esperé en la aduana.
—¿Estaba con ellos el profesor de árabe?
Yusef pensó un momento.
—Creo que no. Solo vi a la nanny.
—Me pregunto por qué no lo trajo Jordana.
—No lo sé, jefe. La señora nunca me dice nada.
La cara de Baydr era impasible.
—Además, la señora y yo no tenemos muchas ocasiones de hablar. ¡Ella siempre está ocupada! ¡Hay aquí tantas fiestas…!
—Ya lo sé. Recuérdeme que telegrafíe a Beirut por la mañana. Mi padre debe enviar un profesor en el próximo avión.
—Sí, jefe.
Baydr se dirigió a su cuarto.
—¿Le parece bien Les Mouscardins para cenar a las diez en St. Tropez? — preguntó Yusef.
—Me parece perfecto. —Baydr se dirigió por el corredor hacia su cuarto. Lo mejor era dejar esas cosas en manos de Yusef. Les Mouscardins era el mejor restaurante de St. Tropez, y Yusef siempre buscaba lo mejor.
Baydr llamó a Jordana desde el aeropuerto a la mañana siguiente, antes de que el avión partiera para Ginebra.
—¿Qué pasó con el profesor árabe? —preguntó—. Creí que los chicos tenían uno.
—Estaba enfermo y no tuve tiempo de conseguir otro.
—¿No tuviste tiempo? —dijo él con sarcasmo—. Podrías haber llamado a mi padre. Él hubiera encontrado un profesor y te lo habría mandado en seguida.
—No creí que fuera importante. Después de todo, son vacaciones de verano. No hay por qué hacerles estudiar.
La voz de él fue helada por la cólera.
—¿Que no es importante? ¿Qué te autoriza a decir lo que es importante y lo que no lo es? ¿Te das cuenta de que Mohammed va a ser jefe de cuatro millones de árabes y que no puede hablar su propio idioma?
Ella guardó silencio.
—He dejado demasiadas cosas en tus manos —dijo él—. He telegrafiado a mi padre para que nos envíe un profesor, y cuando vuelvan este otoño a Beirut, mandaré a los chicos a vivir a casa de mis padres. Tal vez allí les eduquen como se debe.
Ella guardó silencio un momento. Cuando habló, su voz estaba herida.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Qué planes has hecho para mí?
—Ninguno —contestó él, brusco—. Puedes hacer lo que te dé la gana. Ya te lo haré saber si te necesito.