El pirata
Libro primero. El final de la primavera. 1973
Libro primero
EL FINAL DE LA PRIMAVERA
1973
uno
El fuerte chorro de la ducha sobre su cabeza casi ahogó el ruido de los cuatro grandes propulsores del avión. El vapor empezó a empañar las paredes del estrecho cubículo de la ducha. Rápidamente, frotó el caro jabón hasta formar una capa perfumada sobre su cuerpo, después se enjuagó y cambió el agua caliente a fría. Instantáneamente la fatiga lo abandonó y quedó totalmente despierto. Cerró la ducha y salió del cubículo.
Jabir le esperaba, como de costumbre, con el pesado albornoz y las tupidas toallas en el brazo. Envolvió con las toallas el cuerpo de su amo.
—Buenas noches, patrón —dijo suavemente en árabe.
—Buenas noches, amigo —dijo Baydr, frotándose vigorosamente—. ¿Qué hora es?
Jabir miró el pesado reloj Seiko de acero inoxidable que su amo le había regalado.
—Son las diecinueve horas quince minutos, hora francesa —dijo con orgullo—. ¿Ha descansado bien el señor?
—Sí, gracias —dijo Baydr, dejando caer las toallas y metiéndose en la ropa que le tendían—. ¿Dónde estamos?
—Sobre la Mancha —contestó Jabir—. El capitán me ha pedido que le diga que estaremos en Niza a las veinte horas cuarenta minutos.
—Bien —dijo Baydr.
Jabir sostuvo abierta la puerta del pequeño cuarto de baño mientras Baydr pasaba a la cabina. Aunque el camarote del patrón era amplio y ocupaba casi una tercera parte del Boeing 707, el aire era pesado y estaba saturado por el penetrante perfume del hachís y del nitrato de amilo.
Baydr hizo una pausa. No le molestaban los aromas cuando los usaba: después le desagradaban.
—Aquí apesta —dijo—. Lamento que no podamos abrir una ventana para airear el cuarto. Aunque sería un poco molesto, me parece, a nueve mil metros de altura…
Jabir no sonrió.
—Sí, patrón. —Recorrió rápidamente la cabina, abriendo todas las tomas de aire; después cogió un pulverizador y perfumó el cuarto. Volvió junto a Baydr—. Patrón: ¿ya ha decidido qué traje va a ponerse?
—Todavía no —contestó Baydr. Miró hacia la cama de tamaño gigantesco que ocupaba casi la mitad de la cabina.
Las dos muchachas estaban tendidas una en brazos de la otra, sus cuerpos desnudos brillando a la suave luz dorada de la cabina. Estaban profundamente dormidas. Los recuerdos de Baydr de lo que había ocurrido hacía unas horas era tan vívidos como si estuvieran ocurriendo ahora.
Había permanecido de pie al lado de la cama, viéndolas hacer el amor. Las cabezas de cada una estaban entre las piernas de la otra, sus bocas y lenguas devorándose viciosamente, cuando inesperadamente giraron la una encima de la otra y se le aparecieron las medias lunas gemelas de un par de blancas nalgas. Sintió la excitación fluir en él y mirando hacia abajo vio su erección, dura y pulsante. Moviéndose con rapidez, tomó las cápsulas de encima de la mesa y, arrodillándose sobre la muchacha, situó su pene ante la abertura del ano de ella. Deslizó un fuerte brazo bajo el vientre de la muchacha y la apretó fuertemente contra él. Tanteó con su mano hasta encontrar su vello púbico. La lengua de la otra muchacha, lamiendo el clítoris de su compañera, tocó el borde de sus dedos. Salvajemente, tiró de la espalda de ella contra él y con una poderosa arremetida penetró profundamente en su ano.
La muchacha se inmovilizó por un instante ante el inesperado asalto, luego abrió la boca para gritar. Mientras inspiraba aire para ella, él rompió dos cápsulas bajo su rostro. En vez de gritar ella alcanzó el clímax de un frenético espasmo orgásmico. Un segundo más tarde, rompió otra cápsula para sí mismo y estalló en un orgasmo que creyó nunca iba a terminar. La habitación empezó a dar vueltas a su alrededor y se sumió en la oscuridad. Su próximo acto consciente fue despertarse y dirigirse a la ducha.
Ahora estaba junto a la cama, y volvió a mirarlas. Pero ya no sentía nada. Todo había terminado. Las muchachas habían sido usadas, habían cumplido con su función. Habían aliviado el aburrimiento del largo viaje desde Los Ángeles. Ni siquiera recordaba sus nombres. Se alejó y fue a la puerta de la cabina. Desde allí se volvió hacia Jabir.
—Despiértalas y diles que se vistan —dijo, cerrando la puerta tras él.
Avanzó por el estrecho corredor pasando ante las dos cabinas para invitados, y fue al salón principal. Dick Carriage, su secretario privado, estaba en la oficina en el extremo del salón, cerca de los teléfonos y del télex. Como siempre, el joven abogado iba formalmente vestido: camisa blanca, corbata, traje oscuro. Baydr no recordaba haberlo visto jamás en mangas de camisa.
Carriage se puso de pie.
—Buenas noches, jefe —dijo ceremoniosamente—. ¿Ha descansado bien?
—Sí, gracias —dijo Baydr—. ¿Y usted?
El joven abogado hizo una breve mueca, el máximo de expresión que se permitía.
—Nunca he aprendido a dormir en los aviones.
—Ya aprenderá —dijo Baydr, sonriendo—. Es cuestión de tiempo.
Carriage no sonrió.
—Si no he aprendido en dos años, creo que no aprenderé nunca.
Baydr asintió. Era sábado. No esperaba novedades. Era la una de la madrugada cuando habían salido de Los Ángeles.
Raoul, el mayordomo principal, se asomó por la cocina.
—¿Deseaba algo, señor?
—Café —dijo Baydr—. Café norteamericano. —Su estómago no estaba del todo habituado al fuerte café de colador que el mayordomo prefería servir. Se volvió hacia Carriage—. ¿Se ha puesto en contacto con el yate?
Carriage asintió.
—He hablado con el capitán Petersen. Lo tiene todo preparado para la fiesta de esta noche. El Rolls y la San Marco estarán en el aeropuerto. Dice que, si el mar está bien, la San Marco podrá llevarlo a Cannes en veinte minutos. El coche tardaría una hora, debido al tráfico del festival de cine.
El camarero volvió con el café. Mientras le llenaba la taza, Baydr encendió un cigarrillo. Bebió un sorbo de café.
—¿Desea comer algo, señor? —preguntó el camarero.
—Por el momento no, gracias —dijo Baydr. Se volvió hacia Dick—. ¿Está mi mujer a bordo del yate?
—El capitán me dijo que estaba en la villa. Pero Yusef ha venido de París y ya está a bordo. Me pidió que le informara que tiene preparado algo sensacional para usted esta noche.
Baydr asintió. Yusef Ziad era jefe de su despacho en París. Tenía uno en cada país. Jóvenes inteligentes, encantadores, educados, que amaban el dinero y estar cerca de los poderosos. Su tarea principal era encontrar muchachas bonitas para adornar las fiestas que Baydr daba cuando estaba realizando negocios.
—Llame por teléfono a la señora Al Fay de mi parte —dijo.
Volvió a la zona del comedor y se sentó ante la mesa redonda de caoba. Raoul volvió a llenarle la taza. Baydr bebió el café en silencio. Sonó el teléfono. Lo tomó. Oyó la voz de Carriage:
—La señora Al Fay no está en casa. He hablado con su secretaria, que me dice que ha ido a ver una película y que, desde allí, irá directamente al yate.
—Gracias —dijo Baydr, colgando el teléfono. No estaba sorprendido. No había esperado que Jordana estuviera en casa…, no al menos con el festival de cine en marcha y una fiesta en perspectiva. A ella le gustaba estar donde había acción. Por un momento se sintió enojado, después se le pasó. Era eso lo que le había atraído de ella desde el primer momento. Era norteamericana, no árabe. Las mujeres norteamericanas no se quedan en casa. Una vez había querido explicárselo a su madre, pero ella nunca lo había entendido. Todavía estaba desilusionada de que no se hubiera casado con otra muchacha árabe tras divorciarse de su primera esposa.
El teléfono sonó de nuevo. Alzó el auricular. Era el piloto, el capitán Andrew Hyatt.
—Con su permiso, señor —dijo—. Querría que Air France se ocupara del avión, si tenemos que quedarnos algún tiempo en Niza.
Baydr sonrió para sí. Aquella era la manera cortés del capitán de averiguar cuánto tiempo iban a estar en tierra.
—Creo que podemos planear quedarnos hasta el miércoles. ¿Será suficiente, Andy?
—Sí, señor.
—Ha sido un buen vuelo, Andy. Gracias.
—Gracias, señor. —La voz del piloto sonó satisfecha al cortar.
Baydr apretó el botón llamando a Carriage.
—Inscriba a la tripulación en el Negresco hasta el martes.
—Sí, jefe. —Carriage vaciló—. Y las chicas… ¿Las invitamos a la fiesta?
—No. —La voz de Baydr era inexpresiva. Yusef ya se había encargado de aquel punto.
—¿Qué hacemos con ellas entonces?
—Inscríbalas en el Negresco con la tripulación —dijo—. Dele a cada una quinientos dólares y un billete de vuelta para Los Ángeles.
Dejó el teléfono, y miró fijamente por la ventana. Era casi de noche, y a lo lejos empezaban a parpadear las luces sobre la campiña francesa. Se preguntó qué estaría haciendo Jordana. Hacía casi un mes que la había visto en Beirut, con los chicos. Habían acordado encontrarse en el sur de Francia el día del cumpleaños de ella. Recordó el collar de diamantes de Van Cleef y se preguntó si iba a gustarle. En verdad, no lo sabía. La moda actual eran descoloridos pantalones vaqueros y joyas falsas. Ya nada era auténtico, ni siquiera lo que uno sentía por el otro.
Jordana se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño, recogiendo de paso su ropa.
—¿Por qué tanta prisa, preciosa? —dijo la voz del hombre desde la cama.
Ella se detuvo en la puerta del cuarto de baño y le miró.
—Vuelve mi marido —dijo—, y tengo que estar en el barco a tiempo de vestirme para la fiesta.
—Tal vez su avión se retrase —dijo el hombre.
—El avión de Baydr nunca se retrasa —dijo ella con sequedad. Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta tras sí. Se inclinó sobre el bidé y abrió los grifos, regulando los chorros de agua fría y caliente hasta conseguir la temperatura que deseaba. Abrió el bolso y sacó un recipiente de plástico con su propio jabón y, sentándose a horcajadas en el bidet, empezó a lavarse. «Algún día simplemente no me lavaré — pensó—. Me pregunto si él se daría cuenta.»
Rechazó la idea, riéndose para sí misma. Los hombres estaban tan obsesionados con la idea del irresistible poder de sus pollas que no podían imaginar que una mujer no tuviera un orgasmo tras otro al ser penetrada. Casi podía contar con los dedos de ambas manos el número de veces que realmente había alcanzado el clímax. Pero de una cosa estaba segura. Si alguna vez se le ocurría a alguien dar Premios de la Academia por la actuación en fingir orgasmos, ella ganaría uno cada año.
Quitó el tapón y se puso de pie, secándose mientras el agua gorgoteaba por el desagüe. Los bidés de los hoteles franceses siempre sonaban igual, ya fuera en París, Cannes o en provincias. Glug, glug, pausa, glug, glug, glug. Ya seca, puso algo de perfume en la punta de sus dedos y se frotó ligeramente el suave y sedoso vello púbico. Luego, rápidamente, se vistió y salió del cuarto de baño.
El hombre estaba sentado en la cama, desnudo, jugando con su pene, aún erecto.
—Mira lo que ha pasado, querida.
—Estupendo para ti —dijo ella.
—Chúpamela —dijo él—. Pas partir comme ça.
Ella agitó la cabeza.
—Lo siento, querido. Se me hace tarde.
—Quizá después, en la fiesta —dijo él—. Podemos encontrar algún rincón tranquilo, apartado de la multitud.
Ella le miró a los ojos.
—No vas a venir a la fiesta.
—Pero, querida —protestó él—. ¿Por qué no? He estado en el barco contigo toda la semana.
—Por eso precisamente —dijo ella—. Baydr no es tonto.
—Entonces, ¿cuándo te veré? —preguntó él, mientras su pene empezaba a menguar.
Ella se alzó de hombros.
—No lo sé. —Abrió su bolso y sacó un sobrecito lleno de billetes de cien francos. Lo dejó caer en la cama, junto a él—. Esto cubrirá tu cuenta del hotel y tus gastos — dijo—. Y te quedará algo hasta que puedas hacer otro contacto.
La voz del hombre sonó herida.
—Pero querida, ¿crees que lo he echo por dinero?
Ella rio.
—Espero que no. ¡No me gustaría nada pensar que valgo tan poco!
—Nunca encontraré otra mujer como tú —dijo él con tristeza.
—Sigue buscando —le contestó ella—. Hay muchas por ahí. Y si necesitas recomendaciones, diles que yo afirmo que eres de lo mejor.
Salió del cuarto antes de que él pudiera contestar. Mientras estaba en el vestíbulo, esperando el ascensor, miró el reloj. Las ocho menos cuarto. Apenas tenía tiempo para llegar al barco y darse un baño caliente antes de vestirse para la fiesta.