El pirata
Capítulo 8
ocho
Habían pasado diez minutos desde el toque de diana cuando las puertas del cobertizo se abrieron inesperadamente y Hamid gritó desde la puerta:
—¡Atención!
Hubo un revoloteo cuando las mujeres ocuparon sus sitios, ante sus camas, sin haber terminado de vestirse.
Hamid se apartó de la puerta y entró la comandante. Sus penetrantes ojos oscuros abarcaron en una mirada toda la barraca, después avanzó hacia el centro de la habitación seguida por Hamid. El hecho de que algunas mujeres estuvieran semidesnudas no pareció importarle.
Guardó silencio un largo rato antes de hablar. Su voz fue clara y sin emoción.
—Hoy es el último día. El entrenamiento ha terminado. Hemos realizado nuestra tarea. Este campamento se cerrará, y cada una será designada para cumplir con su deber en otra parte.
Hizo una pausa. Las mujeres no se movieron ni apartaron los ojos de su cara.
—Estoy orgullosa de vosotras —dijo—. De todas. Hay algunos que nos han mirado con desdén y escepticismo. Han afirmado que las mujeres, especialmente las mujeres árabes, no pueden ser buenos soldados, que solo sirven para cocinar, lavar y ocuparse de los niños. Hemos demostrado que están equivocados. Sois miembros del Al-Ijwah. Estáis en igualdad con los hombres en nuestro Ejército. Habéis seguido el mismo entrenamiento que los hombres, y os habéis portado tan bien como cualquiera de ellos. Las mujeres seguían en silencio. La comandante prosiguió:
—Tenéis exactamente una hora para hacer el equipaje con vuestras pertenencias y estar listas para partir. Me reuniré a solas con cada una de vosotras para indicarle su próximo destino. Este destino, lo repito, no debe ser discutido entre vosotras. Es de cada una y altamente secreto. Cualquier comentario sobre el destino individual será considerado como traición y podrá acarrear la pena máxima…, porque una confidencia inoportuna puede provocar la muerte de muchas camaradas.
Se dirigió a la puerta, después se volvió otra vez hacia ellas.
—An-nasr, os saludo. Que Alá os proteja. —Su mano restalló en un saludo.
—An-nasr! —gritaron ellas, devolviendo el saludo—. Idbah al-adu!
El cuarto se llenó con sus voces cuando la puerta se cerró tras la comandante.
—Se debe estar preparando una grande…
—Es un mes antes de la fecha que nos habían dicho…
—Algo anda mal…
Leila no habló. Abrió su armario y sacó la ropa que había traído cuando llegó. Silenciosamente, dejó el uniforme y el traje de fajina bien doblados sobre la cama. Incluso los sujetadores y las bragas, los zapatos, las botas y las medias fueron cuidadosamente doblados y amontonados.
Abrió la pequeña maleta que había traído consigo. Sacó el pantalón que había comprado en Francia antes de venir y se lo puso. Fue entonces cuando comprendió cuánto había cambiado su cuerpo. El vaquero, que antes le apretaba, le quedaba ahora flojo en la cintura y en las nalgas. Incluso la camisa era amplia, y enrolló las mangas porque parecían haberse alargado. Ató la camisa alrededor de la cintura y se puso las sandalias. Empaquetó el peine, el cepillo y los cosméticos, después, cuidadosamente, examinó el armario. Estaba vacío. Cerró de golpe la maleta.
Se sentó en la cama y encendió un cigarrillo. Las otras mujeres seguían discutiendo qué debían llevar y qué debían dejar. Soad la miró.
—¿Vas a usar tu ropa de civil?
Leila asintió.
—La comandante dijo que lleváramos las cosas personales. Estas son las únicas cosas que son mías.
—¿Y el uniforme? —preguntó una de las otras.
—Si quisieran que lo lleváramos nos lo habrían dicho.
—Creo que Leila tiene razón —dijo Soad. Se volvió hacia su armario—. Me parece que no vendrá mal la ropa civil para cambiar un poco… —Un momento después, protestó fastidiada—: Nada me queda bien. ¡Todo parece demasiado grande!
Leila rio.
—No me parece tan mal. —Dejó el cigarrillo—. Piensa en lo que vas a divertirte comprándote cosas nuevas.
Cuando salieron de los cuarteles, el sol asomaba tras la montaña. La mañana era fresca y limpia. Leila aspiró profundamente.
—¿Lista? —dijo tras ella la voz de Hamid.
Leila se volvió. Hamid estaba apoyado contra el cobertizo, con el constante cigarrillo colgado entre sus labios.
—Totalmente lista —dijo.
Él la miró fijamente.
—Tú no eres como las otras, ¿sabes?
Leila no contestó.
—Tú no tenías por qué hacer esto. Eres rica. Puedes tener todo lo que te dé la gana. —Los ojos del mercenario parecían calcular las posibilidades.
—¿Puedo? ¿Acaso sabes lo que quiero?
—Tú no crees en toda esta charla hueca, ¿verdad? —se rio—. He hecho tres guerras. Siempre ha sido lo mismo. Frases hechas, tiros, amenazas, promesas de venganza. Después, cuando empiezan a volar las balas, todo se termina. Dan media vuelta y huyen corriendo. Solo los políticos son eternos.
—Tal vez algún día todo sea diferente —dijo ella.
Él sacó otro cigarrillo del bolsillo y lo encendió con la colilla del anterior.
—¿Qué crees que pasaría si recobráramos Palestina?
—La gente sería libre —dijo ella.
—¿Libre para qué? ¿Libre para morirse de hambre como el resto de nosotros? Con todo el dinero que entra ahora en los países árabes, el pueblo sigue muerto de hambre.
—Eso también cambiará.
—Hussein, los jeques petroleros, incluso tu padre y su príncipe, ¿crees que van a compartir de buena gana el dinero que tienen con las masas? Por lo menos ahora tienen algo que hacer. Pero, si ganamos y no hay presión sobre ellos, ¿qué pasará? ¿Quién los obligará a compartir? Créeme, se harán todavía más ricos.
—Del pueblo dependerá que cambien.
Hamid rio con amargura.
—Casi lamento que se haya terminado este trabajo. Era bueno. Ahora tendré que encontrar otro.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella—. ¿No te han dado ya otro destino?
—¿Destino? —dijo él riendo—. Soy soldado profesional. Me pagan mil libras libanesas al mes por este trabajo. No sé en qué parte podré ganar tanto dinero.
—Pero seguramente habrá para ti algún puesto en el Ejército.
—Por ciento cincuenta al mes para que me den de patadas en el trasero —dijo él —. Prefiero la Hermandad. Pagan mejor. Siempre parecen disponer de cantidades de dinero para derrochar.
—¿Acaso no crees en lo que estás haciendo? —preguntó ella.
—Claro que creo —dijo él—. Pero no creo en nuestros dirigentes. Hay demasiados, y cada uno se llena los bolsillos mientras espera ponerse por encima de los otros.
—No todos deben ser así.
Él sonrió.
—Eres joven, aprenderás.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella—. ¿Por qué este cambio súbito en los planes?
Hamid se alzó de hombros.
—No lo sé. Las órdenes llegaron anoche, y la comandante pareció tan sorprendida como cualquiera de nosotros. Pasó levantada toda la noche, en vela, preparando las cosas.
—Es una mujer extraordinaria, ¿verdad? Hamid asintió.
—Tal vez si fuera hombre yo tendría más confianza en nuestros dirigentes. —La miró de manera interrogante—. ¿Sabes que me debes algo?
—¿De verdad? —dijo ella, intrigada—. ¿Qué?
Hamid señaló los cuarteles que quedaban detrás.
—Hay catorce muchachas en este pelotón. Tú eres la única con la cual no he jodido todavía. Leila rio.
—Lo siento.
—Deberías sentido —dijo él, casi en serio—. El trece es un número de mal augurio. Va a suceder algo malo.
—No lo creo —dijo ella sonriendo—. Míralo de este modo: siempre tienes algo que esperar. Hamid hizo una mueca.
—Hagamos un trato. Si alguna vez volvemos a encontrarnos…, no importa dónde…, lo haremos. Leila le tendió la mano.
—De acuerdo.
Se estrecharon las manos. Hamid la miró a los ojos.
—¿Sabes? Para ser una chica no eres mal soldado…
—Gracias —dijo Leila.
Hamid miró su reloj.
—¿Crees que ya estarán listas?
—Deben estarlo —dijo. Ninguna tenía mucho que llevar.
Él tiró el cigarrillo, se volvió, y abrió las puertas del cobertizo.
—Bueno, muchachas —gritó con su voz de soldado—. ¡A formar filas!
Transcurrieron casi dos horas hasta que las hicieron pasar al despacho de la comandante. Mientras esperaban, el campamento fue desmantelado ante sus ojos. Hombres y camiones se movían sacándolo todo —camas, ropas, armas— fuera del cobertizo. El campamento empezaba a parecer una población fantasma. Y con las puertas y las ventanas abiertas la arena del desierto se precipitaba girando, ansiosa por recobrar lo que le pertenecía.
Las mujeres permanecían fuera de la comandancia, viendo partir camión tras camión. El cobertizo de la comandancia iba a ser el último en ser desmantelado. Sacaban los muebles cuando las hicieron pasar.
De acuerdo con el orden alfabético, Leila fue la primera en ser llamada. Cerró la puerta tras de sí, avanzó hasta el escritorio de la comandante, y saludó con elegancia.
—Al Fay, presente.
De algún modo, el gesto no resultaba tan bien con pantalón vaquero como con uniforme.
La comandante devolvió cansadamente el saludo.
—Descanse. An-nasr —dijo. Miró el montón de papeles que tenía delante—. ¿Su nombre es Al Fay?
—Sí, señora. —Por primera vez. Leila pensó en la comandante como en una mujer. La comandante estaba cansada.
—Tiene que volver usted a casa de su madre en Beirut —dijo—. Allí nos pondremos en contacto con usted y se le indicará su próximo destino.
—¿Eso es todo, señora? ¿Nada más?
—Por ahora eso es todo. Pero no se preocupe: tendrá noticias nuestras.
—¿Pero cómo las reconoceré? ¿No existe algún código o alguna manera para que yo pueda estar segura de…?
La comandante la interrumpió.
—Cuando llegue la llamada, usted la reconocerá —dijo—. Ahora su tarea es volver a su casa y esperar. No debe usted unirse ni acercarse a ningún grupo político, por más simpatías que sientan por la causa. Se guardará de hablar con nadie, y permanecerá dentro de los límites de su familia. ¿Ha entendido?
—Sí, señora.
La comandante la miró un momento. Pareció a punto de decir algo, pero se contuvo.
—Buena suerte —dijo—. Puede irse.
Leila saludó, ejecutó una elegante media vuelta, y salió del cuarto. Atravesó la otra oficina. Las mujeres la miraron con curiosidad, pero ella no habló.
Afuera había un camión parado. Hamid le hizo una seña.
—Tu limusina te espera.
Leila asintió, trepó silenciosamente por atrás, y se sentó en la fila de bancos. El camión tardó menos de media hora en llenarse.
Estaban especialmente silenciosas. De pronto todas eran extrañas, ligadas por las órdenes, con miedo de revelar algo sin querer.
Soad quebró la tensión.
—¿Sabes? —dijo con su tosca voz egipcia—, realmente voy a echar de menos este lugar. No estaba tan mal, y nunca he jodido tanto y tan bien.
Al oír esto, todas rieron y empezaron a hablar en seguida. Tenían tantas cosas para recordar y bromear…, los accidentes, los errores, incluso las dificultades. Pasó media hora, y el camión seguía sin moverse.
—¿A quién estamos esperando? —gritó a Hamid una de las mujeres.
—A la comandante —contestó este—. Estará aquí en un minuto.
Tuvo razón. Un momento después apareció en la puerta, detrás de él. Las mujeres guardaron silencio al verla.
Era la primera vez que la contemplaban sin uniforme. Llevaba un traje sastre francés, que no se ajustaba a su medida. La chaqueta era demasiado corta, la falda demasiado larga. Las costuras de las medias estaban torcidas, y caminaba incómoda en los zapatos de tacón alto que usaba para parecer más alta. De alguna manera había desaparecido la presencia imponente que tenía en uniforme. Incluso su cara parecía gordinflona e incierta.
«Si fuera un poco más gorda —pensó Leila—, no sería muy distinta a mi madre. O a cualquiera de las mujeres de mi familia».
Hamid abrió la puerta y ella subió al camión junto al chófer, luego él dio la vuelta y trepó al banco, junto a las otras mujeres soldados.
—Listos —gritó al chófer.
Retiraban los últimos muebles cuando avanzaron por el camino, formando fila con los otros camiones. Un momento después los siguió el último camión, tocando la bocina como señal. A la cabeza, el primer camión inició la marcha, y emprendieron el viaje hacia la costa.
Echaron una última mirada al campamento cuando doblaron la curva de la montaña por el extremo sur. Estaba tan vacío y desierto como ayer. Otra vez las mujeres guardaron silencio. Ya no gastaban bromas. Cada una estaba sumida en sus propios pensamientos.
Hacía menos de una hora que estaban en el camino cuando oyeron el ruido de las explosiones detrás de ellas, en la zona del campamento. Un momento después oyeron el silbido del avión y, casi de inmediato, los aeroplanos estuvieron encima de ellas. Delante, un camión estalló en llamas.
Hamid se puso de pie en la parte trasera del camión.
—¡Bombarderos israelíes! —gritó al chófer—. ¡Salga del camino!
Pero en medio de los rugidos y los gritos el chófer no le oyó. En lugar de esto apretó el acelerador y chocó contra el camión que tenía delante. En el mismo momento, otro bombardero pasó volando bajo sobre el convoy.
Más balas silbaron en el aire. Otro camión fue tocado y voló. Las mujeres chillaban y trataban de descender por la parte trasera del camión.
—¡Por los lados! —gritó Hamid—. ¡Escondeos en las zanjas!
Leila se movió automáticamente. Cayó al suelo, giró, y se arrastró hacia el borde del camino, metiéndose de cabeza en una zanja de desagüe.
Otro bombardero rugía sobre ellas. Esta vez pudo ver la huella llameante de los proyectiles. Más camiones parecieron estallar en medio de nubes de humo.
—¿Por qué no disparamos nosotros también? —oyó gritar a alguien.
—¿Con qué? —contestó otra, también gritando—. ¡Todos los fusiles están guardados en los camiones! Otra mujer saltó a la zanja, junto a ella. Leila la oyó sollozar. No levantó la cabeza para mirar. Estaba pasando otro avión.
Esta vez un proyectil alcanzó el camión en el que ella había estado.
El camión estalló en mil fragmentos, y chillidos de angustia llenaron el aire. Los restos que cayeron alrededor de ella contenían trozos de metal y fragmentos de cuerpos humanos.
Leila se hundió más en la zanja, procurando enterrarse en la tierra fétida. De alguna manera había escapado a la muerte de manos de aquellos monstruos volantes.
Nuevamente rugieron los aviones, los aterradores silbidos de sus turbinas prolongándose tras ellos mientras los proyectiles volvían a desgarrar el convoy. Después, los aviones desaparecieron tan súbitamente como habían llegado, ascendiendo en el cielo girando hacia el Oeste, y el sol brilló en las estrellas pintadas de color azul a los costados.
Por un momento hubo silencio, después el ruido del dolor empezó a llenar el aire. Gemidos, gritos, chillidos pidiendo socorro. Lentamente, Leila sacó la cabeza de la zanja.
En el camino, algunas personas empezaron a moverse. Ella se volvió a mirar a la mujer que había saltado junto a ella. Era Soad.
—Soad —murmuró—, ¿estás bien?
Lentamente, la egipcia se volvió hacia ella.
—Creo que estoy herida —dijo, con voz extrañamente suave.
—Deja que te ayude —dijo Leila, corriendo hacia ella.
—Gracias —murmuró Soad. Procuró levantar la cabeza y después, dulcemente, se dejó caer al suelo. Un borbotón de sangre brotó de su nariz y de su boca, manchó el suelo ante ella, y entonces sus ojos quedaron muy abiertos, mirando con fijeza.
Leila la contempló. Era la primera vez que veía morir a alguien, pero nadie tuvo que decirle que Soad estaba muerta. Sintió un frío estremecimiento. Se forzó a mirar hacia otra parte y se puso de pie.
Trastabilló al salir de la zanja. El suelo estaba cubierto de restos. Frente a ella había una mano amputada. Un anillo de brillantes en uno de los dedos centelleaba a la luz del sol. Leila pateó la mano y marchó hacia el camión.
Solo quedaba allí hierro retorcido y madera y, a su alrededor, cuerpos rotos y mutilados. Miró pesadamente, después se dirigió a la parte delantera. El cuerpo de la comandante yacía tendido a medias sobre el chófer, a medias sobre la portezuela abierta. La falda estaba obscenamente torcida sobre sus rechonchos muslos.
Con el rabillo del ojo, Leila vio un movimiento. Un soldado había encontrado la mano y le quitaba el anillo de brillantes del dedo. Cuando tuvo el anillo arrojó lejos la mano, examinó con cuidado los brillantes, y después metió la alhaja en el bolsillo. Alzó la vista de pronto, consciente de la mirada de Leila.
Leila no habló.
El soldado sonrió como avergonzado.
—Los muertos no necesitan nada —dijo. Después se dirigió a la parte de atrás del camión.
La náusea creció en la garganta de ella, y se dobló de dolor al sentir la arcada y derramar el vómito en el camino. Notó que estaba débil e iba a caer cuando la sostuvo un brazo fuerte por debajo de los hombros.
—Tranquila —dijo Hamid—. Tranquila…
Ahora estaba vacía, débil y temblorosa. Se volvió hacia él y escondió la cara en su hombro.
—¿Por qué? —exclamó—. ¿Por qué nos han hecho esto? Nunca les hemos hecho nada…
—Es la guerra —dijo Hamid.
Leila le miró a la cara. Hamid tenía sangre en la mejilla.
—Sabían que venía un ataque aéreo, por eso nos trasladaron…
Hamid no contestó.
—Entonces ha sido muy estúpido —dijo ella enfurecida—. Todos esos camiones juntos en el camino… ¡ofrecerles un blanco como ese!
Hamid la miró sin expresión.
—¿Es para esto para lo que nos entrenan? ¿Para que nos maten como corderos? nueve
—Las cosas no serán así esta noche cuando oigamos la radio —dijo él—. Presiento que dirán que derribamos heroicamente por lo menos seis bombarderos israelíes.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó ella, aterrada—. ¿Estás loco? ¡Si no hemos disparado un tiro!
Hamid habló con voz tranquila:
—Así es. Pero hay cien millones de árabes que no estaban presentes para verlo.
—Los judíos son animales. Estábamos indefensas y sin embargo, nos atacaron.
—Ayer conseguimos una gran victoria según la radio —dijo él—. En Tel Aviv volamos una escuela matando a treinta niños. Creo que esta es la manera que han tenido ellos de decirnos que no les ha gustado la cosa.
—La Hermandad tiene razón —dijo Leila—. La única manera de detenerlos es exterminándolos.
Hamid la miró un momento en silencio, después buscó en el bolsillo, sacó un cigarrillo y lo encendió.
—Vamos, nena, salgamos de aquí. Aquí ya no podemos hacer nada, y tenemos ante nosotros un largo camino.
—Podíamos quedarnos para empezar a enterrarlas.
Hamid señaló detrás de ellos. Leila se volvió y vio unos hombres buscando entre los despojos.
—En este momento están ocupados buscando lo que puedan encontrar. Después se pelearán entre ellos para conservar lo que encuentren. Luego solo quedarás tú para que se peleen por tenerte. Eres la única mujer que queda.
Leila le miró fijamente, sin poder hablar.
—No creo que el deseo de dar solaz y consuelo a tus camaradas se extienda a veinte o treinta hombres a la vez.
—¿Cómo sabes que no nos seguirán?
Hamid se inclinó rápidamente y recogió algo que estaba en el suelo, a sus pies. Por primera vez Leila vio que tenía un rifle automático, después vio el revólver que sobresalía de su cinturón.
—¿Esperabas esto?
Él se alzó de hombros.
—Te dije que era soldado profesional. Tenía estas cosas bajo el banco, y las cogí antes de saltar del camión. Además, tenía un presentimiento. ¿No te dije que el número trece traía mala suerte?