El pirata

Harold Robbins · Capítulo 18 de 50

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El pirata

Capítulo 2

dos

 

Cuando Jordana salió, él estaba en el muelle frente a la discoteca, contemplando los últimos artistas callejeros que recogían sus instrumentos por esa noche. Se volvió cuando oyó en la acera el ruido de los zapatos de tacón.

—¿Tuviste dificultad para escaparte? —preguntó.

—No —contestó ella—, les dije que iba al lavabo de señoras.

Él hizo una mueca.

—¿Te molesta pasear? Vivo en el extremo de la calle, después de Le Gorille.

—Es la única manera de volar —dijo Jordana, poniéndose a caminar junto a él.

Pese a la hora, todavía había multitud de gente paseando de aquí para allá. Se entretenían contemplando los hermosos yates amarrados a lo largo de la calle. Para muchos, esa diversión era la única que podían pagarse, tras los exorbitantes precios de temporada por las habitaciones y la comida. Los franceses no tienen piedad con los turistas de ninguna nacionalidad, ni siquiera los franceses.

Siguieron por la calle, cruzaron frente a Le Gorille, con su olor a huevos y patatas fritas, y subieron por el estrecho sendero. En mitad de la manzana, se detuvo frente a la puerta de una vieja casa donde había una boutique en el piso bajo. Abrió con una llave de hierro de estilo antiguo y apretó un botón para encender las luces del vestíbulo.

—Hay que subir dos pisos.

Jordana asintió y lo siguió por la escalera de madera. El apartamento quedaba en el segundo piso, al frente. Tenía aspecto más moderno. El negro abrió y la hizo pasar.

Jordana entró. El cuarto estaba oscuro. La puerta se cerró tras ella, y al mismo tiempo oyó el clic de la luz. El cuarto se llenó con dos suaves luces rojas procedentes de dos lámparas, una a cada lado de la cama, contra la pared del fondo. Jordana miró el cuarto con curiosidad.

Los muebles eran baratos y ajados, el tipo de muebles que proporcionan los franceses a los veraneantes. En el rincón había un lavabo y, debajo, un bidet giratorio. El váter estaba detrás de una estrecha puerta que parecía un armario. No había bañera, ducha, ni cocina, solo vio un hornillo eléctrico en lo alto de una cómoda, junto a un armario.

El negro advirtió su mirada.

—No es mucho —dijo—, pero es un hogar.

Jordana rio.

—He visto peores. Es una suerte que el baño no esté en el patio.

El negro se acercó a la cómoda y abrió un cajón. Sacó un cigarrillo de marihuana y lo encendió. El dulce aroma ácido llegó al olfato de Jordana; él se lo tendió.

—No tengo nada para beber.

—Está bien así —dijo ella, aspirando el cigarrillo—. Es buena hierba.

El negro sonrió.

—Me la dejó un amigo que acaba de llegar de Estambul. También me dejó un poco de buena coca. ¿La has probado alguna vez?

—A veces —dijo ella, pasándole el cigarrillo. Lo miró mientras él aspiraba. Dejó a un lado su bolso de playa y avanzó hacia él. Sintió el zumbido en su cabeza y la humedad entre sus piernas. Era realmente una buena hierba, si una sabía apreciarla. Tiró del nudo de la camisa de él.

—¿Hemos venido a hablar o a joder? —preguntó—. Solo tengo una hora.

Deliberadamente, él dejó el cigarrillo en el cenicero y tiró hacia abajo de los hombros de su blusa transparente, dejando al desnudo sus pechos. Cogió uno con cada mano, apretando los pezones entre el índice y el pulgar hasta que el dolor la atravesó.

—Puta blanca —dijo sonriendo.

La sonrisa de ella era tan provocativa como la de él.

—¡Negro!

Las manos sobre los hombros siguieron apretando hasta ponerla de rodillas ante él.

—Será mejor que aprendas a rogar un poco si quieres algo de polla negra en tu caliente coñito.

Tenía deshecho el nudo de la camisa, y ahora tiró de la cremallera de sus tejanos. No llevaba nada debajo, y su falo saltó libre cuando soltó sus pantalones hacia abajo hasta la altura de sus rodillas. Ella puso una mano en su miembro y lo atrajo hacia su boca.

La mano del hombre le apartó la cara.

—¡Pide! —dijo secamente.

Ella alzó la vista hacia él.

—Por favor —susurró.

Él sonrió y relajó sus manos, dejando que ella tomara el miembro en su boca, mientras buscaba en el abierto cajón de la cómoda y sacaba un pequeño frasquito lleno de cocaína. La minúscula cucharilla de oro estaba atada al tapón con una cadenita de cuentas. Expertamente, tomó una cucharada y la aspiró por cada orificio nasal. Luego bajó la vista hacia ella.

—Tu turno —dijo.

—Soy feliz —dijo ella—. No la necesito.

Él tiró de su pelo, echando brutalmente su cabeza hacia atrás.

—¡Puta blanca! —La hizo ponerse de pie, llenó una cucharada, y se la metió por un agujero de la nariz—. Haz lo que te digo. ¡Aspira!

Ella aspiró, y el polvo ascendió de la cucharita al interior de su nariz. Casi al mismo segundo él había llenado la cucharita de nuevo y se la metía por el otro orificio nasal. Esta vez aspiró sin que él tuviera que decir nada. Sintió la ligera insensibilidad en su nariz casi inmediatamente, luego el polvo estalló en su cerebro, y sintió su fuerza derramarse directamente en sus genitales.

—¡Dios! —exclamó—. Esto es una locura. Lo he alcanzado con solo respirarlo.

Él se rio.

—Aún no has visto nada, pequeña. Voy a mostrarte algunos trucos que mi papi me enseñó con este mejunje.

Un momento después estaban desnudos en la cama, y ella se estaba riendo. Nunca se había sentido tan bien. Él tomó otra cucharadita y la restregó por sus encías, haciendo luego lo mismo con ella. Luego lamió sus pezones hasta que estuvieron mojados de su saliva, y espolvoreó un poco del polvo blanco en ellos, y empezó a trabajarlos con su boca y dedos.

Ella nunca había visto que le crecieran tanto y se le pusieran tan duros. Tras unos momentos, pensó que iban a estallarle con el agonizante placer. Empezó a gemir y a retorcerse.

—Jódeme —dijo—. ¡Jódeme!

—Todavía no —rio él—. Apenas acabamos de empezar. —Dobló las piernas de ella hacia atrás y espolvoreó la coca sobre su clítoris, luego metió la cabeza entre sus piernas.

Al cabo de un momento, ella estaba gritando como nunca había gritado antes. Cada orgasmo parecía llevarla más y más arriba de lo que la había llevado ninguno en su vida. Se estiró hacia abajo en busca del falo del hombre y, al encontrarlo, se retorció de modo que fue capaz de metérselo en la boca. Empezó a chuparlo ávidamente.

Repentinamente, él la apartó. Ella se lo quedó mirando, casi incapaz de respirar. Gérard estaba de rodillas entre sus piernas, dominándola con su falo. Tomó el frasquito y espolvoreó hasta que el brillante y húmedo glande pareció como lleno de azúcar. Entonces abrió ampliamente las piernas de ella y la penetró muy lentamente.

Ella sintió sus pulmones congestionados. Sintió el vibrante miembro muy adentro en sus entrañas. Lentamente, él empezó a moverse, con cuidado al principio, con largas y suaves embestidas, después aumentó el ritmo hasta terminar golpeándola con fuerza.

En algún lugar en la distancia se oyó a sí misma gritando a medida que orgasmo tras orgasmo la rasgaban de arriba abajo. Nunca había sido así antes. Nunca. Ella, que siempre había pensado que este tipo de excitación sexual era solamente algo que la gente leía o de lo que hablaba, una especie de juego del que se servía para ocultar sus sentimientos. Y si era cierto, sintió que era algo que estaba más allá de su capacidad de sentir. Para ella, el sexo era su triunfo sobre el macho; cualquier satisfacción que obtuviera además era algo puramente accidental. Pero esto era distinto. Ahora estaba siendo usada, le estaban dando placer, recibía, daba, se sentía completa.

Finalmente no pudo soportarlo más.

—Para —gritó—. ¡Por favor, para!

El cuerpo del hombre descansó sobre ella; su miembro aún seguía duro en su interior. Alzó la vista hacia Gérard. A la débil luz roja, la fina pátina de sudor que cubría su rostro y pecho tenían un brillo cobrizo. Sus dientes relucieron blancos cuando sonrió.

—¿Estás satisfecha, señora blanca?

Ella asintió lentamente con la cabeza.

—¿Y tú?

—No —dijo él—. Esta es la única cosa que mi papi no me dijo. Afánate para hacer feliz a una dama, y eso hará que tú no lo consigas nunca.

Ella se lo quedó mirando durante un largo momento, luego, repentina e irresistiblemente, se echó a llorar.

Él la observó un instante, luego, sin decir nada, saltó de la cama y se dirigió al lavabo. Inclinándose, hizo girar el bidet hacia afuera y abrió el grifo del agua. Se alzó y la miró.

—Hay que dejarla correr unos minutos para conseguir agua caliente —explicó.

Abrió el armarito de encima del lavabo y tomó una toallita pequeña, que colgó de la conexión de los grifos. Probó el agua con un dedo.

—Está a punto para ti —dijo.

Ella lo miró sin hablar.

—Dijiste que solo tenías una hora, ¿no? —preguntó él.

Ella asintió, sentándose.

—No sé si podré andar.

Él sonrió.

—Estarás bien en cuanto te muevas un poco.

Ella saltó de la cama. Tenía razón. Tras el primer paso, la fuerza volvió a sus miembros. Se sentó en el bidet, con las piernas abiertas, y tomó el jabón y la toallita que le tendía él. Se lavó rápidamente. El agua templada la refrescó. Tomó la toalla y se secó, luego empezó a vestirse mientras él se lavaba.

—Lamento que tú no lo hayas conseguido —dijo sinceramente.

—No importa —dijo él—. Te prometí un viaje a la luna, y deseaba que lo tuvieras.

—Ya lo creo que lo he tenido —dijo ella—. Nunca lo olvidaré.

Él parecía vacilante.

—¿Quizá podamos hacerlo de nuevo alguna otra vez?

—Quizá —dijo Jordana. Ya vestida, sacó la cartera y extrajo algún dinero. Desprendió unos billetes grandes y se los tendió—. Espero que no lo tomes a mal.

El negro tomó el dinero.

—No me viene mal —dijo—, pero no era necesario.

—No te he dado otra cosa —dijo ella.

—Me has dado mucho, señora —dijo el negro—. Dejaste a todos tus amigos para venir conmigo. Eso es mucho.

Algo en el tono de la voz de él le llamó la atención.

—¿Me conoces?

El negro agitó da cabeza.

—No.

—¿Entonces por qué has dicho eso?

—Te vi en la playa —dijo él—. Cuando aquel hombre mandó a Jacques a encontrarse contigo.

—¿Conoces a Jacques? —preguntó Jordana.

—Sí —dijo él—. Anoche me acosté con él.

Ella guardó silencio un momento.

—¿Jacques…?

El negro asintió.

—Prefiere hacer de mujer.

—¿Y tú?

—Me gusta joder —dijo—. No me importa con quién.

—¿Conoces al hombre que habló con Jacques?

—Nunca le he visto antes. Tiene pelo oscuro, y habla francés con acento árabe. Le oí decir que Jacques tenía que conseguir algo esta noche, porque tú te ibas para California mañana, y que Jacques no debía preocuparse porque había arreglado la cosa de manera que la San Marco no pudiera llevarte de regreso a Cannes.

Súbitamente, todo se aclaró en la cabeza de Jordana. Yusef era el único enterado de que ella se iba mañana. Había venido desde París para arreglar los pormenores del vuelo, siguiendo instrucciones de Baydr.

Tiempo atrás le habían dicho que había una relación entre Yusef y la princesa Mara. Y Mara la había impulsado hacia Jacques. Lo que no entendía era el beneficio que podía obtener Yusef de eso. A menos… a menos que quisiera usarlo para ponerla a mal con Bayrd.

Un desconocido sentimiento de terror la traspasó. Yusef nunca había simpatizado con ella, pero eso no bastaba para explicar lo que intentaba hacer. Lo cierto es que no lo entendía. Lo único que sabía es que era conveniente volver a la villa esa noche.

Pero había un problema. No había taxis en St. Tropez después de medianoche. Y ella había dado la noche libre a Guy, su chófer, de manera que no podía contar con el coche.

Miró a Gérard.

—¿Tienes coche?

—No.

—¡Caramba! —Una expresión preocupada cruzó por su cara.

—Tengo una moto —dijo él—. Puedo llevarte si te sientas detrás.

—Eres un encanto —dijo Jordana, sonriendo bruscamente. Le echó los brazos al cuello en un súbito estallido de alivio y le besó en la mejilla—. Nos divertiremos mucho.

El negro dejó caer los brazos, súbitamente turbado.

—No estés tan segura, señora. Veremos qué piensas después de llegar allí.