El pirata
Capítulo 8
ocho
Pese al frío, la cara de Yusef estaba cubierta por una leve niebla de sudor mientras subía con la pesada maleta los escalones de la villa. Jabir abrió la puerta.
—Ahlan —dijo.
—Ahlan biik —replicó Yusef, atravesando el umbral y dejando la maleta. Se irguió—. ¿Quieres cuidar de esto hasta que me vaya? —preguntó.
—Será un placer, señor —replicó Jabir—. El patrón lo espera en la biblioteca. Sígame, por favor.
Yusef se quitó el abrigo y se lo dio a Jabir, después lo siguió por el amplio vestíbulo de entrada hasta unas grandes puertas de madera. Jabir golpeó con discreción.
—Adelante —dijo Baydr.
Jabir abrió la puerta, la sostuvo para que pasara Yusef, después la cerró suavemente. Yusef miró alrededor en la biblioteca. Era una amplia habitación de estilo antiguo, con estanterías de libros que iban desde el suelo hasta el techo. Baydr estaba sentado tras un escritorio, dando la espalda a unos amplios ventanales que llevaban al jardín. Una lámpara con una hermosa pantalla que estaba sobre el escritorio de Baydr lanzaba la única luz que había en el cuarto, y dejaba su cara en sombras. No se levantó cuando Yusef avanzó hacia él.
—La villa es hermosa —dijo Yusef—. Aunque no esperaba menos.
—Es cómoda.
—Debía haberme prevenido usted que el camino era malo —dijo Yusef, sonriendo—. Estaba cubierto en parte por el hielo. Especialmente en las curvas, cerca del borde de la montaña.
—No lo recordé —dijo Baydr, cortésmente—. Había olvidado que a veces el camino se hiela durante la noche. Debí haber mandado un chófer a buscarlo.
—No importa. He llegado bien. —Sé dejó caer en el sillón del otro lado del escritorio—. Lástima que no haya podido ir usted al hotel esta noche. La chica se ha quedado muy desilusionada.
—¿El regalo no ayudó a calmar el dolor?
—Le compré un Piaget de oro. Ayudó algo.
Baydr lo miró. Yusef no tenía mucha imaginación. Pero ¿qué había en Suiza para regalar a la muchacha aparte de un reloj? Vio el brillo del sudor en la cara de Yusef.
—¿Quiere un café? ¿O alguna bebida fría? ¿Champán, quizá?
—¿No hay nada más que eso? —bromeó Yusef, quizá demasiado rápidamente.
Baydr sacudió la cuerda de la campanilla que tenía detrás. Jabir abrió la puerta.
—Una botella de champán para el señor Ziad.
—¿Le ha hablado Dick del acuerdo que he hecho con Michael Vincent? — preguntó Yusef, cuando Jabir salió a buscar el vino.
—Sí. ¿Cómo lo convenció tan fácilmente?
—No fue tan fácil. Pero finalmente le hice comprender que sería malo para él llevarnos ante los tribunales. Que podíamos tenerle atado durante años y que, finalmente, la cosa iba a costarle todo lo que había recibido. Después le prometí que íbamos a intentar meterle en la otra película y que, si había algo en el futuro, seguramente recurriríamos a él.
—Muy bien manejado —dijo Baydr.
Jabir regresó con una botella de Dom Pérignon en un cubo para champán lleno de hielo y dos copas en una bandeja de plata.
—Me alegro que haya quedado usted satisfecho —dijo Yusef, observando a Jabir que abría hábilmente la botella y llenaba las dos copas. El criado volvió a salir, y Yusef tomó una copa. Miró a Baydr—. ¿Usted no bebe?
Baydr negó con la cabeza.
—Tengo que levantarme temprano. He prometido a los chicos salir a esquiar mañana con ellos.
—Salud, entonces —dijo Yusef. Vació la copa de un solo y ávido trago, y volvió a llenarla—. No me había dado cuenta de que estaba tan sediento.
Yusef bebió la segunda copa con más lentitud. Se reclinó en el sillón, sintiéndose un poco más animado.
Las palabras siguientes de Baydr cortaron aquel estado de ánimo.
—Hábleme de Muñecas Árabes —dijo.
Yusef sintió que el sudor volvía a brotar de su frente.
—No hay nada que decir. Son buenos clientes. Fuera de eso no sé nada de ellos.
Baydr lo miró fijamente.
—Eso no parece cosa suya. Generalmente, está usted enterado de todo lo referente a la gente con la que tenemos negocios. Ha sido siempre una de sus reglas principales.
—No son un cliente muy importante. No he visto motivos para averiguar. Los embarques eran pequeños, pero pagaban bien.
—Con bonificación —dijo Baydr—. ¿No es bastante como para despertar su curiosidad?
—No. Tenía cosas más importantes en la cabeza.
—¿No le pareció raro que lo contactaran a usted en París en lugar de dirigirse a nuestra oficina en Beirut? Hubiera sido más normal para un negocio de ese calibre.
—Creí que era pura casualidad —dijo Yusef, rápido—. Conocí a ese norteamericano en el bar del George V, me habló de todos los problemas que tenían para importar muñecas a los Estados Unidos, y yo le dije que se pusiera en contacto con nuestra oficina en Beirut. Que tal vez pudiéramos ayudarlo.
—Según la oficina de Beirut, actuaron con un contrato de embarque enviado por usted. Nunca hablaron con nadie de la compañía.
Yusef sintió el sudor bajo los brazos.
—Es posible. Creo haber dejado instrucciones a mi secretaria para seguir adelante. Como ya he dicho, me pareció que no era bastante importante como para preocuparme personalmente.
—Está mintiendo —dijo Baydr tranquilamente.
Yusef quedó anonadado.
—¿Qué? ¿Cómo? —tartamudeó, como si no hubiera entendido.
—He dicho «está usted mintiendo» —repitió Baydr—. Estamos enterados de todo lo referente a esa compañía. Nos ha utilizado usted como traficantes de drogas en los Estados Unidos. A causa de ello, corremos el peligro de perder todo lo que hemos obtenido estos años. Ahora le pido que me diga la verdad.
Baydr lo observó buscar un cigarrillo y encenderlo con dedos temblorosos.
—Dígame —dijo con suavidad—, ¿cuánto le ha dado Alí Yasfir para hacer esos embarques?
Yusef se derrumbó ante sus ojos. Ahora su voz temblaba, al igual que sus dedos.
—Me obligó a hacerlo, jefe —gimió—. Me forzó. Yo solo lo hice para protegerle a usted.
—¿Protegerme? —la voz de Baydr era helada.
—Él tenía unas películas, patrón. Amenazaba con hacerlas públicas en todo el mundo.
—¿Quién hubiera dado crédito a unas películas sobre mí? ¿Especialmente proviniendo de una fuente semejante? ¿Por qué no me lo dijo en seguida?
—No quería lastimarlo, patrón. Eran unas imágenes de su esposa. —Los ojos de Yusef estaban llenos de lágrimas auténticas.
—¿Las tiene usted consigo?
—Sí, patrón —la voz de Yusef fue muy baja—. Están en una maleta que he dejado en el vestíbulo. Esperaba no llegar al punto que hemos llegado…
—Tráigalas —dijo Baydr, con calma.
Yusef salió casi corriendo del cuarto, volvió un momento después con la maleta. Baydr lo observó en silencio mientras abría la maleta, sacaba un equipo de video portátil y un televisor norteamericano de pantalla pequeña. Rápidamente conectó los dos aparatos. Miró en el cuarto buscando un enchufe eléctrico. Había uno junto al escritorio. Metió allí la clavija y después colocó la cinta.
Vaciló y miró a Baydr.
—Creo que no debería someterse a esto, patrón.
La voz de Baydr fue casi salvaje.
—¡Haga pasar esa cinta!
Yusef apretó el botón, y la pantalla se llenó con una gran luz vacía. Llegaba un ligero zumbido de la cinta que se desenrollaba. Un momento después, las primeras imágenes borrosas aparecieron en color. Yusef hizo un ajuste, y las imágenes quedaron de pronto centradas.
Jordana y un hombre estaban echados de espaldas sobre una cama, y evidentemente, los habían filmado con una cámara que había en el techo. Ambos estaban desnudos y se pasaban un cigarrillo, mientras miraban, evidentemente, algo que pasaba fuera de la pantalla. Bruscamente, la pantalla quedó vacía un momento, y la imagen regresó luego con el sonido de las voces en el altavoz. Jordana se inclinaba sobre el hombre. «Sencillamente maravilloso», decía el hombre, mirándola.
Baydr no dijo una palabra hasta que terminó la cinta y la pantalla quedó en blanco. Después, tendió el brazo por encima del escritorio y apagó el aparato. Su cara era inescrutable.
—Yo he visto antes a ese hombre. ¿Quién es?
—Un actor norteamericano —contestó Yusef—. Rick Sullivan. Su nombre es Israel Solomón.
—¿Judío?
Yusef asintió.
—Es otro de los motivos por los que no quería que eso se hiciera público.
La cara de Baydr siguió inexpresiva.
—¿Cuándo sucedió esto?
—Fue en una fiesta en casa de ese actor en California, después de partir usted para Tokio.
—¿Estaba Yasfir en esa fiesta?
—No.
—¿Y usted?
—Sí. Acompañé a la fiesta a Michael Vincent y a la señora Al Fay. Pero me retiré temprano porque tenía dolor de cabeza.
—¿Cómo consiguió Yasfir esa cinta?
—No sé. No me lo dijo.
—¿Hay otras copias?
Yusef aspiró profundamente. Si Baydr creía sus próximas palabras, quizá todavía pudiera salvarse.
—Dijo que tenía otras, y que las distribuiría si pasaba cualquier cosa que detuviera los embarques.
—¿Y por qué le dejó a usted esta copia?
—No lo sé —contestó Yusef, vacilando.
—¿Sugirió, acaso, que si se presentaban problemas, me mostrara usted esa cinta?
—No, patrón, debe usted creerme —dijo Yusef, con sinceridad—. Solo la idea de que usted pueda suponer que lo traiciono me ha forzado a revelarle esto… —cayó de rodillas ante Baydr, se apoderó de su mano y la besó—. Por la vida de mi padre, preferiría morir antes que traicionarlo… —empezó a llorar.
Baydr le miró un momento en silencio. Cuando habló, su voz era dura:
—Conténgase, hombre. No llore como una mujer.
Yusef se puso de pie, con las mejillas llenas de lágrimas.
—Deseo oír de sus labios unas palabras de perdón, jefe —dijo, llorando.
—Lo perdono —dijo Baydr, pesadamente. Se puso de pie e hizo un gesto hacia la puerta—. Allí hay un cuarto de baño. Lávese la cara. No me gusta que se presente así delante de los criados.
—Gracias, patrón —dijo Yusef con fervor, apoderándose de la mano de Baydr y besándola—. La luz vuelve nuevamente a mi vida, ahora que el peso ha sido retirado de mi alma.
Baydr lo vio ir al cuarto de baño y cerrar la puerta tras él. No creía una palabra de lo que había dicho aquel hombre. Yusef se había condenado a sí mismo.
Solo Yusef podía haberse apoderado de aquella cinta. No era posible que Yasfir hubiera conseguido la cinta si no había ido a la fiesta. Silenciosamente, atravesó la habitación y abrió la puerta.
Jabir estaba en el corredor, sentado en un banco. Se puso de pie al ver a Baydr. Baydr cruzó el vestíbulo en dirección hacia donde él estaba.
—¿Sí, patrón?
La voz de Baydr era tranquila.
—Esa mierda de camello ha traído el deshonor a nuestro nombre.
Los ojos de Jabir fueron helados, la piel se puso tensa sobre sus pómulos. No habló.
—A dos kilómetros de aquí en el camino hay una curva en la montaña, y la pendiente cae abruptamente unos doscientos metros. Lamento que su coche deba patinar en la superficie helada…
Jabir asintió. Su voz fue un gruñido en la garganta.
—Será una tragedia, patrón.
Baydr volvió a la biblioteca. Unos momentos después oyó el ruido de un automóvil a través de la ventana cerrada. Se volvió, y miró entre las cortinas a tiempo para ver el Land Rover de Jabir que desaparecía en el sendero. Volvió a su escritorio y se sentó pesadamente.
Un momento después, Yusef salió del cuarto de baño. Se había recuperado. Incluso el tono de su voz denotaba que había recobrado su confianza.
—¿Qué quiere usted que hagamos con esto, jefe?
—Necesito tiempo para pensar antes de tomar ninguna decisión. Esta noche no podemos hacer más.
—Supongo que no —dijo Yusef, vacilante.
—Más vale descansar. Es mejor que vuelva usted al hotel.
Yusef miró el vídeo.
—¿Quiere usted que guarde eso?
—No. Déjemelo. —Se puso de pie—. Lo acompañaré. Los criados deben haberse acostado.
Cuando el poderoso Land Rover, con las luces apagadas, apareció por un costado y empujó inexorablemente al pequeño Opel alquilado hacia el precipicio, Yusef miró enloquecido hacia atrás y vio a Jabir inclinado torvamente sobre el volante; y entonces recordó lo único que nunca debería haber olvidado. El pensamiento le llegó en el mismo momento en que su coche chocaba contra el frágil pretil que había en el borde del precipicio y caía saltando al aire. No alcanzó a oír el grito de terror que escapó de su garganta en el momento de caer hacia el olvido, pero el pensamiento ardía en su cerebro. Jabir nunca dormía cuando Baydr estaba despierto.