El pirata

Harold Robbins · Capítulo 31 de 50

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El pirata

Capítulo 15

 

Jordana miró la larga sala oscurecida y cogió su vaso de vino. Los otros invitados estaban echados sobre divanes y sillones alrededor de la habitación, mirando absortos la gran pantalla de cine en el extremo. No era el tipo de fiesta divertida a lo Hollywood que había esperado. Todo había sido más bien solemne y aburrido.

Miró hacia el fondo de la habitación, donde estaba sentado el anfitrión, junto al bar, dando la espalda a la pantalla. Era como si en el momento en que se inició la película el dueño de la casa hubiera perdido todo interés en los invitados. Aquello tal vez fuera su privilegio de astro.

Rick Sullivan había sido estrella de cine durante muchos años en lo que se llaman grandes producciones, el tipo de espectáculo que había creado De Mille y, más recientemente, Michael Vincent, pero aquellas películas ya no estaban de moda. Lo cierto era que Sullivan había desempeñado el papel principal en el film de Michael sobre Moisés, y ese era el motivo de la cena. Había corrido la voz en Hollywood de que Michael iba a realizar otra gran producción, y Sullivan pensó que no sería mala idea recordar al director que todavía estaba disponible.

No necesitaba el dinero, ni trabajo. En los últimos cinco años había encabezado una de las series más exitosas de Televisión. Pero, para su «ego», la Televisión no era lo mismo que el cine.

No le gustaban las grandes reuniones, y había limitado el número de invitados a dieciséis. Naturalmente, su agente y su relaciones públicas estaban presentes, y también uno de los mejores columnistas de Hollywood. Otros invitados eran amigos de Vincent y de él, y varios actores y actrices no lo bastante importantes como para amenazar su situación de estrella de la velada.

Sullivan se volvió desde el bar y vio la expresión de total aburrimiento en la cara de Jordana, mientras contemplaba la pantalla. Era muy distinta a lo que había esperado.

No sabía por qué había supuesto que era una mujer de más edad. Tal vez porque suponía que un hombre con tanto dinero como se decía que tenía su marido debía ser entrado en años. Miró a través del cuarto, buscando al individuo llamado Ziad, que había venido con ellos. Estaba sentado junto a Vincent en un gran diván. En el primer momento había pensado que el hombre debía ser el amante de la mujer, pero después descartó la idea. El hombre era evidentemente homosexual. Debía ser un perro guardián.

La cena había sido agradable, la conversación comedida y llena de mutuos halagos. Todo el mundo amaba a todo el mundo…, una típica conversación de mesa en Hollywood. Al terminar, Sullivan anunció que había obtenido una copia del gran film de Vincent, y que iba a ponerlo para ellos. Michael se mostró encantado, y los invitados parecían contentos cuando entraron a la sala para sentarse ante la pantalla.

Rick recogió su vaso, se acercó a Jordana, y se sentó en el sillón contiguo. Miró la pantalla, después, casi de inmediato, se volvió. Era una de las primeras escenas, cuando el joven Moisés se enfrenta al faraón. Habían pasado casi veinte años desde que se había hecho el film, y detestaba las películas en las que aparecía joven. Lo volvían demasiado consciente de su edad.

Vio que Jordana lo miraba con tristeza.

—No me gusta verme a mí mismo. Me parece que es el colmo de la vanidad o algo por el estilo.

—Imagino que debe ser un problema —dijo ella cortésmente.

—Usted tampoco parece muy interesada en la película.

—Ya la he visto —dijo francamente—. En la época en que se estrenó tampoco me gustó.

Él rio.

—¿Qué clase de películas le gustan?

—Películas modernas. ¿Sabe? Como las que se hacen ahora…

—¿Quiere usted decir porno?

—Nunca he visto un film porno.

Rick la miró un momento.

—¿Quiere ver uno?

Jordana sostuvo la mirada.

—¿Por qué no? Pero no me veo yendo a uno de esos cines sucios…

—No es necesario que vaya. Puedo arreglar que vea aquí una.

—Me parece interesante. ¿Cuándo cree que podrá arreglarlo?

—¿Qué le parece ahora mismo? —dijo él. Vio la expresión intrigada en la cara de ella mientras recorría el salón con la mirada—. En otro cuarto, naturalmente.

—¿Y los demás? —preguntó ella.

—No se darán cuenta que nos hemos ido. Esta película dura dos horas y media. Estaremos de vuelta antes de que termine.

Ninguno miró siquiera cuando salieron del salón. Jordana lo siguió por el corredor, y después pasaron a sus habitaciones privadas. Rick cerró la puerta tras él. Hizo un gesto casual.

—Espero que no le moleste ver el film en mi cuarto…

—En modo alguno —contestó ella—. Pero no veo la pantalla.

Rick rio y apretó un botón en la pared. Se oyeron unos chirridos de maquinaria, y una plataforma descendió desde el techo basta el pie de la cama. En la plataforma había un aparato de televisión gigante.

—Hice transferir las películas a vídeo —dijo—. El único inconveniente es que hay que mirarlas echados sobre la cama.

—La cama no me parece incómoda.

—Tengo que poner la cinta en la máquina —dijo—. Vuelvo en seguida.

—Bien.

Se dirigió a la puerta, después se detuvo y señaló la mesita de noche.

—En la caja de plata hay cigarrillos de la mejor hierba colombiana; en la botella rosada con la cuchara de oro está la mejor coca de la ciudad.

—Espléndido —contestó ella—. Entonces le pediré que traiga una botella de vino blanco helado. La droga siempre me deshidrata.

Cuando él volvió, ella estaba sencillamente desnuda sobre la cama, sosteniendo cuidadosamente un cigarrillo entre los dedos. El video ya estaba en marcha.

Rápidamente, él se desnudó y se tendió en la cama junto a Jordana. Cogió la botella de coca y la cucharita.

—¿Quiere un poco? —preguntó—. Esta coca le hará volar el cerebro.

—Parece buena.

Rick aspiró una buena cantidad con cada agujero de la nariz y después le tendió la cuchara. Vio que los ojos de Jordana llameaban cuando la droga hizo efecto.

—¿Qué le parece? —preguntó.

—No puede ser mejor. —Lo atrajo hacia ella—. Eres un gran hombre.

—Eso creía hasta ver a ese hombrecito de ahí arriba en la pantalla. Es realmente grande.

Ella dejó escapar una risita.

—No estoy de acuerdo. Va camino de convertirse en un fenómeno de feria. — Miró fascinada la pantalla—. ¡Oh, no! —exclamó—. Esa chica no puede meterse todo eso en su boca. Tiene que ser un truco.

—No hay truco —dijo él—. Desde que hizo esta película ha ganado una fortuna enseñando a las damas de Beverly Hills cómo hacerlo. Todo está en la forma de relajar la garganta, dice.

Ella se inclinó sobre él, lamiéndole delicadamente con la punta de la lengua.

—Me sentiría feliz si pudiera hacer la mitad de eso contigo.

Él lanzó una carcajada, y ella se le quedó mirando interrogativamente.

—¿Sabes?, cuando te vi la primera vez pensé que eras una dama muy puritana.

—Soy una dama muy puritana —dijo ella sin inmutarse—. Nunca hasta ahora había visto una película pornográfica. —Se inclinó de nuevo sobre él.

—Maravilloso —dijo él, mirándola mientras tanteaba a un lado de la cama para pulsar el botón invisible que pondría en marcha la grabadora de vídeo. No le dijo que las únicas películas que le gustaba ver eran las que tomaba en su cama con una cámara oculta—. Sencillamente maravilloso.

 

Después de un rato, Yusef se cansó. Era como si la película no fuera a terminar nunca. Perezosamente, miró a su alrededor en la habitación. Súbitamente olvidó el film. Jordana se había ido. Y también el anfitrión. Se enojó consigo mismo. Ni siquiera los había visto partir.

Se puso de pie. Vincent lo miró.

—Tengo que ir al cuarto de baño —explicó en un murmullo. Salió silenciosamente de puntillas y se encontró en el corredor.

Era una casa grande. Podían estar en cualquiera de la media docena de habitaciones. Buscó en el estudio, en el corredor, el cuarto del desayuno, el patio, pero no pudo encontrarlos en ninguna parte.

Fastidiado, fue al cuarto de baño y se lavó la cara y las manos con agua fría. Era un imbécil. Debía haberse dado cuenta de que iba a irse con el actor. Era un hombre alto, atractivo y, sobre todo, una estrella de cine. No tenía nada que ver con los gigolós que encontraba en la Riviera.

Salió del cuarto de baño y atravesó el vestíbulo en dirección al salón. Fue entonces cuando percibió el zumbido de una maquinaria detrás de una puerta cerrada. Hizo una pausa, creyendo que debía tratarse del aparato de aire acondicionado. Los norteamericanos tenían la costumbre de instalar ese tipo de equipos dentro de armarios. Pero después oyó el leve sonido de algo que parecían voces de un altavoz. Agarró el picaporte. La puerta no se abrió. Estaba cerrada con llave.

Miró rápidamente alrededor para asegurarse de que el corredor estaba vacío. Yusef había aprendido muchas tretas, incluso el uso de tarjetas de crédito de plástico para abrir cerraduras.

Un momento después se había abierto la puerta del armario y Yusef miraba sorprendido el pequeño monitor de la grabadora de vídeo. El volumen del sonido estaba bajo, pero la grabación era en color y tan brillante como la luz diurna. Jordana estaba desnuda, tendida de espaldas, con el rostro contorsionado por los espasmos del orgasmo. Parecía estar mirando directamente a la cámara, mientras sus piernas aferraban apretadamente la cintura del hombre que estaba embistiéndola como un jinete sobre un caballo salvaje. El débil eco de sus jadeos se convirtió en un apagado gemir en el altavoz cuando el hombre empezó a eyacular dentro de ella. Luego, lentamente, el hombre se echó a un lado y su miembro salió de ella, húmedo y ablandándose. Se giró hacia Jordana y sonrió, y su mano resbaló hacia el costado de la cama. Yusef apenas tuvo tiempo de reconocer la cara de su anfitrión antes de que la pantalla quedara vacía.

Por un momento se quedó helado, después se movió con rapidez. Conocía aquel tipo de aparatos. Baydr había hecho instalar el mismo sistema en el barco, pero únicamente el reproductor de cintas, no el grabador. Yusef oprimió la llave que soltaba la cinta y la sacó de la máquina. Se la metió bajo el smoking y salió al corredor. Cerró la puerta y oyó el clic de la cerradura.

Se dirigió por el corredor hacia la entrada. Un criado se levantó de un asiento cercano a la puerta principal y la abrió cuando Yusef se acercó.

—¿Ya se va, señor? —preguntó.

—No. Tengo ganas de tomar un poco el aire.

—Bien, señor —dijo el criado, cerrando la puerta detrás de él.

Yusef se dirigió a su coche. El chófer asomó por el asiento delantero.

—¿Está mi maleta atrás?

—Sí, señor. —El chófer se dirigió a la parte trasera del coche y abrió el maletero. Sacó su pequeña maleta y la tendió a Yusef. Rápidamente Yusef colocó la cinta de video y la cerró. Se la dio al chófer—. Recuérdeme que la lleve esta noche, cuando volvamos al hotel.

—Sí, señor.

Yusef vio cómo el hombre volvía a colocar el maletín en el maletero y después regresó a la casa. Sentía los latidos de su corazón. Aquello era más de lo que había planeado, más de lo que había esperado. Ahora todo era cuestión de elegir el momento para utilizarlo.

Se dejó caer en el sillón junto a Vincent y miró hacia la pantalla. Vincent se volvió hacia él y murmuró:

—Rick es un Moisés fantástico, ¿no le parece?

—Sí —contestó Yusef—. ¿Cómo se dio cuenta de que iba a servir tan bien para el papel?

Vincent se volvió hacia él sonriendo.

—No podía equivocarme —dijo—. Solomón cambió su apellido por Sullivan cuando empezó a trabajar en el cine. ¿Y cómo quiere que un Solomón interprete mal a Moisés?

Yusef contempló el primer plano de Moisés que llenaba toda la pantalla. Naturalmente. Se preguntó por qué no se había dado cuenta antes. El hombre tenía cara de judío.

Se oyó un ruido en el fondo de la habitación. Jordana y Rick regresaban. Con el rabillo del ojo los vio dirigirse al bar y sentarse allí. Vio que Rick miraba la pantalla por encima del hombro y le decía algo. Ella reía y cogía un nuevo vaso de vino frío que el barman había colocado ante ella.

Yusef sintió una oleada de odio.

«Ríe, puta —pensó salvajemente—. Eso es: ríe, puta amante de judíos.»

Ahora sabía exactamente lo que iba a hacer con la cinta. Baydr iba a estarle eternamente agradecido por proteger su nombre impidiendo que el mundo se enterara de que su mujer le había traicionado con un judío.