El pirata
Capítulo 10
El baile continuaba en la cubierta superior cuando los invitados regresaron después de la comida. Como de costumbre, Baydr había desaparecido en cuanto la sirvieron. Tenía el hábito de celebrar sus reuniones cuando los invitados estaban comiendo y, cuando todos habían terminado, volvía a unirse a la fiesta. De esa manera no lo echaban de menos.
Jordana fue a una de las mesas y se sentó de manera que pudiera ver entrar a Baydr cuando reapareciera. Todavía era un desconocido para ella, tras nueve años de matrimonio. Había algo en él que nunca podría entender. A veces parecía que no la tenía en cuenta en lo más mínimo, y de pronto, sin saber cómo, la cortaba, y comprendía que había muy pocas cosas de ella que él no supiera.
Como esta noche. Jordana había visto el estuche de Van Cleef sobre la almohada, pero, por algún motivo perverso que no entendía del todo, decidió fingir que no lo veía. Tal vez fuera porque el regalo no podía hacerle perdonar las infidelidades de él. Contrariamente a los norteamericanos que había conocido, no podía manejarlo por medio de la culpa. Baydr era como era y nadie podía hacer nada para cambiarlo. Sus reacciones eran directas y simples. El salvaje rugía dentro de él, en la oscuridad.
Pero sus propias reacciones la sorprendían. No le importaba que le pegara. Era como si provocara el castigo de él porque se sentía culpable. Así, expiaba su culpabilidad, y todo comenzaba de nuevo.
Apenas había cerrado él la puerta de golpe cuando se levantó y se miró en el espejo. La marca de la mano ardía en su mejilla. Apretó el botón llamando a su secretaria y pidió una bolsita de hielo, después permaneció sentada una hora en su cuarto con la bolsa contra la cara, hasta que desapareció la hinchazón.
Fue entonces cuando decidió el vestido que iba a llevar. Iba a ser una esposa musulmana, si era eso lo que él quería. Una esposa, una hurí, una esclava. ¿No era acaso eso lo que les prometía Alá cuando cruzaran las puertas del paraíso?
Se llevó una copa de champán a los labios y miró hacia las puertas del salón. Baydr todavía no había vuelto.
—Jordana, querida —murmuró una voz a su oído—. Tu danza ha sido preciosa.
Se volvió hacia la persona que hablaba al reconocer su voz.
—Mara —dijo, tendiendo la mejilla para el beso acostumbrado—. Eres más que buena.
—No, querida —dijo la princesa con rapidez—. Es verdad. Es lo más erótico que he visto jamás. Si yo fuera hombre te habría violado en seguida… —Rio y añadió—: La verdad es que todavía podría hacerlo.
Jordana rio también.
—Es el mayor elogio de todos, Mara.
La princesa se acercó más al oído de Jordana.
—Lo que has hecho es increíble. ¿Has visto al muchacho que he traído conmigo? Se ha vuelto loco. Creí que iba a reventar los pantalones.
Jordana la miró. Mara no solía ser tan efusiva.
—¿De verdad, querida?
—De verdad —contestó Mara—. Y se muere por conocerte. ¿Tienes un momento?
Por encima del hombro de la princesa, Jordana vio a Carriage que salía del salón con el señor Yasfir.
—En este momento, no —dijo—. Baydr saldrá en cualquier momento.
Yasfir se dirigió directamente a ella.
—Madame Al Fay… —se inclinó.
—Señor Yasfir —dijo ella formalmente.
—Quiero expresarle mi gratitud por esta amable velada y presentarle mis disculpas por dejarla tan pronto, pero tengo asuntos urgentes que atender en tierra.
Jordana le tendió la mano.
—Yo también lo siento.
Yasfir le besó la mano.
—Tal vez la próxima vez podamos conocernos un poco más —dijo ella.
—Lo deseo mucho —dijo él—. Bonsoir, Madame.
Cuando Yasfir se dirigía hacia la escalerilla que bajaba a la lancha que lo conduciría a tierra, ella vio que Carriage se dirigía a Yusef. Este y el director de cine norteamericano Michael Vincent siguieron a Carriage al salón y por el corredor que llevaba al despacho de Baydr.
—¿Otra reunión? —preguntó Mara.
Jordana se alzó silenciosamente de hombros y levantó la copa de champán. La princesa se dejó caer en un asiento, a su lado.
—Uno de mis maridos era así. No recuerdo cuál. Siempre tenía reuniones. Era tan aburrido que me divorcié.
Jordana sonrió.
—Baydr puede ser muchas cosas, pero no es aburrido.
—No he dicho que lo sea. Pero algunos maridos no entienden que hay otras cosas en la vida además de los negocios.
Jordana no contestó. Bebió a sorbitos su champán. Súbitamente se sintió deprimida: ya nada iba bien entre ellos.
—Vamos, querida —urgió la princesa—. Ven a conocer a mi muchacho. Él será feliz y tal vez tú te diviertas unos minutos.
—¿Dónde está?
—Allí. Es ese rubio alto que está cerca de los escalones.
Jordana le lanzó una mirada.
—Parece joven.
La princesa rio.
—Es joven, querida. Veinticinco años, y con la resistencia de un toro. No he conocido un hombre así desde la época de Rubi.
—¿Gigoló? —preguntó Jordana.
—Naturalmente, querida —dijo Mara—. ¿Acaso no lo son todos los muchachos apuestos? Pero eso simplifica la vida cuando una se cansa de ellos. Les damos unos cuantos francos y se van. Sin complicaciones.
—¿Ya estás cansada del muchacho? ¿Por eso me lo quieres pasar?
Mara rio.
—No, querida. Lo que pasa es que me agota. No puedo seguirle el ritmo. Continuamente se mete entre mis piernas, y yo ya no soy tan joven. Estoy extenuada.
—Por lo menos eres sincera.
La voz de Mara sonó herida.
—Siempre lo soy. Vamos, ¿quieres conocerlo?
Jordana miró hacia el salón. Carriage volvía solo. Yusef y Vincent se habían quedado con Baydr. Se alzó de hombros.
—Está bien —dijo—, puedes traerlo.
Baydr tendió el whisky con agua a Vincent y le indicó que tomara asiento. Yusef se retiró discretamente a un rincón del cuarto cuando Baydr se sentó frente al norteamericano.
—Hace tiempo que soy admirador de su obra, señor Vincent —dijo Baydr.
—Gracias, señor Al Fay. Realmente, me siento halagado.
—Estoy seguro de no ser el único —dijo Baydr, y decidió llegar en seguida al asunto. Después de todo, el hombre era norteamericano y no había que andar con rodeos—. Por eso he decidido preguntarle si le interesaría a usted hacer una película basada en la vida del Profeta. ¿Ha pensado en eso alguna vez?
El director bebió un trago.
—Sinceramente, señor Al Fay, nunca se me había ocurrido.
—¿Alguna razón especial, señor Vincent?
Vincent negó con la cabeza.
—Simplemente, no se me ha ocurrido. Tal vez porque los norteamericanos sabemos muy poco sobre Mahoma.
—Pero hay más de cuatrocientos millones de personas que se interesan —dijo Baydr.
Vincent asintió.
—Ahora lo sé. El señor Ziad me lo ha explicado muy claramente. También me ha dado varias biografías del Profeta, y debo reconocer que la idea es fascinante.
—¿Cree usted que puede hacerse una película?
—Lo creo: una película muy buena.
—¿Una película que tuviera éxito en el mundo occidental? ¿Que les hiciera entender que tenemos, como ellos, una civilización propia fundada sobre la moralidad?
—¿De éxito? No sé. Habrá problemas de exhibición —contestó el director—. En términos generales, diría que sí. Con la condición, claro, de que el film fuera exhibido.
Baydr asintió.
—Comprendo. Pero supongamos que eso fuera posible. ¿Cuál sería el primer paso para hacer el film?
—Todas las películas empiezan con un guión.
—Usted ha escrito los guiones de sus otros films. ¿Podría encargarse de escribir este?
—Lo haría si supiera lo bastante, pero temo carecer de conocimientos.
—Si le proporcionamos los elementos necesarios, ¿podría usted encargarse de hacerlo?
—Sí, si estuviera seguro de que, al terminar el guión, la película va a hacerse.
—¿Y si yo le garantizo que la película se hará?
Vincent miró a Baydr y aspiró profundamente. Si decía que sí y la película no se hacía, estaría acabado para la industria. Los judíos se encargarían de liquidarlo. Pero, si se hacía, y era buena, incluso la exhibirían en sus cines. No les importaba el tema del film, siempre que llevara dinero a caja.
—Soy caro —dijo—: no acepto cosas baratas.
—Ya lo sé, señor Vincent. ¿Le parece a usted bastante un millón de dólares, y una participación en las ganancias de la película?
La música que llegaba por los altavoces era lenta y romántica y la pista estaba repleta cuando Jacques le quitó de la mano la copa, la dejó a un lado, y condujo a Jordana a la pista. Sonreía.
—He esperado mucho rato la música adecuada para pedirle que bailáramos.
Jordana sintió que el champán le daba vueltas en la cabeza. También sonrió.
—¡Qué bonito!
Él la apretó contra sí.
—Ustedes, las norteamericanas… ¿Es eso lo único que saben decir? ¿«Qué bonito»?
Jordana le miró a la cara.
—¿Norteamericana? No soy norteamericana. ¿No se da cuenta de mi vestido?
—No hable —dijo Jacques—. Baile… —Colocó la cabeza de Jordana contra su hombro, y con la otra mano presionó sus caderas fuertemente contra su cuerpo. Se movía muy lentamente siguiendo la música, dejando que ella sintiera su creciente erección.
Tras un momento, la miró. Los ojos de ella estaban cerrados. Dejó que su mano que la sujetaba resbalara hacia su costado, luego, dirigiéndose hacia la balaustrada donde nadie podía ver lo que estaban haciendo, empezó a frotar la mano de ella contra su miembro duro como una piedra.
—Mis pantalones llevan botones —susurró—. No cremallera. Ábrelos.
Ella le miró, con los ojos muy abiertos.
—¡Estás loco! —murmuró—. ¡Hay gente mirando!
—¡Nadie puede verlo! —susurró él furiosamente—. Les damos la espalda. Ya me he masturbado dos veces desde tu baile. ¡Esta vez necesito que me toques!
Sin dejar de mirarle a los ojos, los dedos de Jordana encontraron los botones y los abrieron. No llevaba calzoncillos, y su falo saltó a la mano de ella. Él apretó la cabeza de ella contra su pecho de modo que ella pudiera mirar hacia abajo.
—¡Sácala! —ordenó.
La palma de la mano de ella cubría tan solo un tercio de su longitud. A la débil luz Jordana pudo ver el brillante rojo del glande surgiendo de su prepucio. Sintió la humedad.
—¡Más fuerte! —dijo él.
Ella ya no oía la música. El único ritmo era el de su mano moviéndose adelante y atrás, adelante y atrás.
—¡Ahora! —susurró él—. ¡Por la balaustrada, al mar! —Eyaculó.
Mirando hacia abajo, ella pudo ver el esperma brotando de su estremecido pene. Luego, se acabó. Alzó la vista hacia su rostro.
—Gracias —dijo. Tomó el pañuelo del bolsillo superior de su chaqueta—. Sécate las manos.
Ella tomó el pañuelo y se frotó la palma de la mano, luego se lo devolvió. Él negó con la cabeza.
—Sécame también a mí.
Lo hizo, y él volvió a meterse el miembro dentro de los pantalones.
—Puedes tirar el pañuelo —dijo.
El pañuelo cayó hacia el mar, y se apartaron de la balaustrada, regresando a la pista de baile.
—Debo verte de nuevo —murmuró él—. ¿Dónde puedo llamarte?
—No puedes llamarme. Yo te llamaré.
—Estoy en el Martínez. ¿Llamarás? ¿Me lo prometes?
Jordana asintió. La música se detuvo y vio a Baydr, seguido de Yusef y el director norteamericano, en lo alto de la escalera.
—Mi marido —murmuró. Quiso irse, pero Jacques la tomó de la mano.
—¿Mañana? —murmuró.
—Sí. —Soltó la mano y se abrió camino por la pista hacia Baydr. Tenía la cara colorada y se sentía muy animada.
—Querido —exclamó—. ¡Qué preciosa fiesta de cumpleaños! ¡Nunca te lo agradeceré lo bastante!