El pirata
Capítulo 3
tres
La primera idea que cruzó la mente de Leila cuando Jordana entró en el cuarto fue que era muy hermosa. Alta, con el pelo color miel, tostada por el sol de California, un cuerpo esbelto y largas y preciosas piernas. Era todo lo que una mujer árabe no podrá ser jamás. Por un momento entendió por qué su padre había hecho lo que había hecho.
Después, la antigua amargura y animosidad burbujearon, y tuvo dificultad en apartar aquello de sus ojos cuando Jordana avanzó hacia ella.
—Esta es Leila —dijo Baydr con orgullo.
Los ojos de Jordana fueron claros y directos, su sonrisa genuina y cálida. Tendió la mano.
—¡Me alegro mucho de conocerte por fin! Tu padre me ha hablado de ti con frecuencia.
—Yo también me alegro de conocerla —dijo Leila torpemente.
—Baydr, tu padre, me dice que piensas quedarte con nosotros…
—Si no molesto…
—Claro que no molestas —aseguró Jordana—. Y yo estoy encantada. Ahora por lo menos tendré a alguien con quien hablar cuando él esté de viaje. Baydr viaja mucho.
—Ya lo sé —dijo Leila. Miró a su padre—. Perdón. Estoy un poco cansada. ¿Te molestará mucho que no cene con vosotros y me acueste?
Baydr lanzó una rápida mirada a Jordana, después miró a Leila.
—Por supuesto que no.
—A usted tampoco le molesta, ¿verdad? —preguntó a Jordana—. Además, deben tener muchas cosas de qué hablar.
—A mí no me molesta —contestó Jordana.
—Buenas noches entonces.
—Buenas noches.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Baydr se volvió hacia Jordana.
—¿Qué te parece? —preguntó.
—Me parece que no simpatiza conmigo.
—¿Cómo puedes decir eso? —La sorpresa puso un eco en su voz—. Apenas te conoce.
—Tu hija está celosa.
—No seas tonta —dijo Baydr, y el enojo empezó a asomar en su tono—. ¿De qué puede estar celosa? ¿Acaso no le he pedido que se quede?
Jordana lo miró. Había cosas que los hombres nunca iban a entender. Recordó lo posesiva que había sido con respecto a su padre y lo que había sentido la primera vez que lo vio con su nueva mujer.
—La verdad es que no tiene importancia —dijo—. Me alegro por ti.
Baydr no contestó.
—Es una chica muy bonita —dijo Jordana.
—Sí.
—¿Por qué decidió salir tan bruscamente del colegio?
—Dice que sintió que estaba perdiendo su vida —contestó Baydr. Después dejó escapar una risita—. A los diecinueve años.
—Eso no es gracioso —dijo Jordana—. Yo lo entiendo.
—¿Lo entiendes? —Se sorprendió—. Entonces tal vez puedas explicarme por qué en todos estos años de pronto ha tenido deseos de verme…
—¿Y por qué no va a tenerlos? Eres su padre. Las chicas sienten gran atracción por sus padres. Guardó silencio un momento.
—Debería llamar a la madre y decírselo.
—Tengo la sensación de que no es necesario. La madre ya debe estar enterada.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Tu padre me ha dicho que Leila ha pasado casi todo el verano con su madre, y que salió de Beirut hace apenas unas semanas. Seguramente la madre debe saber dónde ha venido.
Baydr la miró fijamente. Aquello era extraño. Leila le había dado a entender que venía directamente del colegio. No había mencionado su estancia en casa de su madre. Se preguntó por qué no se lo habría dicho, pero decidió no decir nada a Jordana.
—Me parece que voy a telefonear a mi padre —dijo—. Le diré que hable con la madre de Leila.
Jordana sonrió. En cierto sentido era transparente. No deseaba hablar con su ex mujer.
—Los chicos preguntan si podrán venir a visitarnos cuando hayamos conseguido casa. Nunca han tenido ocasión de jugar en la nieve.
Baydr rio.
—Puedes decirles que vengan el primer día que empiece a caer la nieve.
Dick Carriage se reclinó en el sillón y tomó las gafas para leer. Sacó un trapito de una caja en el escritorio y, apartando el asiento de la brillante lámpara, empezó a limpiar lentamente los cristales. Grandes copos blancos pasaban flotando ante la ventana.
Llevaban casi un mes en Suiza cuando empezó a caer la nieve, y Baydr, fiel a su palabra, hizo que sus hijos llegaran volando el mismo día. Ahora estaban pasando el fin de semana en Gstaad. Él se había quedado en Ginebra para disminuir la pila de papeles. Baydr había llamado aquella mañana de muy buen humor. Los chicos, realmente, se estaban divirtiendo.
Carriage sonrió para sí. Los padres eran siempre iguales, fuera cual fuera su origen. Baydr sentía por sus hijos lo que Dick sentía por los suyos. Regresó al escritorio y miró las fotografías de su mujer y sus hijos. El retrato, tomado en el jardín de California, lo hizo sentirse muy solo de pronto. Su familia estaba muy lejos de la nieve de Suiza.
Oyó el clic del picaporte de la puerta principal del estudio que él y Baydr usaban como oficina cuando estaban en la gran casa de Ginebra. Miró su reloj. Eran poco más de las dos de la madrugada. Oyó el ruido de zapatos de suela dura sobre el piso de mármol de la entrada del vestíbulo. Tenían un ritmo femenino inconfundible. Debía ser Leila. Era el único miembro de la familia que no había ido a Gstaad. Había dicho algo sobre unas clases especiales en el colegio el sábado, pero después no había concurrido a las clases. En lugar de esto se había quedado en su cuarto hasta después del almuerzo, luego había salido, y solo ahora volvía.
«Había en ella algo raro», pensó. Pese a su apariencia exterior agradable y al deseo de cooperar, captaba cierto rechazo, una contención en sus ojos calculadores. Alguna vez había observado una mirada de resentimiento, especialmente hacia Jordana, aunque evidentemente, procuraba ocultarlo.
Los pasos llegaron a la escalera y empezaron a subir, después se detuvieron. Un momento más tarde, alguien movió el picaporte de la puerta del despacho.
—Adelante —dijo Dick.
La puerta se abrió de golpe y apareció Leila, vestida con sus inevitables vaqueros. A veces se había preguntado si tendría otra ropa.
—No quería molestarlo, pero vi la luz que salía por debajo de la puerta.
—No es nada. No me molesta. De todos modos, no estaba trabajando.
Ella entró en el cuarto, y pudo ver copos de nieve que se derretían en su pelo y en sus ropas.
—No ha dejado usted de trabajar desde que se fue mi padre, ayer por la mañana.
Dick sonrió.
—Es la única oportunidad que tengo para ponerme al día con el papeleo. Cuando él está aquí no dispongo de mucho tiempo.
—¿Nunca se toma usted vacaciones?
—Claro que sí. Estuve de vacaciones en California, cuando estuvimos allí hace unos meses. Pasé toda una semana con mi familia.
—¿Y desde entonces? —dijo ella—. Usted ni siquiera se toma tiempo libre los fines de semana.
—¿Para qué? —contestó él—. No hay nada especial que me atraiga.
—Podría salir a comer fuera. O ir al cine.
—Prefiero trabajar. No me gusta hacer esas cosas solo.
—No es necesario que las haga solo. Ginebra está llena de chicas que están deseando pasear.
Dick rio.
—Hay cantidad de chicas en todas partes. Pero no olvide que soy un hombre casado.
—Mi padre es un hombre casado y eso no lo detiene —dijo Leila.
Dick le lanzó una mirada penetrante, preguntándose qué era lo que sabía.
—Hay ciertas cosas que su padre debe hacer —dijo rápido—. Son cosas de negocios.
—¿De veras? He oído muchas historias acerca de él.
Dick guardó silencio.
—También he oído historias de Jordana. —Sus ojos eran provocadores—. ¿También es cuestión de negocios?
Dick sostuvo fríamente su mirada.
—Siempre hay gente que está dispuesta a contar chismes. La mayoría no conoce a la gente de la que habla. He aprendido que la contribución más importante que puedo hacer para colaborar con su padre es meterme solo en mis propios asuntos.
Leila rio.
—Ya veo por qué mi padre confía tanto en usted. Usted le es leal.
—Es mi jefe —dijo él, envaradamente—. Y lo respeto muchísimo.
—¿Pero simpatiza con él? —preguntó ella, decidida.
La respuesta fue rápida y directa.
—Sí.
—¿Aunque no le dé vacaciones?
—Eso depende de mí —contestó él sin perder la calma—. Si decido no tomar vacaciones, es asunto mío.
Leila se acercó al rincón del escritorio y miró la pila de papeles.
—El dinero compra muchas cosas, ¿verdad? —Era una afirmación más que una pregunta—. Usted es tan esclavo del sistema como cualquiera.
—La única manera mejor que esta de ganarse la vida —contestó él en árabe—, es tener un padre rico.
Vio el relámpago de furor en los ojos de ella, y comprendió que acababa de poner el dedo en la llaga.
—Yo no tengo… —después se dio cuenta de lo que iba a decir y se contuvo bruscamente.
—Usted no tiene…, ¿qué? —preguntó él suavemente.
La rabia fue rápidamente remplazada por el control. Leila sonrió.
—Nada. ¿Dónde aprendió a hablar tan bien el árabe?
—En mi casa.
Leila quedó sorprendida.
—Creía que usted era norteamericano.
—Lo soy —dijo él, sonriendo—. Pero mis padres vinieron de Jordania. Mi nombre era Jureiyi. Mi padre lo cambió por Carriage antes de que yo naciera, cuando abrió su primer restaurante. Pensó que para los norteamericanos iba a ser más fácil decir Carriage House que Jureiyi House.
—¿Todavía viven?
—No.
—¿Nunca quisieron volver a su patria?
—Sí.
—Tal vez fue mejor que no lo hicieran —dijo Leila rápidamente—. No estando los judíos ahí, acechando.
Dick la miró sin hablar. La verdadera tragedia era que habían vuelto. Si no lo hubieran hecho quizá todavía estuvieran vivos.
Leila creyó que su silencio era asentimiento.
—No siempre será así. Pronto nos libraremos de los judíos. Casi lo logramos esta vez, pero nos traicionaron.
—¿Quién los traicionó?
—Algunos de los nuestros. Gente que piensa solo en su bolsillo, en el poder. Si no nos hubieran detenido hubiéramos echado a los judíos al mar.
—Sigo sin saber quién es esa gente.
—Ya lo descubrirá —dijo Leila en un tono secreto—. Muy pronto. —Sonrió y cambió de tema—. ¿Quiere que prepare café?
—Es muy amable de su parte, pero no quiero que se moleste.
—No es ninguna molestia. Además, tengo ganas de tomar una taza. ¿Lo quiere a la turca o a la americana?
—A la turca —dijo Dick, aunque lo prefería a la americana.
—Bien —dijo ella, dirigiéndose a la puerta—. Vuelvo en seguida.
Dick se quedó mirando la puerta cuando ella salió. Era una muchacha rara. Le habría gustado saber lo que realmente pensaba. Al descuido, recogió la próxima carpeta de la pila de papeles. Era el informe que le había pedido Baydr sobre Muñecas Árabes Ltda. Su visión se nubló y dejó la carpeta en el escritorio. Estaba más cansado de lo que había supuesto. Esperaría hasta después de tomar el café.
Pasó casi un cuarto de hora hasta que Leila volvió con el café. Cuando la vio abrió la boca de sorpresa. Llevaba otras ropas. En lugar de los perennes vaqueros azules se había puesto un caftán blanco con bordes de oro que bajaban al frente y seguía la línea de los botones que unían los dos lados de la prenda. Trozos de su cuerpo dorado y tostado, visibles en los espacios abiertos del caftán, revelaban que no llevaba nada debajo.
Leila colocó la bandeja de plata con el café sobre una mesita frente al diván. El vapor blanco subía en volutas cuando lentamente vertió el café en las tacitas. Lo miró.
—Puede usted salir de detrás de ese escritorio para tomar el café —dijo—. Prometo no decir nada a mi padre.
Dick sonrió y se puso de pie.
—Algo me dice, de todos modos, que usted no iba a decirle nada.
—Así es.
Dick se sentó en el diván junto a ella. Leila tomó una taza y se la tendió.
—Pruebe.
Obediente, bebió. La dulzura casi lo asqueó. Tomaba el café sin azúcar.
—¿Tiene bastante azúcar?
—Está perfecto —dijo él con cara tensa.
Ella sonrió, encantada.
—Me gusta el café extradulce.
—Es muy bueno.
Leila bebió su café.
—¿Fuma? —preguntó.
—Tengo cigarrillos en el escritorio —contestó Dick, empezando a levantarse.
La mano de ella lo detuvo.
—No me refiero a esa clase de cigarrillos.
—¡Oh! —dijo él mirándola—. A veces los he fumado. Pero no cuando trabajo.
Leila abrió una cajita de plata que estaba en la bandeja junto a la cafetera.
—¿No te parece que esta noche ya has trabajado bastante?
Dick miró los cigarrillos prolijamente enrollados.
—Me los dio Jabir —dijo ella—; posee el mejor hachís del mundo. Los prepara especialmente para mi padre.
—Ya lo sé —dijo Dick.
Leila tomó un cigarrillo y encendió un fósforo. La llama ardió un momento mientras el sulfuro se quemaba, después la acercó al cigarrillo. Tras algunas bocanadas se lo tendió.
Él lo miró sin moverse.
—Vamos —dijo Leila—. Relájate. Afloja un poco. El trabajo estará todavía ahí mañana por la mañana.
—Bien —dijo él. Tomó el cigarrillo que ella le tendía y aspiró. Después de unas bocanadas se lo devolvió—. Es bueno —dijo.
—Así es mejor —dijo Leila, aspirando de nuevo el cigarrillo. Sonrió—. ¿Sabes? Por primera vez empiezas a parecer humano.
Dick le cogió el cigarrillo y aspiró. Empezó a sentir que le zumbaba la cabeza.
—¿Qué suelo parecer?
Leila se reclinó en el diván.
—Generalmente, pareces muy serio. Muy cortante y directo. Sin expresión. Rara vez sonríes. Sabes lo que quiero decir.
—No me había dado cuenta.
—La mayoría de la gente no es consciente de su aspecto… —lo miró—. ¿Sabes? No serías feo sin esas gafas… —tendió la mano y se las quitó—. Mírate en el espejo y te convencerás.
—No es necesario. Sé cómo soy. Me afeito todas las mañanas.
Leila se echó a reír.
—Eres muy gracioso.
Dick sonrió.
—¿De verdad?
Leila asintió.
—No estás mal para ser norteamericano. Generalmente no me gustan los norteamericanos. Pero tú pareces distinto. Tal vez sea porque tus padres eran árabes.
Dick no habló.
Leila lo miró fijamente y en silencio unos momentos, después se inclinó bruscamente y lo besó en la boca. Él quedó sorprendido y se mantuvo muy quieto.
Leila se apartó y lo miró a los ojos.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta?
—No es eso —dijo él torpemente—, pero después de todo soy un hombre casado.
—Ya lo sé. Y tu mujer está en el otro extremo del mundo.
—¿Se supone que eso representa alguna diferencia?
—¿No la representa? —preguntó ella, mirándolo.
Dick no contestó. Pero aspiró otra bocanada del cigarrillo. El zumbido cesó súbitamente en su cabeza, dejándola extraordinariamente clara. Sintió que sus sentidos se habían agudizado. Ya no estaba cansado.
—¿Qué es exactamente lo que deseas de mí?
Leila sostuvo su mirada.
—Quiero estar enterada de todo lo concerniente a los negocios de mi padre. Y tú puedes ayudarme a aprender.
—Puedo hacer eso sin que tengas que acostarte conmigo —no le dijo que Baydr le había dado instrucciones para que alentara el interés de ella en los negocios.
Los ojos de Leila siguieron mirándolo, imperturbables.
—Pero yo quiero acostarme contigo.
Tendió la mano hacia ella, pero Leila lo contuvo con un gesto.
—Espera un momento.
La vio ponerse de pie, dirigirse al escritorio y apagar la luz. Leila parecía estar flotando. Recorrió el cuarto apagando lentamente las luces, con excepción de una lámpara en un rincón apartado. Después volvió al diván y, parándose ante él, desabrochó lentamente los botones de su caftán y lo dejó caer al suelo, a sus pies.
Dick tendió los brazos y Leila se precipitó en ellos. Dick apretó sus labios contra los de ella, casi rudamente.
—Tómatelo con calma —susurró ella—. Aún estás vestido. —Empezó a desabrocharle los botones de la camisa—. Relájate. Déjame desnudarte.
Más tarde, mientras ella gemía bajo él, mientras se maravillaba ante la firme dureza del joven y elástico cuerpo de la muchacha, mientras sentía el poder de sus aferrantes caderas, la oyó empezar a murmurar algo inaudible.
Forzó su mente para aclararla y escuchar sus palabras Era una única palabra repetida una y otra vez, mientras se debatía en los espasmos de un extraño orgasmo físico y mental.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!