El pirata
Capítulo 11
once
Baydr se presentó en la oficina de Dick a eso de las cuatro de la tarde. Había ido a almorzar al Banco y después había tenido varias entrevistas. Miró alrededor de la oficina.
—¿Dónde está Leila?
Dick le miró, sorprendido.
—Salió esta mañana para Beirut.
—¿Para Beirut?
Dick, vio la expresión vacía en la cara de su jefe.
—Creía que estaba usted enterado. Se fue con Jordana y los chicos. Me dijo que usted estaba de acuerdo en que ella y dos amigos hicieran el viaje. Quería volver a casa para el fin de semana.
—Debo estar haciéndome viejo. Es raro. No recuerdo nada.
Se dirigió a su despacho y cerró la puerta. Dick se quedó mirando fijo a un punto indeterminado, y un vago temor empezó a crecer dentro de él. Baydr no era hombre que olvidara las cosas. Sonó el teléfono y atendió. Escuchó un momento, después pulsó el botón para retener la comunicación y se dirigió al despacho de Baydr.
Baydr le miró desde el escritorio.
—¿Que pasa?
Dick logró controlar su voz.
—Nuestro encargado en el aeropuerto de Beirut ha telefoneado. Está allí desde la una y el avión todavía no ha llegado.
Baydr tomó el teléfono y cubrió el micrófono con la mano.
—¿A qué hora lo esperaban?
—Alrededor de la una y media.
La cara de Baydr palideció levemente. Retiró la mano del micrófono.
—Habla Al Fay —dijo—. Comuníquese con el control y averigüe si saben algo del avión. Espero.
Miró a Dick, cubriendo de nuevo el micrófono.
—Espero que no haya pasado nada.
—No se preocupe —dijo Dick para tranquilizarlo—. Andy es un piloto demasiado bueno como para que suceda nada.
Volvió a oírse una voz en la línea. Baydr escuchó un momento, después pareció tranquilizarse un poco.
—Bien, muchas gracias.
Colgó el teléfono. Tenía una expresión intrigada en la cara.
—No entiendo. El control de Beirut dice que el piloto pidió paso para Damasco.
Dick no dijo nada.
—Comuníquese con Damasco, y averigüe si han aterrizado allí.
—En seguida, jefe. —Dick regresó a su despacho y tomó el teléfono. Tardó veinte minutos en conectar con el control aéreo de Damasco. Escuchó un momento, después asintió, hizo otra llamada, y volvió a la oficina de Baydr.
—¿Están allí? —preguntó Baydr.
Dick negó con la cabeza.
—No. Me dicen que continuaron con el avión hacia Teherán, vía Bagdad.
Baydr estalló.
—¡Hyatt se ha vuelto loco! ¡Ya me tendrá que oír…! —después se calmó—. Llame a esos aeropuertos y vea qué puede averiguar.
—Ya lo he hecho —dijo Dick.
—Bien. Avíseme en cuanto le comuniquen algo. —Se reclinó en el sillón, y observó la puerta que se cerraba detrás de Dick. No podía haber más que un motivo para el cambio en el plan de vuelo: Jordana. Ella estaba procurando robarle los chicos. Se enfureció contra su propia estupidez. Nunca debió haber confiado en que ella cumpliera sus órdenes. Sobre todo después de lo que había sucedido.
Media hora después regresó Carriage. Tenía la cara sombría.
—No han aterrizado en Teherán, y Bagdad informa que no ha habido huellas de su paso sobre territorio Iraquí en el radar. He vuelto a hablar con Damasco, y dicen que no han recibido noticias de que haya habido problemas, de hecho no se han comunicado con el avión desde que sobrevoló su espacio aéreo, a eso de las dos de la tarde.
—El avión no puede haberse desvanecido sin dejar huellas. —Baydr guardó silencio un momento—. Creo que es mejor que pidamos que lo busquen.
—Antes de eso, tengo aquí a un hombre con quien creo que debería usted hablar —dijo Dick.
—Dígale que vuelva luego —replicó Baydr—. ¡En este momento tengo cosas más importantes que los negocios en la cabeza!
—Creo que lo que tiene que decirnos nos dará una idea de dónde se encuentra el avión.
Baydr le miró fijamente.
—Hágalo pasar.
Dick abrió la puerta.
—¿Quiere usted pasar, señor Dupree?
Un hombre de mediana estatura, con un traje gris indescriptible, apareció en la puerta. Dick se acercó con él al escritorio.
—Señor Dupree… Señor Al Fay.
Dupree se inclinó.
—Muy honrado, Monsieur.
Baydr asintió, sin hablar. Miró a Dick, interrogativo.
—¿Qué tiene esto que ver con el avión?
—Quizá nada —dijo Dick rápidamente—. Pero tal vez sea mejor que primero explique las cosas.
Baydr asintió.
Dick carraspeó. Era evidente que se sentía incómodo.
—El señor Dupree es detective privado. Lo hemos utilizado varias veces para asuntos confidenciales, y siempre se ha mostrado digno de nuestra confianza. A principios de esta semana, tras algunas frases que dijo Leila, decidí ponerla por mi cuenta bajo vigilancia.
La voz de Baydr fue helada.
—¿Por qué?
—Porque, al día siguiente de interrumpir los embarques de Muñecas Árabes, me pidió que los continuáramos. Cuando rehusé, porque iba contra las órdenes que usted había dado, dijo que las familias Riad y Mafrad eran antiguas amigas, y que a su abuelo iba a molestarle mucho este asunto. También dijo que yo podía continuar con los embarques sin que usted tuviera que enterarse nunca… —Aspiró profundamente —. Cuando me enteré por usted que las familias no eran amigas, decidí averiguar lo que se pudiera acerca de ella.
Baydr se volvió hacia el detective privado.
—¿Y qué ha averiguado usted?
El señor Dupree sacó algunos papeles del bolsillo interior de su chaqueta y los desplegó. Tendió una copia sobre el escritorio de Baydr, dio una a Dick, y se quedó con otra.
—Escritos en esta hoja están los nombres de todas las personas con quienes su hija ha estado en contacto esta semana, junto con la hora y el lugar de los encuentros.
Baydr miró el papel. Un nombre se destacaba entre todos los demás. Alí Yasfir. Leila se había visto con él cinco veces esta semana, dos veces ayer. Había otros nombres repetidos, pero no conocía ninguno. Miró al detective privado.
—Mucho me temo que su hija se haya estado viendo con gente peligrosa, Monsieur —dijo el detective—. Casi todos los nombres en esa lista son conocidos terroristas árabes o guerrilleros y, como tales, son vigilados muy de cerca por la Policía suiza. Son jóvenes, y parece que un hombre llamado Yasfir es su mayor apoyo financiero.
»Por eso la Policía suiza dio un suspiro de alivio cuando Fuad Aziz y Ramadán Sidki, los dos considerados más peligrosos por ser expertos en el uso de bombas y armas, subieron al avión con su hija y dejaron el país. Puede usted estar seguro de que no se les otorgará otro visado de entrada.
Baydr estudió un momento el papel.
—¿Hay algo más?
—Solo una cosa, Monsieur —contestó Dupree—. Me tomé la libertad de investigar en el colegio al que asistía su hija, en Montreux. Esperaba obtener información sobre las muchachas que ella había estado viendo. Pero no pudieron decirme nada, excepto que no habían visto a su hija desde finales de mayo, fecha en que dejó el colegio en compañía de un caballero de nombre Alí Yasfir, que se había presentado como socio suyo. Me dijeron que iban a reunirse con usted en el festival de cine de Cannes. Leila no ha vuelto desde entonces al colegio.
Baydr miró a Dick, después se volvió hacia el detective privado.
—Muchas gracias, señor Dupree. Su ayuda nos ha sido muy útil.
El detective suspiró.
—Los jóvenes de hoy en día… —abrió las manos en un típico gesto galo—. Yo tengo una hija adolescente. Uno nunca sabe en qué están. —Se inclinó—. Si puedo serle útil en algo más, Monsieur Al Fay, no vacile en llamarme. —Se inclinó ante Dick, y abandonó la oficina.
Dick se volvió hacia Baydr.
—No me gusta lo que estoy pensando…, ¿y usted?
—No… —Baydr dejó escapar un profundo suspiro—. Pero ahora por lo menos sabemos que el avión está a salvo, aunque no sepamos dónde.
—Es un avión muy grande. No podrá esconderse por mucho tiempo.
—Tal vez —la voz de Baydr era inexpresiva.
—¿Y qué haremos ahora?
—Esperar.
—¿Esperar? —había sorpresa en la voz de Dick.
—Sí. —Baydr le miró—. Nos estábamos preguntando cuál sería el próximo movimiento de Alí Yasfir. Ahora ya lo sabemos. Pronto se pondrá en contacto con nosotros para decirnos lo que desea.
Estaban en la linde de un bosquecillo, mirando el plateado 707. Nueve hombres trepaban sobre el avión, acomodando la funda para camuflarlo, de modo que no pudiera ser detectado desde el aire. Otro avión tendría que volar a menos de seis metros de altura para percibirlo.
Jordana se volvió hacia Hyatt, que estaba cerca, con los ojos fijos en el avión.
—Ha aterrizado usted espléndidamente, capitán. Gracias.
—Ha sido un momento espeluznante. Creí que íbamos a chocar contra esos árboles en el fondo de la pista. —Se volvió hacia el avión—. ¿Por qué supone que han construido aquí una pista tan grande? Por lo que parece, hace unos tres años que no ha sido utilizada.
—No lo sé, capitán —dijo ella.
El individuo llamado Fuad se les acercó.
—Bien. Adelante… —Su inglés tenía acento norteamericano. Señaló con el arma hacia el bosque.
Jordana se acercó a los niños, que estaban con la nanny y la doncella, Magda. Los niños contemplaban con gran interés cómo camuflaban el avión. Los tomó de la mano y esperó.
Frente a ellos había dos soldados con unos toscos y mal cortados uniformes de batalla. No había en ellos marcas que indicaran a qué Ejército pertenecían. Ante una señal de Fuad, echaron a andar, delante de los demás. Unos soldados los rodearon; otros se situaron detrás. Todos los apuntaban con sus rifles.
Jordana caminaba en silencio con los chicos. Leila y Ramadán habían desaparecido. Habían sido los primeros en bajar del avión y, unos minutos después de aterrizar, ya no se los vio por parte alguna.
La selva se espesaba y las ramas de los árboles y los matorrales los arañaban y desgarraban sus ropas. Jordana procuró proteger a los niños, pero, en cinco minutos, sus caras y brazos estuvieron llenos de rasguños. Llamó a la nanny.
—Anne, si usted, Magda, Margaret y yo caminamos al frente, con los niños detrás, ellos no recibirán tantos rasguños.
La nanny asintió y las otras muchachas se les unieron, formando un semicírculo con los niños en medio.
Unos momentos después salían del bosque y emergían a un camino estrecho y angosto. Había allí dos jeeps, cada uno con su chófer.
—A los coches —ordenó Fuad—. Las mujeres y los chicos en el primero, los hombres en el segundo.
Un momento después, los vehículos se ponían en marcha. Era un camino tortuoso y lleno de baches; una serpenteante senda que parecía entrar y salir del bosque, y que seguía ascendiendo continuamente por la ladera de la montaña. Después de unos diez minutos el aire pareció más fresco.
Jordana miró hacia el cielo. Anochecía. Llegaba ya la noche. Se volvió hacia los niños, lamentando no haber traído sus abrigos. Pero habían quedado en el avión, junto con todo lo demás.
Cinco minutos después emergieron a un claro. En el borde del claro había un grupo de ruinosas construcciones de madera. Las construcciones estaban rodeadas por un muro bajo, y en lo alto del muro, a intervalos, habían apostado pesadas ametralladoras. Cada ametralladora era custodiada por dos soldados. Y había reflectores en todos los rincones.
Jordana miró a los soldados cuando entraban al campo, y ellos le devolvieron la mirada con evidente interés. Algunos lanzaron exclamaciones atrevidas, pero no pudo entender nada por el ruido de los motores de los jeeps.
Los jeeps se detuvieron ante el más grande de los edificios. El chófer les hizo señas de que descendieran.
Dos hombres salieron de la casa y permanecieron mirándolos. Ramadán, ahora vestido de uniforme, era uno de ellos. Pero Jordana tuvo que mirar dos veces antes de reconocer al otro. El uniforme la había desorientado. El segundo soldado era Leila.
Leila se le acercó. De alguna manera, con el uniforme, parecía más corpulenta y más ruda. Toda la belleza que Jordana había percibido en ella estaba borrada por la brutalidad de sus modales.
—Usted ocupará una cabaña con los chicos y las otras mujeres —dijo—. Los hombres irán a otra. Les traerán la cena dentro de una hora. Después de cenar las luces se apagarán toda la noche. No se permite fumar cuando está oscuro. Desde el cielo la luz de un cigarrillo puede ser vista desde kilómetros de distancia. Cualquier infracción a las reglas será severamente castigada. ¿Entiende?
—No lograrás triunfar —dijo Jordana—. Cuando tu padre se entere de esto, no te quedará un rincón donde esconderte ni en el cielo ni en la tierra.
Leila le lanzó una mirada de desprecio.
—Mi padre hará lo que le diga…, es decir, si quiere volver a ver vivo a cualquiera de ustedes.