El pirata
Capítulo 5
cinco
Como de costumbre, el avión de París venía con una hora de retraso. Baydr maldijo en silencio las líneas aéreas. Todas eran iguales. Nunca daban una hora de llegada precisa hasta que era demasiado tarde y no quedaba más remedio que sentarse en el aeropuerto y esperar a que llegara el avión.
El teléfono sonó en la sala de espera VIP, y la azafata atendió. Escuchó un momento, después se volvió hacia ellos.
—El Cero Cero Tres aterriza en este momento. Estará ante la entrada en unos minutos.
Baydr se puso de pie. La azafata dejó el escritorio y se les acercó.
—El señor Hansen los espera a la entrada y facilitará al señor Al Fay todas las formalidades.
—Gracias —dijo Baydr.
Había una muchedumbre en la zona de llegada. El señor Hansen, un hombre pesadote, con el uniforme de Air France, salió a su encuentro. Rápidamente les hizo pasar a la restringida zona aduanera. Un oficial de inmigración uniformado se les unió, y todos pasaron al salón de la entrada en el momento en que Jordana salía del avión.
Baydr asintió, aprobando. Jordana tenía mucho instinto. Los descuidados pantalones vaqueros y la ropa transparente que usaba en el sur de Francia habían desaparecido. Ahora se presentaba vestida como una joven esposa californiana muy a la moda. El traje de Dior, con su falda púdicamente alargada, el sombrero chambergo y el leve maquillaje era lo que convenía en la sociedad en la que iban a entrar. Se adelantó para saludarla.
Jordana le tendió la mejilla para que la besara.
—Estás preciosa —dijo él.
—Gracias —contestó ella, sonriendo.
—¿Tuviste un buen viaje?
—Dormí todo el tiempo. Me prepararon una cama especial.
Yusef, con su traje oscuro ligeramente arrugado, apareció detrás, con la secretaria. Baydr les dio la mano, mientras el representante de Air France recogía los pasaportes para el control.
Baydr sacó a Jordana de la multitud para que pudieran hablar en privado.
—Lamento no haber podido volver este verano —dijo.
—Nosotros también lo lamentamos. Especialmente los chicos. Me dieron un mensaje para ti.
—¿Cuál?
—Que te diga que están adelantando mucho en árabe. Que ya no tendrás que avergonzarte de ellos.
—¿De verdad? —preguntó él.
—Eso creo. Insisten en hablar todo el tiempo en árabe a los criados, les entiendan o no.
Baydr sonrió complacido.
—Me alegro. —Sus ojos encontraron los de ella—. ¿Y tú? ¿Qué has estado haciendo?
—Nada nuevo, lo de siempre.
—Te veo muy bien.
Ella no contestó.
—¿Ha habido muchas fiestas esta temporada?
—Siempre las hay.
—¿Algo excitante?
—No particularmente… —Le miró—. Has adelgazado. Estás flaco.
—Tendré que comer más —dijo él—. No tendré ningún éxito si vuelvo a Oriente Medio con este aspecto. Van a pensar que estoy corriendo la liebre.
Jordana sonrió. Comprendió a lo que él se refería. Los árabes todavía juzgaban el éxito de un hombre por su volumen. Un hombre grueso era siempre tomado más en cuenta que uno delgado.
—Come pan y patatas —dijo Jordana—. Y más cordero.
Baydr rio fuerte. Jordana sabía hasta qué punto sus gustos eran occidentales. Le desagradaban las comidas con almidón y engordantes; prefería comer filetes.
—Lo tendré en cuenta.
Hansen se aproximó.
—Todo en orden —dijo—. Un coche los espera en el campo para llevarlos al helicóptero.
—Vamos entonces —dijo Baydr. Hizo una seña a Yusef, que se les acercó—. Vincent está en el Beverly Hills Hotel —dijo Baydr—. Pase el fin de semana con él y procure averiguar exactamente en qué punto estamos. Me comunicaré con usted el lunes.
Yusef procuró ocultar su decepción. Detestaba quedar fuera de cualquier cosa que pudiera ser importante.
—¿Cree usted que habrá algún problema con Vincent?
—No sé, pero me parece que, en tres meses como mucho, debería haber empezado.
—Déjelo de mi cuenta, jefe —dijo Yusef confidencialmente—. Le pondré fuego en los talones.
—Tardaremos una media hora en llegar —dijo el piloto del helicóptero cuando despegaron.
—¿Cómo hay que vestirse para esta noche? —preguntó Jordana—. ¿Cuánto tiempo nos queda?
Baydr miró su reloj.
—El cóctel será a las ocho, la cena a las nueve. Corbata oscura.
Jordana le miró. Sabía que detestaba el traje de etiqueta.
—Estás perdiendo la cabeza…
—Así es —dijo él—. Quiero producir buena impresión. Tengo la sensación de que me guardan rencor por haberme apoderado del Banco.
—Estoy segura de que se les pasará cuando te conozcan.
—Eso espero —dijo Baydr seriamente—. Pero no lo sé. Tienen mucho espíritu de clan.
—Se les pasará. Conozco bien a esa gente. Expatriados de Pasadena. Pero no son distintos a los otros. El dinero los hace andar.
Cuando llegaron, el gigantesco ramo de rosas rojas enviado a Jordana por el presidente del Banco, Joseph E. Hutchinson, y su esposa Dolly, demostró que, en parte, tenía razón.
Sonó un golpecito en la puerta, y la voz apagada de Jabir anunció:
—Son las siete y cuarto, patrón.
—Gracias —contestó Baydr. Se levantó del sillón en el que había estado leyendo los últimos informes del Banco. Tenía tiempo para darse otra ducha antes de vestirse de etiqueta. Rápidamente se quitó la camisa, los pantalones y, desnudo, se dirigió al cuarto de baño que separaba su habitación de la de Jordana.
Abrió la puerta en el momento en que Jordana se alzaba, chorreante, del perfumado baño. Se quedó parado, mirándola.
—Perdón. —La disculpa llegó a sus labios sin que lo pensara—. No sabía que todavía estabas aquí. Jordana le devolvió la mirada.
—No es nada —dijo, con una leve nota de ironía en la voz—. No es necesario que te disculpes.
Baydr guardó silencio.
Jordana buscó una toalla y empezó a envolverse. Baydr tendió la mano para detenerla. Ella le lanzó una mirada interrogante.
—Casi había olvidado lo hermosa que eres —dijo Baydr.
Lentamente, le quitó la toalla de la mano. La dejó caer al suelo. Sus dedos trazaron una línea a partir de la mejilla de ella, cruzando su enrojecido pezón que empezaba a endurecerse, pasando el pequeño hueco de su ombligo, hasta la suave turgencia del monte de Venus.
—Simplemente preciosa —susurró.
Jordana no se movió.
—Mírame —dijo Baydr, con una súbita insistencia en la voz.
Le miró a la cara. Había una leve tristeza en los ojos de él.
—Jordana…
—Sí…
—Jordana, ¿qué nos ha pasado que somos dos extraños?
Inesperadamente, los ojos de ella empezaron a llenarse de lágrimas.
—No lo sé —murmuró.
La tomó entre sus brazos y apretó su cabeza contra el hombro de él.
—Hay tantas cosas que andan mal —dijo—. No sé dónde hay que empezar a corregirlas.
Jordana hubiera querido hablarle, pero no encontraba las palabras. Provenían de mundos diferentes. En el mundo de él, la mujer no era nada, el hombre lo era todo. Si le decía que tenía las mismas necesidades que él, los mismos impulsos sociales y sexuales, lo consideraría como una amenaza a su superioridad masculina. Y pensaría que no era la esposa adecuada para él. Y sin embargo, eran esas necesidades las que les habían acercado al principio. Apretó la cara contra el pecho de él, llorando en silencio. Baydr le acarició suavemente el pelo.
—Te he extrañado —dijo. Puso la mano bajo el mentón de ella y le levantó la cara—. Para mí no hay ninguna como tú.
«Entonces, ¿por qué estás siempre lejos? ¿Por qué las otras?», pensó Jordana.
Baydr contestó como si le hubiera leído el pensamiento.
—No significan nada —dijo—, son solo un pasatiempo.
Jordana no habló.
—¿Te pasa a ti lo mismo? —preguntó él.
Jordana no le miró a los ojos. Él sabía. Siempre lo había sabido. Y, sin embargo, nunca había hablado de eso. Asintió.
Los labios de Baydr se apretaron un momento. Después suspiró.
—Cada hombre inicia su propio cielo o infierno aquí, en la tierra. Como yo he iniciado el mío.
—¿No estás enojado conmigo? —murmuró Jordana.
—¿Tengo acaso derecho? —preguntó Baydr—. El juicio vendrá en el momento que comparezcamos ante Alá y sea leído nuestro libro. Me basta con mis propios pecados. Y tú no eres uno de nosotros, de manera que ni siquiera se te pueden aplicar las mismas reglas. Pero quiero hacerte una petición.
—¿Cuál es? —preguntó ella.
—Que no lo hagas nunca con un judío —dijo—. Para todos los demás, seré tan ciego como lo eres tú.
Jordana bajó los ojos.
—¿Es necesario que haya otros?
—No puedo contestar a eso por ti —dijo—, soy un hombre.
No le quedaba más que decir.
Volvió a levantarle la cabeza y la besó.
—Te quiero, Jordana —dijo.
Ella sintió su calor fluyendo en ella cuando se aferró a él. El miembro del hombre se endureció contra su vientre. Su mano bajó para envolverlo. Estaba duro y húmedo entre sus dedos.
—Baydr —gritó—. ¡Baydr!
Él la miró a los ojos durante un largo momento; luego, alzándola por los sobacos, la elevó en el aire ante él. Automáticamente, las piernas de ella se abrieron para rodear su cintura, y él la hizo descender con suavidad. Jordana jadeó cuando la penetró. Aún de pie, aún sujetándola, empezó a moverse suavemente dentro de ella.
El calor fue extendiéndose por todo su cuerpo y no pudo contenerse. Aferrándose a él como un mono, comenzó a agitarse espasmódicamente sobre él mientras orgasmo tras orgasmo empezaba a sacudirla. Los pensamientos corrían alocadamente por su cabeza. No era justo. No era esto lo que merecía. No era este el castigo que buscaba.
Abrió los ojos y le miró salvajemente a la cara.
—Pégame —dijo.
—¿Qué?
—Que me pegues. Como la última vez. No merezco otra cosa.
Permaneció muy quieto un momento, después, con lentitud, la depositó en el suelo y retiró los brazos que la rodeaban. Su voz sonó súbitamente helada.
—Es mejor que te vistas —dijo— o llegaremos tarde a la fiesta.
Le dio la espalda y volvió a su cuarto. Tras un momento, ella empezó a temblar. Buscó una toalla, echándose maldiciones. Nada le salía bien.