El pirata

Harold Robbins · Capítulo 48 de 50

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El pirata

Capítulo 15

quince

 

Hamid bajó sus gafas nocturnas. Desde su posición en los árboles que rodeaban el campamento había podido determinar en qué cabaña estaban secuestradas las mujeres. Los hombres debían estar en la cabaña contigua. Con cuidado, sin ruido, se deslizó por el tronco del árbol.

Ben Ezra le miró.

—¿Y bien?

—He localizado las cabañas donde guardan a los prisioneros. Están en el centro del campamento. Deberemos pasar ante las otras cabañas para llegar hasta ellas. En la primera están los hombres; en la segunda, las mujeres. Cada cabaña está custodiada por dos guardias delante y dos detrás. La cabaña de la comandancia es la más grande, junto a la entrada. En este momento hay tres jeeps parados ante ella.

—¿Cuántos hombres calcula que hay allí?

Hamid calculó rápidamente. Doce ametralladoras montadas sobre los muros, dos hombres siempre de guardia frente a cada una. Si cada hombre cubría doce horas, aquello solo representaba cuarenta y ocho hombres. Ocho guardias para los prisioneros en las cabañas. Además de los otros que había visto.

—Noventa, quizá cien.

Ben Ezra asintió, pensativo. Contaba como máximo con dieciocho hombres para el asalto. Tenía que dejar atrás dos hombres para proteger la pista de aterrizaje que habían tomado hacía menos de una hora. Había estado custodiada por siete soldados de la Hermandad. Ahora todos estaban muertos. Los yemeníes habían pedido permiso para tomar la pista, y él se lo había otorgado. Demasiado tarde había recordado que los yemeníes no hacen prisioneros.

Había querido que Baydr y Carriage se quedaran en la pista, pero Baydr había insistido en acompañarlo, de modo que tuvo que designar para que quedaran de guardia a dos de sus voluntarios, hombres que le era difícil sustituir. Miró su reloj. Eran las diez. A las cuatro de la madrugada el gran helicóptero que Baydr había contratado los esperaría en la pista de aterrizaje. El doctor Al Fay, con un equipo completo y otros médicos, esperaría allí. Todo tenía que hacerse minuciosamente cronometrado, de manera que llegaran a la pista de aterrizaje antes de que se organizara la persecución.

El ataque debía iniciarse a las dos. Tenían que estar en camino para la pista de aterrizaje no más tarde de las tres. Una hora era apenas tiempo para el viaje a pie, especialmente no sabiendo en qué condiciones estaban los ocho prisioneros. Esperaban que estuvieran lo bastante fuertes como para cubrir la distancia sin ayuda. Si era necesario transportar a alguno, tal vez no pudieran contar con bastantes hombres para hacerlo.

Miró otra vez su reloj. Faltaban cuatro horas para la hora cero. Miró a Hamid.

—¿Cree usted poder penetrar y colocar las bombas de plástico?

—Lo intentaré.

—Lo primero que quiero destruir son esos cuatro reflectores gigantes. Después los jeeps.

Hamid asintió.

—Quiero que todos los relojes estén sincronizados para las dos.

—Se hará —dijo Hamid.

—¿Necesita ayuda?

—Un hombre no me vendría mal —dijo Hamid, cortésmente.

Ben Ezra se volvió y miró a los soldados. Todos eran profesionales, todos altamente entrenados. Realmente, no podía prescindir de ninguno; tenía una tarea para cada uno. Sus ojos se fijaron en Jabir. El hombre no era joven, pero tenía un aire de tranquila responsabilidad. Le clavó los ojos y le llamó con un gesto.

—Hamid necesita un hombre que lo ayude con las bombas de plástico —dijo Ben Ezra—. ¿Quiere usted hacer de voluntario?

Jabir miró a Baydr.

—Será para mí un honor si usted protege a mi patrón durante mi ausencia.

Ben Ezra asintió.

—Lo guardaré como si fuera mío… —Más adelante, el pensamiento de lo que había dicho volvió a él. Era suyo.

Llamó al cabo israelí encargado de aquel grupo.

—Prepare los lanzaproyectiles y apunte a los muros debajo de las ametralladoras. Después de eso, el blanco debe ser la cabaña de la comandancia.

El israelí saludó y se alejó.

Ben Ezra se dirigió al capitán yemení.

—He elegido a sus soldados para dirigir el asalto. A la primera detonación de las bombas deben apoderarse de tantos hombres junto a las ametralladoras como sea posible. Después, sin esperar los resultados, deberá usted seguirme por la puerta y desplegar sus hombres alrededor de las cabañas de los soldados mientras nosotros buscamos a los cautivos.

El capitán saludó.

—Agradecemos el honor que nos ha otorgado usted. Cumpliremos con nuestro deber hasta la muerte.

Ben Ezra devolvió el saludo.

—Gracias, capitán.

Se volvió y miró los muros del campamento. Brillaban fantasmagóricamente blancos bajo la pálida luna. Se volvió. Los hombres se diseminaban ya, tomaban posiciones, se preparaban para el ataque. Lentamente, se dirigió hacia Baydr y Carriage y se puso en cuclillas junto a ellos.

—¿Cómo andan las cosas? —preguntó Baydr.

Ben Ezra miró a su hijo. «Qué raro —pensó—. Podríamos haber sido tanto el uno para el otro. Y, sin embargo, los caminos del Señor sobrepasaban el entendimiento humano. Después de tantos años, estaban juntos de nuevo, superando sus diferencias religiosas, luchando juntos frente a un enemigo común…»

El viejo parecía sumido en sus pensamientos.

—¿Cómo andan las cosas? —repitió Baydr.

Los ojos de Ben Ezra se aclararon. Movió con lentitud la cabeza.

—La cosa marcha —dijo—. A partir de este momento estamos en las manos de Dios.

—¿A qué hora atacamos?

—A las dos… —Su voz se volvió grave—. Y no quiero que usted nos estorbe. No es usted soldado y yo no quiero que le maten. Debe esperar aquí hasta que yo le llame.

—Es mi familia la que está allí —dijo Baydr.

—No les hará usted ningún bien si le matan.

Baydr se apoyó contra el tronco del árbol. El general era un viejo muy notable. En dos noches de larga y ardua marcha por el peor terreno que Baydr había visto, el general se había movido con tanta agilidad y rapidez como cualquiera de ellos. Ni una sola vez Baydr le había visto cansado. ¿Cómo le llamaban los israelíes? ¿El León del Desierto? Era un nombre merecido.

 

Ben Ezra se volvió hacia el cabo israelí.

—Quince minutos para la hora cero. Haga correr la voz.

El soldado salió corriendo inmediatamente. El general parecía preocupado.

—Hamid y Jabir no han regresado.

Baydr se puso de pie. Miró hacia el campo. Todo estaba tranquilo.

Se oyeron crujir unos árboles vecinos. Un momento después aparecieron Hamid y Jabir.

—¿Por qué han tardado tanto? —preguntó el general, enojado.

—Tuvimos que esquivar a los guardias —dijo Hamid—. Merodean por el lugar como moscas. Creo que mi cálculo ha sido bajo. Tal vez haya ahí ciento cincuenta hombres.

—Eso no cambia nada —dijo Ben Ezra—. Usted se quedará cerca de mí cuando entremos. En cuanto comiencen los disparos, los israelíes nos ayudarán a liberar a los rehenes.

—Sí, general. —Hamid miró alrededor. Baydr no podía escucharlo—. He visto a la hija. Estaba en la cabaña de la comandancia. Había dos hombres con ella. Uno de ellos era Alí Yasfir. No conozco al otro.

Ben Ezra hizo una mueca. Le gustara o no, la muchacha era su nieta.

—Haga correr la voz de que, si es posible, no hieran a la chica —dijo.

—Sí, general. —Hamid echó a correr y desapareció entre los árboles.

Diez minutos para la hora cero. Ben Ezra buscó bajo su chilaba y desabrochó el cinturón con la espada. Con rapidez, volvió a ajustarlo sobre sus flotantes ropas. Del otro lado de la cintura extrajo de la vaina una cimitarra. El acero graciosamente curvado brilló a la luz de la luna. Ben Ezra se sintió joven una vez más. La espada, sin la cual jamás entraba en batalla, estaba a su lado. Todo andaba bien en el mundo.

 

Leila tomó una nueva botella de Coca-Cola y la llevó a la mesa.

—¿Cuándo regresas? —preguntó a Alí Yasfir.

—Por la mañana.

—Me gustaría irme contigo. Me estoy volviendo loca aquí. No hay nada que hacer.

—¿Eres la única muchacha en medio de cien hombres y te aburres?

—Ya sabes lo que quiero decir —contestó ella, enojada.

—Pronto terminará todo. Entonces podrás volver a Beirut.

—¿Qué les pasará a ellos cuando todo haya terminado?

Yasfir se alzó de hombros.

—¿Tenemos que hacerlo? ¿Aunque mi padre acceda a todo lo que hemos pedido?

—Son demasiados. Pueden llegar a identificarnos.

—Pero los chicos: ¿también tendrán que morir?

—¿Qué te pasa? Creí que los odiabas. Te han robado tu herencia.

—Los niños, no. Jordana y mi padre, estoy de acuerdo. Pero no los niños.

—Los niños también pueden identificarnos.

Leila guardó silencio un momento, después se puso de pie.

—Voy a tomar un poco el aire —dijo.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Yasfir se volvió hacia Ramadán.

—Si no regreso a tiempo, cumple las órdenes.

—Sí —contestó Ramadán.

—Ella debe ser la primera —dijo Yasfir—. Ella, más que nadie, nos puede hacer ahorcar. Sabe demasiadas cosas de nosotros.

El aire nocturno era fresco, y le hizo bien a Leila sentirlo en la cara. Caminó lentamente en dirección a su cabaña. Habían pasado muchas cosas que no había calculado. No había aquí nada del brillo y la excitación que había soñado. En general, no había más que aburrimiento. Aburrimiento, y días y noches vacíos.

Y tampoco existía el sentimiento de participar en la causa de la libertad. Hacía tiempo que había cesado de buscar un vínculo entre lo que pasaba aquí y la lucha para liberar a los palestinos. Todos los soldados eran mercenarios. Y muy bien pagados por cierto. A ninguno parecía importarle la causa. Solo les interesaba el sueldo mensual. No se parecía en nada a lo que habían hablado los muchachos y las chicas en el colegio. Aquí la libertad era una palabra más.

Recordó que Hamid había procurado explicárselo una vez. Pero entonces se había negado a entender. Parecía que había ocurrido hacía mucho tiempo, pero solo habían pasado seis meses. ¿Por qué se había sentido tan joven entonces y se sentía tan vieja ahora?

Hizo una pausa a la entrada de la cabaña y miró hacia el campo. Estaba tranquilo. Algo la inquietó, pero no supo qué. Sus ojos percibieron un relámpago de movimiento en la pared. Uno de los centinelas se había erguido para desperezarse. Contra la pálida luz de la luna pudo ver sus manos, tendidas hacia el cielo. Después, bruscamente, cayó hacia delante en el campo. Un momento después se oyó el ruido de un disparo. Se quedó helada de sorpresa, y en ese momento los cielos parecieron abrirse para dejar caer los fuegos del infierno.

La idea se presentó enloquecida en su mente, mientras huía. Ahora sabía lo que la había inquietado. La tranquilidad. Había estado todo demasiado tranquilo.