El pirata
Capítulo 9
nueve
Maryam Riad, como la mayoría de las muchachas libanesas, era bajita, no más de un metro cincuenta y tantos, con grandes ojos oscuros. Llevaba el pelo negro recogido en lo alto de la cabeza, según la última moda de París, para aparentar ser más alta. Su piel era pálida y aceitunada, y tenía tendencia a engordar, que combatía a fuerza de dietas, ante la desesperación de sus padres, que preferían las redondeces de las mujeres árabes. Hablaba el francés correctamente y el inglés con cierta comodidad, odiaba ir al American Girls College, y tenía por costumbre hacer saber a sus padres que deberían haberla mandado a escuelas suizas o francesas, como las hijas de otras familias pudientes.
Ante esta queja, su padre tenía una sola respuesta: las muchachas no necesitaban educación, porque, después de casarse, lo único que tenían que hacer era dirigir una casa y criar hijos. Amargamente, Maryam había visto cómo sus hermanos iban a cursar estudios, mientras ella se quedaba en casa sin que ni siquiera le permitieran la libertad de que disfrutaban muchas de sus amigas estudiantes. Ella tenía que volver a casa inmediatamente después de las clases, no se le permitía salir con chicos, y cuando iba de paseo lo hacía acompañada y bajo circunstancias aprobadas por su padre.
Yendo en la limusina con sus padres, camino de la casa de Baydr, el padre la miró con satisfacción.
—Bueno, hija mía —dijo a su manera grave—, tal vez ahora entiendas por qué tus padres te hemos cuidado de la manera que lo hemos hecho. Tal vez ahora nos aprecies un poco más.
Ella se apartó de la ventanilla.
—Sí, padre —dijo, obediente.
—¿Crees que habrías sido elegida para este matrimonio por el mismo príncipe, si hubieras ido a escuelas extranjeras? —preguntó—. No —prosiguió, contestando a su propia pregunta—. Lo que él quería era una verdadera mujer árabe, no una manchada por influencias extranjeras.
Ella miró a su madre, que guardaba silencio. Su madre nunca hablaba cuando su padre estaba cerca.
—Sí, padre —repitió.
—Ahora quiero que recuerdes tus modales —dijo su padre—. Sobre todo, debes ser respetuosa y decorosa. No quiero ver ninguna de las frivolidades que has aprendido con tus amigas en el colegio.
—Sí, padre —dijo ella cansadamente, por tercera vez.
—Este matrimonio será el más importante del país —dijo su padre—. Todos saben que tu primer hijo será heredero del príncipe.
Ella miró a su padre por el rabillo del ojo.
—¿Y si solo tengo hijas?
Su padre se quedó perplejo.
—¡Tendrás hijos! —gritó, como si, al decirlo, la cosa se cumpliera—. ¿Me oyes? ¡Tendrás hijos!
—Si es la voluntad de Alá —dijo ella con una secreta sonrisa.
—Que se haga Su voluntad —dijo la madre automáticamente.
—Es la voluntad de Alá —dijo el padre con convicción—. ¿Por qué, si no, habría arreglado este matrimonio?
Maryam quedó muy impresionada con lo que vio cuando el coche atravesó la verja de la gran propiedad. Ella conocía la riqueza, pero nunca había visto nada como aquello. Comparado con Samir, su padre, que era uno de los hombres más ricos de Beirut, solo vivía cómodamente. Aquí había innumerables criados y guardias. Era otro mundo.
En honor a la ocasión, la familia llevaba ropas tradicionales, pero en las maletas estaban los últimos vestidos de París, que iban a ponerse para la gran cena de la noche.
—Ajústate el velo —dijo la madre, cuando el coche se detuvo y un criado avanzó para abrir la puerta.
Rápidamente Maryam se cubrió la cara, de modo que solo pudieron verse sus ojos. Miró hacia la escalinata y vio al doctor Al Fay que descendía hacia ellos. Detrás de él estaba Baydr. A Maryam se le cortó el aliento. Ellos también llevaban ropas tradicionales, pero había algo en la apariencia de su prometido que hablaba de una herencia del desierto. Solo un verdadero jeque podía tener ese aspecto.
El padre bajó del coche. Samir avanzó hacia él, con los brazos tendidos:
—Ahlan, Ahlan…
—Ahlan bikum —los dos hombres se abrazaron y se besaron en las mejillas.
Samir se volvió y presentó a su hijo. Baydr hizo el gesto de obediencia y respeto, dando la bienvenida a su futuro suegro. Después tendió la mano, a la manera occidental.
Se estrecharon las manos y volvieron al coche. La señora Riad salió del coche y fue saludada por Samir. Un momento después descendió Maryam. Su padre le tendió la mano y la llevó hacia el doctor.
—¿Recuerdas al doctor Al Fay?
Ella miró un momento, después bajó los ojos, como era conveniente, asintió e hizo el gesto de obediencia.
Samir la tomó de la mano.
—Bienvenida, hija mía —dijo—. Que nuestra casa sea para siempre tu casa.
—Gracias —murmuró ella—. Que sea esa la voluntad de Alá.
Samir hizo un gesto y Baydr se adelantó. Decorosamente, Maryam mantuvo los ojos bajos, de manera que todo lo que vio fue la punta de los zapatos de él bajo la flotante fallaba.
—Maryam —dijo el doctor Al Fay—, permite que te presente a mi hijo Baydr, tu futuro esposo.
Maryam hizo el gesto de obediencia antes de mirar, después levantó la cabeza. Por un momento quedó sorprendida. Nadie le había dicho que él tenía los ojos azules. Después su corazón empezó a latir y sintió que el rubor trepaba bajo su velo. ¡Había tantas cosas que no le habían dicho acerca de Baydr! ¡Que era tan alto! ¡Y tan hermoso! Bajó los ojos y apenas pudo oír las palabras de bienvenida que le decía, porque el latido de su corazón golpeaba en sus oídos. Por primera vez en la vida sintió verdadero agradecimiento hacia sus padres por no haberla mandado a estudiar al extranjero. Estaba desesperadamente enamorada.
La cena fue muy formal. Samir había traído al chef francés de su casa de Beirut para que la preparara. En lugar del acostumbrado mezzeh libanés, los hors d’oeuvre eran paté de foie y caviar iraní de grano grueso. En lugar del acostumbrado mulukhieh, conejo y arroz, los platos principales eran coq au vin y gigot, pero el postre era típico: baklava en más de veinte variedades distintas.
Con la comida se sirvió champán…, única excepción a la regla musulmana. Las mujeres con sus largos vestidos de París y los hombres con smoking conversaron relajada y cortésmente, mientras las dos familias se conocían.
Cuando la cena terminaba, Riad se puso de pie.
—Si se me permite —dijo con mucha prosopopeya—, quisiera proponer un brindis por nuestro amable anfitrión, mi querido doctor Al Fay. ¡Qué Alá haga llover bendiciones sobre él y su familia!
Levantó el vaso y tomó un trago de champán.
—Y otro brindis —dijo rápidamente, sin soltar el vaso. Sonrió a Baydr—. Por mi futuro yerno, a quien ya considero mi hijo, y por mi hija. Que Alá bendiga su unión con muchos hijos.
Maryam sintió que se ruborizaba al oír las risas. No se atrevió a mirar a Baydr. El padre volvió a hablar.
—Y aunque la cuestión de la dote nunca haya surgido entre nuestras familias, no quiero perder esa antigua y honorable costumbre. Porque: ¿de qué otro modo puede un hombre mostrar su cariño hacia su hija y su aprecio hacia su futuro yerno?
Samir se levantó, protestando.
—No, Mohammed, el regalo que nos hace al entregarnos a su hija es ya suficiente riqueza.
—Mi querido doctor —dijo el banquero sonriendo, dominándolo—. No irá usted a negarme este simple placer…
—Claro que no —dijo Samir, volviendo a sentarse.
—Hijo mío —dijo Riad, volviéndose hacia Baydr—; el día de la boda se abrirá una cuenta a tu nombre en mi Banco de Beirut, por la cantidad de un millón de libras libanesas. Es tuya para que hagas lo que te plazca.
Baydr, antes de levantarse para darle las gracias a su suegro, lanzó una mirada a Maryam, que estaba al otro lado de la mesa. La cara de ella estaba roja, y no levantó la vista de la mesa. Él se volvió hacia el banquero:
—Honorable padre —dijo lentamente—, que Alá sea testigo de su bondad y generosidad. Solo pido una cosa, y es que me sirva usted de guía, para usar sabiamente ese gran don.
—La tendrás —dijo Mohammed rápidamente. Estaba contento. Las cosas marchaban como había planeado. Estaba seguro de que aquella cuenta era solo el comienzo de los negocios que su Banco iba a hacer con la familia Al Fay.
Samir se puso de pie. La cena había terminado. Miró a Baydr.
—Sé amable y ve a mostrar los jardines a tu prometida —dijo—, mientras nosotros pasamos a la biblioteca para descansar.
Baydr asintió, dio la vuelta a la mesa, y sostuvo la silla de Maryam cuando ella se levantó. Le sonrió:
—Parece que quieren librarse de nosotros.
Ella asintió. Él la tomó del brazo y se dirigió a los jardines.
Cuando cruzaban las puertas, la señora Riad se volvió hacia Nabila:
—¿Verdad que hacen una preciosa pareja? —preguntó.
Llegaron al estanque en el extremo del jardín sin que ninguno dijera una palabra. Después, ambos quisieron hablar a la vez.
Maryam se detuvo.
—Perdón.
—Es culpa mía —dijo Baydr, rápido—. ¿Qué querías decirme?
—Nada importante —dijo Maryam—. ¿Qué querías decirme tú?
Ambos rieron, los dos un poco intimidados el uno por el otro. Él la miró.
—Estaba pensando en lo que debes sentir. Quiero decir, respecto a nuestro matrimonio.
Maryam bajó los ojos. No contestó.
—No tienes que contestarme —dijo él con presteza—. No ha estado bien. No tienes mucha elección, ¿verdad?
—¿Y tú?
Ahora le tocó a él no contestar. Revolvió en el bolsillo del smoking y sacó un paquete de cigarrillos. Se lo tendió.
—¿Fumas?
Maryam negó con la cabeza.
Baydr encendió un cigarrillo y aspiró profundamente. Dejó salir lentamente el humo.
—Es un poco antiguo, ¿verdad?
—Sí.
—En Estados Unidos casi había olvidado cómo hacemos aquí las cosas.
—Yo siempre quise ir al extranjero —dijo Maryam—. Pero mi padre no lo permitió. ¿Te agrada vivir en el extranjero?
—Sí —contestó Baydr—. La gente allí es más sencilla. Casi todo el tiempo se sabe exactamente lo que están pensando.
Maryam vaciló.
—¿Tenías alguna muchacha allí?
—Ninguna en especial. Pero salía mucho con chicas. ¿Y tú?
—Mi padre es muy estricto. No me ha permitido salir mucho. Siempre había discusiones cuando yo quería ir a estudiar al exterior.
Volvieron a quedar en silencio. Baydr contempló la brillante punta de su cigarrillo. Esta vez fue Maryam quien habló primero.
—Tienes los ojos azules.
—Sí —dijo él—. Mi padre dice que proviene de una época tan antigua como las guerras sagradas. Desde entonces los ojos azules aparecen en la familia de vez en cuando.
Maryam se volvió y miró hacia el mar. Habló en voz muy baja:
—Debo ser una gran desilusión para ti, después de todas las muchachas occidentales que has conocido.
—No es verdad —dijo él con rapidez—. Nunca tomé a ninguna en serio. Tienen la cabeza vacía. No son como nosotros.
—De todos modos, son muy bonitas. Son altas.
—Maryam —dijo él.
Maryam se volvió.
—Tú también eres muy hermosa.
—¿De verdad? —preguntó—. ¿Lo crees de veras?
—Creo que sí. —Tomó su mano—. ¿Todavía tienes ganas de ir al extranjero?
—Sí.
Baydr sonrió.
—Entonces iremos a Europa a pasar la luna de miel.
Y eso fue lo que hicieron. Casados a finales de julio, pasaron el mes de agosto viajando por el continente. Cuando en septiembre Baydr llevó a Maryam a Beirut y la dejó para seguir estudiando en Estados Unidos, ella ya estaba embarazada. diez