El pirata
Capítulo 14
catorce
—Mamá, ¿cuándo vendrá papá a buscarnos?
Jordana miró la carita de Samir que asomaba de la manta que lo arropaba hasta el mentón. Miró a Mohammed en el otro camastro. Ya estaba dormido, con los ojos apretadamente cerrados, la cara contra la almohada. Se volvió hacia Samir.
—Pronto, tesoro, pronto —murmuró para tranquilizarlo.
—Quisiera que viniera mañana —dijo Samir—. No me gusta estar aquí. La gente no es simpática.
—Papá vendrá pronto. Cierra los ojos y duerme.
—Buenas noches, mamá.
Jordana se inclinó y lo besó en la frente.
—Buenas noches, querido. —Se incorporó y se dirigió al otro cuarto de la pequeña cabaña de dos habitaciones que ocupaban. Una lamparita a petróleo ardía en el centro de la mesita donde comían. Las otras mujeres estaban sentadas alrededor de la mesa, mirando la lámpara. Incluso la conversación se había secado. Después de dos semanas ya no les quedaba de qué hablar y, además, no tenían mucho en común.
—Los chicos duermen —dijo, para oír el sonido de una voz.
—Que Dios los bendiga, pobrecitos —contestó Anne, la nanny. Las otras ni siquiera levantaron la cabeza.
—¡Dios mío! —exclamó Jordana—. ¡Cómo estamos! ¡Nunca ha habido un grupo de mujeres tan harapientas como nosotras!
Esta vez las otras alzaron la vista.
—Tenemos que decidirnos —dijo Jordana con vigor—. Mañana tenemos que hacer algo por nosotras. Seguramente debe haber un poco de hilo y una aguja en este maldito campo.
—Si los hay —dijo Margaret, la azafata—, probablemente no nos lo darán. Tenemos toda la ropa necesaria en el avión, pero no mandarán a nadie a buscarla.
—Debemos insistir.
—No servirá de nada —dijo Margaret. Miró a Jordana—. No entiendo por qué el señor Al Fay no paga el rescate y nos saca de aquí.
Jordana la miró.
—¿Cómo sabe que no lo ha hecho? Tal vez nos retienen para obtener más.
—Para mí esto no tiene sentido —dijo Margaret. Se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar—. Esto es terrible. Solo nos dejan salir para ir al cuarto de baño, y aún entonces los guardias se quedan vigilando, con la puerta abierta. No nos dejan hablar con los hombres. Ni siquiera sabemos cómo están. Pueden haberles matado sin que lo sepamos.
—Están bien —dijo Jordana—. Vi a un hombre que les llevaba una bandeja con comida el otro día.
Bruscamente, la azafata dejó de llorar.
—Perdón, señora Al Fay. No quise molestarla. Sencillamente, creo que ya no aguanto más. Eso es todo.
Jordana asintió, comprensiva.
—Creo que ninguna de nosotras aguanta más. Lo infernal es no saber qué está pasando. Lo saben, y por eso nos vigilan de la manera que lo hacen.
Se acercó a la ventana con tablones claveteados y espió por una rendija entre los tablones. No pudo ver nada, era de noche y estaba oscuro. Volvió a la mesa y se sentó en la silla que quedaba libre. Un momento después, ella también miraba con fijeza el brillo de la lámpara.
Perdió toda noción del tiempo. Ya no sabía si había pasado media hora o dos horas cuando la puerta de la cabaña se abrió bruscamente. Jordana, al igual que las otras, miraron con sorpresa a los soldados que estaban en la puerta.
Uno de los soldados la señaló.
—Usted —dijo con voz ruda, en árabe—. Venga con nosotros.
—¿Yo? —preguntó, abrumada. Era la primera vez que sucedía aquello. Incluso las grabaciones diarias se hacían en la cabaña. Le entregaban un recorte del Herald Tribune que llevaba un titular, la fecha y nada más. Ella lo leía ante el micrófono, y después añadía algunas palabras sobre sí misma y los niños. Luego, se llevaban el micrófono y la grabadora. Solo adivinaba que las grabaciones se utilizaban para asegurar a Baydr que todos estaban vivos y con buena salud.
—Sí, usted —repitió el hombre.
Las otras miraron, alarmadas.
—No se preocupen —dijo ella rápidamente—. Tal vez podamos saber algo más. Volveré pronto y las informaré.
Se levantó de la silla y se dirigió a la puerta. Los soldados se pusieron a su lado y la acompañaron en silencio hasta la cabaña de la comandancia. Abrieron la puerta para hacerla pasar, la cerraron luego, y se quedaron fuera.
Permaneció allí parpadeando, con los ojos desacostumbrados al brillo de la luz. Aquí no había lamparitas de petróleo. En alguna parte, detrás del edificio zumbaba un generador. Electricidad. En el fondo, una radio transmitía música árabe.
Leila y Ramadán estaban sentados ante una mesa, con un tercer hombre que Jordana no reconoció hasta que se levantó a saludarla.
—Madame Al Fay —dijo, inclinándose.
Le miró, atónita.
—¡Señor Yasfir!
Yasfir sonrió.
—Veo que recuerda usted mi nombre. Me siento muy honrado.
No contestó.
—Espero que estén ustedes cómodos —dijo con suavidad—. Lamento no poder corresponder al lujo de su hospitalidad, pero hacemos todo lo que podemos.
—Señor Yasfir —dijo Jordana con frialdad—. ¡Basta de mentiras y vayamos al asunto!
Los ojos de Yasfir se endurecieron.
—Casi había olvidado que es usted norteamericana. —Se echó hacia atrás y recogió una hoja de papel de escritorio—. Deberá usted leer esta declaración ante una grabadora.
—¿Y si me niego?
—Sería muy lamentable. ¿Sabe? El mensaje que deberá leer ante el micrófono es nuestro último esfuerzo para salvar su vida y la de sus hijos.
Apartó los ojos de Yasfir y miró a Leila. La cara de Leila era inexpresiva. Había una botella de Coca-Cola sobre la mesa, vacía a medias. Se volvió hacia Yasfir.
—Lo haré.
—Venga. —La condujo hasta un rincón del cuarto, donde habían colocado la grabadora, en una mesa entre dos sillas. Tomó el micrófono y se lo tendió—. Hable lenta y claramente —dijo—. Es importante que se entienda cada palabra de esta grabación… —apretó el botón del contacto—. Empiece.
Jordana miró el papel y empezó a leer fuerte.
Baydr: Leo este mensaje porque es un aviso final y quieren que yo lo sepa, al igual que tú. Acaban de enterarse de que todos los embarques realizados bajo el acuerdo que tenían contigo han sido confiscados en los Estados Unidos. Saben que tú eres responsable de esas pérdidas, por lo que deberás añadir ahora diez millones de dólares USA adicionales el lunes siguiente al recibo de esta grabación, y no más tarde, en la cuenta que ya conoces. Si no lo haces, o si vuelven a confiscar algún embarque, esto será considerado como una ruptura del acuerdo y dará como resultado la aplicación inmediata de la última pena. Solo tú puedes impedir que tu familia sea ejecutada… —Jordana hizo una pausa y miró a Yasfir, horrorizada.
Él indicó con un gesto que siguiera leyendo.
También se ha sabido que has recurrido a tu príncipe y a otras fuentes árabes pidiendo ayuda. Confiamos en que ahora estés convencido de que el mundo árabe está con nosotros. Y te aconsejan que no pierdas más tiempo buscando una ayuda que no encontrarás.
Yasfir le arrebató el micrófono de la mano y habló él.
—Este es nuestro mensaje final. No habrá más avisos, Solo acción.
Apretó el botón para detener el mecanismo.
—No puede decir usted eso en serio —dijo Jordana.
Yasfir sonrió.
—Claro que no —replicó—. Pero su marido es un hombre muy difícil, como usted sabe. Debe quedar convencido de nuestra amenaza. —Se puso de pie—. Estará usted exhausta —dijo—. ¿Me permite que le ofrezca un trago?
Jordana se sentó pesadamente, sin contestar. De pronto, todo resultaba excesivo para ella, no podía entender nada. Era algo más que un secuestro: había implicaciones políticas que no se le habían ocurrido antes. Le parecía que no había forma humana de que Baydr pudiera responder a todas las exigencias que le planteaban.
Iba a morir. Ahora lo sabía. Lo raro era que no la importaba. Aunque viviera, ya no le quedaba nada en la vida. Ella misma había destruido cualquier posibilidad que le hubiera podido quedar de recobrar el amor de Baydr.
Después, un estremecimiento helado la traspasó. Los niños. Ellos no habían hecho nada para merecer esta suerte. Ellos no debían pagar por los pecados de sus padres.
Se puso de pie.
—Me parece que acepto ese trago —dijo—. ¿Tiene vino, por casualidad?
—Sí. —Se volvió—. Leila, trae la botella de vino.
Leila lo miró fijamente y después, con lentitud, se puso de pie. De mala gana, pasó al otro cuarto y volvió con el vino. Lo colocó sobre la mesa y se dirigió otra vez a su sitio.
—Dos vasos, Leila —dijo Yasfir.
Leila se acercó a un armario y volvió con dos vasos corrientes. Los colocó junto a la botella de vino y se sentó.
—No tenemos sacacorchos —dijo.
—No importa —dijo Yasfir. Tomó la botella y se dirigió hacia un lavabo en un rincón del cuarto. Dio un golpe seco con el cuello encorchado de la botella contra la porcelana. La botella se rompió limpiamente. Lo había hecho tan expertamente que solo se perdieron algunas gotas de vino. Volvió, sonriendo, y llenó los dos vasos. Los tomó, se volvió hacia Jordana, y le tendió uno.
Jordana miró, fascinada, el rojo vino en el vaso. No se movió. El color le recordaba la sangre. Su sangre. La sangre de sus hijos.
—Tome —dijo él, con rudeza.
La voz rompió la parálisis que se había apoderado de ella.
—¡No! —exclamó bruscamente, golpeando el vaso con la mano—. ¡No!
El vaso chocó contra el pecho de él, manchando su traje y su camisa con vino rojo. Yasfir miró sus ropas, después la miró a ella, y una violenta cólera saltó a sus ojos.
—¡Puta! —exclamó, abofeteándola.
Jordana cayó al suelo. Era raro que no sintiera dolor, solo pesadez. El cuarto parecía girar a su alrededor. Después vio la cara de Yasfir que se inclinaba sobre ella, y vio su mano. Cerró los ojos mientras el dolor estallaba en su cara, primero en una mejilla, después en la otra. En la distancia le pareció oír el ruido de las carcajadas de Leila.
Después, las explosiones terminaron, y sintió que unas manos desgarraban sus ropas. Oyó el rasgarse de la tela cuando él tiró de su vestido. Abrió los ojos. Súbitamente, el cuarto se había llenado de soldados.
Yasfir estaba ante ella, con la cara roja por el esfuerzo; junto a él estaba Leila, con una extraña alegría en los ojos. Lentamente, volvió la cabeza. Los dos soldados que la habían traído la miraban y, junto a ellos, estaban los dos guardias que custodiaban la cabaña y, detrás, otros soldados que nunca había visto. Pero todas las caras parecían ser la misma, todas tenían la misma expresión sensual y feroz. Solo Ramadán no se había movido. Seguía en su silla, con una expresión de desdén en el rostro.
Súbitamente, fue consciente de su desnudez. Movió las manos, procurando cubrirse de los ojos que la devoraban.
Leila rio de nuevo.
—La ramera oculta lo que una vez tuvo tanto orgullo en mostrar. —Se dejó caer sobre una rodilla; agarró las muñecas de Jordana, apartó los brazos del cuerpo, la tendió en el suelo, con los brazos abiertos. Miró a los soldados—. ¿Quién quiere ser el primero en aprovecharse de la puta de mi padre?
—¡La esposa de tu padre! —chilló Jordana, luchando para soltarse de las manos de Leila—. ¡Estamos casados de acuerdo al Corán, ante los ojos de Alá!
Hubo un súbito silencio en el cuarto. Un cambio sutil se había producido en los soldados. Torpemente, incómodos, se miraron entre sí; después, lentamente, se dirigieron a la puerta.
—¡No seáis cobardes! —gritó Leila tras ellos—. ¿Tenéis acaso miedo de probar vuestra virilidad con esta puta?
Los soldados no se volvieron a mirar. Uno tras otro salieron de la cabaña. Solo quedó Yasfir, mirándolas. Después también se volvió, regresó ante la mesa y se sentó. Se llevó el vaso de vino a los labios, con dedos temblorosos, y lo vació de un solo trago.
De pronto, Leila le soltó las muñecas y se puso de pie. Miró a los dos hombres sentados ante la mesa, después se dirigió a un rincón del cuarto. Se dejó caer en la silla junto a la grabadora y se quedó allí en silencio, sin mirarlos.
Por primera vez Ramadán se movió. Se inclinó ante Jordana y pasó el brazo bajo sus hombros para sostenerla. Con suavidad, la ayudó a ponerse de pie.
En vano procuraba cubrirse con su vestido desgarrado. La condujo hacia la puerta, tomó una chaqueta de soldado que colgaba de la pared, y se la echó por encima. Abrió la puerta y llamó a los soldados que estaban fuera.
—Acompañen a Madame Al Fay de vuelta a su cabaña.
—Gracias —murmuró Jordana.
Ramadán no contestó.
—¿No hay esperanza para nosotros? —preguntó ella.
Aunque él no respondió, un sutil cambio en la expresión de sus ojos le dio la respuesta.
Lo miró a la cara.
—No me importa lo que hagan conmigo. Pero me importan mis hijos. Por favor, no los deje morir.
—No soy más que un soldado que debe obedecer las órdenes que recibe —dijo él, con simpatía—. Pero haré lo que pueda.
Jordana lo miró a los ojos, después asintió y se dio la vuelta. Estaba débil y se tambaleaba ligeramente. Uno de los soldados la agarró del codo para sostenerla. Curiosamente, sintió que recobraba la fuerza mientras andaba hacia la cabaña.
Había alguna esperanza. Tal vez no mucha, pero sí alguna.