El pirata

Harold Robbins · Capítulo 37 de 50

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El pirata

Capítulo 4

cuatro

 

Pese al frío de noviembre y a la lluvia que cubría París como una sombría vestimenta gris, Yusef se sentía bien al caminar por la Avenue George V, girando más allá de Fouquet hacia sus oficinas en los Champs-Elysées. Entró en el estrecho ascensor francés, cerró la puerta y apretó el botón del último piso. Lentamente la jaula de hierro empezó a subir hacia el techo.

Se sonrió a sí mismo, pensando en su nuevo amiguito, un chico griego, esbelto y joven, con oscuros rizos negros enmarcando su rostro y unos enormes ojos oscuros. El muchacho estaba enamorado de él. Estaba seguro de ello. Tenía que ser real. Cuando le ofreció dinero, el muchacho pareció dolido y sus ojos se llenaron de lágrimas. Él se disculpó rápidamente y borró sus lágrimas a besos. El muchacho sonrió radiante cuando le prometió verle la noche siguiente.

El ascensor crujió al detenerse en el piso. Salió cerrando la puerta cuidadosamente tras de sí, para que pudieran llamarlo de otras plantas. En verdadero estilo francés, la puerta de la oficina era de madera, con el nombre de la compañía grabado en letras negras en un gran panel de vidrio opaco. MEDIA (Francia), S. A.

La secretaria, que también servía de recepcionista, miró cuando entraba y sonrió.

—Bonjour, Monsieur Ziad.

—Bonjour, Marguerite —contestó él, dirigiéndose a su despacho. Cerró la puerta tras él, se quitó el impermeable, y se acercó a la ventana. Pese a la lluvia, los Champs-Elysées estaban repletos. Los turistas compraban ya las entradas para la función de la noche en el Lido, al otro lado del bulevar, y las tiendas estaban llenas de clientes.

La puerta se abrió y, sin volverse, Ziad tendió su impermeable.

—¿Algo nuevo? —preguntó cuando la mujer recogió el impermeable.

—Había un télex de Ginebra en la máquina esta mañana cuando llegué —contestó ella.

—¿Dónde está?

—En su escritorio. Lo puse encima de los otros papeles.

Abrió la carpeta, tomó la hoja del télex y leyó rápidamente:

ZIADMED. CANCELE PROYECTO FILM Y ARREGLE INMEDIATAMENTE CONTRATO

VINCENT STOP. REHÚSE NUEVOS EMBARQUES MUÑECAS ÁRABES HASTA NUEVAS

NOTICIAS. TENEMOS LA COMPAÑÍA BAJO INVESTIGACIÓN STOP. INFORME TÉRMINOS

ACUERDO CON VINCENT LO ANTES POSIBLE STOP. SALUDOS ALFAYMED.

Sintió un pinchazo de dolor en los intestinos. Se dejó caer en el sillón, la frente llena de sudor. Los pensamientos corrían por su cerebro. Algo había ido mal. De algún modo había sido descubierto. Sintió una náusea en el fondo de la garganta, y apenas tuvo tiempo de llegar al cuarto de baño.

Después de vomitar se sintió mejor. Se sirvió un vaso de agua de la botella que tenía sobre el escritorio, y bebió lentamente mientras releía el télex. Su estómago empezó a calmarse. Tal vez no fuera lo que había pensado. Era su propia culpa y miedo los que lo habían descompuesto. Baydr podía tener miles de razones comerciales para tomar decisiones, en lugar de las razones que él temía.

Tenía que conservar la calma para poder pensar y determinar los verdaderos motivos del comportamiento de Baydr. Entonces sabría lo que debía hacer. Encendió un cigarrillo y puso el télex boca abajo sobre el escritorio. Debía ejecutar de inmediato las órdenes recibidas. Tomó el teléfono.

—Localice a Michael Vincent —dijo a la secretaria.

—Oui, Monsieur Ziad —contestó Marguerite—. ¿Desea hablar con él?

—Todavía no —replicó—. Primero quiero hablar con Monsieur Yasfir. Tendrá que localizarlo también.

Dejó el teléfono y procuró ordenar sus pensamientos. Había recibido ya cuatrocientos mil dólares para la cuenta de Vincent; pero solo le había desembolsado la mitad de la suma. Se preguntó si podría llegar a algún acuerdo para cerrar el trato en esa cifra. Convenía que quedaran libres con lo que ya se había pagado. Y Baydr quedaría impresionado. Empezó a sentirse mejor. Tal vez las cosas no estuvieran tan mal como había creído.

Sonó el teléfono del escritorio. Era su secretaria.

—Monsieur Yasfir está al teléfono.

—¿De dónde habla?

—De Ginebra.

Apretó el botón y habló en árabe, de modo que, si alguien escuchaba, no pudiera entender.

—He recibido instrucciones de detener los embarques de Muñecas Árabes. ¿Tiene usted alguna idea de por qué ha sucedido esto?

La voz de Yasfir fue tranquila.

—No. ¿Le han dado algún motivo?

—La verdad, no. Lo único que dicen es que están investigando la compañía.

Yasfir guardó silencio.

—Tendré que cablegrafiar a Beirut —dijo Yusef.

—No —la voz de Yasfir era helada—. Tenemos embarques planeados dos veces por semana hasta Navidad. Es la temporada más importante del año para nosotros.

—No puedo evitarlo —explicó Yusef—. Si no hago lo que me ordenan, puedo perder mi empleo.

—Entonces está usted en un dilema, amigo. Si esos embarques no se hacen, mis socios perderán más de veinte millones de dólares. Y es algo que no va a gustarles.

—No puedo evitarlo —repitió Yusef—. Tampoco me gusta perder mi comisión. Pero tengo que conservar el empleo.

—Ese no es el asunto —dijo Yasfir—. La cuestión es quedar sin empleo y vivo…, o conservar el empleo…, muerto.

Bruscamente se cortó la comunicación. La telefonista francesa surgió en seguida.

—Avez vous terminé, Monsieur?

Yusef miró fijamente el teléfono por un momento.

—Oui —contestó con rapidez. Nuevamente sintió dolor en los intestinos, y el sudor llenó su frente. Puso la cabeza entre sus manos. Tenía que pensar. Tenía que encontrar la manera de que Baydr cambiara de idea.

El teléfono sonó de nuevo. Lo cogió. La voz de su secretaria era muy alegre y lo enfureció. Era extraordinario comprobar cómo los franceses consideran cualquier llamada de larga distancia que se obtenía como una victoria personal.

—Monsieur Vincent acaba de salir de Londres en dirección a París —dijo—. Lo esperan en el George V a la una.

—Déjele recado de que debo verlo a la hora de almorzar, es muy importante.

Dejó el teléfono y volvió a cogerlo casi en seguida.

—Tráigame dos aspirinas —dijo—. Y comuníqueme con Monsieur Carriage en Ginebra.

Las aspirinas no sirvieron de mucho, y las líneas con Ginebra estaban ocupadas por el momento. Yusef miró su reloj. Eran más de las once. Generalmente, no bebía, pero hoy iba a hacer una excepción.

Se puso de pie y dejó la oficina.

—Vuelvo dentro de un momento —dijo a la secretaria.

Marguerite estaba intrigada.

—¿No se siente bien? —preguntó con voz preocupada.

—Estoy perfectamente —contestó. Salió al vestíbulo y se metió en el ascensor, que lentamente lo llevó a la planta baja. Salió del edificio y giró a la izquierda, hacia Fouquet.

Se encaminó al bar. El barman se acercó de inmediato.

—Monsieur Ziad, ¿qué desea usted tomar?

—¿Tiene algo para calmar un estómago nervioso?

El barman lo miró.

—Alka-Seltzer. Es muy eficaz.

—No. —Yusef fue brusco—. Algo más fuerte.

—Fernet Branca, Monsieur —dijo con rapidez el barman—. Es un remedio antiguo, pero sigue siendo el mejor.

—Lo tomaré. Que sea doble.

—¿Doble, Monsieur? —el barman lo miró extrañado.

—Sí. Y rápido… —Yusef estaba enojado. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado?

—Oui, Monsieur. —El barman se volvió y tomó una botella. Un momento después el licor marrón oscuro estaba en un vaso de forma antigua ante Yusef—. Je pense que c’est trop, Monsieur —dijo—. Va doucement.

Yusef le miró con desprecio. Los franceses siempre insistían para que uno hiciera las cosas a la manera de ellos. Tomó el vaso y lo vació de un trago. Quedó paralizado cuando el horrible licor le quemó la garganta. Después se llevó las manos a la boca, se dio media vuelta y corrió escaleras arriba hacia el cuarto de baño.

 

Michael Vincent estaba tranquilo y relajado cuando abrió la puerta a Yusef. Sonrió y tendió la mano.

—Tengo buenas noticias —dijo con calor—. He terminado el primer borrador del argumento.

Yusef lo miró sin entusiasmo.

—Tenemos algunos problemas que debemos discutir, amigo mío.

Vincent se puso de inmediato en guardia. Sabía que la palabra «problemas» en el lenguaje del cine era una palabra fatal. Pero también sabía que no debía darse por aludido.

—No existen problemas que no puedan solucionarse.

Yusef miró al norteamericano. Por primera vez desde que lo conocía el hombre estaba totalmente sobrio. Siempre era más cómodo tratar con Vincent cuando estaba medio borracho.

—Me he tomado la libertad de hacer reservar abajo una mesa para el almuerzo — dijo.

Vincent sonrió.

—Excelente idea. Estoy muerto de hambre. No he desayunado.

—¿Qué desea usted beber? —preguntó cuando se sentaron a la mesa.

Vincent agitó la cabeza.

—No conviene beber con el estómago vacío.

Yusef se volvió hacia el maître.

—Veamos entonces el menú.

—Tenemos un excelente salmón ahumado, Monsieur Ziad —sugirió el maître.

A Yusef no le importaba lo que iba a comer.

—Me parece perfecto. —Miró al norteamericano—. ¿Qué opina?

—También me parece perfecto.

Yusef maldijo mentalmente. El hombre era demasiado amable. Había que esperar a que bebiera un poco.

—Una botella de Montrachet —dijo al maître. Tal vez un buen vino ayudara a plantear la cosa.

El maître se inclinó y se fue. Por un momento los dos guardaron silencio. Vincent fue el primero en hablar.

—Ha mencionado usted problemas…

—Sí —contestó Yusef con seriedad. Miró a Vincent y decidió ir directamente al grano, por extraño que fuera esto para su verdadera naturaleza—. Esta mañana he recibido instrucciones de cancelar el proyecto.

No hubo expresión en la cara de Vincent. Después, un leve suspiro escapó de entre sus labios.

—Imaginé que podía ocurrir algo por el estilo. Todo era demasiado bonito para ser verdad.

—No parece estar muy sorprendido.

El director negó con la cabeza.

—No desde que leí en las noticias de Hollywood, hace unas semanas, que otra compañía va a filmar la vida del Profeta en Marruecos la próxima primavera.

Yusef sintió una inmediata sensación de alivio. Entonces aquel era el motivo del télex. No era porque Baydr sospechara de los arreglos que había hecho.

—Sí —dijo, con cara impasible.

—No esté tan deprimido —dijo Vincent—. Si hubiera estado en el negocio del cine tanto tiempo como yo, las habría visto peores.

—De todos modos —dijo Yusef—, nos queda un asunto ingrato que arreglar. Se me ha pedido que lleguemos a un acuerdo para cancelar su contrato.

Vincent estaba alerta.

—No hay nada que arreglar. El contrato es firme. Debo recibir un millón de dólares se haga o no se haga el film.

—No lo creo. Según tengo entendido, la mitad de esa suma había que pagarla durante la filmación. Si no iniciamos la filmación, el pago no podrá hacerse en esa forma. Además, el millón de dólares incluye doscientos mil para gastos inherentes a la producción si esta se detiene, tampoco tenemos que pagar esa suma.

—Interpreto el contrato de otra manera. Creo que puedo forzar el pago de toda la cantidad.

—¿Cómo? —preguntó secamente Yusef—. Si lee usted el contrato verá que las leyes del Gobierno del Líbano son las que rigen el acuerdo, y cualquier cuestión que surja deberá arreglarse ante los tribunales libaneses. ¿Cree que usted, un extranjero, tendrá posibilidad de ganar un juicio contra Al Fay? No sacará nada. La verdad es que ni siquiera encontrará un abogado que quiera pleitear contra nosotros.

Vincent guardó silencio. Aquella era la cláusula que no le había gustado en el contrato. Era también la única cláusula sobre la que los otros se habían mantenido firmes. Ahora sabía por qué.

Yusef se sentía ahora más seguro.

—Los amigos no tienen nada que hacer ante los tribunales —dijo—. Será mucho más agradable llegar a un acuerdo entre nosotros. El mundo es pequeño. Nunca se puede saber si no necesitaremos el uno del otro en el futuro.

—¿Qué sugiere usted?

—Usted ya ha recibido doscientos mil dólares. El pago de otros cien mil liquida nuestra obligación por el guión. Sugiero que nos detengamos en esta cifra. cinco

Vincent guardó silencio.

—Y dejaré de lado mi comisión —dijo Yusef rápidamente—. Creo que eso es justo, ya que el proyecto no se lleva a cabo. De este modo el dinero será suyo.

—¿Y mis gastos? —preguntó el otro—. Se suponía que se me iban a pagar cien mil dólares mientras escribía el argumento.

Yusef pensó un momento. Lo que el norteamericano decía era verdad. Además, tenía el dinero para pagarle, de manera que no había problema. En lo que a Baydr se refería, el dinero ya había sido entregado. De todos modos, no pudo contener su natural avidez:

—Si pagamos los gastos, insistiré en cobrar mi comisión.

Vincent sacó mentalmente cuentas. Trescientos mil netos o cuatrocientos mil menos el veinte por ciento. La diferencia era solo de veinte mil dólares, pero era mejor que nada. Rio súbitamente.

—De acuerdo —dijo—, con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Yusef con cautela.

—Que haga usted todos los esfuerzos posibles para meterme en el otro film.

Yusef sonrió, aliviado.

Llegó el camarero con el vino, abrió la botella con un ademán florido, y sirvió una gota para que Yusef lo probara.

—Très bon —dijo Yusef, haciendo un gesto al hombre para que llenara el vaso de Vincent.

Vincent alargó la mano.

—He cambiado de idea —dijo—. Tráigame un whisky doble, con hielo.